jueves, 19 de marzo de 2009

CUENTO POÉTICO


EXPLICACIÓN:
Este cuento está rescatado del
"cajón de los cuentos desdichados".
Lo escribí hace ya muchos, muchos
años cuando dejé atrás el mar y tuve
que venir a vivir tierra adentro.
Fue escrito en un momento de añoranza
y no tiene nada especial, sólo un recuerdo.


CUENTO POÉTICO

Languidecía como un hermoso arbusto trasplantado. Había crecido junto al mar y sus primeros recuerdos eran el agua azul enlazada entre las olas. Aprendió a jugar con la espuma, con la arena, con las estrellas de mar, al tiempo que sus ojos se tornaban más azules tomando para sí aquel color marino de las aguas de tanto mirarlas.
La niña que amaba el mar se sentía triste en la montaña. Mientras caminaba descalza por la hierba emulando sus pasos por la orilla de la playa, buscaba en el aire el olor y el sabor a sal, la caricia de las olas que iban y venían en una danza sin fin dejando un pequeño rastro de espuma blanca en su piel de niña, el rumor del mar rompiendo sobre la arena..., pero no encontraba ni la sal en sus labios, ni la caricia del agua en sus pies, ni el murmullo del mar en la arena. Todo era tierra, piedra, tronco, árbol y hierba.
Acostumbraba a sentarse en lo más alto de la ladera siempre buscando en el horizonte la inmensidad azul pero sólo veía cielo, y la niña de ojos marinos hablaba con las nubes. Cuando como blancos montones de algodón se movían con el viento, enviaba con ellas un beso para el mar, sabía que en su recorrido por el firmamento, llegarían a verlo, suspendidas en lo más alto durante los brillantes días del verano. Sentada en la ladera mientras admiraba aquel cielo tan parecido al mar, descubrió, un día, allá abajo, en el valle, la vía del ferrocarril. Atravesaba las montañas acompañada de un pequeño tren para acabar perdidos en un negro túnel que, como enorme boca, se los tragaba.
Cada día, corría montaña abajo para acercarse un poco más, a la espera ansiosa de ver aquel tren semejante a una miniatura a causa de la distancia. A sus oídos llegaba el sonido de su silbato como un eco lejano de sueños esperados y seguía su recorrido con los ojos llenos de mar, desde que la máquina aparecía entre los árboles hasta que el último vagón se ocultaba por la oscura boca del túnel. Y la niña, sentía envidia del tren porque iba hacia la costa dejando atrás las enormes montañas que parecía horadar sin dificultad, como si la enorme mole jamás hubiera sido un obstáculo a vencer. Y soñaba... ¡si algún día pudiera subir al tren...!
Cierto día, mientras tumbada sobre la hierba miraba el cielo azul, se fijó en una gran nube algodonosa que se posaba sobre su cabeza, de ella surgió una voz que la llamaba por su nombre...

-¡Marinaaaa...!

Prestó atención y, extrañada, por segunda vez oyó su nombre...

-¡Marinaaaa...!

Sí, era la nube blanca y algodonosa quien la llamaba. Con tenue voz, respondió:

-Síííí... soy yooo...

Vio entonces como la nube se acercaba cada vez más y le decía:

-Yo te llevaré hacia el mar siguiendo el tren, sube encima de mí y no temas.

La niña, recelosa, se acercó un poco más, momento que aprovechó la nube para envolverla entre sus gasas y en un abrazo se la llevó por los aires.
¡Todo se veía tan hermosos desde aquella altura...! Miró hacia el valle y saliendo de entre los árboles apareció el tren que atravesaba la montaña buscando el mar, y la nube, suavemente, posó a la niña sobre su techo. ¡Qué grande le pareció cuando lo vio tan cercano! Se sentía inmensamente feliz, allí, sobre el tren, como tantas veces lo había soñado.
Atravesaron el túnel y bajaron hacia la costa dejando atrás las verdes montañas con pueblos blancos perdidos entre sus crestas. Pronto sus labios comenzaron a paladear el sabor marino y la brisa acariciadora que tan bien conocía. Por fin, en el horizonte, divisó esa línea inconfundible de dos tonos azules que une el cielo con el mar.
La nube volvió a coger a la niña entre sus brazos sedosos y se elevó para permitirle la contemplación de las profundidades de aquel agua tan azul. Vio las algas moviéndose como si estuvieran mecidas por el viento seco de las montañas, bancos de peces de diferentes colores jugueteando como niños traviesos en cabriolas imposibles; vio caracolas, y hermosas conchas, y rosadas medusas, y delfines como ángeles del mar en saltos asombrosos.
Al llegar a la playa la dejó sobre la arena y lentamente desapareció en lo alto del cielo. La niña que vivía en la montaña pero amaba el mar, sintió como las olas acariciaban sus pies lo mismo que en otros tiempos; observó como las huellas marcadas en la arena húmeda se llenaban de burbujas diminutas para desaparecer momentos después barridas por las olas, y también como en otros tiempos, comenzó a recoger de la orilla caracolillos, conchas y piedrecitas de diferentes colores. Las había blancas, pintadas, marrones, grises... y entre todas ellas encontró una de un verde transparente que parecía de cristal. La remiró por un lado y por otro, la limpió con el agua de una ola y al verla tan brillante, la guardó en el bolsillo de su vestido.
Siguió andando por la orilla del mar, escuchando el rumor de sus abismos, envolviéndose en sus aguas unas veces azules, otras verdes, abandonado su pequeño cuerpo a merced de las olas como sirena plateada y misteriosa.
El silbido del tren la devolvió a la realidad. Se encontraba tumbada entre la hierba en la ladera de la montaña y vio al tren que buscaba el mar, desapareciendo por el túnel. Había tenido un bonito sueño. Se sentía alegre y pensó en ese día, tal vez no demasiado lejano, cuando, lo mismo que en su sueño, podría, al fin, ir al encuentro del mar en aquel tren que atravesaba la montaña.
Miró al cielo buscando su nube algodonosa, pero no la pudo encontrar ¡había tantas...! Volvió a mirar como desaparecía el tren y con una extraña sensación de felicidad, emprendió el camino de regreso a casa, montaña arriba.
Comenzó a refrescar, al introducir las manos en sus bolsillos para recoger un poco su cuerpo, tropezó con algo que estaba en el interior de uno de ellos. Lo sacó, ante sus asombrados ojos apareció una transparente piedra de un verde brillante que parecía de cristal. La acercó a los labios, emocionada la besó con ternura, luego, la apretó fuertemente contra su corazón.

martes, 17 de marzo de 2009

LA NIÑA DEL BOTIJO - CUENTO


LA NIÑA DEL BOTIJO

(CUENTO)



La tata me puso el lazo rojo recogiendo un tirabuzón de cada lado sujetos en la nuca con un bigudí y así terminó mi peinado. Yo estaba inquieta, tenía prisa. Casi eran las doce de la mañana, la hora en que la niña del botijo venía a coger agua de uno de los caños de la fuente redonda que estaba en la Plaza de San Miguel donde yo vivía desde hacía sólo unos meses. Me habían puesto el vestido de cuadritos rojos y blancos y encima el babi rojo que se adornaba con un volante todo alrededor. Mamá no me dejó ponerme otros zapatos que no fueran los negros de charol y los calcetines finos blancos porque hacía bastante calor.
En cuanto me dejaron sola en la habitación, abrí las persianas de madera y vigilé la plazoleta detrás de los visillos a la espera de la niña. Como era un día de mucho calor no pasaba nadie por la Plaza en la que daba el sol desde buena mañana y, en la que afortunadamente, la fachada de nuestra casa, poco a poco, a medida que avanzaba el día, quedaba en la sombra.
Yo la veía llegar todos los días a la misma hora, algo más tarde de que el reloj del Ayuntamiento marcara las doce con sus campanadas. Aquellas campanadas que en verano se oían más; la tata decía que era porque los balcones estaban abiertos pero a mí me parecía que era porque les gustaban los días de verano. Esos días que huelen a fresco y a calor, según los huelas por la mañana al mediodía o a la noche. Esos días que se apagaban muy lentamente cuando ya todo se cansaba de vivir y necesitaba el sueño, cuando de pronto, veías una estrella pequeñita...pequeñita en el cielo y cuando volvías a mirar ya estaba todo cubierto de ellas y el cielo se había vuelto de color azul marino. No sé... es posible que la tata tuviera razón pero lo que sí era verdad era la hora en que la niña del botijo llegaba a la fuente.
Venía por la calleja andando despacio, bamboleando un botijo blanco demasiado grande para ella que, luego, cuando lo llenaba de agua, se veía que no podía con él y tenía que hacer un gran esfuerzo para llevarlo colgado de la mano. Entonces yo veía como se inclinaba hacia un lado su cuerpo flaco guardando el equilibro con el brazo separado del cuerpo a modo de palanca y regresaba por el mismo camino igual de despacio... lentamente.
Aquel día estaba ansiosa, había trazado un plan que quería llevar a cabo pero debía andar con cuidado porque no tenía permiso ni de mamá, ni de la tata, para hacer lo que había pensado. En cuanto la viera en la Plaza, bajaría para hablar con ella y le preguntaría como se llamaba.
A la niña la vi desde el primer día que nos mudamos a la casa en el mes de Enero después de las Navidades con el traslado de papá. Estaba yo en aquella misma habitación probando mi cama con saltos y brincos mientras mamá y la tata se ocupaban de desembalar las cosas y atender a mis hermanos pequeños. Observaba la plazoleta que se veía desde mi balcón; una Plaza pequeña, adoquinada, bastante redonda, rodeada de casas muy limpias que a mi me parecieron de dibujo de cuento y en el centro, una fuente de siete caños, redonda con unas rejas por donde se escapaba el agua que caía y que yo me preguntaba a dónde iba a parar. Entonces la vi por primera vez.
Flacucha, muy blanquita. Con unos pelitos rubios muy alborotados aunque se peinaba con trenzas, siempre llevaba puestos unos vestidos demasiado cortos, no como los míos que me tapaban las rodillas hasta casi media pierna, y jamás la vi con zapatos de charol. Bueno he dicho vestidos pero era sólo uno porque siempre la veía con el mismo, aunque limpio, eso sí. Era blanco con florecitas verdes y el cuerpo tenía un adorno con una cinta muy estrecha de color verde que formaba un lazo en el centro del pecho. En los meses de frío tampoco la vi nunca con abrigo, encima de aquel vestido blanco y verde, se ponía una chaqueta de lana de color marrón claro que tenía unos dibujos de colores rojos, blancos y azules y que comprobé como se le iba quedando pequeña poco a poco. Las mangas no le llegaban a la muñeca y cuando hacía mucho frío y se la abrochaba, le quedaba una abertura entre botón y botón. Me hacía gracia verla mientras llenaba el botijo de agua porque se le notaban las manos rojas por el frío y juntaba las rodilla huesudas una con otra, debía de ser para darse calor. Yo no lo sabía porque nosotros cerrábamos el balcón, se encendía la calefacción en una caldera que había en la cocina y calentaba toda la casa.
Un día, de pronto, aquel vestido de florecitas verdes se volvió negro; supuse que se lo habían teñido de ese color porque las florecitas se traslucían en un tono negro diferente, más opaco. Eso me hizo suponer también que vestía de luto porque se le había muerto alguien y me dio mucha pena. Yo no quería vestirme nunca de negro ni aunque se muriera alguien porque los vestidos quedaban muy feos teñidos. También le habían teñido aquellos zapatos que eran los de siempre, unos con cordones pero que, antes, se veían marrones. Lo único que llevaba blanco eran los calcetines y nunca los llevaba de lana ni hasta la rodilla, eran cortos y finos. Siempre pensé que debía pasar mucho frío aunque a ella parecía que le daba igual. Cuando yo salía a la calle en invierno, la tata me ponía el abrigo con esclavina, la capotita en la cabeza y las manos las escondía en el manguito para tenerlas siempre calientes.
No se por qué pero aquella niña me gustaba, me parecía simpática. Se paraba a mirar el cielo, a observar los árboles y algunas veces, dejaba el botijo junto a la fuente y buscaba insectos, orugas o pequeños bichitos que arrimaba al árbol como si quisiera protegerlos.
Aquel día estaba llegando un poco tarde, hacía ya mucho rato que sonaron las campanadas del reloj del ayuntamiento y todavía no había aparecido. Intranquila, salí al balcón y fue cuando la vi venir por la calleja. El botijo en una mano y en la otra un animalito del que no apartaba la vista. Al llegar a la plazuela dejó el botijo junto a la fuente y vi como buscaba algo con la mirada que no encontraba. Lo que llevaba en la mano parecía un pájaro que, supuse estaba enfermo porque no se escapaba de su mano. Fue entonces cuando miró hacia mi balcón y me vio.

-¡Oye, niña!- me dijo. Tan sorprendida me dejó que no supe contestarle. -¿Tienes una caja de cartón?- volvió a decir - He encontrado un gorrión herido pero me da miedo que se me caiga de la mano, si pudieras darme una caja de cartón para meterlo...

Yo no sabía qué responder, tenía prohibido hablar con extraños, pero aquella niña ya era como una amiga para mí. Entré en la habitación y busqué en el armario, allí había cajas con zapatos, saqué unos blancos que ya me quedaban pequeños y con la caja en la mano y en silencio, salí al pasillo abrí la puerta con cuidado de que nadie me oyera y bajé a la calle. Allí estaba ella, junto a la fuente.
Cuando la vi de cerca me dí cuenta de que era una niña muy guapa con unos ojos muy dulces de color caramelos de miel y me enseñó el gorrioncito que tenía una patita herida y las alas embadurnadas de barro. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra que había frente a la fuente y pusimos al pájaro dentro de la caja. Ella, hábilmente, se quitó un lazo estrecho y blanco que llevaba en los extremos de las trenzas y le vendó la pata al pequeño gorrión.

-Dentro de unos días se le habrá curado y ya podrá volar, ahora hay que darle de comer granitos, semillas, ponerle un cacharrito con agua y limpiarle las alas con mucho cuidado- me daba todas estas explicaciones con una voz suave y dulce que me encantó.

-¿Lo vas a llevar a tu casa?- le pregunté. Noté que se quedó un poco indecisa, meneó la cabeza, se mordió los labios y me respondió con un hilo de voz:

-Si, pero tendré que esconderlo, si mi padre lo ve, lo tirará a la basura.

Lo primero que pensé fue que el papá de aquella niña era un ogro y eso le dio más fuerza al deseo de amistad.

-Desde que murió mi madre, él está siempre enfadado y tiene muy mal genio- aclaró algo avergonzada. Iba a preguntarle su nombre, cuando apareció en la Plaza un hombretón mal encarado que se dirigió a ella y sin mediar palabra le dio un tremendo bofetón.

-¿Se puede saber por qué tardas tanto en llenar un botijo de agua, eh?- y agarrándola por las trenzas la empujó hacia la fuente.

La niña cogió el botijo y lo puso bajo el chorro para que se llenara mientras en su mejilla blanca surgían unos verdugones con la marca de los dedos de aquel hombre.

-Si no vuelves en cinco minutos a casa, probarás la correa- oí que le decía el hombre que, afortunadamente, se marchó por donde había venido.

-¿Por qué te ha pegado, quién es?- le dije asustada.

-Es mi padre. No te preocupes, ya te he dicho que tiene muy mal genio- Cogió el botijo con las dos manos para bajarlo de la fuente y con lágrimas en los ojos me dijo:

-Oye... ¿tú me cuidarías el pajarito? No puedo llevarlo a casa... ya ves como está de enfadado... - dijo señalando con la cabeza por donde se había ido el hombre, y con el asa del botijo agarrada con las dos manos, esperó mi respuesta.

-Si... No te preocupes, yo lo cuidaré. Vivo ahí mismo, en esa casa- dije señalando el balcón- y cuando vengas a por agua subirás a mi casa y entre las dos lo curaremos hasta que pueda volar.

Se marchó con una sonrisa en su boca y una mirada triste en sus ojos, con su cuerpo flaco inclinado hacia un lado para guardar el equilibrio y el botijo lleno de agua en la otra.
Esa fue la última vez que la vi. Nunca volvió. No pude saber qué sucedió. Con ayuda de mis padres y la tata, curamos al pequeño gorrión hasta que una mañana soleada, lo echamos a volar y vimos como se alzaba en el aire para desaparecer en el cielo.
Nunca supe como se llamaba la niña del botijo.

lunes, 2 de marzo de 2009

E L L A - CUENTO


E L L A

C U E N T O

En aquel tiempo en el que nuestro domicilio se encontraba muy cercano al Parque de El Retiro, durante los días vacacionales, distraíamos las tardes entre los paseos del hermoso parque madrileño. Mientras mis hijos jugaban, yo me entretenía creando historias, unas veces verdaderas y otras ficticias o en lectura sosegada bajo la arboleda que, como soldados en formación, vigilaban los senderos. Entre todos los árboles, siempre he amado mucho a los castaños, aunque no puedo explicar el motivo, y tal vez por eso, escogí para descansar y leer el libro que siempre llevaba bajo el brazo, un paseo bordeado de estos hermosos árboles. Entre los resplandores del sol que atravesaban las ramas y la umbría propia del bosque, se formaba un acogedor rincón en el que un banco, se ofreció como arrimo a mi cansancio.

"Comenzamos a verla pocos días después del principio de nuestros paseos diarios. Llegaba lentamente apoyada en su enorme paraguas rojo como si fuera un bastón, miraba las copas de los árboles igual que si los estuviera estudiando y se sentaba en el banco situado bajo el enorme castaño de copa redondeada que, a mí, siempre me pareció que la abrazaba.Era muy mayor pero no se podía adivinar su edad, imposible de identificar. Su vestimenta de lo más original, muy poco común en una mujer que ya se podía denominar como anciana, la diferenciaba, en mucho, del resto de las personas, sobre todo de las de su época. Siempre creí que su estación meteorológica preferida era el otoño porque, durante ese tiempo del año, se la veía más feliz. Parecía que la alegría se reflejaba en aquel rostro de piel muy blanca, terso, sin arrugas. Con un cabello plateado que recogía en un moño, tenía el aspecto de la reina de un país mágico. Muy pulcra aun en su extraña indumentaria, cuando se iniciaba el tiempo frío, se cubría con un chaquetón largo en tonos marrones rojizos sobre una falda ancha, marrón claro, que sólo dejaba ver unos zapatos con cordones similares a los de los colegiales por los que asomaban unos calcetines amarillo-anaranjados doblados varias veces sobre los tobillos. Una bufanda larga de lana, daba dos o tres vueltas sobre su cuello y mientras en una mano agarraba un maletín de viaje, grande, que parecía muy antiguo, del que jamás conocí su contenido pero que formaba parte de su identidad, en la otra sujetaba su inseparable y enorme paraguas rojo, aportando a toda su figura un aspecto de personaje sacado de un cuento infantil. Daba la sensación de que, en cualquier momento, podía elevar el vuelo lo mismo que si fuera la señorita Mary Poppins. Era una mujer muy peculiar, y cuando se sentaba bajo el castaño, transmitía la placidez de haber llegado a casa. Suspiraba suavemente, miraba la copa como agradeciendo su sombra, incluido aquel abrazo que yo acostumbraba a inventar, sonreía y observaba cada incidente como si su única misión fuera vigilar que todo guardara un orden.
Le gustaban los niños, los ancianos y los marginados; pude comprobarlo desde el observatorio de mi banco en el que me sentaba para estudiarla unos metros alejada de ella, en el camino del parque. No fui la única que se fijó en la singular mujer. A mis hijos también les fascinó su encanto y acabamos llamándola ELLA.
Poco tiempo después de nuestra coincidencia en el paseo de los castaños, pude ser testigo de sucesos insólitos que ocurrían durante su presencia a los cuales no se les podía dar una explicación racional. Un día, un niño jugaba con una pelota muy cerca de donde se encontraba sentada, en su carrera tras el balón, tropezó y cayó hiriéndose en una rodilla. Asombrada, vi como, ella, se alzaba con una agilidad inusual para sus años, sentó al niño sobre el banco, comenzó a hablarle mientras restañaba la sangre de la herida con lo que parecía un pañuelo blanco, y el pequeño dejó de llorar, sonrió, la miró a la cara y volvió a correr tras la pelota; en su rodilla no se veía ninguna herida. Eso me sorprendió aunque llegué a pensar que mi apreciación había sido incorrecta y la herida no era tan grande como en un principio creí. Acostumbraba a conversar con los indigentes que se acomodaban a su lado, cosa que a mi me preocupaba. Yo no los perdía de vista, mi primera ocurrencia era la facilidad que se les ofrecía para el robo del inseparable maletín que mantenía en el suelo cerca de sus pies. Sin embargo, los necesitados que se acercaban, terminaban charlando amigablemente con ella, al cabo de un rato se levantaban muy sonrientes y con aspecto de felicidad, se alejaban paseo adelante como si hubieran encontrado una solución a sus vidas, jamás soñada.
Más de una vez estuve tentada de acercarme e iniciar una conversación para conseguir esa intimidad que ofrecía a quien se aproximaba hasta ella, pero su mirada me detenía. Sus ojos grandes, claros, de un extraño color ámbar, hablaban sin pronunciar palabras. Cuando me miraba, estaba segura de que conocía mis pensamientos hasta lo más profundo de mi alma, como si se hubiera apoderado totalmente de mi, pero de una manera sutil, suave, maternal. Ella me comprendía, poseía el conocimiento más recóndito de todo mi ser, mis defectos, mis virtudes..., y era imposible mantener la mirada de aquellos ojos hermosamente amarillos que en algunas ocasiones se tornaban amarronados como las hojas otoñales de aquel castaño, lo mismo que si se mimetizara con ellas. No sé por qué, me mantenía aparte. Yo no debía acercarme hasta ella, sólo me permitía observarla y pronto comprendí el poder que ejercía sobre mí. Sin palabras audibles, me parecía oírla decir: "...tu ahí quieta, no puedes acercarte, no es el momento..." y ese dirigir mis actos de manera encubierta, que de alguna forma me inquietaba, por otra parte, me proporcionaba la fuerte seguridad que ofrece sentirse protegida.
Una tarde de finales de verano, cuando los vientos anunciadores del otoño desnudaban los árboles cubriendo los caminos de hojas semejante a una alfombra dorada, se desató de improviso una fuerte tormenta, con relámpagos y truenos aterradores acompañados de una lluvia torrencial. Lo primero que pensé fue en ayudar a la anciana pero ella abrió su paraguas rojo que parecía un palio y siguió sentada en el banco. Yo eché a correr con mis hijos que intentaban cobijarse bajo los altos cedros pero, conociendo el peligro que esto significa en una tormenta, no se lo permití y cuando, en las prisas buscábamos la carretera libre, uno de los esbeltos abedules del paseo, fue alcanzado por un rayo. Desgajado, lo vi caer sobre mi hijo pequeño y el terror me paralizó. Cuando ya creí que lo golpeaba, de una manera irreal, el árbol dio un quiebro y cayó con toda su fuerza frente a mi hijo. Algo intangible me obligó a mirar hacia atrás; allí estaba la anciana, con su chaqueta rojiza, sus zapatos, sus calcetines y su bufanda; el maletín en una mano y el paraguas rojo cerrado apuntando al árbol como si fuera una espada salvadora. Volví a por mi hijo, estaba empapado pero sin un rasguño. Mis otros hijos me llamaban bajo la lluvia para que me apresurara a salir del parque y al mirar hacia atrás para agradecer a la mujer, no sabía qué, ésta había desaparecido. La busqué con los ojos pero no la localicé por ningún camino, se había esfumado.
Con el principio de las clases, mis hijos ya no tenían tanto tiempo libre y dejamos de ir al parque, sólo lo frecuentábamos algunas mañanas de domingo cuando el tiempo lo permitía, en las que íbamos toda la familia a dar un paseo antes de la comida. Y poco a poco el recuerdo de la mujer se fue olvidando. La vida seguía su curso normal.
Mi marido, que por su profesión trataba con embajadas extranjeras, cierto día fue invitado a una fiesta en una de ellas a la que yo debía acompañarle. Habían llegado los reyes del país correspondiente y celebraban un acontecimiento nacional. Yo estaba ilusionada, estas celebraciones no eran muy frecuentes y me compré un precioso vestido de noche en tonos verdes que era el que más me gustaba y el que yo creía más favorecedor para mi apariencia. Cuando llegó el momento del festejo, al entrar en la sala donde se iba a celebrar el baile, fui presentada a las personalidades y al llegar a los reyes, no pude reprimir un respingo. ¡La reina era ella, la peculiar anciana del parque! Vestida con un precioso traje de fiesta en color negro y una diadema espectacular que adornaba su cabeza nívea, me miró a los ojos con aquella inverosímil mirada suya de color amarillo; en el momento en que yo iniciaba la reverencia que me exigía el ceremonial, sonrió con dulzura, me apretó los dedos de la mano en un saludo protocolario que, aun así, sentí fuertemente íntimo, y siguiendo a mi esposo, esperé el comienzo de la música que invitaba a la danza. Pero mi interés estaba en la Reina. Pasé la noche observándola sin ver nada de particular en su comportamiento, era una anciana noble, muy ceremoniosa en su trato pero que en ningún caso se fijó en mí más de lo que debía. Tanto es así, que llegué a pensar que yo estaba viendo visiones.
A la vuelta a nuestra casa, una vez finalizada la fiesta, no pude evitar la pregunta:

-Luis, ¿sabes si se cuenta algo especial de la reina?- pregunté a mi esposo.

-¿Por qué lo preguntas?- respondió sorprendido.

En aquel momento supe que había algo fuera de lo común sobre aquel asunto, algo que mi marido no había comentado e hice hincapié en la pregunta, añadiendo:

- Parece una persona muy peculiar...no sé... un hada...

Aquí tengo que decir que Luis, mi marido, me consideraba una persona excesivamente imaginativa y, más de una vez, había recibido una buena regañina de su parte por sacar las cosas de su contexto habitual, sin embargo, esta vez no sucedió así. Me miró fijamente con aquellos ojos suyos entre guasones y serios que yo amaba tanto y me dijo, ya cambiando la vista:

-Se cuentan anécdotas de ella... dicen que aparece y desaparece...Le gusta mucho perderse en el bosque y tiene un sobrenombre que no sé si es conocido por ella...

-¿Cómo la llaman?- pregunté expectante.

-La reina de los árboles- dijo, guardó silencio durante unos segundos sin dejar de observarme, sonrió y continuó diciendo al mismo tiempo que acariciaba mi rostro: -¡Anda chatilla, que ya tienes tema para imaginar historias...!

Pero, no sé por qué, aquello fue una anécdota que acabó en el baúl del olvido y pensé que la semejanza de la Reina con la anciana del parque, esta vez sí había sido imaginación mía.
Pronto llegaron unas nuevas vacaciones escolares y el buen tiempo permitió las horas de descanso y juegos en los mismos jardines. Una tarde, volví a verla. Como en tiempos anteriores, se acercó con su característica vestimenta y se sentó en el banco que había bajo el castaño. Esta vez no pude refrenar la curiosidad, pero en el momento en que me incorporaba para dirigirme a ella y aclarar mis dudas, oí la voz del mayor de mis hijos que me advertía de como su hermano menor había trepado a un árbol, hecho que transgredía todo lo autorizado por mi en sus juegos. Después de obligarle a bajar y aguantar la correspondiente reprimenda, cuando volví a mi lugar y quise acercarme a la anciana, ésta había desaparecido... pero junto al castaño frondoso de copa redondeada, pude ver un árbol en el que jamás me había fijado. No conocía la especie y sus preciosa hojas me sorprendieron hasta cortarme el aliento. Aun estando en verano, presentaban un color ámbar inigualable en ningún otro árbol y acaricié su textura parecida a suave terciopelo mientras tintineaban en una música única movidas por un viento inexistente. Toqué la madera de su tronco que me respondió con una tibieza indescriptible y entonces vi, apoyado en él, un enorme paraguas rojo. "

Y aquí termina esta historia, la historia de E L L A, "la Reina de los árboles", como la he llamado desde entonces. Una mujer misteriosa, extravagante, peculiar y mágica. No volvimos a verla nunca más y al recordarla, me pregunto si existió o todo fue parte de mi imaginación desbordada. Nunca lo sabré... pero todavía conservo como un enigmático recuerdo, aquel enorme paraguas rojo que encontré apoyado en el tronco de un extraño árbol. Jamás he conseguido abrirlo, es irreal, como si hubiera emergido de las páginas de un cuento infantil.

domingo, 1 de marzo de 2009

EL HADA PELUSITA


EL HADA PELUSITA



Había una vez un hada muy pequeñita, tan fea que estaba envuelta en una pelusa blanca y parecía la semilla de una flor y por eso en el país de las hadas la llamaban Pelusita. Se trasladaba con el viento o en las chispas luminosas de las estrellas donde subía de un salto para navegar por el firmamento y siempre se escondía para que nadie viera lo fea que era.
Un día la Gran Reina Dorada la llamó a su presencia y le dijo:
-Pelusita, ha llegado la hora de que consigas la varita mágica, para ello debes ir a la tierra y traer las lágrimas de una niña para cambiarlas por una sonrisa.
Y dicho ésto, la Gran Reina Dorada puso en su mano a Pelusita, sopló sobre ella y la echó a volar por los aires. Pelusita, muy asustada y triste porque no quería bajar hasta la tierra, se agarró a los faldones del viento que en aquel momento paseaba por los alrededores y dando volteretas para un lado y para otro se alejó del país de las hadas.
Al poco rato, cuando ya pudo sentarse cómodamente sobre la tela del viento, vio un país lleno de niños y decidió bajar y mirar a escondidas lo que pasaba allí.
-Viento, por favor, bájame hasta ese lugar que necesito llevarme las lágrimas de una niña para cambiarlas por una sonrisa- le dijo.
El viento, despacito, la dejó sobre el banco de un parque y se marchó para seguir paseando por el espacio. Pelusita comenzó a buscar una niña que tuviera lágrimas pero allí todos los niños eran tan guapos y felices que pasaban el tiempo riendo y riendo. Cuando la vieron volar con aquella pelusa blanca, los niños creyeron que era la semilla de una flor y corriendo fueron tras ella para atraparla. Unos intentaban sujetarla entre los dedos pero Pelusita, se escurría entre las rendijas y escapaba volando.
-¡Esa semilla es mía!-decía uno –voy a espachurrarla.
-No, es para mí- decía otro intentando darle un pisotón.
-Esa semilla la quiero aplastar entre las hojas de un libro- decía otra niña con la cara llena de churretes –verás como se seca y se queda como un papel.
Pelusita, temblando de miedo no se daba cuenta de que estaba en el país de los niños traviesos y cuando ya la tenía uno entre sus manos, de una ventolera, su amigo el viento la arrebató y se la llevó por los aires. Cuando se le pasó el susto vio que, al fin, llegaba al país de los hombres. Un país precioso; con campos verdes, mares inmensos, ríos y cascadas y lleno de hermosas flores entre las que el viento dejó a Pelusita. Se sentía tan feliz calentada por los rayos del sol que casi se queda dormida pero un ruido la despabiló. Prestó atención, miró por la rendija de entre los dos pétalos de una flor y vio a una niña sentada a la orilla de un río, con las mejillas llenas de un agua rara que no sabía qué era. Pelusita se acercó despacito y le dijo:
-Niña, ¿por qué estás triste? ¿y por qué sale agua de tus ojos?
La niña, al ver una pelusita blanca que le hablaba y que no conocía las lágrimas, se quedó muy sorprendida. La cogió con la mano y le preguntó:
-¿Es que no conoces las lágrimas? ¿Quién eres tú que tienes tanta suerte que no sabes lo que es llorar?.
-Soy el Hada fea Pelusita. Busco a un niño triste porque tengo que llevarme sus lágrimas para cambiarlas por una sonrisa, pero no sabía que las lágrimas eran agua que salía de los ojos, creía que era alguna cosa que los niños tenían en las orejas.
La respuesta le hizo tanta gracia a la niña que olvidando su tristeza, le contestó:
-¿Y cómo es que no lo sabes?
-Porque en el país de las hadas no se llora nunca.
El Hada Pelusita se colocó en el pelo de la niña como un adorno. La niña se reflejó entonces en el río y Pelusita, asombrada, vio que era una niña más fea que ella. La niña al ver su cara, volvió a llorar desconsolada y a Pelusita le entró una tristeza tan grande que, sin darse cuenta, notó como de sus ojos salía un agua que rodaba por sus mejillas y caía en gotas por su gran nariz.
-Pero, Pelusita- le dijo la niña- ¡si tu también estás llorando!
-¿Este agua que cubre mis mejillas es llorar? - pues no resulta tan triste como creía porque a mi me deja muy tranquila.
A la niña le hizo gracia el comentario de la pequeña hada y se puso a reír. El hada fea Pelusita, se quedó asombrada. Con la risa, el rostro de la niña se había transformado en algo tan hermoso que la dejó boquiabierta, y le dijo a la niña:
-Mírate ahora en el espejo del río.
La niña al verse tan bella, no paró de reír y se fue muy contenta a jugar con otros niños.
Pelusita se quedó pensando en lo que había visto y decidió subir al país de las hadas para hablar con la Gran Reina Dorada.
Cuando llegó y pasó a presencia de la Reina, está le preguntó:
-¿Has traído las lágrimas de una niña, Pelusita?
-No, majestad.
-¿Y por qué?-volvió a preguntar la Reina- Así no podremos cambiarlas por una sonrisa para que esa niña esté siempre contenta.
Pelusita le respondió:
-No es necesario cambiar nada en los niños, majestad, porque ellos necesitan llorar y reír para aprender que las dos cosas son hermosas.
-¿Y tú cómo lo sabes?- preguntó, otra vez, la Reina.
-Porque yo también he llorado, mi Reina y cuando lo he hecho, el corazón se ha quedado tan sereno que no me importaría volver a llorar.
La Gran Reina Dorada de las Hadas se quedó pensativa durante un rato y luego dijo:
-Bien, Pelusita. Llevaremos este asunto a los Siete Sabios que cuidan la alegría de los niños para saber que opinan.
Al día siguiente, la Gran Reina Dorada de las hadas, se envolvió en la túnica invisible de viajar por el cielo y con Pelusita en la mano, llegó al país donde vivían los Siete Sabios que cuidan la alegría de los niños. Al entrar en aquella sala suspendida en el aire para que nadie la viera, La Reina y Pelusita vieron como los Siete Sabios, miraban con un enorme telescopio por los agujeros que había en el aire, observando el comportamiento de los niños. Al verlas, el más Sabio de todos, se peinó la barba blanca que le llegaba hasta los pies y las hizo sentarse en una nube muy blandita.Cuando la reina iba a explicar la aventura del Hada fea Pelusita, el Sabio dijo:
-Noooo, noonono...¡¡¡ No son necesaria explicaciones, lo hemos observado todo con el telescopio que llega hasta la tierra desde nuestra ventana, y después de reunirnos para esclarecer este asunto, hemos decidido por unanimidad que los niños también necesitan llorar un poco porque luego, le dan más valor a la risa. Así que ya no habrá que salir a por lágrimas de niñas ni de niños para cambiarlas por sonrisas, porque ellos solitos, lo saben hacer y eso les ayuda a conocer que en la vida, se deben tener las dos cosas, la tristeza que provoca las lágrimas y la alegría que provoca la risa. Y como premio al Hada Pelusita que es quien lo ha descubierto, ofrecemos a Pelusita la varita mágica especial de la belleza, la bondad y la sabiduría.
Se hizo una gran fiesta en el país de las hadas para festejar a Pelusita y cuando le fue entregada la varita mágica especial de la belleza, la bondad y la sabiduría, Pelusita sintió como su ser se transformaba y al reflejarse en el espejo del cielo, vio que era el hada más pequeña pero también la más hermosa del país de las hadas.
Por eso amiguitos, os pido que cuando veáis una pelusa que parezca la semilla de una flor, dejarla volar, porque puede ser el hada Pelusita que está ayudando a los niños a ser felices.... aunque también tengan que llorar un poquito de vez en cuando.

EL GUSANITO QUE SE PERDIÓ












EL GUSANITO QUE SE PERDIÓ




En el interior de una jugosa manzana que estaba colgada de un árbol, vivía una familia de gusanitos. Además del papá y la mamá gusano, nueve hermanitos pasaban el día entrando y saliendo de aquella manzana que era su hogar.

Una mañana, después de atiborrarse de cereales, los gusanitos estaban tan gordos que la manzana no pudo sostener el peso y ¡plaff...! cayó al suelo en medio de una barahúnda tremenda de muebles cacharros y trastos de todas clases que asustaron a toda la familia de gusanitos.

¡Menudo susto se llevaron! En un momento se encontraron todos amontonados unos encima de otros, enredados sin saber quién era quién hasta que, poco a poco, se fueron serenando y, aunque algo mareados, comenzaron a investigar el suceso.

-¡ A ver, dejarme solo!- decía el papá haciéndose el valiente -¡que nadie se mueva¡- y despacito asomó la cabeza por la puerta para ver a donde habían ido a parar.

Cuando el papá gusano comprobó que no había ningún peligro, dejó salir a la mamá acompañada de todos los gusanitos hechos un revoltijo para que los pudiera ir desenredando mientras los contaba, mirando que no le faltara ninguno y así, poco a poco, todos empezaron a correr por un lado y por otro.

-¡Es un campo de hierba!- decían muy asombrados -¡qué bien huele y cuánto sol!.

Y sin pensarlo más se pusieron todos a jugar al escondite.

Dindín, que era el más pequeño empezó a correr, a correr, para esconderse muy lejos y tanto se alejó que, cuando quiso darse cuenta, se había perdido.
Como no encontraba a ninguno de sus hermanos ni tampoco la manzana que era su casa, se puso a llorar a moco tendido sin saber que hacer.
De pronto, ante él apareció un gigante vestido de negro con unas espadas en la frente que lo asustó muchísimo y para hacerse el valiente, con voz temblorosa le preguntó:

-Y tú ¿qué cosita eres?

-Soy el gran escarabajo de la pradera ¿es que no me ves?- le contestó el gigante muy enfadado -¿qué haces tú por aquí, pequeño gusano?

-Estaba jugando al escondite con mis hermanitos y me he perdido- dijo Dindín, medio llorando otra vez- ¿tu podrías decirme dónde está mi casa?- preguntó pensando que aquel escarabajo tan grande también debía de ser muy listo.

El escarabajo grande que aunque parecía malo no lo era, le respondió a Dindín con su voz ronca:

-Súbete a mis espaldas y te llevaré un trecho por el camino a ver si la encuentras.

Díndín hizo lo que le indicó el gigante y mientras este caminaba, el gusanito aprovechó para echar una siestecita subido en aquella especie de autobús viviente. Al llegar a un cruce de caminos el escarabajo lo ayudó a bajar al suelo y le dijo:

-Te dejo aquí gusanito, yo tengo muchas cosas que hacer y no puedo alejarme más. Sigue camino adelante y encontrarás tu manzana.

Dindín volvió a caminar, a caminar, hasta llegar a un huerto lleno de lechugas y como empezaba a hacer calor, se metió entre ellas. Caminaba saltando de una a otra cuando un ruido lo obligó a esconderse asustado. Del interior de una de las lechugas más grandes salió un ser enorme, que se arrastraba lentamente ayudado de un bastón. Dindín que nunca había visto nada igual, asombrado, le preguntó:

-Y tú ¿qué cosita eres?

El animal, se sorprendió al oír la voz del gusanito, se quedó mirándolo, se puso las gafas de ver y entre tos y tos, le respondió:

-Soy un viejo caracol ¿es que no me ves? Llevo la casa a cuestas y soy tan viejo que ya he visto nacer y morir lechugas a cientos, necesito un bastón para andar porque ya no puedo arrastra mi cuerpo, y la tos no me deja respirar.

Y diciendo ésto, sacó del bolsillo un frasco de jarabe para la tos, tomó un traguito con cara de asco y continuó caminando despacio, despacio. Dindín, que comenzaba a estar muy cansado y hambriento, le pidió que le indicara el camino para llegar a su casa y el caracol que además de viejo, era sabio y bueno, le acompañó hasta donde empezaba el prado de manzanos para que el gusanito encontrara la que era su casa y había perdido.
Por el camino Dindín comenzó a ponerse muy triste y a sentirse muy mareado... muy mareado... y al llegar a la manzana que era su casita, haciéndose una rosca sobre sí mismo, se acostó rápidamente en su cama sin preocuparse de la alegría que tenía toda la familia por volver a verlo.

Por la mañana al despertarse, Dindín se encontró con una sorpresa mayúscula. Su casita ya no era la manzana, estaba dentro de otra demasiado pequeña para él porque se sentía muy encogido. Pero ¡qué preciosa era! De un color amarillo dorado muy transparente, suave y sedosa. Intentó tocarla por un lado y por otro pero como le quedaba muy ajustada, apenas podía rebullirse y comenzó a hurgar con una patita en uno de los extremos hasta que hizo un agujero por donde pudo salir a explorar.

¡Eso si que fue una sorpresa! En cuanto estuvo fuera comprobó que...¡ya no era un gusanito! Su cuerpo tenía dos preciosas alas de color azul aterciopelado, una a cada lado de su cuerpo con unos dibujos blancos y negros preciosos. Dindín no había visto nunca una cosa tan bonita y cuando comprobó que al mover la alas podía elevarse, sintió tanta alegría que comenzó a bailotear por el aire posándose de flor en flor.

Y entonces se dio cuenta de que ya no necesitaba ninguna manzana para vivir porque había llegado el tiempo de convertirse en mariposa. A partir de aquel momento, su casa era el aire, la hierba, las flores, el campo... y se sintió libre, tan libre, que volando, volando, se elevó cada vez más alto, hasta alcanzar el cielo, hizo un par de piruetas y bajó hasta la flor más hermosa que había en el campo, allí se acomodó y comenzó a libar el néctar que desde entonces era su alimento.