jueves, 19 de noviembre de 2009

LA RATONA MATILDITA


CUENTOS DE LA ABUELA XANINO


LA RATONA MATILDITA


La ratona Matildita se compró unos pololos azules que le llegaban a los tobillos, un vestido de cuadros blancos y rojos y una cofia con puntillas para estar muy guapa cuando llegara a visitarla un primo segundo que venía desde Madrid.

El primito se llamaba “El Cuclillas” y era un ratón de alcantarilla que, según le había contado la tía Rabolargo que era muy cotilla y se enteraba de todos los chismes de la familia, se marchó de su casa a correr mundo, pero como no tuvo mucha suerte, acabó viviendo en las alcantarillas.

La ratona Matildita, ya conocía a su primo segundo “El Cuclillas” de cuando una vez, de pequeña, había ido con sus padres a visitar a la familia que entonces, vivían en una madriguera de alquiler en los bajos de un castaño en el parque de El Retiro y por eso, se las daban de muy elegantes.

Matildita que era muy ordenada y relimpia, limpió cristales, sacó brillo a los muebles y preparó la mejor habitación de la casa desde donde se podía ver los jardines de la rosaleda, para que su primo segundo estuviera cómodo y contento y como quería darle una bienvenida muy sonada, llamó a su amigo el Saltamontes Triquiñuelas y le dijo:

-Triquiñuelas, necesito que me hagas un favor, ¡andaaaa!,

Triquiñuelas que quería mucho a la ratona Matildita porque siempre le dejaba descansar en las berzas de su huerto, le respondió:

-Lo que tú quieras, Matildita. Sabes cuánto te aprecio y por ti haré lo que me pidas.

Después de explicarle la visita de su primo, la ratona Matildita le pidió a Triquiñuelas.

-Mira, me gustaría que tocases el violín en la fiesta, así todos los invitados podrían bailar y divertirse, ¡porfaaaaa…. Triqui…!

Triquiñuelas que estaba un poco mosca con aquella visita, le dijo a Matildita:
-Perooooo ¿tú crees que ese “Cuclillas” se merece tanto esfuerzo?

-¡Qué sí, qué sí!- decía la ratona muy alborotada - ¡Que el “Cuclillas” es un buen ratón, no te vayas a creer! ¡que él es un ratón de campo y ha vivido en el parque de El Retiro, y allíiiii…!- y como Matildita no sabía qué más decir, chascó los dedos para dar a entender que la cosa era muy interesante.

El día de la llegada de “El Cuclillas”, estaban todos esperándole vestidos con sus mejores galas. Matildita se había puesto sus pololos azules, su vestidito de cuadros y su cofia de puntillas y Triquiñuelas, se puso un chaleco que usaba en todas las fiestas y su sombrero nuevo. Estaban todos muy impacientes cuando, de pronto apareció en la puerta el primo segundo de Matildita. ¡Qué sorpresa, amiguitos, y qué decepción!
“El Cuclillas” llevaba unos vaqueros que más que pantalones eran unos agujeros, un jersey lleno de lamparones que ya no se sabía de qué color era y en cuanto llegó, se quitó los zapatos porque decía que le apretaban mucho y enseñó los zancajos de los calcetines con unos agujeros más grandes que su cabeza, por donde asomaban los talones y los dedos llenos de mugre.

Al verlo, a la ratona Matildita le dio un soponcio y casi se le cae de las manos la bandeja de bollos que le quería ofrecer a su primo segundo. “El Cuclillas”, que no le daba importancia a lo que estaba haciendo porque nunca nadie le había dicho como debía comportarse, ni corto ni perezoso, intentó coger uno de los bollos para llevárselo a la boca y ahí, Triquiñuelas ya no pudo más. Le dio un garrotazo en los dedos con el arco del violín que le hizo soltar un grito,- además del bollo-, que se oyó por todo el jardín.
-Tú no tocas ni un bollo con esas manos hasta que te bañes y te vistas como una persona decente ¡porque lo digo yo!- dijo muy enfadado el saltamontes Triquiñuelas. Entró en la casa, llenó un barreño con agua bien caliente, agarró al “Cuclillas” por las orejas y sin ningún miramiento lo met ió de golpe en la tina dejándolo en remojo.

Cuando la ratona Matildita se recuperó de su desmayo, buscó en el baúl de la ropa usada un traje que había sido de su abuelo materno y se lo encasquetó al “Cuclillas” que, así vestido, parecía el rey de un país raro de esos que nadie conoce, y ya todos muy alegres, se sentaron a la mesa a comerse todos los bollos de los que no dejaron ni las migas. Después, bailaron toda la noche acompañados por el violín de Triquiñuelas y “El Cuclillas” se divirtió tanto que ya no quiso volver más a las alcantarillas. Se quedó de huésped en casa de la ratona Matildita, pagando la habitación y la comida por supuesto, con un trabajo de barrendero que le ofreció el señor Alcalde Don Nicanor, un gorrión amigo íntimo del saltamontes Triquiñuelas y le cogió tanto gusto al baño diario que se pasaba las horas en el barreño rascándose la espalda con un cepillo de púas de puercoespín que le regalaron entre todos los vecinos.

“El Cuclillas” acabó haciéndose muy amigo de Triquiñuelas y cada día, después de finalizado su trabajo, se reunían en la berza más grande del huerto de la ratona Matildita para explicarse historietas (muchas inventadaaaas, eh) de tantas aventuras pasadas en las alcantarillas de Madrid.

Y así acaba hoy el cuento del “Cuclillas”. Ahora me marcho corriendo que pierdo el autobús y además tengo que abrir el paraguas porque empieza a llover… ¡qué lata! ¡Adiós amiguitoooos….!

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