EL PIANO DE COLA

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jueves, 19 de marzo de 2009

CUENTO POÉTICO


EXPLICACIÓN:
Este cuento está rescatado del
"cajón de los cuentos desdichados".
Lo escribí hace ya muchos, muchos
años cuando dejé atrás el mar y tuve
que venir a vivir tierra adentro.
Fue escrito en un momento de añoranza
y no tiene nada especial, sólo un recuerdo.


CUENTO POÉTICO

Languidecía como un hermoso arbusto trasplantado. Había crecido junto al mar y sus primeros recuerdos eran el agua azul enlazada entre las olas. Aprendió a jugar con la espuma, con la arena, con las estrellas de mar, al tiempo que sus ojos se tornaban más azules tomando para sí aquel color marino de las aguas de tanto mirarlas.
La niña que amaba el mar se sentía triste en la montaña. Mientras caminaba descalza por la hierba emulando sus pasos por la orilla de la playa, buscaba en el aire el olor y el sabor a sal, la caricia de las olas que iban y venían en una danza sin fin dejando un pequeño rastro de espuma blanca en su piel de niña, el rumor del mar rompiendo sobre la arena..., pero no encontraba ni la sal en sus labios, ni la caricia del agua en sus pies, ni el murmullo del mar en la arena. Todo era tierra, piedra, tronco, árbol y hierba.
Acostumbraba a sentarse en lo más alto de la ladera siempre buscando en el horizonte la inmensidad azul pero sólo veía cielo, y la niña de ojos marinos hablaba con las nubes. Cuando como blancos montones de algodón se movían con el viento, enviaba con ellas un beso para el mar, sabía que en su recorrido por el firmamento, llegarían a verlo, suspendidas en lo más alto durante los brillantes días del verano. Sentada en la ladera mientras admiraba aquel cielo tan parecido al mar, descubrió, un día, allá abajo, en el valle, la vía del ferrocarril. Atravesaba las montañas acompañada de un pequeño tren para acabar perdidos en un negro túnel que, como enorme boca, se los tragaba.
Cada día, corría montaña abajo para acercarse un poco más, a la espera ansiosa de ver aquel tren semejante a una miniatura a causa de la distancia. A sus oídos llegaba el sonido de su silbato como un eco lejano de sueños esperados y seguía su recorrido con los ojos llenos de mar, desde que la máquina aparecía entre los árboles hasta que el último vagón se ocultaba por la oscura boca del túnel. Y la niña, sentía envidia del tren porque iba hacia la costa dejando atrás las enormes montañas que parecía horadar sin dificultad, como si la enorme mole jamás hubiera sido un obstáculo a vencer. Y soñaba... ¡si algún día pudiera subir al tren...!
Cierto día, mientras tumbada sobre la hierba miraba el cielo azul, se fijó en una gran nube algodonosa que se posaba sobre su cabeza, de ella surgió una voz que la llamaba por su nombre...

-¡Marinaaaa...!

Prestó atención y, extrañada, por segunda vez oyó su nombre...

-¡Marinaaaa...!

Sí, era la nube blanca y algodonosa quien la llamaba. Con tenue voz, respondió:

-Síííí... soy yooo...

Vio entonces como la nube se acercaba cada vez más y le decía:

-Yo te llevaré hacia el mar siguiendo el tren, sube encima de mí y no temas.

La niña, recelosa, se acercó un poco más, momento que aprovechó la nube para envolverla entre sus gasas y en un abrazo se la llevó por los aires.
¡Todo se veía tan hermosos desde aquella altura...! Miró hacia el valle y saliendo de entre los árboles apareció el tren que atravesaba la montaña buscando el mar, y la nube, suavemente, posó a la niña sobre su techo. ¡Qué grande le pareció cuando lo vio tan cercano! Se sentía inmensamente feliz, allí, sobre el tren, como tantas veces lo había soñado.
Atravesaron el túnel y bajaron hacia la costa dejando atrás las verdes montañas con pueblos blancos perdidos entre sus crestas. Pronto sus labios comenzaron a paladear el sabor marino y la brisa acariciadora que tan bien conocía. Por fin, en el horizonte, divisó esa línea inconfundible de dos tonos azules que une el cielo con el mar.
La nube volvió a coger a la niña entre sus brazos sedosos y se elevó para permitirle la contemplación de las profundidades de aquel agua tan azul. Vio las algas moviéndose como si estuvieran mecidas por el viento seco de las montañas, bancos de peces de diferentes colores jugueteando como niños traviesos en cabriolas imposibles; vio caracolas, y hermosas conchas, y rosadas medusas, y delfines como ángeles del mar en saltos asombrosos.
Al llegar a la playa la dejó sobre la arena y lentamente desapareció en lo alto del cielo. La niña que vivía en la montaña pero amaba el mar, sintió como las olas acariciaban sus pies lo mismo que en otros tiempos; observó como las huellas marcadas en la arena húmeda se llenaban de burbujas diminutas para desaparecer momentos después barridas por las olas, y también como en otros tiempos, comenzó a recoger de la orilla caracolillos, conchas y piedrecitas de diferentes colores. Las había blancas, pintadas, marrones, grises... y entre todas ellas encontró una de un verde transparente que parecía de cristal. La remiró por un lado y por otro, la limpió con el agua de una ola y al verla tan brillante, la guardó en el bolsillo de su vestido.
Siguió andando por la orilla del mar, escuchando el rumor de sus abismos, envolviéndose en sus aguas unas veces azules, otras verdes, abandonado su pequeño cuerpo a merced de las olas como sirena plateada y misteriosa.
El silbido del tren la devolvió a la realidad. Se encontraba tumbada entre la hierba en la ladera de la montaña y vio al tren que buscaba el mar, desapareciendo por el túnel. Había tenido un bonito sueño. Se sentía alegre y pensó en ese día, tal vez no demasiado lejano, cuando, lo mismo que en su sueño, podría, al fin, ir al encuentro del mar en aquel tren que atravesaba la montaña.
Miró al cielo buscando su nube algodonosa, pero no la pudo encontrar ¡había tantas...! Volvió a mirar como desaparecía el tren y con una extraña sensación de felicidad, emprendió el camino de regreso a casa, montaña arriba.
Comenzó a refrescar, al introducir las manos en sus bolsillos para recoger un poco su cuerpo, tropezó con algo que estaba en el interior de uno de ellos. Lo sacó, ante sus asombrados ojos apareció una transparente piedra de un verde brillante que parecía de cristal. La acercó a los labios, emocionada la besó con ternura, luego, la apretó fuertemente contra su corazón.