lunes, 2 de marzo de 2009

E L L A - CUENTO


E L L A

C U E N T O

En aquel tiempo en el que nuestro domicilio se encontraba muy cercano al Parque de El Retiro, durante los días vacacionales, distraíamos las tardes entre los paseos del hermoso parque madrileño. Mientras mis hijos jugaban, yo me entretenía creando historias, unas veces verdaderas y otras ficticias o en lectura sosegada bajo la arboleda que, como soldados en formación, vigilaban los senderos. Entre todos los árboles, siempre he amado mucho a los castaños, aunque no puedo explicar el motivo, y tal vez por eso, escogí para descansar y leer el libro que siempre llevaba bajo el brazo, un paseo bordeado de estos hermosos árboles. Entre los resplandores del sol que atravesaban las ramas y la umbría propia del bosque, se formaba un acogedor rincón en el que un banco, se ofreció como arrimo a mi cansancio.

"Comenzamos a verla pocos días después del principio de nuestros paseos diarios. Llegaba lentamente apoyada en su enorme paraguas rojo como si fuera un bastón, miraba las copas de los árboles igual que si los estuviera estudiando y se sentaba en el banco situado bajo el enorme castaño de copa redondeada que, a mí, siempre me pareció que la abrazaba.Era muy mayor pero no se podía adivinar su edad, imposible de identificar. Su vestimenta de lo más original, muy poco común en una mujer que ya se podía denominar como anciana, la diferenciaba, en mucho, del resto de las personas, sobre todo de las de su época. Siempre creí que su estación meteorológica preferida era el otoño porque, durante ese tiempo del año, se la veía más feliz. Parecía que la alegría se reflejaba en aquel rostro de piel muy blanca, terso, sin arrugas. Con un cabello plateado que recogía en un moño, tenía el aspecto de la reina de un país mágico. Muy pulcra aun en su extraña indumentaria, cuando se iniciaba el tiempo frío, se cubría con un chaquetón largo en tonos marrones rojizos sobre una falda ancha, marrón claro, que sólo dejaba ver unos zapatos con cordones similares a los de los colegiales por los que asomaban unos calcetines amarillo-anaranjados doblados varias veces sobre los tobillos. Una bufanda larga de lana, daba dos o tres vueltas sobre su cuello y mientras en una mano agarraba un maletín de viaje, grande, que parecía muy antiguo, del que jamás conocí su contenido pero que formaba parte de su identidad, en la otra sujetaba su inseparable y enorme paraguas rojo, aportando a toda su figura un aspecto de personaje sacado de un cuento infantil. Daba la sensación de que, en cualquier momento, podía elevar el vuelo lo mismo que si fuera la señorita Mary Poppins. Era una mujer muy peculiar, y cuando se sentaba bajo el castaño, transmitía la placidez de haber llegado a casa. Suspiraba suavemente, miraba la copa como agradeciendo su sombra, incluido aquel abrazo que yo acostumbraba a inventar, sonreía y observaba cada incidente como si su única misión fuera vigilar que todo guardara un orden.
Le gustaban los niños, los ancianos y los marginados; pude comprobarlo desde el observatorio de mi banco en el que me sentaba para estudiarla unos metros alejada de ella, en el camino del parque. No fui la única que se fijó en la singular mujer. A mis hijos también les fascinó su encanto y acabamos llamándola ELLA.
Poco tiempo después de nuestra coincidencia en el paseo de los castaños, pude ser testigo de sucesos insólitos que ocurrían durante su presencia a los cuales no se les podía dar una explicación racional. Un día, un niño jugaba con una pelota muy cerca de donde se encontraba sentada, en su carrera tras el balón, tropezó y cayó hiriéndose en una rodilla. Asombrada, vi como, ella, se alzaba con una agilidad inusual para sus años, sentó al niño sobre el banco, comenzó a hablarle mientras restañaba la sangre de la herida con lo que parecía un pañuelo blanco, y el pequeño dejó de llorar, sonrió, la miró a la cara y volvió a correr tras la pelota; en su rodilla no se veía ninguna herida. Eso me sorprendió aunque llegué a pensar que mi apreciación había sido incorrecta y la herida no era tan grande como en un principio creí. Acostumbraba a conversar con los indigentes que se acomodaban a su lado, cosa que a mi me preocupaba. Yo no los perdía de vista, mi primera ocurrencia era la facilidad que se les ofrecía para el robo del inseparable maletín que mantenía en el suelo cerca de sus pies. Sin embargo, los necesitados que se acercaban, terminaban charlando amigablemente con ella, al cabo de un rato se levantaban muy sonrientes y con aspecto de felicidad, se alejaban paseo adelante como si hubieran encontrado una solución a sus vidas, jamás soñada.
Más de una vez estuve tentada de acercarme e iniciar una conversación para conseguir esa intimidad que ofrecía a quien se aproximaba hasta ella, pero su mirada me detenía. Sus ojos grandes, claros, de un extraño color ámbar, hablaban sin pronunciar palabras. Cuando me miraba, estaba segura de que conocía mis pensamientos hasta lo más profundo de mi alma, como si se hubiera apoderado totalmente de mi, pero de una manera sutil, suave, maternal. Ella me comprendía, poseía el conocimiento más recóndito de todo mi ser, mis defectos, mis virtudes..., y era imposible mantener la mirada de aquellos ojos hermosamente amarillos que en algunas ocasiones se tornaban amarronados como las hojas otoñales de aquel castaño, lo mismo que si se mimetizara con ellas. No sé por qué, me mantenía aparte. Yo no debía acercarme hasta ella, sólo me permitía observarla y pronto comprendí el poder que ejercía sobre mí. Sin palabras audibles, me parecía oírla decir: "...tu ahí quieta, no puedes acercarte, no es el momento..." y ese dirigir mis actos de manera encubierta, que de alguna forma me inquietaba, por otra parte, me proporcionaba la fuerte seguridad que ofrece sentirse protegida.
Una tarde de finales de verano, cuando los vientos anunciadores del otoño desnudaban los árboles cubriendo los caminos de hojas semejante a una alfombra dorada, se desató de improviso una fuerte tormenta, con relámpagos y truenos aterradores acompañados de una lluvia torrencial. Lo primero que pensé fue en ayudar a la anciana pero ella abrió su paraguas rojo que parecía un palio y siguió sentada en el banco. Yo eché a correr con mis hijos que intentaban cobijarse bajo los altos cedros pero, conociendo el peligro que esto significa en una tormenta, no se lo permití y cuando, en las prisas buscábamos la carretera libre, uno de los esbeltos abedules del paseo, fue alcanzado por un rayo. Desgajado, lo vi caer sobre mi hijo pequeño y el terror me paralizó. Cuando ya creí que lo golpeaba, de una manera irreal, el árbol dio un quiebro y cayó con toda su fuerza frente a mi hijo. Algo intangible me obligó a mirar hacia atrás; allí estaba la anciana, con su chaqueta rojiza, sus zapatos, sus calcetines y su bufanda; el maletín en una mano y el paraguas rojo cerrado apuntando al árbol como si fuera una espada salvadora. Volví a por mi hijo, estaba empapado pero sin un rasguño. Mis otros hijos me llamaban bajo la lluvia para que me apresurara a salir del parque y al mirar hacia atrás para agradecer a la mujer, no sabía qué, ésta había desaparecido. La busqué con los ojos pero no la localicé por ningún camino, se había esfumado.
Con el principio de las clases, mis hijos ya no tenían tanto tiempo libre y dejamos de ir al parque, sólo lo frecuentábamos algunas mañanas de domingo cuando el tiempo lo permitía, en las que íbamos toda la familia a dar un paseo antes de la comida. Y poco a poco el recuerdo de la mujer se fue olvidando. La vida seguía su curso normal.
Mi marido, que por su profesión trataba con embajadas extranjeras, cierto día fue invitado a una fiesta en una de ellas a la que yo debía acompañarle. Habían llegado los reyes del país correspondiente y celebraban un acontecimiento nacional. Yo estaba ilusionada, estas celebraciones no eran muy frecuentes y me compré un precioso vestido de noche en tonos verdes que era el que más me gustaba y el que yo creía más favorecedor para mi apariencia. Cuando llegó el momento del festejo, al entrar en la sala donde se iba a celebrar el baile, fui presentada a las personalidades y al llegar a los reyes, no pude reprimir un respingo. ¡La reina era ella, la peculiar anciana del parque! Vestida con un precioso traje de fiesta en color negro y una diadema espectacular que adornaba su cabeza nívea, me miró a los ojos con aquella inverosímil mirada suya de color amarillo; en el momento en que yo iniciaba la reverencia que me exigía el ceremonial, sonrió con dulzura, me apretó los dedos de la mano en un saludo protocolario que, aun así, sentí fuertemente íntimo, y siguiendo a mi esposo, esperé el comienzo de la música que invitaba a la danza. Pero mi interés estaba en la Reina. Pasé la noche observándola sin ver nada de particular en su comportamiento, era una anciana noble, muy ceremoniosa en su trato pero que en ningún caso se fijó en mí más de lo que debía. Tanto es así, que llegué a pensar que yo estaba viendo visiones.
A la vuelta a nuestra casa, una vez finalizada la fiesta, no pude evitar la pregunta:

-Luis, ¿sabes si se cuenta algo especial de la reina?- pregunté a mi esposo.

-¿Por qué lo preguntas?- respondió sorprendido.

En aquel momento supe que había algo fuera de lo común sobre aquel asunto, algo que mi marido no había comentado e hice hincapié en la pregunta, añadiendo:

- Parece una persona muy peculiar...no sé... un hada...

Aquí tengo que decir que Luis, mi marido, me consideraba una persona excesivamente imaginativa y, más de una vez, había recibido una buena regañina de su parte por sacar las cosas de su contexto habitual, sin embargo, esta vez no sucedió así. Me miró fijamente con aquellos ojos suyos entre guasones y serios que yo amaba tanto y me dijo, ya cambiando la vista:

-Se cuentan anécdotas de ella... dicen que aparece y desaparece...Le gusta mucho perderse en el bosque y tiene un sobrenombre que no sé si es conocido por ella...

-¿Cómo la llaman?- pregunté expectante.

-La reina de los árboles- dijo, guardó silencio durante unos segundos sin dejar de observarme, sonrió y continuó diciendo al mismo tiempo que acariciaba mi rostro: -¡Anda chatilla, que ya tienes tema para imaginar historias...!

Pero, no sé por qué, aquello fue una anécdota que acabó en el baúl del olvido y pensé que la semejanza de la Reina con la anciana del parque, esta vez sí había sido imaginación mía.
Pronto llegaron unas nuevas vacaciones escolares y el buen tiempo permitió las horas de descanso y juegos en los mismos jardines. Una tarde, volví a verla. Como en tiempos anteriores, se acercó con su característica vestimenta y se sentó en el banco que había bajo el castaño. Esta vez no pude refrenar la curiosidad, pero en el momento en que me incorporaba para dirigirme a ella y aclarar mis dudas, oí la voz del mayor de mis hijos que me advertía de como su hermano menor había trepado a un árbol, hecho que transgredía todo lo autorizado por mi en sus juegos. Después de obligarle a bajar y aguantar la correspondiente reprimenda, cuando volví a mi lugar y quise acercarme a la anciana, ésta había desaparecido... pero junto al castaño frondoso de copa redondeada, pude ver un árbol en el que jamás me había fijado. No conocía la especie y sus preciosa hojas me sorprendieron hasta cortarme el aliento. Aun estando en verano, presentaban un color ámbar inigualable en ningún otro árbol y acaricié su textura parecida a suave terciopelo mientras tintineaban en una música única movidas por un viento inexistente. Toqué la madera de su tronco que me respondió con una tibieza indescriptible y entonces vi, apoyado en él, un enorme paraguas rojo. "

Y aquí termina esta historia, la historia de E L L A, "la Reina de los árboles", como la he llamado desde entonces. Una mujer misteriosa, extravagante, peculiar y mágica. No volvimos a verla nunca más y al recordarla, me pregunto si existió o todo fue parte de mi imaginación desbordada. Nunca lo sabré... pero todavía conservo como un enigmático recuerdo, aquel enorme paraguas rojo que encontré apoyado en el tronco de un extraño árbol. Jamás he conseguido abrirlo, es irreal, como si hubiera emergido de las páginas de un cuento infantil.

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