sábado, 4 de marzo de 2017

AVENTURAS DE GATOS Y RATONES

                                                               CUENTO
                                                    GATOS Y RATONES

    Había una vez un ratoncita blanca,  que se llamaba Sara y vivía en el Agujero 2º C del Descampado “Las Amapolas”  situado en el Centro Geográfico de la Península. Sara, era una ratita muy guapa y descendiente de la nobleza ratonil y eso se notaba porque, además de ser elegante y exquisita en el trato, tenía un pelaje suave y blanco que ella cuidaba mucho.
     Un día, cuando, al amanecer, después de lavarse, se atusaba los bigotitos, se sorprendió al verlos lacios y despeinados sobre su hociquito. Le entraron ganas de llorar porque vio que se hacía viejecita pero dijo: “¡Ni hablar! ¡De viejecita nada!” Cogió el bote de laca comprado en los almacenes Mercabicho Cochinilla Redondela, se espolvoreó bien los bigotes para dejarlos muy tiesos,  se puso el delantal, comenzó a tararear una canción y sacó del armario de la cocina, huevos, mantequilla, harina, azúcar y leche, se remangó y, muy dispuesta, comenzó a preparar un bizcocho.
     Con la ratoncita Sara, vivía su hijita Sara-One, que era clavadita a ella pero en pequeño. ¡Era muy lista, muy lista! Y siempre estaba investigando cosas porque quería ser el mejor Abogado Criminalista del Descampado “Las Amapolas” y sus aledaños. Aquel día, se despertó con ganas de ayudar a su mamá y, en el momento que cascaba un huevo para hacer la masa, llamaron a la puerta. Cuando abrió, se encontraron frente a un señor gatazo negro con la punta del rabo blanca, que, muy meloso, intentaba venderles un Seguro de Vida que decía era un Seguro muy seguro porque los Bancos no habían metido la mano en el negocio y tampoco tenían Caja B.
    Como la ratoncita Sara, aunque era de noble cuna, no tenía ni un mísero eurito, le dijo al gato que no, que a ella los seguros esos la traían sin cuidado pero, como aquel gato negro, aunque se le veía lustroso, tenía cara de hambre y no hacía más que relamerse los bigotes, la ratoncita Sara que era muy compasiva con sus semejantes –que quiere decir que los pobres le daban mucha pena- , le hizo pasar a la cocina y le ofreció un buen vaso de leche caliente y una rosquilla que había sobrado del día anterior (un poco correosa pero todavía comible)
   Cuando el vendedor gatuno se marchó, en casa de la ratoncita Sara, se armó la marimorena. Sara-One, que además de investigadora tenía un genio de mil demonios, se encaró con su madre y con los brazos en jarras, le dijo:
-Mami…, ¡ni se te ocurra volver a invitar a ningún vendedor ni siquiera a un vaso de agua! Son gatos peligrosos disfrazados con piel de ratón bondadoso y, a la primera de cambio, echan la zarpa y ¡zás! Se acabó ratita Sara para in secula seculorum.
     Sara-One, que estaba muy escamada con aquella visita, comenzó a investigar, que era lo que más le gustaba y, un día, al ver al gatazo vendeseguros haciendo su trabajo por la Urbanización, le siguió sin dejarse ver y comprobó como el Don Gato, llegaba a un vertedero cerca de un riachuelo y allí, en una tubería de esas grandotas que no se sabe para qué sirven y están abandonadas, se metió en el hueco y allí se quedó. Sara-One que era muy lista y muy observadora, se acercó poco a poco y, por un agujerito que había en la tubería grandota, arrimó el ojo y vio al gatazo vendeseguros, acurrucado junto a una gatita blanca, negra y parda que acunaba a cinco gatitos de todos los colores que maullaban muertos de hambre.
     Sara-One, no lo pensó ni un segundo. Echó a correr por el Descampado “Las Amapolas”, como si tuviera que ganar la maratón de San Silvestre, entró a su casa como un ciclón y le dijo a su mamá:
-¡Mami, mami. Que me he equivocado, el gato es bueno y necesita ayuda… Corre… corre.!
     A la ratoncita Sara le costó un poco comprender lo que decía Sara-One pero, cuando consiguió que se calmara y le explicó lo visto por el agujero de la tubería grandota, metió en un cesto tres botellas de leche, una fuente con rosquillas, un bizcocho de tres pisos con nata y chocolate, además de unos arenques comprados  en el dosXuno en la oferta de Mercabicho Cochinilla Redondela y, a toda prisa, llegaron a la tubería grandota y se presentaron ofreciendo su ayuda a la familia de gatos.
    Como en el Agujero 2º C donde vivían las dos ratoncitas tenían habitaciones de sobra, le dijeron a la familia gatuna que podían ir a vivir a su casa y así, ella podría hacer más rosquillas y bizcochos con la ayuda de Doña Gatuska, que así se llamaba la gatita de tres colores. Total que, al final, entre todos montaron una churrería y se forraron (que quiere decir que ganaron mucho dinero y de pobres de solemnidad, se convirtieron en ricos por casualidad) tanto que, aquel verano, se fueron de vacaciones a las Islas Caimán –que no sé dónde están pero es igual- y allí fue donde, Don Gato, sacó la vena sinvergonzona gatuna porque, sin que nadie se enterara (o eso creía él) abrió una cuenta “offshore” con todo el dinero ganado en la churrería y se dedicó  a pasear en yate por los mares del mundo, acompañado de otros gatos de su ralea y las gatucas medio tontas o medio listas de sus amigotes que sólo deseaban que les regalasen joyas de oro y diamantes de cuantos más quilates, mejor.
    La ratoncita Sara y la gatita de tres colores, tuvieron que comprar los pasajes de vuelta más baratos que encontraron porque se habían quedado sin un Euro; incluso pidieron prestado un billete de diez para comprar pipas, a unos lagartos alemanes que andaban por allí poniéndose morenos y que eran los que más sabían de negocios y dinero.
  ¡Ah! Sara-One acabó siendo la mejor investigadora-detective después de Sherlock Holmes, en el Descampado “Las Amapolas”. Vendieron la churrería y fueron felices para siempre.  FIN -  MAGDA.



domingo, 19 de febrero de 2017

EL POLLITO DE LA GALLINA MAGDALENA

                    EL POLLITO DE LA GALLINA MAGDALENA
 
Ya se había terminado el tiempo en el que los humanos se comían a todos los pollos, lechones y patos de las granjas. Por fin, podían estar tranquilos otra vez y pasear cacareando o gruñendo por el corral en busca de gusanitos, piedritas y bichos de todo tipo. La primavera se adelantaba y el sol lucía y templaba el ambiente. El cerdo Hermenegildo, dormitaba roncando al lado de la cochiquera, mientras los rayos del sol coloreaban su piel con un rojo claro. Los patos, las ocas y las gallinas, paseaban arreglando sus plumas  menos la gallina Magdalena que no abandonaba el nido donde seguía creciendo su único pollito.
Un día, cuando se despertó, vio como el pollito había crecido tanto, tanto…, que  el nido se le había quedado pequeño  y ya no tenía sitio ni para dormir. La cabeza le quedaba colgando y las patas con aquellos tres enormes dedos las doblaba como podía para que no tocaran el suelo. Cuando lo vio, a la gallina Magdalena le dio un ataque de nervios y salió al corral con una llantina histérica mientras cacareaba gritando:
¬¡Mi pollito es un gigante… mi pollito es un gigante…!
Y daba vueltas y vueltas por el corral despertando a todo el mundo que tomaba el sol tranquilamente.
El cerdo Hermenegildo no lo aguantó más, se puso de pie y con un gruñido que parecía de oso, gritó enfurecido:
¬ ¡Pero qué le pasa a esa gallina loca! No nos deja descansar ¡Venga, vete al nido ya de una vez, escandalosa!
Las ocas se juntaron en corrillo y comenzaron a graznar diciendo: ¡¡Fueraaa, fueraaa!! Los patos comenzaron a pelearse entre ellos y se hacían la zancadilla para tirarse al agua  y los conejos daban unos saltos que parecían canguros. ¡Madreeee la que se armó! ¡Menudo guirigay!
 Al oír el alboroto, la Jesusa salió de su casa, cogió a la gallina Magdalena primero por las alas, luego le dio la vuelta y la agarró por las patas y la dejó colgando cabeza abajo mientras la Magdalena muy enfadada, intentaba picarle en la mano.

¬¡¡Sí, a mí me vas a picar, anda ya, que me tienes muy cansá… siempre alborotando con tus pollos. Si no fuera por esos huevos que pones tan buenos…
Cuando la Jesusa  llegó a la caseta donde la gallina Magdalena tenía el nido, a la Jesusa casi le da un soponcio, soltó a la gallina que revoloteó por todas partes soltando plumas y más plumas al tiempo que chocaba con un lado y con otro sin parar de cacarear. La Jesusa echó a correr llamando al Simeón con unos gritos que asustaban más que los de la gallina Magdalena y agitando los brazos, decía:
¬¡Simeón…Simeón… Que el pollo de la Magdalena ha crecido  tanto que ya no pué caber en la jaula…¡  ¡¡Que es un gigante!!!  ¡Ven, corre, corre!
Simeón se acercó poco a poco al nido con la escopeta en la mano y en la otra llevaba el móvil por si era necesario llamar a la Guardia Civil aunque no sabía cómo se hacía pero, bueno, ya le oirían si era necesario. Poco a poco, abrió la puerta de la caseta y cuando vio aquel enorme pollo  que lo miraba con cara de tontorrón, dijo:
¬¡Madreeeeee…..!  ¡Qué bicho…! ¬ Se quedó un rato parado con la boca abierta, sin saber qué hacer y dándose la vuelta, echó a correr sujetándose los pantalones que se le caían al suelo porque con las prisas no se había puesto los tirantes, mientras decía:
¬¡Hay que llamar al veterinario….esto es un monstruo! ¡Don Justiniano…Don Justiniano…!!
La Jesusa que salió corriendo detrás de él, le decía a voz en grito:
¬¡Pero por qué llamas al Justiniano a gritos. Que no te oye, soplagaitas! ¿No ves que está en el hospital de las bestias? Hora voy a buscarlo.
Al ver aquella zapatiesta, se organizó la desbandada. Todos echaron a correr. Cada animalito se fue, empujándose unos a otros hasta su agujero,  atentos a lo que pudiera suceder mientras todo el corral oía el llanto desesperado de la gallina Magdalena que decía:
¬¡Ayayayay…. Qué habré hecho yo para merecer estooooo!!!
Con todo el jaleo que se armó la cabra vidente y cojitranca Doña Pelele, consiguió subirse a una roca y comenzó a hacer unos sahumerios quemando hojas de eucalipto y de laurel mientras canturreaba unos mantras ¡muamuamuamaaaa!! mirando al cielo con los ojos en blanco que a todos los dejó patidifusos. No quedó ni uno en el corral. Cada cual se escondió en el rincón más apartado pero con la oreja tiesa escuchando a ver qué pasaba por si tenían que huir a toda prisa hacia el bosque.
Al rato, llegó el veterinario Don Justiniano con su maletín, un poco cabreado, eso sí, y al ver al pollo, soltó una palabrota que no me atrevo a escribir y añadió: ¬ ¡¡¡¡ …. Cómo ha crecido este pollo. Es un hermoso ejemplar de avestruz! ¡Caramba…. Simeón…. Te vas a hacer rico con este pájaro! ¡jajajajaja! Vamos a llamar a la protectora de avestruces especiales que tiene la sede en Australia y lo celebramos con una merendola. ¡Ya verás, ya verás! Te vas a forrar, macho¬ le dijo palmeando su espalda ¬Este ejemplar vale una millonada ¡!!
El silencio más absoluto se hizo en el corral de la Jesusa, se miraron unos a otros con la boca abierta y buscaron un rinconcito al sol para seguir con la siesta mientras la cabra vidente y cojitranca Doña Pelele apagaba los sahumerios y se marchaba a su casa con una varita de incienso encendida y murmurando nosequé historias ininteligibles.
La gallina Magdalena se atusó las plumas y se marchó a buscar a la comadreja Nievitas porque creía que ella tenía algo que ver en aquella sorpresa de que de su huevo saliera un pollo de avestruz. ¡Sí…sí…! A ella no se la daba con queso aquella comadreja enredona.
Pues así se quedó todo. Ya me enteraré… a ver qué pasa al fin con el pollo de avestruz. ¿Se lo llevarán a Australia?

Bueno… Yo también me voy a tomar un baño de sol que es bueno para el reuma. ¡Adiós amiguitos! -  MAGDA

viernes, 17 de febrero de 2017

A LA GALLINA MAGDALENA LE DUELE LA TRIPA

               A LA GALLINA MAGDALENA LE DUELE  LA TRIPA

Los pollitos de la Gallina Magdalena estaban dejando de ser pollitos para ser gallitos picantones, -que quiere decir que comenzaban a crecer-. Por esta razón, nuestra gallinita Magdalena, estaba cada día más triste pues a ella lo que le gustaba eran los pollitos pequeños para hacerles gorritos, patucos y chambritas de ganchillo que era un trabajo que le entretenía mucho cuando se sentaba en la paja para poner los huevos que a la Jesusa y a su marido el Simeón, les gustaba desayunar.
Un mañana, cuando la comadreja Nievitas vino a buscar a los polluelos para llevarlos con sus hijos a bañarse al río, Magdalena aprovechó para ir a ver a la echadora de cartas Doña Pelele, una cabra vieja y cojitranca que se escondía entre unas rocas para leer la suerte a quien quisiera saberla. Se puso el chal verde y el refajo de nudos colorado que había tejido cuando estaba sola y aburrida, cogió una cesta con tres huevos que le había ido sisando a la Jesusa cada mañana para pagar el trabajo de la cabrita que ya estaba quedándose calva y sólo le quedaban dos dientes de abajo, por eso agradecía mucho los huevos porque sólo tenía que sorberlos, y se acercó a la roca de los suspiros que es como llamaban a aquel lugar donde echaba las cartas la cabra Doña Pelele. A la roca le pusieron ese nombre porque los que volvían de conocer su suerte, bajaban el caminito suspirando y algunos incluso hasta lloraban porque… ¡vaya usté a saber lo que le espera a una en la vida! Eso es lo que decía la gente.
Un poco preocupada y nerviosilla, la gallina saludó a la cabra cojitranca y le dio los huevos que a Doña Pelele, le faltó tiempo para beberse uno de un trago. La gallina Magdalena, se sentó frente a la cabra que puso los ojos en blanco y comenzó a entonar una cantinela que a la pobre gallinita se le pusieron todas las plumas de punta. ¡Qué miedo! Ululaba como un búho asmático.
Cuando ya estaba un poco ronca, la cabra dejó de ulular y le dijo a Magdalena que cogiera tres cartas, las puso sobre la piedra, las miró, volvió a poner los ojos en blanco –algo que a la Magdalena le daba mucho repelús- y volvió con la cantinela. Esta vez más corta, afortunadamente, porque aullaba como un lobo de las montañas ¡madre mía, con la cabra!
Se quedó con la vista fija en la gallina y muy pensativa, le dijo:
¬ Magdalena… tú vas a ser madre…
La gallina Magdalena le contestó sonriente: ¬ Si ya tengo cuatro picantones pero es que a mí lo que me gusta son los bebés, los pollitos chiquitines.
¬ No, no…. ya sé que tienes picantones que los veo muchas veces fisgando por aquí y tirándome piedras¬ dijo la cabra Doña Pelele un poco enfadada mientras se lamía los bigotes porque se había tomado otro de los huevos de la cesta ¬ Tú vas a tener otro huevo… digo… otro pollo, ya verás. Y hala, ya puedes marcharte.
Recogió sus cartas y a los que estaban haciendo cola esperando (casi todos para saber si les iba a salir algún trabajo porque estaban en el paro) les dijo:
¬A casa todos, por hoy se acabó la sesión.
Cogió el huevo que le quedaba por sorber y se fue cuesta abajo a buscar un prado de hierba fresquita. Y, como he dicho antes, los que se volvían después de estar esperando, suspiraban y algunos lloraban a lágrima viva porque no sabían qué les podía suceder. ¡Pero qué penaaaa, qué penaaaa!
El caso es que, un día, a la gallina Magdalena le entró un dolor de tripaaaaa¡¡¡ y comenzó a cacarear y venga a cacarear sin poder moverse la pobrecita. La Jesusa que la oyó, se acercó muy asustada pero cada vez que se acercaba para tocar a la gallina Magdalena, esta le daba unos picotazos que le dejaba los brazos marcados. Así que pensó que lo mejor era ir a buscar al veterinario.
Cuando llegó Don Justiniano que era el veterinario del pueblo de toda la vida, nadie había conocido a otro,  el pobre estaba medio dormido pero al palpar a la gallina se despabiló y dijo:
¬ ¡Caramba que huevo tan enorme!
Sacó un instrumento que llamó fórceps, puso a la gllina Magdalena patas arriba y hurgando con el aparatito en la tripa de la gallina ¡sacó un huevooooo que parecía el  farol de la entrada de la casa de la Jesusa!  ¡Madre míaaaaa! La pobre Magdalena se quedó con el pico torcido de tanto cacarear y con las patitas temblando pero cuando el veterinario, después de estudiar el huevo a través de la luz de una linterna, por un lado y por el otro, dándole algún golpecito con los dedos, le dijo:
-¡Magdalena, Magdalena… Que has puesto un huevo del que va a salir un gallo  de concurso! Ya verás… ¡Menuda cresta tiene…!
  Entonces todos se pusieron a bailar y a cantar y la Jesusa pegó unos papeles en los árboles, donde invitaba a todos a celebrar el nacimiento del gallo de concurso del huevo que había puesto la gallina Magdalena.
Desde aquel día, la gallina Magdalena, comenzó a tejer patucos y gorritos, guantes y bufandas sin moverse de encima del enorme huevo de donde tenía que salir el gallo de concurso.
Otro día explicaremos la fiesta del nacimiento.
Colorín colorín que se acabó el cuentín. ¡Adiós amiguitooooos! -  MAGDA


miércoles, 15 de febrero de 2017

LA GALLINA MAGDALENA

                                    LA GALLINA MAGDALENA
 
La gallina Magdalena se levantó muy triste aquella mañana. Había puesto cuatro huevos hermosos y pardos que Jesusa, la dueña de la granja, se apresuró en cogerlos de la paja todavía caliente y se los llevó a la cocina para hacer una tortilla.
La gallina Magdalena tenía ganas de llorar porque estaba muy sola y le hubiera gustado tener unos cuantos pollitos que la siguieran cuando salía a comer lombrices, semillas y piedritas -que de todo había- por los campos alrededor del corral. Ya se estaba haciendo un poco vieja y veía como las plumas comenzaban a mustiarse y perdían aquel brillo de color cobrizo tan bonito que tenían cuando era joven.
Tiraba de una lombricilla que estaba escondida entre dos piedras pequeñas cuando oyó una voz que la llamaba desde no sabía dónde. La gallina Magdalena, sorprendida, miró a derecha e izquierda mientras levantaba una pata dispuesta a echar a correr y vio a la Comadreja Nievitas acurrucada entre los troncos que, Simeón, el marido de Jesusa la granjera,  tenía apilados en la leñera para cuando llegara el invierno.
¬¡Eh.., eh…! Magdalena… ¡chisss.! ¡chisss!  Estoy aquí… ven,…
La gallina Magdalena, se acercó para escuchar los enredos de la comadreja que siempre tenía algo raro que contar.
¬Mira Nievitas, hoy no estoy para muchas historias, estoy muy depre…
¬¿Y eso por qué…?
¬ Mira mujer…. ¿no ves como me estoy haciendo de vieja? Se me caen las plumas y sólo sirvo para poner huevos que la gorda de la Jesusa la Granjera se lleva corriendo todas las mañanas para hacer una tortilla. ¡Ay… Nievitaaaasssss! ¡Me gustaría tanto tener unos cuantos pollitos para sacarlos a pasear…!
Nievitas, la comadreja, la miró muy extrañada porque no comprendía por qué echaba de menos a unos pollitos que nunca había visto pero al ver cómo le caían unas lágrimas de aquellos ojos redonditos y pequeños, le dio un poquito de pena. Se relamió un par de veces para dejar tiesos los bigotes y le dijo a la gallina:
¬ ¿Sabes qué? Magdalena, tu vas a tener pollitos como me llamo Nievitas porque no quiero verte llorar ni una vez más.
Agarró de un ala a la gallina Magdalena y la llevó corriendo a la Granja de los Ambrosios que era una granja muy destartalada, sucia y descuidada donde vivían una familia muy rara que se pasaban el día durmiendo y la noche robando gallinas de otros gallineros.
Magdalena, que era una gallina muy modosita, al ver hacia donde se dirigían, le dijo a la comadreja:
¬ Oye Nievitas… yo no quiero ir a esa casa que…
¬ ¡Venga…, no seas tonta!¬ le dijo Nievitas tirando de ella por una de las plumas medio pelada del ala.
¬ ¿Y si me cogen para hacerme en pepitoria…?
¬ ¡Pero qué dices…! Si estos no son capaces de freír un huevo…
En cuanto dijo eso, Nievitas se dio cuenta de que había metido la pata porque, la gallina Magdalena, al oír aquellas palabras, se puso otra vez a llorar, como lo que era, una Magdalena.
¬ No hagas ruido¬ dijo Nievitas la comadreja mientras despacito y en silencio se acercaba a un corral lleno de basuras donde, en un cesto lleno de paja vieja y sucia, se encontraban cuatro hermosos huevos.
¬ Chist… Tú coge dos y yo llevo los otros dos.
Con mucho cuidado y temblequeando, Magdalena cogió los dos huevos marrones más gordos que había visto en su vida y sin mirar  atrás  echó a correr hacia su corral. Subió corriendo hasta su cesto que ya había limpiado la Jesusa y puso los dos huevos entre la paja. Cuando ya se sentaba encima de ellos para darles calor, llegó la comadreja Nievitas con los otros dos huevos que puso a buen recaudo, debajo de su amiga la gallina Magdalena.
¬¡Buffff…! Magdalena hija…. ¡Me has dejado sin resuello! ¡Qué manera de correr!¬ y diciendo esto, se tumbó panza arriba para recuperarse.
Unos días después, la Gallina Magdalena sudaba la gota gorda sin moverse de encima de los huevos hasta que, aquella mañana, sintió un picotazo, miró con mucho cuidado a los huevos y vio como unas cositas pequeñas, despeluchadas, rompían el cascarón e intentaban ponerse de pie.
No podéis imaginaros lo contenta que se puso la Gallina Magdalena… Saltaba, bailaba y cacareaba como una loca. A los pollitos pronto les comenzó a salir un plumón amarillo muy suave, muy suave y cuando comenzaron a dar pasitos, Magdalena se los llevó a ver a la Comadreja Nievitas que se puso muy contenta y les regaló unos sombreritos que había tejido con el pelo de invierno que perdió durante el verano.
La Comadreja Nievitas y la Gallina Magdalena, se hicieron muy amigas y en verano se iban a bañar al río donde, Nievitas enseñó a bucear a los pollitos mientras Magdalena los esperaba en la orilla cuidando las toallas.
Y colorín colorado…. Se acabó. -  MAGDA.




miércoles, 6 de mayo de 2015

EL DUENDECILLO PECAS



                                      EL DUENDECILLO PECAS

       Había una vez un bosque muy grande, muy grande, donde todos los árboles juntaban sus ramas llenas de hojas para formar un cielo verde  que sólo existía en aquel país desconocido.
      Debajo de aquel cielo de hojas verdes, vivían unos enanos que eran quienes se ocupaban de cuidar los árboles, podarlos y tenerlos muy bien recortados y limpios de hierbajos,  para que el cielo, siempre estuviera perfecto aunque nunca vieran el sol. Todos vivían muy felices y no se peleaban nunca  pero, en un rincón de aquel bosque de cielo de hojas verdes, escondida entre una maraña de arbustos, había crecido una seta muy grande donde vivía el duendecillo Pecas.
       Este duendecillo, era diferente a los demás enanos. Pequeño, feo, travieso y le gustaba mucho hacer barrabasadas por eso nadie quería verlo por el pueblo porque siempre, organizaba algún lío. Al duendecillo Pecas, le gustaba mucho pintar. Pintaba con  lápices de colores, con acuarelas, con ceras coloreadas y también untaba los dedos en unos botes llenos de barnices mágicos y así hacía dibujos y más dibujos que, luego, no podían borrarse  y se transformaban en cosas de verdad. Por eso, también, el duendecillo Pecas era muy rico, pero eso no le importaba demasiado.
        Lo que más le divertía, era pintar a escondidas, con un pincel hecho con los pelos del rabo de un ratoncito muy viejo amigo suyo,  que se llamaba Roquefel, puertas, ventanas, cristales, paredes y hasta la ropa de los niños si se descuidaban un poco. Este ratoncito viejo era inglés y un verano que vino de vacaciones a la playa de Benidorm,  se quedó dormido en la playa y le dio una solana de padre y muy señor mío. Tanto, que se quedó sin un pelo.  Como se quedó muy feo, y tuvo que esconderse hasta que se le curaron todas las ampollas que le salieron con la solana, empezó a vagabundear por los camino hasta que, un día, el Duendecillo Pecas, se lo encontró medio muerto buscando un agujerito donde esconderse. El Duendecillo Pecas, lo llevó a su casa y le permitió hacer su madriguera al lado de la cocina que era donde se estaba más calentito y así empezó la amistad.
       El Duendecillo Pecas y el ratón Roquefel, con el que siempre tomaba el té de las cinco y la cena de guisantes con puré de patatas de las siete, se hicieron muy amigos  y entre el uno y el otro, se dedicaban a inventar colores que nadie conocía, como, por ejemplo, color queso de gruyere o color verde lagartija semirubia o color plata especial de los mares y otros colores que nadie conocía.
       El Rey Enano de aquel pueblo de árboles grandes y cielo verde, lleno de hojas, tenía una nietecita que se llamaba Rosaura, tan blanca, tan blanca, que parecía transparente y con el pelo de un rojo dorado como las calabazas de los huertos cuando les daba el sol. Al Rey Enano, le disgustaba que su nieta Rosaura fuera tan blanca,  pero no sabía qué hacer para evitarlo y cuando salía a la calle, siempre la obligaba a cubrirse el rostro con un velo par que nadie viera aquella palidez, pero con eso, lo único que conseguía era que cada día estuviera más  y más blanca porque nunca le daba el aire en la cara, ni tampoco el sol, claro,  porque su cielo eran las hojas de los árboles y nadie  sabía cómo era el sol.
      Un día que los soldados del Reino pillaron al Duendecillo Pecas y al viejo ratón Roquefel pintando de azul con pintitas blancas una gallina del corral real, para hacer una prueba de un nuevo color, los llevaron al calabozo y cuando le explicaron al Rey Enano lo sucedido, le dio que pensar y llamando a su presencia al Duendecillo, le dijo:
 - Te dejaré en libertad y pintarás de colores todas las casas del pueblo si le das un poco de color a la piel de la cara de mi nieta Rosaura.
     El Duendecillo Pecas, se quedó pensativo, se rascó la calva por debajo del gorro y consultó el caso con Roquefel. Después de estar hablando durante una hora larga, los dos amigos, Roquefel y Pecas se acercaron al Rey y le explicaron que  no podían pintar las pieles de los niños porque sus pinturas eran mágicas y no conocían lo que podría suceder si pintaban la cara de Rosaura, pero….el Duendecillo Pecas le propuso al Rey Enano una idea que podía tener resultado y que había leído en un libro que se titulaba “ASTRONOMÍA DE LOS PUEBLOS QUE TIENEN EL CIELO VERDE” que había encontrado un día, en la Biblioteca del pueblo.
      Se lo explicó en secreto al Rey Enano y cuando éste le dio permiso para hacer el experimento, cogió una escalera larga, larga y se fue al bosque. Se encaramó a la escalera que sujetaba con fuerza el ratoncito Roquefel, untó el pincel más gordo que tenía en el bote de pintura mágica azul cielo y comenzó a dar brochazos por el espacio que había sobre los árboles. Cuando contempló su obra y se encontró con aquel cielo azul tan bonito, se quedó maravillado porque parecía un cielo de verdad pero le faltaba algo muy importante que había visto en el libro de astronomía y que estaba en todos los cielos del mundo.
      El Duendecillo Pecas, muy entusiasmado, embadurnó entonces el pincel de un amarillo brillante, y con mucho cuidado, pintó en el cielo, un sol redondo y radiante como nadie lo había visto nunca.
       Todo el mundo corría para ver aquel cielo tan bonito y sentir el calor y la luz del sol porque como estaban pintados con pinturas mágicas, se habían convertido en un cielo y un sol de verdad.
       La primera que llegó a verlo, fue Rosaura, la nieta del Rey Enano. Era tan bonito que no se cansaba de mirar al cielo pero como no llevaba el velo que le cubría la cara, aquella piel tan blanca que parecía transparente, comenzó a llenarse de manchitas marrones que le dieron un aspecto tan gracioso, que hasta el mismo Rey sonrió cuando la vio y exclamó:
- ¡Ahora sí que estás guapa, Rosaura, con esas manchas de Pecas, el mejor pintor que nunca se ha visto!
     Y así fue como se inventó el nombre de las pecas. Esas manchitas tan simpáticas que todos los que son muy blancos y pelirrojos tienen en su carita.
               El  Duendecillo Pecas fue nombrado Pintor del Reino  y condecorado con la flor violeta por haber sabido dar un bonito color al cielo y pintar un sol mágico que dio color a las mejillas de Rosaura que, por cierto, fue la primera niña pelirroja con pecas en la cara.
  ¿A qué ninguno de vosotros sabía por qué las pecas se llamaban pecas? Pues ahora ya lo sabéis. ¿Será verdad o será cosa de magia? No intentéis averiguarlo porque, las pecas son mágicas y no se pueden borrar.
¡Ah! Se me olvidaba deciros que al ratoncito Roquefel el Rey Enano lo nombró ayudante preferencial del Pintor del Reino y le regalaron una librea roja con botones dorados que no se quitaba nunca de encima porque así, nadie supo nunca que no tenía pelo.
Los dos amigos vivieron juntos muchos, muchos años y ahora, ya nadie sabe si existe un pueblo con cielo verde o no. Nadie lo ha visto. Todos tienen el cielo azul y un hermoso sol amarillo.
- MAGDA.
      
                      



jueves, 19 de febrero de 2015

LA RATITA CATALINA LLEGA A LA ROSALEDA

No puedo decir que aquellos años de estudio en el colegio de las Ursulinas fueron malos porque adquirí una base cultural muy alta la cual, más tarde, me sirvió para desenvolverme en la vida de una manera más o menos desahogada en momentos difíciles. Aprendí francés a la perfección, un inglés medianamente bueno y todos los conocimientos que una señorita de buena familia de la época necesitaba poseer para valerse correctamente en la sociedad de aquellos tiempos.
Lo más hermoso para mí y lo más entretenido, eran las clases de solfeo y más tarde las de piano que llevaban hasta mi memoria momentos entrañables de las horas pasadas con la señorita Elisa delante del piano de cola en la casa de mi abuelo.
Mi hermana Gracia no tuvo ningún hijo. Acostumbraba a recogerme cuando finalizaba el mes de julio para pasar las vacaciones en nuestra casa grande de Colloto. Era el momento de quitarme el uniforme negro y ponerme el traje de calle tan deseado.
Las primeras vacaciones fueron en el verano de 1906, yo había cumplido los once años y comenzaba a cambiar mi cuerpo de niña a mujer por lo que me vi obligada a embutirme el vestido blanco y dejar algunos botones desabrochados. Mi hermana Gracia se quedó asombrada del cambio y eso me confirmó la falta de interés hacia mi persona. Cuando llegamos a la casa nos esperaba su marido Faustino en cuya cara pude también adivinar la sorpresa por aquel cambio incipiente de mi fisionomía. Su mirada me repugnó y para evitar saludarlo, disimulé como acostumbraba. De manera un tanto infantil, como si no fuera consciente de mis actos, corrí a la cocina para encontrarme con Casimira. La sorpresa fue mía entonces. Me encontré con una anciana de pelo completamente blanco, encorvada y casi ciega que apenas me reconoció. No podía imaginar tanto cambio en tan poco tiempo y me eché a llorar. Supongo que el llanto no fue solamente por el cambio encontrado en la mujer que me había cuidado siempre sino por un cúmulo de situaciones amontonadas unas encima de otras y que yo todavía no sabía poner en orden para darles el valor correspondiente. Una vez reconocida por Casimira, me llenó de besos y abrazos y acompañadas de mi hermana, en una complicidad secreta de miradas y gestos subí hasta mi habitación.
Era una estancia bastante grande como todas las habitaciones de la casa. Situada en el primer piso con una gran alfombra sobre la que se encontraba una cama con dosel donde yo había dormido desde siempre. En la pared de la derecha se podían ver dos balcones cubiertos por unos estores blancos y cortinajes de terciopelo granate desde donde se divisaba el jardín. Al entrar, no lo vi en un primer momento pero al observar las expresiones expectantes de mi hermana y Casimira, me fijé en el rincón. Entre la puerta y uno de los balcones, se encontraba el piano de cola perteneciente a mi abuela, donde había aprendido a tocar bajo la enseñanza de la señorita Elisa. El llanto volvió a mis ojos al mismo tiempo que me invadía una alegría inverosímil; el recuerdo maravilloso de aquel tiempo transcurrido en casa de mi abuelo, me llenó de una añoranza jamás experimentada.
Lo primero que hice fue levantar la tapa e interpretar la sonata "Para Elisa" de Beethoven tantas veces practicada en casa del abuelo, ahora, mis conocimientos adquiridos en las Ursulinas, había mejorado mi trabajo y tanto mi hermana Gracia como Casimira, quedaron sorprendidas de mi pericia.
En los días pasados en la casa antes de volver en Septiembre al internado, pude darme cuenta de cómo cambiaban las cosas en la vida de cada uno de una manera lenta pero inexorable y comprendí que a Casimira le quedaba poco tiempo para estar allí. La mujer ya no tenía la capacidad de años atrás y cierto desorden y falta de limpieza, comenzaba a notarse en la casa. Mis razonamientos también iniciaban un cambio al igual que mi cuerpo y supe que si queríamos mantener aquella casona, se debería de contratar a gente más joven para cuidarla pero yo era una niña todavía sin suficiente capacidad para opinar, por lo tanto, callé y procuré ayudar en todo cuanto podía. Le encendía a Casimira las teas para los fogones, le ayudaba a llevar cubos de agua, me arreglaba mi habitación para evitarle a ella el trabajo de hacerlo y por las tardes, ambas paseábamos por entre el bosque de castaños, cruzábamos el puente romano y nos parábamos a ver correr el río de aguas claras. Luego, poco a poco, entre huertos de manzanos, regresábamos hasta la casa para preparar la cena y descansar.
Aquel año practiqué mucho el piano y también me sentí muy sola. No había niños a mi alrededor, sólo en una casa de labriegos algo alejada de la nuestra, vivía un matrimonio con un hijo de mi edad a quien llamaban Pepín y alguna vez me acercaba para ver como ordeñaban las vacas o para acariciar al perro que me recordaba a Trisqui, aquel del que mi abuelo decía era mezcla de podenco y galgo desaparecido tras su muerte.
Estos cambios hicieron de mi vuelta a las Ursulinas un regreso más alegre, incluso sentí unos enormes deseos de volver a ver la casa pintada de rojo, los jardines que la rodeaban, las escaleras semicirculares que ascendían hasta el porche de cuatro columnas sobre el cual se encontraba el mirador y aunque no conseguí nunca hacer grandes amigas pues siempre seguí siendo una niña silenciosa y algo triste, sí sentí placer al ver otra vez a mis compañeras.
Mi vida continuó rutinaria y monótona durante tres años más pero el verano de 1910 cuando yo había cumplido los quince años, todo cambió otra vez.

domingo, 15 de febrero de 2015

EL GATO CALASPARRA



                    EL GATO CALASPARRA


       Aquella mañana, la araña Malospelos se puso el gorrito de lana con orejeras, los ocho patucos cada uno de un color diferente como a ella le gustaban, cogió una pieza de tela terminada de tejer la noche anterior y se fue a ver a la libélula Bertita que era quien le compraba la tela para su tienda “Los Bebés a un cuarto”, que había abierto hacía poco tiempo.
        Como el día era de un frío de esos que pela las narices, dio cuatro vueltas a la bufanda y cuando se sintió lo suficientemente abrigada salió de su casa. Al pasar frente a la puerta del saltamontes Triquiñuelas que vivía en el piso Bajo A, le llegó hasta la nariz que llevaba bien tapada, un olor riquísimo a pan frito y pensó que sería estupendo poder comerse unos picatostes con chocolate en compañía de Triquiñuelas que, seguro, era quien los estaba preparando para desayunar.
 La verdad es que el jardín de la Rosaleda, andaba un poco revuelto, porque el
 Alcalde, el gorrión Don Nicanor, había ordenado poner un Bando en cada esquina, en el que se decía a todos los habitantes que fueran muy cautelosos en sus salidas por el jardín, sobre todo por las noches ya que los moscardones policías, habían detectado la presencia de un gato merodeando por los alrededores.
       Como podéis imaginar, el que más y el que menos,  estaba un poco asustado porque los gatos podían comerse a cualquiera y eso a nadie le gustaba.

- Malospelos, ten mucho cuidado cuando vayas a la tienda de Bertita que está muy cerca de la verja de entrada al jardín y ese gato anda muy listo. Mete la zarpa entre los barrotes, y se zampa lo primero que encuentra – le dijo Triquiñuelas a la  araña Malospelos que se puso a temblar del miedo que le entró. Pero como era también un poco valiente, se encasquetó bien el gorrito de lana y dijo:

-¡Bueno… a mí gatos…! Ya veremos quién puede más- y dando media vuelta se fue con su pieza de tela a la tienda de Bertita. Pero por el camino, cuando ya se estaba acercando a la verja… ¡ay madreeee…! Le empezó a entrar un canguis que ya no sabía por dónde andaba. Le temblaban las ocho patas a la vez y tuvo que pararse un ratito hasta que se le pasó la tembladera porque es que no podía dar un paso.  Hasta que llegó a la tienda “Los bebés a un cuarto”  ¡y la que se encontróooo…! ¡Madreeee…. Madre!  Tres coches de policía, los moscardones
corriendo de un lado para otro llamando a la ambulancia que llegaba con los grillos “escopetaos”… y lo peor, lo peor de todo… La pobre libélula Bertita, despanzurrada en el suelo con un ataque de nervios que no había quien la parara hasta que se presentó el chihuahua Doctor Curateya  y dijo:

-Esto lo curo yo en un santiamén.

    Le puso una inyección con un líquido amarillo y allí se quedó la pobre Bertita dormida como un ceporrín. Momento en el que los grillos “escopetaos” la pusieron en una camilla y se la llevaron al Hospital por orden del Doctor Curateya, que estaba muy preocupado por lo ocurrido.
       ¿Y a que no adivináis lo que había pasado? Pues que la libélula Bertita, cuando aquella mañana temprano salía por la verja del jardín de la Rosaleda para ir a comprar unos botones especiales para bebés,  de esos que no se pudieran meter en la boca y tragárselos, se topó de cara con un cacho gatazo negro fenomenal y del susto, echó a correr dando gritos:

-¡Socorrooooo…socorroooo… que me come, que me come….!

    Al oír los gritos, todos se asomaron a las ventanas y el teléfono de la policía  14 y 5,  se colapsó de tantas llamadas como hubo avisando de la presencia del gato. Salieron rápidamente las furgonetas que se fueron a por el gato que, el pobre, todo hay que decirlo, estaba más asustado que nadie, porque no sabía lo que sucedía. Y por más que le decía a la policía:

-¡Oigaaaa… ¡que yo sólo estoy buscando a un ratón que se llama Cuclillas…!

       Pues nada, que no le hacían ni caso y allí estaba el gato con las dos manos juntitas para ponerle las esposas. Pero en esto que llegó el Cuclillas porque lo había ido a buscar uno de los policías para saber si él conocía al gato, y en cuanto lo vio, dijo:

-¡Caramba, Calasparra…! ¡Cuánto tiempo sin verte, amigo mío…! ¿Pero qué haces tú por estos andurriales…?

       Total que el gato negro que parece ser se llamaba Calasparra y el ratón Cuclillas se dieron un abrazo de lo más apretado y, al fin, el Cuclillas les explicó a los policías que aquel era el gato más bueno que uno se podía encontrar por la vida, que eso de comerse a alguien, que ¡nanay!, que eran amigos desde cuando él vivía en las alcantarillas de los Madriles y que el Calasparra era un gato más bueno que el pan.

                                                                                       
       Así que todos ya más tranquilos, cada cual se marchó a su casa sin ningún miedo. La araña Malospelos acompañó a la libélula Bertita al Hospital donde con una inyección por aquí y un sorbete de algo amargo por allá se puso más fresca que una lechuga y el Cuclillas invitó a un aperitivo de anchoas y cerveza sin alcohol a todos los que quisieran apuntarse para presentarles, de paso,  a su antiguo amigo de las alcantarillas, el gato Calasparra. Total, que todo acabó como siempre acaban las cosas en el jardín de la Rosaleda,  todos felices y contentos.
       ¡Ah! Se me olvidaba deciros que el Alcalde, el gorrión Don Nicanor, ordenó quitar los bandos donde decía que se tuviese cuidado de un gato que merodeaba por los alrededores y como vio que el Calasparra era muy simpático y además muy amigo del Cuclillas, le ofreció trabajar de Guardia en la verja de entrada al jardín. Le dieron uniforme con botones dorados, una gorra con una pluma de avestruz y una lanza y allí estaba todos los días de plantón en la puerta pidiendo el carnet a todo el que entraba y como empezó a venir mucha gente a visitar la Rosaleda que se estaba haciendo famosa por sus historias, colocaron un armatoste de esos por los que tienes que pasar sin llaves, sin móvil, sin pendientes ni anillos y sin cinturón.. por aquello de la hebilla de metal, claro… y no veas los líos que tenía el gato Calasparra porque a más de uno cuando se le cayeron los pantalones al suelo, se enfadó tanto que dijo que iba a denunciarlos al programa de TV “Todo está más que requetebién” para que vieran que no todo estaba tan bien.
      Bueno… pues así terminó la historia, todos se hicieron amigos y en el jardín de la Rosaleda hubo un habitante más, el gato Calasparra.
¡Adioooooos amiguitos….!
MAGDA