SONSE
Y SUS COLEGUILLAS
EL MISTERIO DE LA CASA DEL GNOMO
Por
MAGDA MARTÍN
Mi padre heredó una casa de su hermano, mi tío Juan, cuando éste murió
en uno de sus viajes alrededor del mundo, en una escalada a no sé qué monte. De
este asunto sólo recuerdo el llanto de mi abuela, –su madre-, y que mi padre tuvo serios problemas para
conseguir el traslado de su cadáver hasta España. Por lo demás, su muerte no me
causó ni tristeza ni impresión ninguna puesto que a mi tío Juan sólo lo había
visto un par de veces en mi vida cuando yo era una niña muy pequeña y apenas si
lo recordaba. Lo único que sabía de él es que era el hermano menor de mi padre
y el segundo hijo de mi abuela Ana. Que era un aventurero que se pasaba la vida
viajando y, de vez en cuando, visitaba a su familia en España donde organizaba
el próximo viaje. En este último, cuando ya no volvió vivo, fue cuando, después
de leer el testamento donde dejaba a mi padre heredero de todos sus bienes
junto a mi abuela, aquel verano del 2.007, decidimos cambiar nuestro lugar de
veraneo en los montes asturianos para trasladarnos al Levante, más exactamente
a La Costa Blanca, en donde en un pueblo cercano a Elche en la provincia de
Alicante, estaba ubicada la casa heredada por mi padre de nuestro tío Juan.
De esta forma fue como nos
trasladamos a principios del mes de Julio en nuestro Monovolumen conducido por
nuestro padre, hasta la ciudad alicantina.
Mi familia estaba compuesta por siete miembros, a saber: Bruno, mi padre
que contaba 47 años de edad; Sofía, mi madre que aquel verano cumplía 42; mi
hermano Bruno que acababa de cumplir los 16; Miguel le seguía con 15; Raúl, el
más cercano a mí tenía 13 años aunque él siempre añadía que cumplía 14 en
diciembre, y yo que me llamo Sonsoles pero que soy conocida por todos como
Sonse, era la más pequeña con 12 años cumplidos aquel año en el mes de Febrero.
El séptimo miembro de la familia era mi abuela Ana que vivía con nosotros…
desde siempre.. que yo recordara… pero que según decían, aceptó unirse a
nuestra familia cuando al quedarse viuda y con los dos hijos separados de ella,
mis padres le ofrecieron nuestra compañía y vivienda.
Mi abuela Ana era una anciana de 75 años a la que yo amaba
entrañablemente, nunca nos regañaba y si se veía obligada a hacerlo, siempre
empleaba palabras suaves y calladas acompañadas de una sonrisa y una caricia.
Le gustaba que le leyera en voz alta, cualquier artículo de una revista o algún
libro de lectura que acostumbraba a tener a mano, pues decía que yo tenía una
bonita dicción y le gustaba el timbre de mi voz, cosa que, naturalmente, a mí
me enorgullecía. Ella era la persona que intervenía cuando las reprimendas
paternas se convertían en algo serio y convencía a mi padre de nuestra falta de
maldad en cualquier hecho que fuera poco recomendable, por esta causa, yo la
amaba doblemente y me gustaba mucho su compañía.
Cuando, aquel verano, mi padre decidió ir a ver como estaba la casa de
Alicante como dimos en llamarla, ninguno de nosotros se sentía contento con el
cambio pero nuestro padre nos hizo comprender que era necesario ver el estado
de la casa para saber qué se podía hacer con ella.
2
Tardamos cuatros horas y media en recorrer el trayecto Madrid Alicante,
la última media hora la empleamos en buscar la ubicación de la casa, donde,
después de llegar a Elche, una ciudad que a mí me pareció un palmeral, unos
policías muy amables pero a quienes también les costó lo suyo, al fin, después
de mucho mirar y remirar en una guía, nos indicaron como debíamos llegar a la
urbanización.
La sorpresa fue cuando vimos la casa. El silencio dentro del coche se
hizo tan espeso que podía cortarse. Mi padre se quedó petrificado con las manos
agarradas al volante y la vista fija en aquel espacio innombrable. Mi madre
estaba boquiabierta y mi abuela comenzó a llorar en silencio. El primero que
nos volvió a la realidad fue mi hermano Raúl que con un silbido de asombro
comenzó a rascarse la coronilla de su pelo “apanochado”.
- No puede ser…- le oí decir a mi padre
– esto es una pesadilla - Y bajando del coche, contempló, estático con las
manos en las caderas, la casa heredada. Bueno…, lo que quedaba de la casa
heredada.
Detrás de él fuimos bajando todos muy lentamente como si temiéramos ser
atacados por seres invisibles que en cualquier momento podían aparecer para
arrearnos unos cuantos mandobles que nos hicieran volver al coche y escapar a
toda prisa de aquel lugar que tanto nos había decepcionado. Eso, quizás, es lo
que todos nosotros deseábamos que
sucediera, pero no fue así. La casa nos contemplaba como si tuviera una vida
silenciosa y, no sé por qué, yo la comparé con un anciano enfermo y decrépito.
Su visión era decepcionante.
El edificio de dos pisos, con ventanas enrejadas en el bajo y una
balconada en el segundo, presentaba una pintura grisácea, desconchada por la
pátina del tiempo, por donde se podían ver los huecos de su estructura como si
fueran las marcas de una enfermedad en la piel, parecía un adolescente que no
puede evitar esconder su acné. El terreno que la rodeaba lindaba con otras dos
casas, una a la derecha y otra a la izquierda que por su belleza, limpieza y
cuidados, hacían destacar más la dejadez de la nuestra, igual que si quisieran
humillarla por su fealdad. Según pudimos comprobar, en la parte delantera,
junto a la acera, debía de haber habido, en su tiempo, un muro que protegía su
individualidad pero del que sólo quedaba en pie un par de metros medio
derruidos.
Yo fui la primera en entrar y enredar mis pies entre los rastrojos que
ocupaban por completo el terreno dedicado a lo que debía ser un jardín pero
pronto me detuve. Entre zarzas, hierbajos y cardos, se encontraban piedras,
basura, papeles, latas vacías y cagadas de todo tipo de animales además de
alguna humana que me dio náuseas. Cuando iba a darme la vuelta para salir otra
vez hacia la acera, me encontré a mi padre que puso una mano en mi hombro para infundirme
valor, aunque no sé quien lo necesitaba más si él o yo. El caso es que, poco a
poco, comenzamos a entrar con mucho cuidado y llegamos al porche. Lo rodeaba
una barandilla de madera que, en sus tiempos, debió estar pintada de blanco
pero que, ahora, era de un gris sucio de madera podrida por el tiempo
transcurrido a la intemperie. La puerta de entrada estaba clausurada por una
verja de hierro herrumbroso que necesitaba imperativamente una buena mano de
pintura.
- ¡Mira…, si tiene garaje…! – la expresión
de asombro había salido de la boca de mi hermano Bruno y todos corrimos hacia
el lado derecho de la casa donde se encontraba, adosada a la pared lateral de
la casa, la puerta del garaje que era lo más moderno y nuevo de todo el
edificio.
- Bueno… ¡algo es algo…! – dijo mi
madre a la que pude descubrir un fuerte sentimiento de tristeza y decepción en
su rostro.
- ¡Familia…, ya tenemos techo…! – gritó
en aquel momento mi padre bromeando desde la puerta principal que había abierto
con una de las llaves del manojo que tenía entre las manos.
Todos corrimos en tropel para saber con qué podía sorprendernos el
interior y si al ver la fachada nos habíamos decepcionado, el interior nos dejó
mudos de asombro.
3
Mientras la luz comenzaba a iluminar la sala, al tiempo que mi padre y
mi madre subían las persianas, algunas con bastante dificultad, eso sí; nos
quedamos perplejos. Incluso mi abuela Ana dejó de llorar tapándose con un
pañuelo la boca abierta por el asombro.
Una serie de muebles cubiertos con lienzos fueron descubriéndose poco a
poco y nos dejó a todos embobados.
- ¡No es posible…! – oí decir a mi
madre - ¡bonitos muebles…! - y así era.
Unos muebles de estilo castellano muy bien conservados fueron
apareciendo ante nuestros ojos. Una mesa con seis sillas de asiento y respaldo
de cuero, un armario ropero junto a la entrada, con el repujado de madera
haciendo juego con un taquillón de dos puertas con herrajes. Una alacena
repleta de vajilla, un precioso bargueño que a mi padre le sacó un silbido de
asombro y la primera sonrisa en su rostro y hasta un piano de cola que nos dejó
a todos sin palabras.
Debajo del ventanal desde el que se divisaba la parte trasera de la
casa, se hallaba un arca muy antigua de madera de pino, con herrajes y tres
cerraduras.
- ¿Qué habrá dentro? - dijimos al mismo
tiempo Raúl y yo mientras oíamos las risas de Miguel y Bruno en el piso alto.
- ¡Venid, venid! - nos repetían desde
la altura de la barandilla de madera - ¡Mirad lo que hay aquí arriba!
Cuatro habitaciones con las
puertas abiertas, nos esperaban en el pasillo. Completamente amuebladas,
limpias y bien cuidadas, parecían las habitaciones de un Hotel, pero de un
Hotel en el que ya hubiéramos hecho una reserva. En la habitación más grande,
se encontraba una cama con dosel impresionante, en otra había dos camas y un
sofá-cama adosado a la pared y en las otras dos algo más pequeñas, sólo se
hallaba una cama. Todas con sus colchas limpias como si las acabaran de
preparar para nuestra estancia. Ninguno de nosotros sabía reaccionar hasta que
la voz de mi madre nos devolvió a la realidad.
-Tal vez hay alguna persona encargada
de mantener las cosas limpias y en orden…- la oímos decir dubitativa.
- ¿Y por qué no el jardín…? - replicó
mi padre extrañado.
Curioseando por el pasillo, encontré un cuarto de baño completo
inmaculadamente limpio y cuando avisé de mi hallazgo, a todos nos entró un
repelús.
- Aquí vive alguien o alguien viene
para mantenerlo limpio… no lo entiendo…- volvió a repetir mi padre. Yo, no sé
por qué, comencé a sentir una ansiedad que se convirtió en miedo. ¿Qué misterio
escondía aquella casa?
4
Después de instalarnos llenos de alegría por haber encontrado tanta
comodidad inesperada, nos dedicamos a investigar. Bueno, lo de la investigación
fue entre mi hermano Raúl y yo aunque algo colaboraron también los mayores,
como los llamábamos a mis otros dos hermanos, Miguel y Bruno. Por orden de mi
padre comenzamos a desherbar el jardín pero pronto comprendimos que esa orden
era para mantenernos ocupados y así evitar el estorbo y el alboroto en la casa
aunque aquella orden acabó en cuanto llegó un jardinero y un par de albañiles
contratados por él que comenzaron a dar forma a todo el lío que era el terreno
que circundaba la casa.
Con esta ayuda, en pocos días, el jardín comenzó a tomar forma de lo que
era, se levantó un muro nuevo que delimitaba la propiedad de la calle y se
instaló una verja de hierro sobre el murete donde, en su parte interior, los
jardineros plantaron unos cipreses que mantenían la intimidad de nuestro jardín
de las miradas ajenas. Aquella casa comenzó a ser hermosa y una tarde
tormentosa de esas que acostumbran a sorprender en el Mediterráneo, nuestros
padres nos propusieron buscar un nombre que le diera una característica
personal a nuestra nueva mansión vacacional.
Mientras investigábamos en todos los recovecos del jardín, nos
encontramos con varias sorpresas. La mayor y más importante nos la llevamos en
el momento en que mi padre consiguió encontrar, en el interior de un bote de
cerámica, escondido en un rincón de uno de los armarios altos de la cocina, el
mando a distancia que abría el garaje. Todos, con cierta curiosidad, fuimos
tras él para ver el interior. La verdad era que cada descubrimiento se
convertía en una novedad y ésta fue una de las más inesperadas. Cuando se
levantó lentamente la puerta, nos quedamos mudos. ¡Dentro había un todoterreno!
Un Land Rover Defender que mi padre, al verlo, no saltó de alegría porque sintió
vergüenza demostrarlo ante nosotros de una manera tan infantil, pero cogió a mi
madre entre sus brazos y la levantó en el aire al mismo tiempo que gritaba:
- ¡Esto es la re…panochaaaaa….!
Mis hermanos comenzaron a reír y
a abrir puertas y subir al interior pero mi padre lo primero que hizo fue
ponerse al volante y fingir que conducía mientras una sonrisa de oreja a oreja
iluminaba su rostro. Yo, sinceramente, me quedé paralizada ¿Qué significaba
todo aquello?
Pero, a lo que iba, que era la manera en la que escogimos el nombre de
la casa. Una mañana. Mi padre me llamó y me llevó a la parte trasera del
jardín.
- Mira lo que he encontrado, Sonse,
cariño - y agarrándome de la mano me mostró la figura de un gnomo de piedra
oculto entre unos matojos. Aquella pequeña estatua que no llegaba a medir un
metro de alto, me encantó.
La incorporamos para verla en todos sus detalles y aunque comprobamos
que estaba bastante deteriorada por llevar, cualquiera sabía cuánto tiempo a la
intemperie, a mí me pareció preciosa. Era de piedra y estaba sobre una
peana para sujetarla en vertical. Aunque
estaba muy deteriorada, se podía adivinar que la figura vestía lo que parecía
un chaleco y pantalones, unos escarpines puntiagudos y el gorrito típico de los
gnomos.
- Si quieres te encargas de limpiarla,
la pintas y la colocamos donde tú quieras - dijo mi padre - es para ti.
- Sí. Lo limpiaré y lo pondremos a la
entrada… - y en aquel momento se me ocurrió la idea - Papá… ya sé el nombre que
le pondremos a la casa… Se llamará “La casa del Gnomo”
- ¡Hecho! - dijo mi padre con una
sonrisa. Me abrazó y me dio un beso.
Naturalmente, cuando a la hora de la comida lo comentamos en la mesa, a
ninguno de mis hermanos le gustó la idea.
- ¡Vaya nombrecito! - dijo Bruno.
- Sí…. - comentó Miguel mientras
cortaba su filete - ¡menuda cursilería…!
- ¡Eso es una chorrada…! - dijo Raúl, y
después mirándome con gesto de superhombre, dijo con retintín: - ¿…y por qué no
la llamamos “la casita de las hadas rubias y dulces del bosque florido…?
A mí me molestó bastante el comentario y entre las risas de mis
hermanos dije muy enfadada:
- ¡Claroooo… a vosotros os gustaría
llamarla… ¡qué sé yo…! La casa del enano cojo y degollado o algo así -
dije bastante enfadada lo que promovió
un estallido de risas en todos, hasta que mi padre puso orden en la mesa.
- ¡Bueno, bueno! Tampoco está tan mal
llamarla la casa del gnomo si ponemos la estatua en una de las esquinas al lado
de la entrada… y siempre hay tiempo para cambiarle el nombre, así que, por el
momento, esta será “La casa del gnomo” y Sonse la encargada de que la figura
que le da nombre, brille en todo su esplendor.
5
Cuando las cosas comenzaron a estar en orden y cada cual se ocupaba de lo suyo, mi hermano
Raúl y yo empezamos a hacer indagaciones sobre los vecinos que teníamos a cada lado.
Los de la izquierda eran extranjeros, supusimos que ingleses porque
hablaban en este idioma y además de adultos, pudimos contar dos jovencitas y tres muchachitos de
diferentes edades pero que creímos no eran hermanos sino amigos o, tal vez,
parientes. A los de la derecha no tuvimos ningún problema en adivinar su procedencia,
eran compatriotas nuestros. Además de hablar en español, lo hacían a gritos
como si todos fueran sordos, algunas veces de muy malos modos y soltando
palabrotas una tras otra, cosa que, cierto día, cuando lo comentamos en la mesa
que era donde siempre cambiábamos nuestras novedades, mi padre dijo con una
extraña mueca: “Sí, esa actitud es muy celtibérica”, algo que yo no acabé de
entender en todo su contenido pero que causó una sonrisa y un alzamiento de
cejas en mi abuela y en mi madre.
A Raúl y a mí nos gustaron más los chicos ingleses que los españoles que
habitaban la casa de la derecha, cosa a la que mi padre también dijo que era
algo “muy celtibérico” y cuando mis hermanos Bruno y Miguel vieron a las dos
inglesitas, rápidamente comenzaron a remolonear por los alrededores de la verja
para intentar entablar conversación, cosa que, también, lograron a una velocidad asombrosa.
Pronto supimos que las niñas inglesas se llamaban Beth y Rebecca. Beth
era la mayor y de la que se encandiló mi hermano Bruno. Alta, delgadita, muy
rubia, con unos ojos azules demasiado claros para mi gusto y siempre que se
encontraba con Bruno, que comenzó a ser un día sí y otro también, se la veía
ligeramente maquillada y con un clip en el pelo en forma de flor o de animalito
extraño. A mí, francamente, me pareció una cursi pero a mi hermano se le ponía
cara de tonto cada vez que hablaba de ella.
Los chicos me gustaron más. Charly tenía los mismos años que yo
pelirrojo y lleno de pecas era hermano de Beth y primo de Rebecca, un compañero
de juegos estupendo que siempre llevaba sorpresas en los bolsillos. Jhon, era
de la edad de mi hermano Raúl y hermano de Rebecca y aunque más moreno que
ellos, siempre le obligaban a llevar puesta una camiseta porque, aquel sol
español, le quemaba la piel con mucha facilidad y el más pequeño que tenía diez
años, se llamaba Peter, vivía unas casas más arriba de la calle y era amigo de
los ingleses.
Pronto comenzamos a hacer amistad y nos reuníamos para chapurrear, nosotros
nuestro inglés y ellos su español pero no tuvimos nunca ningún inconveniente,
al contrario, nos reíamos de lo lindo con nuestras equivocaciones.
Esta amistad no gustó nada a nuestros amigos españoles que vivían al
otro lado que, por cierto eran tres hermanos, Luis, Carlos y Oscar, más o menos
de la edad de los míos y una niña solitaria a la que llamaban Nerea, nombre,
que por cierto, nosotros odiábamos. Esta Nerea siempre nos miraba con cara de
envidia y a mí, algunas veces me causaba compasión verla tan sola entre tanto
chico escandaloso pero… claro…yo también estaba sola entre tres chicos, sin
embargo, nunca me sentía en soledad y, por lo tanto, pensé que aquellas
apreciaciones eran cosa de mi sensibilidad.
El tiempo pasaba rápidamente y la casa ya había tomado forma. Se veía
muy bonita. Los muros encalados, las verjas nuevas y recién pintadas, las
barandillas reconstruidas…, y un día, cuando estábamos en la mesa, como
siempre, mi madre dijo:
- Bueno…, ha pasado un tiempo y no sé
si os habréis dado cuenta pero aquí no ha venido nadie a limpiar desde que
estamos nosotros. ¿Por qué, entonces, estaba la casa tan limpia y en orden?
Nos miramos unos a otros sin saber que responder, sólo a mi abuela se le
ocurrió decir:
- Esta casa tiene un misterio…
-¡Abuelaaaa…! - respondió Bruno- aquí
no hay misterio que valga, ¡ojalá! - y dirigiéndose, sobre todo a mí, continuó
- ¡por la noche vienen gnomos asesinos prisioneros de las hadas de los jardines
y los obligan a limpiar las casas de los veraneantes…!
-¡jajajajaja….!
La carcajada fue general pero a
mí no me hizo ni pizca de gracia.
- Pues dirás lo que quieras, pero a ver
como explicas que el interior de la casa estuviera tan limpio.
Algo molesta por la burla, me levanté de la mesa y me senté en las
escaleras del porche a meditar. Tenía que haber una explicación para todo
aquello. Y una idea me llevó a otra.
Aquí tengo que explicar algo que todavía no he dicho. Como ya he contado
anteriormente, en el piso alto se encontraban las habitaciones, suficientes
para todos nosotros pero yo, no quise aceptar la mía y le pedí a mi madre me
dejara acomodarme en un cuarto pequeño que se hallaba al lado de la cocina con
una ventana que daba a la parte trasera del jardín donde crecía una higuera muy
frondosa que me gustaba contemplar. Mi madre aceptó, lo que puso muy contento a
mi hermano Raúl que se apropió de la que debía de haber sido mi habitación y
Bruno y Miguel se quedaron en la que tenía el sofá cama.
He de confesar que por las noches sentía algo de miedo, la casa crujía
en el silencio nocturno y muchas veces tuve ganas de subir corriendo a la
habitación de mis padres para meterme en la cama entre ellos dos como hacía
cuando era más pequeña, pero me hice la fuerte y continué durmiendo en el
cuarto pequeño aunque los ruidos que se oían me ponían los pelos de punta. En
la cocina había una puerta por la que, creíamos, se entraba al sótano, un
sótano que todavía no habíamos podido explorar pues la puerta estaba cerrada a
cal y canto y como no tenía cerradura alguna, supusimos estaba atrancada por
dentro aunque no podíamos comprender cómo ni por qué pero como había otras
prioridades más importantes, dejamos pasar el tiempo sin investigar en aquel
lugar, sólo suponíamos que debía de ser tan grande como toda la extensión del
edificio puesto que alrededor de la casa se podían ver unas ventanas protegidas
por unas rejas, a unos centímetros del
suelo donde, algunos cristales, se encontraban rotos y llenos de polvo y mugre.
Una tarde, después de volver de la playa donde acostumbrábamos a
disfrutar de un baño hasta la hora de la comida, nos reunimos con Beth, Rebecca
y los tres chicos. La tarde se había puesto lluviosa y todos nos encontrábamos
en el porche chapurreando nuestros idiomas mientras explicábamos historietas y
sucesos, verdaderos o no, que cada cual decía le había ocurrido y como nuestros
vecinos ingleses llevaban más tiempo que nosotros habitando aquella casa de
veraneo, Bruno les explicó el misterio de la nuestra.
- ¿Vosotros habéis visto a alguien
cerca de la casa o alguna luz que indicara que alguien la visitaba? - preguntó
Bruno mientras acariciaba las pequitas de la nariz de Beth.
Se miraron unos a otros y encogiendo los hombros, repitieron:
- Nooooo…., nunca hemos visto a nadie…
- Nosotros la llamábamos “la casa
vieja” - comentaron extrañados.
Nos quedamos un rato en silencio hasta que a Raúl se le ocurrió la idea:
- Por qué no intentamos entrar en el
sótano para investigar?
- Pero la puerta de la cocina está
cerrada y papá ha dicho que intentaría abrirla cuando tuviera un momento libre -
dije yo, pensando en la reprimenda que nos esperaba si nos descubrían.
- Bueno…, pero vamos a ver si encontramos algún agujero por donde
entrar, sería estupendo.
- ¡Venga, sí! - dijo Miguel cogiendo de
la mano a Rebecca - Las rejas de las ventanas están muy viejas, intentaremos
desprender alguna y nos colamos por el agujero de la ventana.
Yo estaba algo indecisa, sabía que aquello nos podía costar un
castigo pero, al mismo tiempo, la idea
me atraía. ¿Qué podíamos encontrar en aquel espacio deshabitado y cerrado desde
el interior? Las especulaciones de todos nosotros eran de lo más imaginativas y
muy entusiasmados nos fuimos a ver si las verjas de las ventanas tenían alguna
abertura por la que poder entrar.
Cada uno fue a una ventana distinta. Había seis. Dos en cada pared de la
casa menos en la fachada donde estaba el porche. En eso estábamos cuando oímos el grito de Raúl
- ¡Aquí, aquí…! ¡Venir todos!
Cuando nos acercamos pudimos ver
una de las verjas desprendida de su anclaje y la ventana de cristales rotos,
entreabierta.
- ¿Cómo lo has conseguido? – preguntó
Bruno.
- Muy fácil - respondió Raúl - estaba
en los agujeros pero suelta, sólo he tenido que tirar un poco de ella y se ha
caído. ¡Jó, podemos entrar! Además la ventana está abierta…
- Sí, pero hay que tener cuidado - dijo
Bruno - Vamos a ver qué altura hay hasta el suelo porque tenemos que saltar.
Metió la cabeza por la ventana y
dijo:
- Creo que podemos hacerlo sin
dificultad. Hay una especie de armario debajo de la ventana y de allí, al
suelo. Venga, vamos. Pero con cuidado, si nos accidentamos entonces si que nos
ganamos una buena. Primero entraré yo, luego vais bajando todos y Miguel el
último para supervisar que todo está bien. ¿De acuerdo?
Aceptamos sin rechistar y llenos
de entusiasmo. Bruno se agarró a la pared, metió las piernas por la ventana y
luego el cuerpo no sin dificultad, la ventana no era demasiado grande y Bruno
estaba bastante cachitas, pero pasó y cuando ya estaba en el suelo, dijo que
pasara el siguiente que, ¡cómo no! fue Beth a la que Bruno agarró por la
cintura con mucho cuidado y dulzura. La siguiente fui yo, me dejé resbalar
hasta el mueble que estaba bajo la ventana y de allí di un salto al suelo, y
así fuimos pasando todos.
- Miguel, vuelve a poner la verja en su
sitio, si puedes, así, si pasa alguien por ahí no nos pilla.
Cuando estuvimos todos dentro
contemplamos un espacio de suelo cementado en el que había algunos cachivaches
viejos pero sin ningún valor, cestos, una lavadora muy vieja, rollos de soga y
aparatos que servían para escalar seguramente puestos allí por mi tío Juan. El
sótano no era diáfano, estaba dividido por unos muros, en varios compartimentos
y donde no entraba la luz de las ventanas, apenas si se podía ver.
-¡Ahhhhh….!
El grito había salido de la
garganta del pequeño Peter que al tropezar con una banqueta a la que le faltaba
una pata, se había caído.
- ¡Schhhhh…! - dijo Bruno - que nos
pueden oír, papá, mamá y la abuela están en casa…, silencio.
- Necesitamos una linterna, aquí no se
ve nada - comentó Raúl.
- Sí… La que te regalaron por tu
cumpleaños es muy potente - le dijo Bruno a Miguel.
- Podíamos ir a buscarla.
- Bueno…. Pero ahora vamos a echar un
vistazo.
- I am afraid… - oímos decir a Rebecca
que no soltaba la mano de Miguel. A mí me pareció que demasiado fuerte pero no
dije nada.
- Me too…- decía Beth y Bruno
acariciaba su mejilla mientras le decía muy cariñoso:
- No tengas miedo… tranquila… que estoy
aquí.
Cualquiera que lo hubiera oído pensaría que era el príncipe salvador de
damas en peligro… ¡qué idiota! pensé. ¡Madre mía!¡Qué tontos estaban los dos!
pero Beth no me caía mal, era bastante simpática.
Llegamos a un sitio donde había una puerta que intentamos abrir pero
estaba cerrada aunque no tenía cerradura. La empujamos pero fue imposible, no
hubo manera de abrirla.
- ¿No habéis oído un susurro? - dijo
Raúl en el momento en que se agachaba en busca de algo para introducir en la
ranura de la puerta y hacer palanca para abrirla.
- ¿Un susurro…? – dijimos todos.
- ¡Callaros! - dijo Bruno y nos
quedamos todos en silencio.
Una especie de respiración entrecortada llegó a nuestros oídos y todos
echamos a correr hacia la ventana abierta. Empujándonos unos a otros, subimos
al mueble y comenzamos a salir por la ventana. Cuando todos estuvimos fuera, no
pudimos evitar la risa.
- ¿Qué era…? - pregunté.
- ¡Y yo qué sé….! El miedo que
teníamos… - dijo Raúl sentándose en el suelo.
La risa se hizo general y entonces oímos la voz de nuestra madre:
- ¡Chicooooos….! ¿Dónde estáis? A merendar.
Echamos todos a correr hacia la puerta
entre risas y comentarios, pero todavía nos temblaban las piernas y teníamos
algún arañazo que otro producido por las prisas en salir por la ventana.
6
El misterio del sótano nos tenía a todos en vilo y sólo pensábamos en
encontrar el momento para volver a investigar en el sótano. Por unanimidad
decidimos no comunicar nada a nuestros respectivos padres pues sabíamos que la
regañina sería inevitable, estaríamos más vigilados y ya no podríamos volver a
bajar por la ventana, por lo tanto, decidimos guardar silencio y buscar una
ocasión para seguir explorando. Aquella
circunstancia, inventada o no, le daba un nuevo aliciente a nuestras vacaciones
y nos unió más a nuestros amigos ingleses, creo que, incluso, demasiado, porque
Jhon, comenzó a ofrecerme unas miradas
tiernas no correspondidas por mi parte, no me dejaba sola ni a sol ni a sombra
y a mí, comenzaban a cansarme tantas atenciones.
La situación, sin embargo, se demoró más de lo deseado. El tiempo volvió
a ser muy soleado y caluroso y las mañanas las pasábamos todos en la playa,
comíamos muy tarde, echábamos la siesta para reponernos del cansancio playero y
el poco rato que nos quedaba para inspeccionar, en el jardín siempre se
encontraban mis padres, mi abuela y algún vecino, porque mi madre comenzó a
conversar con los celtíberos de la derecha como los llamaba mi padre, que no es
necesario aclarar, eran nuestros compatriotas. Esta amistad, -si se puede dar
este nombre a las conversaciones corteses que mi madre sostenía con ellos-, nos obligó a nosotros a tratar
con los chicos cuando mi madre, una mañana que coincidimos en la playa, nos
dijo:
- Debéis de hablar y jugar con los
vecinos, es una falta de cortesía no invitarles a colaborar en vuestros juegos,
eso no se hace.
- ¡Jo, mamá! ¡Nos caen mal…! -
respondió Raúl que era al que peor le caían – Siempre están peleando y
gritando.
- Pues a las personas se las enseña con
el ejemplo - dijo mi abuela que, como siempre, estaba atenta a todo lo que
sucedía aunque no lo pareciera - Si vosotros no gritáis y no os peleáis -
continuó – ellos aprenderán a no hacerlo.
El caso es que por una cosa o por otra, acabamos haciéndonos amigos y entre los anglosajones y
los celtíberos, llegamos a formar un grupito bastante numeroso que, sobre todo
en la playa, lo pasábamos guay. Pero todo hay que decirlo; el secreto del
sótano sólo nos pertenecía a nosotros, o sea, a quienes lo descubrimos, los
inglesitos, mis hermanos y yo. Y la amistad común también mermó las
posibilidades de volver a investigar.
Un día, sucedió en la casa, otra vez, algo inexplicable. Mi abuela y mi
madre eran unas buenas cocineras y se les ocurrió hacer una tarta de manzana
como postre. Como la deliciosa tarta era muy grande, sobró algo menos de la
mitad y mi abuela cubrió la bandeja con papel de aluminio y la dejó aquella
noche sobre la mesa de la cocina porque decía que las tartas están más ricas a
temperatura ambiente. Por la mañana, cuando quisimos desayunarnos con un buen
trozo de tarta, ésta había desaparecido. Sólo quedaba el papel que la cubría y
la bandeja con unas cuantas migas.
- ¿Quién se ha comido la tarta? -
preguntó mi madre extrañada. Primero nos miró a nosotros uno por uno con cara
de malas pulgas para leer en nuestros ojos la culpabilidad y luego, sorprendida, los fijó en nuestro
padre que respondió un poco mosca:
-…a mí no me mires…
Por supuesto que la abuela no
había sido, ella no hacía esas cosas y menos hartarse a tarta, entonces ¿quién
se había comido la tarta?
- No sé por qué tanto misterio - dijo
Miguel – se lo habrá comido un gato, yo he visto uno de esos atigrados por el
jardín, ¡vete a saber!
- Pero un gato no deja el papel tan
bien puesto y por supuesto tampoco las migas…- dijo mi madre – No… esto no es
obra de un gato… Hubiera roto el papel de aluminio - repitió observando el
envoltorio que se veía completo -¡qué raro! Sonse, tú que duermes aquí abajo,
¿has oído algún ruido? A ver si es que ha entrado algún ladrón…
- Pues si ha entrado alguien no ha sido
un ladrón - dijo mi padre mientras se tomaba un café con leche – habrá sido un
hambriento porque sólo se ha llevado la tarta.
Esa contestación nos hizo gracia a todos y así se zanjó la historia.
Aunque a mí el miedo no se me quitó en toda la mañana al recordar los ruidos
extraños que se oían en la casa. Sin más comentarios, nos fuimos a la playa en
el Land Rover y todos se olvidaron del asunto menos yo. ¿Estaba segura de haber
oído los ruidos por la noche? ¿O todo había sido causa de un sueño?
7
Cuando nos reuníamos con nuestros amigos ingleses, deseábamos que el
tiempo se nublara y cayera algún chaparrón que mantuviera a nuestros padres y a
mi abuela en el interior de la casa para poder investigar, otra vez, en el
sótano, pero los días seguían soleados y calurosos.
- Hoy he leído en Internet que el
tiempo va a cambiar, vamos a tener lluvia - dijo Bruno una mañana cuando
jugábamos en la playa con un balón.
- ¡Bieeen…!- dijimos todos
entusiasmados y quedamos en reunirnos a las cinco de la tarde en el jardín de
nuestra casa, lloviera o no. Y para nuestra suerte, comenzaron a sonar unos
truenos acompañados de relámpagos y unos chaparrones intermitentes que nos
obligaron a recoger sombrillas, toallas y demás archiperres y volver a nuestra
casa. El día de playa había finalizado lo que a nuestro grupito le tenía la mar
de contento, sin embargo, las andanzas por el sótano estuvieron a punto de
estropearse cuando, mi padre, mientras leía un periódico gratuito escrito en
inglés para, así, practicar un poco el idioma, dijo de manera distraída al
mismo tiempo que doblaba el periódico:
- Voy a intentar abrir la puerta del
sótano de una vez y averiguar qué es lo que hay ahí abajo.
Nos miramos unos a otros con la esperanza de que no lo hiciera y, no sé
si fue por la fuerza mental que hicimos todos o por esas casualidades de la
vida, el caso es que, nuestros vecinitos ingleses, vinieron a visitarnos
acompañados de sus papás y entonces supimos que teníamos la tarde libre porque
cuando esto sucedía, los mayores enredaban la tarde entre conversaciones,
juegos de cartas y merendolas, por lo tanto el tiempo era nuestro. Mi abuela no era ningún peligro, se sentaba
en su mecedora y si no leía, trabajaba en sus labores de ganchillo y así se
pasaba la tarde, no había ningún cuidado. Y dicho y hecho. Después de merendar,
nos pusimos manos a la obra.
Lloviznaba un poco, pero el tiempo fresquito y nublado le daba a la
aventura más interés. Remoloneando y fingiendo que jugábamos para evitar que
nuestros padres se dieran cuenta de nuestras intenciones, nos acercamos a la
ventana que tenía la reja desprendida, la soltamos y uno a uno, fuimos bajando
al interior del sótano. Miguel había tenido la astucia de coger su linterna y
así pudimos ver mejor cuanto había en el interior de aquellos rincones pero
nuestra atención seguía en el cuarto que no pudimos abrir y hacia allá nos
dirigimos todos. Cuando llegamos, la sorpresa nos dejó paralizados y comenzamos
a temblar. La puerta se veía entreabierta. Beth, Rebecca y yo, nos abrazamos
asustadas, el pequeño Peter, retrocedió
unos pasos dispuesto a echar a correr y los cinco mayores: Bruno, Miguel, Raúl, Charly y John, se detuvieron sin saber qué hacer.
¿Quién había abierto la puerta? Escuchamos en silencio por si oíamos, otra vez algún
susurro pero, en aquel momento, la puerta se abrió por completo y una sombra
enorme se avalanzó sobre nosotros derribando a Raúl y a John. Todos comenzamos
a gritar y a correr de manera desordenada, no sabíamos que era aquello pero
parecía un ser humano enorme, un gigante. El único que consiguió mantener la
calma y actuar de manera coherente fue mi hermano Bruno, que cogiendo la
linterna, corrió tras la sombra. La audacia de mi hermano mayor, nos
proporcionó un poco de valor a todos los demás que, al verlo correr, le
seguimos en una carrera.
Cuando llegábamos a la ventana por donde nos colábamos, vimos a Bruno
que sujetaba por una pierna a un hombre zarrapastroso que intentaba salir por
la ventana.
- ¡No he hecho nada…, no he hecho nada!
- gritaba el hombre.
- ¡Quietoooo! ¿Quién eres, qué haces
aquí? - le decía Bruno sin soltarlo.
Asustados, comprendimos que aquel hombre era un mendigo que estaba más
temeroso que nosotros. Poco a poco nos fuimos calmando y comenzamos a
interrogarle aunque no fue necesario porque él nos explicó toda la historia.
- Cuando la casa estaba destruida,
descubrí que podía entrar por la ventana y como no tenía donde guarecerme, me
acomodé en esa habitación.
- Pero tú subías a la casa ¿verdad?- le
dijo Bruno –Tú te comiste la tarta de manzana… ¿dormías en las habitaciones?
- Noooo…, no. Nunca he dormido en las
habitaciones, sólo subía a comer y dormía aquí porque me daba miedo que alguien
pudiera verme. Pero la casa era tan bonita… Algunas veces me quedaba a comer en
la cocina y luego limpiaba un poco la casa, me gustaba verla limpia, así me
creía que era mía.
- ¿Desde cuándo estás viviendo aquí? -
le preguntó Miguel.
- No me acuerdo pero, hace ya bastante
tiempo, todo el invierno lo he pasado en esta casa. Aquí hay mucha humedad en
invierno y se pasa mal a la intemperie. No me peguéis…- decía el hombre
temblando de miedo.
A mí comenzó a causarme una gran compasión. Lo observé. Iba vestido casi
de harapos, con una barba crecida y los ojos pitañosos de mirada huidiza.
- Hemos de decírselo a papá…- dije con
un hilo de voz. Aquello era demasiado serio y pensé que el hombre necesitaba
ayuda.
- ¡No he hecho nada…, no he hecho nada!
Yo cuidaba la casa… ni he robado, ni he ensuciado, todo está limpio y he
respetado las habitaciones, siempre he dormido aquí abajo… ¡mirad, venid!- nos
dijo con voz temblorosa.
Le seguimos al cuarto de donde salió y nos enseñó una colchoneta que le
servía de cama, una mesita desvencijada donde se podía ver una vela y trastos y
ropas en un carrito de la compra y sobre unas maderas que le servían de
estantería.
- Aquí es donde duermo, a veces subo a
la cocina y cojo algo de comer pero nada más.
Comprendimos que el hombre
necesitaba ayuda y oí la voz de Bruno que dijo:
- Bueno, vamos arriba. No te pasará
nada, no tengas miedo, pero tenemos que decírselo a nuestros padres.
- ¡No he hecho nada malo… no he hecho
nada malo…! - seguía diciendo el pobre desgraciado.
Todos juntos nos acercamos a la escalera por donde se entraba a la
cocina. La puerta estaba atrancada con una barra de hierro puesta de través
para evitar que se abriera. La retiramos y entramos en casa. En el salón, mis
padres jugaban a las cartas con los padres de los niños ingleses y al vernos, se quedaron
pasmados. A mi abuela se le cayó el libro de las manos y se hizo un silencio
roto por Bruno cuando presentó al mendigo que llevaba agarrado por un brazo.
8
El misterio se resolvió sin ningún contratiempo. Mis padres escucharon
nuestras explicaciones y las del mendigo que, al fin y al cabo, había sido quien mantuvo la casa en orden y
evitó, así, su deterioro por lo que, en parte, debíamos de estarle agradecidos.
Mi padre llamó a la policía y una asistente social se lo llevó para ingresarlo
en alguna institución para indigentes, según nos dijeron. Y cuando ya nos
creíamos libres para hacer y deshacer comentarios sobre toda la historia,
nuestro padre nos llamó y muy serio, dijo:
- Bien, la cosa no ha resultado mal.
Todo se ha resuelto sin problemas pero habéis corrido un peligro y además nos
habéis ocultado algo importante. ¿Os imagináis que hubiera pasado si en lugar
de ser un mendigo inocente hubiera sido una persona malvada? ¿Un ser depravado?
¿Un delincuente? - Y después de guardar un silencio para que captáramos la idea
con claridad, continuó: - Podía haberos matado, dejaros ahí encerrados y
nosotros sin saber qué pasaba. Sólo de pensarlo me estremezco - dijo ya
enfadado – Esto no va a volver a ocurrir, así que las vacaciones finalizaron.
Y unos días antes de que el mes de Agosto terminara, cogimos nuestro
coche, cerramos bien la casa después de arreglar todas las ventanas del sótano,
y nos dirigimos de vuelta a nuestra casa de Madrid. Los celtíberos que
habitaban la casa de la derecha, ya se habían marchado y nuestros amigos
ingleses preparaban sus maletas para trasladarse hasta su isla, no volveríamos
a vernos hasta el próximo año.
Cuando nos despedimos de ellos, Beth le arreó a Bruno un besazo en todos
los morros y delante de nosotros que le dejó a mi hermano más colorado que un
tomate de verano, pero nadie hizo ningún comentario aunque yo, que soy muy
perspicaz, vi la sonrisa de mi padre y el ceño fruncido de mi madre. A mí, la
verdad, me dio la risa.
Mi padre dijo que volvería en cuanto tuviera unos días libres para
terminar de poner en orden las cosas de la herencia y nosotros cuando llegamos
a Madrid, lo primero que hicimos fue acercarnos a la librería del barrio a
buscar los libros de texto que teníamos encargados. Debíamos forrarlos y
preparar todo lo necesario para las clases, en el plazo de unos días, comenzaba
un nuevo curso.