EL PIANO DE COLA

Se puede obtener mi novela EL PIANO DE COLA entrando en el siguiente enlace:
http://www.lulu.com/product/tapa-blanda/el-piano-de-cola/15152051

viernes 2 de marzo de 2012

LAS VACACIONES INESPERADAS


LAS VACACIONES INESPERADAS



En cuanto subí al coche supe que iba a suceder algo fuera de lo normal. Lo husmeaba en el ambiente. Eso de que me dijeran muy amablemente y con cierta tristeza en la voz: ¡Veeeenga… suuuube…! A mi me olía a chamusquina, y acerté, claro. Después de más de media hora de viaje, llegamos a la casa con jardín que ya había visitado en otras ocasiones y al entrar en el piso de la vieja loca que era la madre de mi dueña, supe con seguridad, que me dejarían un tiempo con ella.

Yo soy un Schnauzer enano de pelo gris, tengo tres años y la madre de mi dueña, cuando me ve, dice que tengo cara de viejo, por eso yo a ella la llamo vieja loca, porque me parece que está como una chiva. Cuando me dejan con ella, comienza mi penitencia. Para que no me suba a las butacas, siempre me coge en brazos y se pasea por la casa que, por cierto, es más grande que la mansión de Cumbres Borrascosas, mientras canta la “Casta diva” como si se creyera María Callas y me deja medio colgando entre sus manazas de uñas larguísimas enredadas entre mis rizos que me aprietan el pecho hasta cortarme la respiración. Yo la miro y me dan ganas de llorar, Es gorda, grande, fea, bigotuda y cuando se levanta por las mañanas, asusta al más valiente. Entre la cara de sueño y los papelitos con los que se enrolla los bucles para tener el pelo rizado durante todo el día, parece una calabaza del “Jalouin” ese que se está poniendo de moda. Pero vamos a lo mío que de ella iré hablando mientras explico la historia.

Además de ser un Schnauzer de pedigree, muy culto, soy guapo y algo presumido, lo reconozco, perooo… es que merezco la pena, las cosas como sean. No soporto que me dejen las barbas demasiado largas ni tampoco las cejas, deben de tener la medida justa, por eso me gusta que me lleven a la peluquería para que me esquilen y lucir como debe hacerlo un auténtico Schnauzer enano. Sin embargo, la vieja loca de la madre de mi dueña, en cuanto me dejan solo con ella, lo primero que hace es coger unas tijeras y liarse a tijeretazos con mis cejas y mis barbas de cuyo resultado salen unos trasquilones que parece como si me hubiera peleado con media docena de perros más locos que ella.

Hoy voy a explicar la aventura que me sucedió en su casa mientras mi dueña estaba de vacaciones en Finlandia.

Primero, explicaré un poco quienes eran los vecinos en aquella casa situada en una urbanización rodeada de jardines en las cercanías de Madrid. Sólo conocía a tres de mis congéneres convecinos en aquellos días de paciencia benedictina que pasé en la casa. El que mejor me caía era un gran danés de color gris con cara de tontorrón, por el cual sentía cierta compasión. Era tan grande y tan patoso andando que daba pura pena verlo pasear por los alrededores y la primera vez que le oí ladrar sentí una mezcla de risa y tristeza inexplicable. ¡Pero si es que el pobre no sabía ladrar! Todos los perros acostumbramos a dejar oír nuestros ladridos de una misma forma… más o menos… Primero un ladrido fuerte y luego unos cuantos seguidos algo más flojitos por si acaso nos regañan los dueños y si esto no sucede, damos a conocer nuestro genio expulsando gruñidos y ladridos mezclados para asustar a quien nos escuche y así quedamos como verdaderos canes de buena familia, sin embargo, este pobre gran danés, dejaba oír un único ladrido, sordo: ¡GUAU! y se callaba durante cinco minutos hasta que le llegaba el turno al segundo. Yo nunca pude adivinar por qué hacía eso pero, siempre creí, que era porque se cansaba o, tal vez, le dolía la mandíbula ya que le debía de costar un supremo esfuerzo abrir una boca tan grande por la que se podía tragar un melón entero. Sus belfos eran tan chorreantes que debía pasar la lengua por ellos continuamente para evitar las babas y, la verdad es que aquello me parecía asqueroso, sin embargo, era bastante simpático, nos miraba y se quedaba como si no hubiera visto nada. No sé, tal vez, éramos nosotros quienes le dábamos pena a él. ¡Cualquiera sabe!

El otro congénere era un pointer blanco con manchas negras de genio endiablado como todos los pointer y que siempre tenía que llevar el rabo tan estirado como si fuera una flecha recién disparada. Era antipático y capaz de zamparse al primer pequeñajo que se le pusiera por delante. Yo, francamente, tengo que confesar que cuando me cruzaba con él, me temblaban todas las carnes. Afortunadamente, la vieja loca que me cuidaba también le tenía miedo y cuando pasábamos por delante de su jardín, me cogía en brazos para evitar males mayores. El tercero era un presumido labrador blanco con tonalidades ligeramente rubias, que se creía el guaperas del barrio y cada vez que pasábamos por delante de su puerta, arañaba, gruñía y ladraba como si le hubiera dado un ataque de locura, hasta que nos perdía de vista. Yo, a éste, ni le hacía caso, era un bocazas.

Y ahora voy a la historia definitiva, a la aventura que sucedió, pero antes explicaré que yo no soy de esos que se mete entre las hierbas a olisquear cualquier perfume y se llena de pajas, pulgas o garrapatas, que de todo puede coger uno por esos campos, no. A mi me gusta andar por el adoquinado, por la acera, a lo máximo que llego es a arrimarme al alcorque de un árbol para allí desahogarme tranquilamente y después marco mi terreno entre farolas y bancos de los que me encuentro por el camino, pero nada más. El caso es que mi ama temporal, la vieja loca, me llevaba a pasear por una acera en la que en un lado estaba la carretera por donde pasaban los coches y, por el otro lado, un campo con matojos, hierbas y cardos, se extendía unos cuantos metros. A ella le hubiera gustado que yo hiciera mis incursiones en aquel terreno pero de eso ¡ni hablar! Yo olía los hierbajos más cercanos y con mis patitas ni tocarlos. Llegábamos hasta una rotonda y allí dábamos la vuelta para subir otra vez hasta la urbanización.

Pues un día, estaba yo olisqueando unos cuantos pises que no sabía de quién eran, cuando debajo de una piedra de medianas dimensiones, vi como se movía algo que no supe identificar. Como la curiosidad es una característica perruna, comencé a darle con la pata para sacarlo de debajo de la piedra y no paré hasta conseguirlo, pero…. ¡vaya susto me dio!, a mí y a la vieja loca que pegó un chillido que la oyeron desde la Puerta el Sol!

-¡Un escorpióoooooonnnn….!- gritó la loca. Y tenía razón por esta vez. Yo pegué un salto hacia atrás gruñendo con todas las fuerzas de mis pulmones, se me erizaron los pelos del lomo y comencé a darle bandazos al bicharraco que no paraba de levantar la cola para clavarme el aguijón. No sabía qué hacer, se me enredó la correa extensible con la que la loca me llevaba y que no sabía sujetarla y, en aquel momento fue mejor, porque yo tenía que moverme con una rapidez inverosímil para evitar los picotazos mientras la chiflada de la vieja me dejaba sordo con sus gritos, cosa que, creo, hasta ponía más furioso al escorpión que corría tras de mí como un endemoniado. Al fin, de una patada, conseguí echarlo fuera de la acera y fue a parar panza arriba a la carretera con la gran suerte de que, un coche que pasaba en aquel momento a toda velocidad, lo despachurró y allí se quedó el energúmeno.

Yo más ufano que si hubiera ganado una medalla, comencé a oler los hierbajos y husmear los adoquines para hacerme el interesante y aunque me temblaban los corvejones, me hice el valiente como si allí no hubiera pasado nada. La vieja loca, llegó a casa suspirando y a todo aquel que se encontraba por el camino le explicaba la odisea como si yo hubiera sido el caballo blanco de Santiago. ¡Madre mía, qué alboroto armó la señora! Si hasta casi salgo en los periódicos porque al día siguiente, pasó toda la mañana pegada al teléfono explicando a unos y otros la aventura del escorpión, ¡pues anda quéeee…! Mientras, yo tuve que aguantar caricias de los más evasivos, esos que, en otra ocasión, tal vez, me hubieran dado un puntapié. Pero la vida de los perros es así.

La suerte fue que, la vieja loca, me llenó de mimos, me dejó hacerme una rosca encima de su regazo que era de lo más cómodo, eso sí, me daba trocitos de jamón de York y algún gajo de mandarina que me chiflan y por la noche arrimó mi camita al radiador de la calefacción para que estuviera calentito.. ¡Y hasta me cubrió con una manta de lana que ella se ponía en las rodillas cuando veía la tele… ¡ Y lo que son las cosas…! ¿¡Pues no resulta que le he cogido yo cariño a la vieja loca!?
-MAGDA.

martes 28 de febrero de 2012

CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA - POMPITA ESTRENA ZAPATOS


CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA

POMPITA ESTRENA ZAPATOS

Como ya llegaba la primavera y Pompita había crecido mucho durante el invierno, la mamá Doña Gaviota, se la llevó de compras al pueblo para reponer su vestuario.
Se fueron a los almacenes “El último grito del acantilado” donde vendían de todo lo necesario para cualquier gaviota y allí, Pompita se encaprichó de unos zapatos de tacón que a la mamá no le gustaron nada, y así empezó la discusión.
-¡Que no, Pompita, que esos zapatos no son para ti, que todavía eres muy pequeña…
-Mamáaaa, porfaporfaporfa… que en este invierno me he hecho muy mayor…¡fíjate si todo me queda pequeño!- y mientras decía esto, Pompita le enseñaba a su mamá las mangas del jersey que le llegaban un palmo por arriba de las plumas del ala y unas sandalias por donde asomaban sus deditos que pisaban el suelo de tan pequeñas como se le habían quedado.
Al final, después de mucho porfiar, la mamá Doña Gaviota permitió a Pompita que se comprara los zapatos de tacón aunque, por lo bajini, murmuraba bastante enfadada, algo así como: “….si no se los pondrá nunca… Con esos tacones no podrá andar por el acantilado y menos zambullirse a pescar… ¡Estos hijooooos…!”
Pero Pompita consiguió lo que quería y el primer domingo de un sol reluciente, se puso los zapatos de tacón y se fue con sus hermanos a pescar desde las rocas del acantilado. Desde un principio, se dio cuenta de que los zapatos eran un estorbo para caminar por las rocas, pero como no quería decirlo, fue todo el camino en silencio y caminando como podía, con una torcedura aquí y un tropezón allá.
Cuando llegaron a lo más alto, respiró tranquila y se sentó a tomar un poco el sol mientras sus hermanos jugaban, pero llegó el momento de pescar y allá que se va Pompita con sus zapatos nuevos a bajar en picado a por unas sardinitas que nadaban entre las aguas pero, hete aquí, que por el cielo, aparece un enorme pájaro a toda velocidad, era el pelícano Don Pascual que aquel día estaba de un humor endiablado. Se acercó hasta el banco de sardinas donde Pompita pescaba y gritó:
-¡Fuera de aquí, gaviota tonta… Este pescado es mío!- y comenzó a darle picotazos con aquel pico tan grande.
Pompita, muy asustada, se fue volando hasta la roca del acantilado lo más rápido que pudo, pero el pelícano Don Pascual, la persiguió graznando muy enfadado:
-¡Cómo no te vayas pronto a tu casa, te voy a comer a ti y a todos tus hermanos!
¡Madre mía, qué susto! Pompita quería correr pero con aquellos tacones era imposible y no tenía tiempo de quitárselos. Se le torcían las patitas y comenzó a llorar muy asustada. De pronto, Don Pascual abrió su enorme pico y ¡cataplum! Se zampó a Pompita y la guardó en esa bolsa tan grande que tienen los pelícanos en el pico. Emprendió otra vez el vuelo, y se fue a pescar.
Pompita, al verse en aquella jaula que era el pico de Don Pascual, comenzó a golpear las paredes y sollozando gritaba: “mamáááá…. mamáááá” El pelícano Don Pascual, enfadadísimo porque le estaba haciendo daño en el pico y además quería pescar porque tenía mucha hambre, abrió el pico y dejó caer a Pompita en el agua donde perdió sus zapatos y con las plumas todas mojadas, intentó remontar el vuelo como pudo hecha un mar de lágrimas.
Al llegar a las rocas del acantilado, se encontró con sus hermanitos llorando de miedo y de pena porque creían que ya no iban a ver más a Pompita pero como ella era la mayor de las niñas y la responsable, los calmó a todos.
-¡Ya estoy aquí… no os preocupéis que no pasa nada…! Pero vamos a casa porque necesito recuperarme del susto.
Descalza y medio desplumada, se fue con sus hermanitos hacia su casa y por el camino se encontró con su mamá que iba a buscarla porque su hermano Pompito la había avisado del peligro que corría. La mama Doña Gaviota, al verla tan asustada, sin zapatos y toda mojada, se enterneció, dejó a un lado la escoba que llevaba para darle un buen escobazo al pelícano Don Pascual y abrazó a Pompita que se puso a llorar en sus brazos.
Cuando llegaron a casa Pompita tuvo que volver a ponerse las sandalias que le quedaban pequeñas pero como la mamá la quería mucho y sabía que estaba arrepentida de haber tenido aquel capricho de los zapatos de tacón, al día siguiente le compró unas sandalias nuevas sin tacones que le duraron todo el verano que, por cierto, fue muy divertido. Los tacones…, tal vez para el próximo año. – MAGDA.

martes 24 de enero de 2012

EL ENANO FAUSTINO Y EL HADA DE LOS BOSQUES


EL ENANO FAUSTINO Y EL HADA DE LOS BOSQUES

Faustino era el enano más viejo del bosque y también el más malhumorado. Cada vez que salía para recoger las flores de manzanilla y romero que utilizaba para sus pócimas murmuraba porque decía que con los murmullos de sus reniegos, se olvidaba un poco del dolor de sus articulaciones. Esto cuando hacía sol porque los días de niebla, lluvia y frío, se quedaba arropadito en su cama sin salir del agujero de aquel pino tan viejo como él que se encontraba cerca del riachuelo.
El enano Faustino recogía en el bosque las plantas curativas que sólo él conocía pero quien se encargaba de fabricar y curar todas las enfermedades con aquellos ungüentos y bebedizos era el hada Infusión. Un hada diminuta de cabellera oscura que vivía dentro de una flor de campanilla y era quien se encargaba de despertar a los habitantes del bosque para que cada cual se dedicara a su trabajo.
El hada Infusión quería mucho al enano Faustino y le daba mucha pena que estuviera siempre tan malhumorado porque, para colmo de males, el enano Faustino no se dejaba curar. Cuando el hada Infusión le daba una botellita con el jarabe para tomar todas las mañanas en ayunas, se tiraba de su larga barba y muy enfadado murmuraba:
-¡Paparruchas! ¡Esto de los jarabes son paparruchas!- y guardaba la botellita en un armario que ya estaba atiborrado de frascos y pastillas.
Pero un invierno muy frío, el más frío en muchos, muchos años, llegó el señor de las nieves arrastrando un saco de enfermedades y, riéndose de todos, vació el saco por todo el bosque desde la montaña más alta. Todo se cubrió de negro, las flores se marchitaron y los riachuelos se secaron. Los árboles lloraban con sus hojas secas y ningún animalito salía de sus madrigueras. Las hadas, los gnomos, las sílfides y los duendecillos comenzaron a enfermar y pronto se acabaron las medicinas del hada Infusión. Un día, cuando entrego la última botella de jarabe a la coneja Doña Sibila para curar el catarro de sus doce hijitos, se arriesgó a ir a buscar ayuda al enano Faustino. Se arrebujó en su capa, se puso el gorro de invierno y la bufanda más larga que encontró y con unos esquíes que sacó del armario de los trastos, fue en busca del enano.
Naturalmente lo encontró malhumorado y murmurando dentro de su cama, con el pijama de felpa, el edredón nórdico que le había regalado su primo finlandés que trabajaba para Santa Claus y cuando el hada Infusión entró en su casa no le hizo ni caso.
-¡Porfa,porfa,porfa, Faustino, ayúdame!-decía el hada llorando a moco tendido -El bosque se está muriendo, tenemos que ir a buscar las flores de manzanilla y romero a otro lugar para poder curar a sus habitantes hasta que el invierno se marche….
-¡Paparruchas…!- dijo el enano Faustino sacando la nariz por encima de las sábanas –Yo no me muevo de la cama porque el reúma me inmoviliza y sólo me faltaba coger un catarro por ir a buscar las hierbas a otro bosque ¡ni hablar! Eso no es asunto mío…
Fautino, entonces, se quedó quieto con la nariz fuera de las sábanas y pegó un salto, se puso las pantuflas de lana. La bufanda de cachemir y la bata que le había regalado su amigo el tejón que era muy calentita y tan deprisa como le permitió su reúma se fue hacia el armario donde escondía todos los medicamentos que le daba el hada Infusión y que nunca tomaba.
-¡Ajajaja,,,!-dijo muy contento rascándose una de sus puntiagudas orejas – si ya sabía yo que esto iba a servir para algo… ¡Aquí tenemos una farmacia al completo!- y diciendo esto le mostró al Hada del bosque todos los frascos de jarabe, pastillas, ungüentos y emplastos que conservaba en el armario y que él no tomaba nunca.
El hada Infusión se puso tan contenta que comenzó a saltar y a bailar. Luego los dos, Faustino e Infusión, encendieron la chimenea, calentaron una tetera y se sirvieron unas buenas tazas de té que les supieron a gloria. En la casa del enano Faustino pusieron un letrero que decía en letras muy grandes: “FARMACIA” y comenzaron a dar las medicinas que en el bosque se necesitaban.
El invierno muy enfadado al ver aquello y como ya se terminaba su temporada, cerró su saco y poco a poco se marchó por el camino de los tiempos para dar cuenta a los sabios del mundo de lo que había hecho durante su momento de trabajo y la verdad es que no iba muy contento porque, el suyo, no había sido un invierno muy bonito… pero… prometió que, en el siguiente, el saco estaría lleno de nieve fina para que todos los niños pudieran hacer muñecos, y de enfermedades… ni una.
Bueno… Cuando se hace una cosa mal… no siempre es mala del todo.
Y colorín colorado…
MAGDA.

jueves 19 de enero de 2012

EL REY MAGO CRISPÍN



DEDICADO A MI HIJO JUAN-CARLOS.

EL REY MAGO CRISPÍN

La Escuela de los Reyes Magos de Oriente, estaba llena a rebosar. Ser Rey Mago era algo a lo que todos aspiraban y el que más y el que menos, procuraba buscar sus influencias para poder ocupar una plaza en la Escuela.
Crispín tuvo la suerte de ser admitido en uno de los sorteos que el Ayuntamiento de El país de los Reyes Magos de Oriente acostumbraba a hacer cada año cuando comenzaba el curso para que todos sus habitantes comprendidos entre los 15 y 20 años pudieran optar el día de mañana a un puesto de Rey Mago.
Crispín estaba de lo más contento cuando le concedieron la plaza en la Escuela y daba unos brincos de alegría que llegaba hasta el techo, sin embargo, la mamá de Crispín estaba un poco preocupada porque de los cuatro hijos que tenía, Crispín era quien le ocasionaba más problemas. Su hijo Crispín era lo que se ha dado en llamar “un pasota”. Le daba lo mismo una cosa que otra, se ponía la ropa que más le gustaba en el momento que se le antojaba aunque no fuera el oportuno, no se preocupaba si se ponía el jersey del revés y no tenía más gusto que llevar los calcetines agujereados. Decía que así se le ventilaban los pies y no había nadie que lo hiciera cambiar de idea, ni siquiera las lágrimas de su madre que cuando veía aquellos zancajos, se le encogía el corazón de vergüenza y dolor. Pero hemos de decir también que, Crispín, era el chico más feliz, bueno y simpático del mundo, siempre estaba sonriente y verlo tan optimista hacía feliz a todo aquel que se encontraba a su lado. Le entusiasmaba el detalle más insignificante, era dichoso hasta mirando volar una mosca. Como hemos dicho, siempre sonreía y además era muy ayudador. Todos sabían que si se encontraban en un apuro, podían acudir a Crispín porque él, removería tierra y cielo para arreglar aquel entuerto que le presentaban y, lo curioso e importante, es que, casi siempre, lo conseguía.
Cando comenzaron las clases para ser Rey Mago todos se sentían nerviosos, preocupados por si no podían dar la talla en los estudios pero Crispín, con las manos en los bolsillos, se paseaba silbando tan feliz como si ya hubiera conseguido la corona. El decía que llegaría a ser Rey Mago y tenía tal seguridad que nadie lo ponía en duda, tanto es así que hasta los profesores no fueron capaces de suspender sus emborronados exámenes que, todo hay que decirlo, acostumbraban a tener un resultado correcto aunque nadie sabía cómo lo conseguía. Total, que Crispín logró tener su birrete de Rey y lo coronaron como ayudante de Melchor, el Rey más viejo y más severo.
Todos creían que Crispín iba a durar de ayudante lo que se tarda en dar un suspiro. Perdía las cartas de los niños, se olvidaba de los juguetes que pedían y en lugar de poner una muñeca a una niña, le ponía el fuerte de los Airgam Boys y a su hermano una muñeca con su cocinita. A un papá le ponía una bolsa de labores y a la mamá una pipa y así gazapo tras gazapo, sorprendía a todos con sus torpezas que luego, eran unos aciertos estupendos porque todos reían y decían que el Rey Mago se había equivocado y acababan cambiándose los regalos cosa que era muy divertida. Esta actitud simpática de Crispín, sus despistes, sus detalles espontáneos, fueron para la vejez del Rey Melchor como una ráfaga de aire fresco en el desierto y se reía tanto con él, que llegó a cogerle un gran cariño hasta el extremo de nombrarlo suplente para cuando él estuviera muy cansado y necesitara echarse una siestecita.
Por eso, si alguna vez, en un regalo de Reyes encontráis lo que no habéis pedido con la firma de una corona pequeñita y una C muy grande, no le deis vueltas a la cabeza para adivinar que Rey puede ser porque ya os digo desde ahora que es el ayudante de Melchor, el despistado Rey CRISPÍN, el más simpático de los Reyes.- MAGDA.

domingo 1 de enero de 2012

EL CAMELLO ZAHIR


EL CAMELLO ZAHIR

Zahir era el más pequeño de los siete hermanos y aquel año estaba muy alborotado porque ¡al fin! había llegado el momento de servir de montura al Rey Baltasar en el viaje anual de los tres magos de oriente a tierras occidentales para regalar a los niños los juguetes que pidieran.
La mamá camella Doña Zulema era quien estaba más preocupada porque conocía a su pequeño hijo Zahir y sabía que era muy, pero que muy despistado y temía cometiera alguna barrabasada, sin intención, claro está, pero a causa de aquel despiste suyo siempre destacaba en todos los sitios donde iba.
Todas los atardeceres, cuando ya el calor del desierto cedía un poco y las palmeras del Oasis ofrecían una fresca sombra, el gurú de la manada Don Ben Hassan, reunía a los tres camellos escogidos para el trabajo de la caravana de los Reyes Magos de Oriente y les informaba del debido comportamiento y de su cometido. Los camellos Raib y Asir eran algo más mayores que Zahir y desde luego no eran despistados ni atrevidos como él pero tampoco estaban tan entusiasmados como Zahir al que le brillaban los ojos y se le pronunciaba la sonrisa sólo de pensar en su trabajo acompañando al Rey Baltasar.
El día 5 de enero se levantó muy temprano, se lavó, se perfumó con su colonia preferida y después de oír las recomendaciones de su mamá, se marchó muy contento en busca de la caravana.
Todo fue bien en un primer momento mientras hicieron el viaje rápido hasta los países de Occidente, pero al llegar a España, Zahir se olvidó de todas las recomendaciones y cuando se albergaron en un enorme edificio que las autoridades les ofrecieron para que preparasen la cabalgata de la noche y todos los paquetes que debían entregar a los niños, Zahir que observaba las diferencias con su país, pensó en hacer una escapadita, sin que nadie lo advirtiera, para explorar un poco y conocer todas las novedades. Estaban todos tan ocupados leyendo cartas, envolviendo paquetes y apuntando direcciones que nadie observó como Zahir salía a pasear por la ciudad. Todo iba muy bien, admiraba edificios nuevos, miraba escaparates llenos de luces, se fijó en los adornos de las calles, observaba a los niños y pensaba en qué juguete habrían pedido a los Reyes, pero, andando, andando, no se dio cuenta de que se había perdido. ¡Madreeee, qué susto se dio! Comenzó a dar vueltas y más vueltas y siempre acababa en el mismo sitio, definitivamente, estaba perdido.
Mientras tanto, llegó la hora de preparar la Cabalgata y de que los Reyes repartieran los juguetes pero el Rey Baltasar no tenía montura. Se armó un alboroto fenomenal. Todos buscando a Zahir y Zahir no aparecía por ninguna parte hasta que decidieron escoger otro camello que llevaban de suplente por si acaso y cuando llegó el momento, el Rey Baltasar se incorporó a la cabalgata en aquel camello novato que, la verdad, le hizo pasar un mal rato porque no sabía caminar a paso de Cabalgata.
Cuando, después de mirar y comprobar el camino, Zahir llegó al lugar donde estaban acampados, se encontró con que ya el Rey Baltasar estaba sobre otro camello. A Zahir le entró una pena tan grande que se puso a llorar desconsoladamente y el chambelán organizador de la cabalgata al verlo tan triste se conmovió y le dijo:
-No te preocupes, Zahir. Te daremos una misión que seguro te gustará. Ven conmigo.
Se lo llevó a un departamento donde estaban todos los paquetes de juguetes amontonados y le dijo algo al oído. Zahír secó sus lágrimas, sonrió y brillaron sus ojos. Cuando todos volvieron de la cabalgata y comenzaron a cargar los juguetes para salir a repartirlos, Zahir estaba el primero, le pusieron unas alforjas doradas de enormes bolsillos y cargaron unos paquetes que estaban en un lugar donde ponía: “REGALOS ESPECIALES” Al sonar las doce campanadas de la noche en el reloj, emprendieron la marcha por la ciudad. Después de caminar un rato, se detuvieron en un edificio muy grande en donde se podía leer un letrero que decía: HOSPITAL INFANTIL. Con el misterioso silencio con el que actúan los Reyes Magos, Zahir vio como el Rey Baltasar se acercaba y escogía unos preciosos paquetes de sus alforjas, trepó volando hasta las ventanas más altas, entró de manera mágica y allí los dejó uno tras otro. Al volver, le dio una palmadita en el lomo a Zahir y le dijo:
-Ya hemos cumplido la misión de este año. Yo te conozco, eras mi montura ¿verdad?
Zahir estaba tan emocionado que sólo pudo mover la cabeza afirmando y luego dijo avergonzado:
-Siiii… pero salí a pasear sin permiso, me perdí y… he llegado tarde.
El Rey Baltasar sonrió y respondió:
-¡Ay, ay, ay… la curiosidad infantil…! Bueno, no te preocupes, ya estás otra vez aquí.
Zahir se sintió completamente feliz. En realidad no había sido muy malo perderse por la ciudad.
A la vuelta hasta Oriente de nuevo fue la montura del Rey Baltasar que le explicó unos cuentos muy bonitos mientras duró el camino y cuando llegaron al desierto y fue a su casa, pasó una semana entera explicando sus aventuras hasta tal extremo que, cuando sus hermanos le veían, escapaban porque ya estaban hartos de oír sus historias, la única que siempre le escuchaba con una sonrisa era su mamá.
FIN
MAGDA.-
(Primer cuento del 2012)

viernes 16 de diciembre de 2011

MIGUEL SANCHES NETO


MIGUEL SANCHES NETO ES UN ESCRITOR Y POETA BRASILEÑO GANADOR DE IMPORTANTES PREMIOS DEL CUAL TENGO EL HONOR DE REPRODUCIR UNO DE SUS POEMAS TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR LA ESCRITOR BRASILEÑA ISABEL FURINI.
Granadas
Poema de Miguel Sanches Neto
GRANADAS
Nos gustaría que tuviese
nacido al acaso,
de semillas excretadas
por pájaros

el granado del quintal
comprado
en el negocio de productos
agropecuarios

pero tuvimos que esperar
la frágil muda
adoptar una tierra
inculta.

De la primera florada
recogimos las cinco
frutitas
saciando el hambre.

Hambre
de lo que un día fuimos
ya que toda granada
viene de la infancia.

Y fue con gula
que rasgamos la fruta
para repartir
sus rubís.

En la nueva florada
se duplicaron las granadas
que doblan
frágiles ramos.

La primera de ellas
se rasgó luego
y fue invadida
por hormigas.

De lejos
apenas miramos
las nueve granadas
que todavía restan.

Esperaremos que todas
se desperdicien
o que alimenten
los bichos?

Mismo las granadas
se transforma en rutina
en este jardín
al ras de la vida?

Acordemos temprano
mañana
y disputemos
róseas granadas,

inventando
alegre vino
en labios
ilícitos,

para que insectos
y bichos
no nos saquen
los premios

y al escupir por el jardín
semillas insanas
surja de nuestras bocas
un pomar de granadas.

Miguel Sanches Neto es autor de las novelas “Chove sobre minha infância”, “Um amor anarquista”, y “ Chá das cinco com o vampiro”. Columnista del diario “Gazeta do Povo”, de Curitiba, Brasil. Recibió el Prêmio Cruz e Sousa (2002) y el “Binacional das Artes e da Cultura Brasil-Argentina (2005)”. http://twitter.com/miguelsanchesnt.

lunes 12 de diciembre de 2011

CUENTO DE NAVIDAD










VOY A EXPLICAROS UN CUENTO...



Érase que se era un día de Nochebuena...en el país de los cuentos donde todo puede suceder.
En el roble más viejo del bosque, vivía una familia de ardillas que se preparaban para celebrar la festividad de la Navidad.
Había nevado y hacía mucho, muuucho frío. El bosque estaba completamente blanco y vacío, nadie se atrevía a salir de casa y el humo de las chimeneas olía a mazapán y rosquillas. Todos se resguardaban en sus madrigueras preparando la cena de Nochebuena y los adornos de acebo y muérdago, lucían en puertas y ventanas. Pero no todo era felicidad en aquel bosque escondido en el país de los cuentos porque la familia de ardillas que vivía en el viejo roble, se encontraba muy triste.
Nos acercamos despacio, poquito a poco, para que nadie nos vea, y observamos lo que está sucediendo... ¿Estamos todos listos? Pues vamos allá. ¡Schhhh! ¡Silencio!..., empieza el cuento.

EL REGALO DE LA ABUELA


-¡Tengo que hacer algo! ¡Tengo que hacer algo! ¡Tengo que hacer algo!- decía Simón, el hermano mayor de la familia de ardillas mientras daba vueltas a la castaña pilonga que tenía en su boca. Caminaba alrededor del roble viejo para evitar el frío porque con las prisas por salir se le había olvidado ponerse la chaqueta de lana que, aunque le quedaba ya un poco pequeña y estaba zurcida por los codos, era la única que tenía. Su mamá le había dicho que debía esperar un año más para poder comprarle una nueva pues como papá ardilla se había quedado sin trabajo, no había dinero suficiente para gastos extras, pero no creáis que este era el motivo de la precupación de la ardillita, no. A Simón no le importaba ir con la chaqueta remendada y un poco estrecha por eso le dijo a su mamá:
-No te preocupes por mi chaqueta mamá, soy joven y fuerte, aguanto muy bien el frío… y no la necesito.
Pero la mamá de Simón sabía que eso no era verdad y le causaba mucha tristeza no poder comprarle una chaqueta nueva a su hijito que, cada día, crecía más.

Como hemos dicho antes, era el 24 de Diciembre, había nevado y Simón caminaba dando saltitos para no congelarse los pies. Aunque presumía de no tener frío, la verdad es que aquel día era de esos que te dejan la nariz como un tomate y las orejas como dos carámbanos y para abrigarse un poco más, dio una vuelta a la bufanda que llevaba alrededor del cuello, ajustó los pantalones de cuadros, se abrochó el chaleco hasta arriba y con las manos en los bolsillo, siguió dando vueltas y mas vueltas a la espera de que se encendiera en su cabeza la lucecita de las ideas maravillosas. No podía consentir que aquellas fueran unas Navidades tristes. Lo pensó cuando, aquella mañana, mientras observaba a su mamá que batía la masa para hacer las rosquillas de Navidad, vio como temblaba en el borde de sus pestañas una lágrima parecida a una gotita de agua que, al desprenderse, fue a parar al cuenco donde se encontraban los huevos, la mantequilla, la harina y el limón.
La ardillita Simón, no comprendía porque la mamá estaba tan triste, todo era bonito en Navidad y aunque no tenían mucho dinero porque papá no tenía trabajo, estaban juntos, los tres hermanos, papá y mamá; tenían calor en la casa y no les faltaba lo necesario aunque sabía que tampoco eran los más ricos del bosque, pero en el momento en el que la mamá ardilla doña Pucuca, dejó el cuenco de la masa sobre la encimera de la cocina para limpiarse la nariz y los ojos, fue cuando se acordó de que eran las primeras Navidades en las que la abuela no estaba presente. Se había marchado para siempre al verde y tranquilo cielo lleno de pinos y nogales donde las ardillas descansaban eternamente.
Y allí estaba Simón, en el camino junto al roble, intentando averiguar qué podía hacer para que nadie sintiera tristeza por la ausencia de la abuela.
De pronto tuvo una idea que le pareció genial, pero debía de ser una sorpresa. En silencio volvió a entrar en la casa. Comenzó a tararear un villancico para disimular y sin que nadie lo viera, subió hasta la buhardilla donde comenzó a rebuscar entre los trastos viejos allí guardados. Le costó un poco de trabajo preparar las cosas pero cuando vio finalizada su obra, se sintió satisfecho. Lo observó todo con atención, metió las manos en los bolsillos del pantalón, silbó el principio de su villancico preferido y salió de la buhardilla disimuladamente.
Entre unas cosas y otras llegó la noche. ¡mmm…! Olía a sopa de almendras y a rosquillas recién horneadas y aunque a la mamá ardilla le costaba mucho ocultar su tristeza, cenaron todos con alegría aun sabiendo que aquel año no habría regalos pues quien siempre se encargaba de entregar los paquetes atados con cintas de colores era la abuela y con su ausencia, ya no los encontrarían cerca de la chimenea. Aquel fue un momento muy triste y la mamá no pudo evitar el llanto mientras decía:

-¡Echo tanto de menos a la abuela! ¡Ella ya no está con nosotros ni lo estará nunca más!!- repetía secándose los ojos con aquel pañuelo grande adornado de líneas azules.

El papá la estrechó en silencio entre sus brazos para consolarla sin saber qué decir mientras Sebastián y Norberto, los dos hermanos pequeños, escondían la cara detrás de sus manos para evitar las lágrimas. Entonces fue el momento oportuno. Simón se encaramó en una silla y dijo con voz fuerte y alegre:

-¡Ea…! ¡Nada de lágrimas! ¿Qué es eso de que la abuela ya no está con nosotros? Ella estará siempre a nuestro lado, sobre todo en Navidad. Venid conmigo- Y diciendo esto se encaminó hacia la buhardilla. Cuando todos, extrañados, se reunieron frente a la puerta, Simón la abrió y apareció ante ellos aquel trabajo realizado a escondidas que los dejó maravillados.

Sobre una mesa algo desvencijada, se encontraba un cuadro con un retrato de la abuela adornado con espumillón de diferentes colores y alrededor de él, unos paquetes atados con cintas de colores, presentaban el nombre de cada uno de los miembros de la familia. Muy sorprendidos, comenzaron a soltar las cintas y al abrirlos se quedaron perplejos. ¡Eran los regalos de la abuela de otras Navidades pasadas! Sólo se oyeron palabras de admiración pero Simón vio también como se mezclaban las lágrimas con las sonrisas.
La mamá recibió aquel bolso tan bonito de hacía unos cuantos años al que ya le faltaba un asa. El papá unas zapatillas de fieltro de dos años atrás que estaban agujereadas, Sebastián una bufanda deshilachada tejida por la abuela el año que comenzó el colegio y Norberto, un gorro que ahora le quedaba pequeño, regalo de Navidad de hacía no se sabía cuánto tiempo... Entonces se oyó la voz de Simón que los dejó a todos en silencio:

-¿Lo veis? La abuela siempre estará con nosotros. Sólo tenemos que recordarla. Acordarnos del amor con que nos entregó esos regalos como si fueran un nuevo presente. Así, ella nunca nos abandonará.

Todos aprobaron sus palabras y Don Tomás, el papá ardilla, cogió el cuadro con la fotografía de la abuela, lo bajó al comedor y lo colgó en la pared para que presidiera la estancia y nadie pudiera olvidar su compañía. Cuando ya todos volvían a sentarse a la mesa para terminar de comer las rosquillas de nueces, ardillita Simón, vio cerca de la chimenea un paquete que llevaba su nombre. Sorprendido, miró a sus papás para buscar una explicación, pero cada uno seguía admirando los antiguos regalos de la abuela como si fueran nuevos. Simón, muy extrañado, abrió su paquete y en él encontró una chaqueta de lana… ¡completamente nueva! y prendida en ella, una nota decía: "Para mi nieto preferido. De su abuela"
No dijo nada. Se la puso en silencio. Era suave y calentita y le quedaba justo a su medida. A sus oídos llegaron las campanadas de las iglesias cercanas. Eran las doce de la noche. La hora en que nació Jesús. De pronto, se encontró con la mirada de su mamá que le preguntaba:

-¡Vaya! ¿De dónde has sacado esa chaqueta tan bonita?

Simón no respondió, miró a su madre y sólo vio que en la punta de las pestañas, volvía a estar prendida una gotita de agua parecida a una perla de cristal que resbaló por la mejilla y fue a perderse entre sus labios.

Y colorín colorado…, este cuento se ha acabado.



¡¡¡FELIZ NAVIDAAAAD¡¡¡

MAGDA R. MARTÍN