miércoles, 29 de diciembre de 2010

EL DUENDECILLO DE LA OSCURIDAD


EL DUENDENCILLO DE LA OSCURIDAD


Había una vez un niño que tenía mucho miedo de la oscuridad y cuando se iba a dormir, siempre tenía una lamparita encendida en su habitación para así ahuyentar a la negrura que tanto temía.
Un día, el duendecillo encargado de extender la oscuridad por la noche, se quedó escondido en la habitación del niño miedoso, espera que te espera a que la lamparita se apagara para dejar puesta la oscuridad y poder marcharse a su casa en el bosque mágico donde vivían el día y la noche, pero como el niño no apagaba nunca la luz, el duendecillo de la oscuridad, se pasaba las horas acurrucado en un rincón hasta que llegaba el día y ya, cansado, se retiraba hasta su bosque con la tela de la oscuridad toda enrollada sin haberla podido extender en la habitación del niño.
Como el duendecillo no comprendía aquel terror que el niño tenía a la oscuridad pues a él le parecía muy bonita y tranquila, se le ocurrió una idea para quitarle el miedo. Cuando llegó la noche, el duendecillo le dijo al sueño del niño:

-Oye, sueño, ¿te gustaría ayudarme a quitarle a este niño el miedo a la oscuridad?

-¡Sí, ya lo creo!- respondió el sueño muy contento –no puedes imaginarte como me canso porque como siempre está con la luz encendida no puedo cerrar sus ojitos para que se duerma y ¡ufff! ¡toda la noche tengo que estar atento para ver si, en un descuido, puedo cerrárselos y así descansar todos.

-Pues esta noche vas a quedarte escondido y no vas a cerrar sus ojitos así se quedará despierto y comprenderá que la oscuridad no es mala, porque yo la extenderé en su habitación para que la vea.

El niño se acostó en su camita y como el sueño no fue a cerrar sus ojitos para que se durmiera, se quedó en la cama mirando el techo con los ojos muy abiertos, redondos como platos. De pronto vio como una preciosa tela de terciopelo se extendía poco a poco por la habitación cubriendo todo de una suave penumbra. Era tan bonita aquella tela oscura que el miedo huyó de su corazón y apagó la lamparita que tenía encendida. En aquel preciso momento, de la oscuridad comenzaron a surgir preciosas imágenes de fantasía. Hadas diminutas, gnomos, valientes guerreros cabalgando briosos corceles blancos, ogros enormes, princesas, brujas bondadosas y otras malvadas y una cantidad de seres a cual más fantástico que el niño escogió a su gusto para formar con ellos un cuento maravilloso. El niño se divirtió un montón mientras imaginaba el cuento en la oscuridad de su habitación y, entonces, el sueño pudo cerrar sus ojitos para que se durmiera profundamente toda la noche.
El duendecillo de la oscuridad estaba muy satisfecho de su idea pero todavía no estaba muy seguro de que al niño se le hubiera quitado definitivamente el miedo a la oscuridad y esperó a la noche siguiente. El duendecillo de la oscuridad y el sueño del niño se escondieron en un rincón de la habitación y esperaron para ver que hacía el niño.
Primero vieron como daba unas cuantas vueltas en la cama mientras miraba a su lamparita encendida, cerraba los ojos y los volvía a abrir porque su sueño no estaba con él y no podía mantenerlos cerrados, y vieron como se inquietaba buscando por la habitación con la mirada a ver si encontraba más imágenes fantásticas para hacer otro cuento, pero con la luz encendida, eso era imposible. De pronto, el niño apagó su lamparita y el duendecillo, rápidamente, extendió la oscuridad por la habitación y las imágenes comenzaron a surgir de nuevo. El niño que ya había perdido el miedo a la oscuridad, comenzó a formar otro cuento con todas las imágenes que veía y así comprendió que la oscuridad es mala sólo cuando se la teme y que la mejor manera de inventar cuentos era cuando todo estaba oscuro porque es el momento en el que surgen todas las imágenes fantásticas.
Aquel niño jamás volvió a dormir con la lamparita encendida y su sueño no tuvo ningún trabajo en cerrar sus ojitos para que durmiera profundamente después de haber inventado un cuento.
El duendecillo de la oscuridad ya no tuvo que volver a su bosque mágico con la oscuridad enrollada sin haber hecho uso de ella y todos fueron muy felices y durmieron muy, muy, pero muy tranquilos.
Y esta fue la manera de que aquel niño miedoso, comprendiera que la oscuridad es mala sólo cuando se la teme. Y ya sabéis… no tengáis nunca miedo a la oscuridad porque es el mejor momento para poder inventar un cuento. Y colorín, colorado… este cuento se ha acabado. MAGDA.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA NOCHE QUE QUISO SER DÍA





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LA NOCHE QUE QUISO SER DÍA

(Cuento)


En el principio de los tiempos de un mundo que es como la tierra, el Rey de la creación hizo el día y la noche.
El día estaba en un rincón del cielo recogido sobre sí mismo como un hermoso capullo, cubierto por su cabellera rubia y cuando el astro sol se elevaba en lo más alto, vertía sobre él sus rayos desperezándolo, momento en el que extendía su cabello sobre la tierra para llenarla de luz y color. Así cumplía alegremente su trabajo al tiempo que sacudía las hebras doradas de su pelo embarullado por el viento, jugaba con las nubes y animaba a los pájaros a volar y, feliz, veía como todos aprovechaban las horas de luz para realizar su trabajo. Cuando, doce horas más tarde el sol se escondía, el día se replegaba otra vez sobre sí mismo y descansaba en su rincón del universo para dejar paso a la noche.
En aquel entonces y en aquel mundo, la noche era completamente oscura. No había ningún rastro de luz en su negrura. Surgía de los abismos rápida y silenciosa en cuanto desaparecía el sol y cubría la tierra de tinieblas. Ella no jugaba con las nubes como hacía el día, ni con los pájaros, ni podía mover su cabellera para jugar con el viento. Sólo veía con tristeza como los habitantes de aquel mundo, se escondían en sus casas en cuanto ella aparecía quedando bajo su manto soledad y silencio. La noche no era feliz y, poco a poco, su corazón se llenó de envidia hacia el día al que decidió robarle su luz.
Era la noche muy amiga de la tormenta y en cierta ocasión en que ambas se encontraban juntas cubriendo la tierra de aguaceros, truenos y temor, le pidió ayuda mientras le explicaba lo que maquinaba contra el día. La tormenta, que disfrutaba cuando creaba situaciones difíciles, trazó un plan para que su amiga la noche consiguiera la luz que sólo le correspondía al día. Y así, en un amanecer, cuando el sol comenzaba a surgir por el horizonte, en el momento de verter sus rayos sobre la rubia cabellera del día, de un gran salto, la tormenta se interpuso entre ambos, arrebató con sus manos un montón de cálidos y luminosos rayos y, rápidamente, los repartió sobre la túnica negra de la noche.
La noche se sintió inmensamente feliz al ver como lucía sobre la tierra y contenta, observó a los habitantes. Ya ninguno se recogía en sus casas cuando ella surgía de los abismos sino que continuaban con sus tareas igual que cuando brillaba la luz del día. Los pájaros seguían con sus vuelos y sus trinos alegrando el ambiente y todo en la tierra era movimiento y algarabía. Pero, pasado un tiempo la gente comenzó a sentirse cansada. Nadie sabía cuando acababa el día y cuando comenzaba la noche y tan agotados se sentían que nadie cumplía bien con su trabajo. Los pájaros caían extenuados al suelo de tanto volar y pronto la alegría cambió para convertirse en un confuso desorden.
Cuando el sol vio que había tanto desconcierto en la tierra a causa de su luz, se dirigió a la morada de los sabios celestes para explicar aquellos extraños sucesos y al abrir los libros en los que está todo escrito, los sabios, muy preocupados comprobaron el robo que la tormenta había realizado de la luz del día. Como el suceso estaba considerado muy grave en las leyes de aquel universo, se reunieron en consejo y decidieron que lo más prudente era exponer la situación al Rey de la creación y todos de acuerdo, subieron a la cola de un cometa que los llevó, en un segundo, a lo más alto del cielo, allí donde ya no hay nada más y donde el Rey permanecía creando mundos maravillosos.
Al saber aquel monarca sabio y bondadoso que la noche no cumplía con su deber, su corazón se llenó de tristeza y él en persona fue a conocer las razones del mal comportamiento de la noche. Avergonzada por su maldad, la noche se escondió en lo más profundo de sus abismos y el Rey creador cuando la encontró doblada en aquel tenebroso lugar sintió una profunda lástima, tanta que, en un arrebato de amor la tomó entre sus brazos para elevarla hasta el cielo y colocarla de espaldas al día. Una vez allí trasladada, conversó con ella dulcemente para hacerle comprender la naturaleza de su oscuridad.
La noche escuchó a su Rey compungida y aceptó devolver los rayos de sol robados pero, al ver la bondad en los ojos de su creador, se atrevió a reprocharle la falta de belleza con que la había distinguido. El Rey, compadecido, lloró sobre aquella negrura absoluta y antes de separarse de su lado, desprendió el corazón de su pecho y se lo entregó a la noche como prueba de su amor.
El orden volvió al universo y el amor inundaba, otra vez, toda la creación y aquel día, cuando llegó la hora en que la noche tenía que desplegar sus sombras sobre la tierra, todos contemplaron admirados como ya no era tenebrosa; las lágrimas vertidas por el creador sobre ella, se habían convertido en estrellas que cubrían de puntos luminosos el manto oscuro y en el centro, en el lugar donde el Rey había prendido su corazón, una redonda luna, iluminaba la tierra con blanco resplandor. A partir de entonces los habitantes de aquel mundo mágico, antes de retirarse a descansar miraban hacia el cielo y en un susurro decían extasiados ¡qué hermosa noche!- MAGDA.

martes, 14 de diciembre de 2010

EL HADA FEA PELUSITA











EL HADA FEA PELUSITA



Había una vez un hada muy pequeñita, tan fea que estaba envuelta en una pelusa blanca y parecía la semilla de una flor y por eso en el país de las hadas la llamaban Pelusita. Se trasladaba con el viento o en las chispas luminosas de las estrellas donde subía de un salto para navegar por el firmamento y siempre se escondía para que nadie viera lo fea que era.
Un día la Gran Reina Dorada la llamó a su presencia y le dijo:
-Pelusita, ha llegado la hora de que consigas la varita mágica, para ello debes dejarte ver en la tierra y traer las lágrimas de una niña para cambiarlas por una sonrisa, como ordenan los siete sabios del universo que cuidan de la alegría de los niños.
Y dicho esto, la Gran Reina Dorada puso en su mano a Pelusita, sopló sobre ella y la echó a volar por los aires. Pelusita, muy asustada y triste porque le daba mucho miedo dejarse ver en la tierra, se agarró a los faldones del viento que en aquel momento paseaba por los alrededores y dando volteretas para un lado y para otro se alejó del país de las hadas.
Al poco rato, cuando ya pudo sentarse cómodamente sobre la tela del viento, vio un país lleno de niños y decidió bajar y mirar a escondidas lo que pasaba allí y saber si podía conseguir alguna lágrima infantil.
-Viento, por favor, bájame hasta ese lugar que necesito llevarme las lágrimas de una niña para cambiarlas por una sonrisa y así conseguir la varita mágica- le dijo.
El viento, despacito, la dejó sobre el banco de un parque y se marchó para seguir paseando por el espacio. Pelusita comenzó a buscar una niña que tuviera lágrimas pero allí todos los niños eran tan guapos y felices que pasaban el tiempo riendo y haciendo travesuras sin que nadie les regañara. Cuando vieron volar aquella pelusa blanca, los niños creyeron que era la semilla de una flor y corriendo fueron tras ella para atraparla. Unos intentaban sujetarla entre los dedos pero Pelusita, se escurría entre las rendijas y escapaba volando.
-¡Esa semilla es mía!-decía uno –voy a espachurrarla.
-No, es para mí- decía otro intentando darle un pisotón.
-Esa semilla la quiero aplastar entre las hojas de un libro- decía otra niña con la cara llena de churretes –verás como se seca y se queda como un papel.
Pelusita, temblando de miedo no sabía que había llegado al país de los niños traviesos y cuando ya la tenía uno entre sus manos y creía morir aplastada, de una ventolera, su amigo el viento la arrebató y se la llevó por los aires. Cuando se le pasó el susto vio que, al fin, llegaba al país de los hombres normales, esos que unas veces son buenos y alegres y otras algo malvados y tristes. Era un país precioso; con campos verdes, mares inmensos, ríos y cascadas y lleno de hermosas flores entre las que el viento dejó a Pelusita. Se sentía tan feliz calentada por los rayos del sol que casi se queda dormida pero un ruido la despabiló. Prestó atención, miró por la rendija de entre los dos pétalos de una flor y vio a una niña sentada a la orilla de un río, con las mejillas llenas de un agua rara que no sabía qué era. Pelusita se acercó despacito y le dijo:
-Niña, ¿por qué estás triste? ¿y por qué sale agua de tus ojos?
La niña, al ver una pelusita blanca que le hablaba y que no conocía las lágrimas, se quedó muy sorprendida. La cogió con mucho cuidado, la puso sobre su mano y le preguntó:
-¿Es que no conoces las lágrimas? ¿Quién eres tú que tienes tanta suerte que no sabes lo que es llorar?.
-Soy el Hada fea Pelusita. Busco a un niño triste porque tengo que llevarme sus lágrimas para cambiarlas por una sonrisa y así conseguir la varita mágica, pero no sabía que las lágrimas eran agua que salía de los ojos, creía que era alguna cosa que los niños tenían en las orejas.
La respuesta le hizo tanta gracia a la niña que olvidando su tristeza, le contestó:
-¿Y cómo es que no lo sabes?
-Porque en el país de las hadas no se llora nunca.
El Hada Pelusita, de un salto, se colocó en el pelo de la niña como un adorno. La niña se reflejó entonces en el río y Pelusita, asombrada, vio que era una niña más fea que ella. La niña al ver su cara en aquel espejo de agua clara, volvió a llorar desconsolada y a Pelusita le entró una tristeza tan grande que, sin darse cuenta, notó como de sus ojos salía un agua que rodaba por sus mejillas y caía en gotas por su gran nariz.
-Pero, Pelusita- le dijo la niña- ¡si tú también estás llorando!
-¿Este agua que cubre mis mejillas es llorar?..., pues no resulta tan triste como creía porque a mi me deja muy tranquila.
A la niña le hizo gracia el comentario de la pequeña hada y se puso a reír. El hada fea Pelusita, al verla, se quedó asombrada. Con la risa, el rostro de la niña se había transformado en algo tan hermoso que la dejó boquiabierta, y le dijo a la niña:
-Mírate ahora en el espejo del río.
La niña al verse tan bella, no paró de reír y reír y muy contenta, se fue a jugar con otros niños.
Pelusita se quedó pensando en lo que había visto y decidió regresar al país de las hadas para hablar con la Gran Reina Dorada.
Cuando llegó y pasó a presencia de la Reina, está le preguntó:
-¿Has traído las lágrimas de una niña, Pelusita?
-No, majestad.
-¿Y por qué?-volvió a preguntar la Reina- Así no podremos cambiarlas por una sonrisa para que esa niña esté siempre contenta y tu puedas recibir la varita mágica.
Pelusita le respondió:
-No es necesario cambiar nada en los niños, majestad, porque ellos necesitan llorar y reír para aprender que las dos cosas son hermosas.
-¿Y tú cómo lo sabes?- preguntó, otra vez, la Reina.
-Porque yo también he llorado, mi Reina, y cuando lo he hecho, el corazón se ha quedado tan sereno que no me importaría volver a llorar.
La Gran Reina Dorada de las Hadas se quedó pensativa durante un rato y luego dijo:
-Bien, Pelusita. Llevaremos este asunto a los Siete Sabios que cuidan la alegría de los niños para saber que opinan.
Al día siguiente, la Gran Reina Dorada de las hadas, se envolvió en la túnica invisible de viajar por el cielo y con Pelusita en la mano, llegó al país donde vivían los Siete Sabios que cuidan la alegría de los niños. Al entrar en aquella sala suspendida en el aire para que nadie la viera, la Reina y Pelusita vieron como los Siete Sabios, miraban con un enorme telescopio por los agujeros que había en el cielo, observando el comportamiento de todos los niños. Al verlas, el más Sabio de todos, se peinó la barba blanca que le llegaba hasta los pies y las hizo sentarse en una nube muy blandita para que estuvieran cómodas. Cuando la reina iba a explicar la aventura del Hada fea Pelusita, el Sabio dijo:
-Noooo, noonono...¡¡¡ No son necesarias explicaciones, lo hemos observado todo con el telescopio que llega hasta la tierra desde nuestra ventana, y después de reunirnos para esclarecer este asunto, hemos decidido por unanimidad que los niños también necesitan llorar un poco porque luego, le dan más valor a la risa. Así que ya no habrá que salir a por lágrimas de niñas ni de niños para cambiarlas por sonrisas, porque ellos solitos, lo saben hacer y eso les ayuda a conocer que en la vida, se deben tener las dos cosas, la tristeza que provoca las lágrimas y la alegría que provoca la risa. Y como premio al Hada Pelusita que es quien lo ha descubierto, ofrecemos a Pelusita la varita mágica especial de la belleza, la bondad, la sabiduría y la alegría.
Se hizo una gran fiesta en el país de las hadas para festejar a Pelusita y cuando le fue entregada la varita mágica especial de la belleza, la bondad, la sabiduría y la alegría, Pelusita sintió como su ser se transformaba y al reflejarse en el espejo del cielo, vio que era el hada más pequeña pero también la más hermosa del país de las hadas.
Por eso amiguitos, os pido que cuando veáis una pelusa que parezca la semilla de una flor, dejarla volar, porque puede ser el hada Pelusita que está ayudando a los niños a ser felices.... aunque también tengan que llorar un poquito de vez en cuando. – MAGDA.

viernes, 26 de noviembre de 2010

EL ANGELITO QUE PERDIÓ SUS ALAS


ESTE CUENTO YA ESTA PUESTO EN EL BLOG HACE TIEMPO PERO LO HE CORREGIDO Y AHORA ME GUSTA MÁS, ASÍ QUE LO REPITO.






EL ANGELITO QUE PERDIÓ SUS ALAS



Arriba, arriba, en esa parte del cielo que no se ve desde la tierra, existe un lugar secreto donde se guardan las cosas hermosas de la naturaleza: el sol, la luna, la luz, los amaneceres y los ocasos, todas las estrellas a las que se les saca brillo a diario y también los colores con los que se pinta el arco iris.
Estas cosas que nos parecen tan naturales, están, cada una de ellas, cuidadas por unos angelitos que son quienes se ocupan de que todo esté limpio, brillante y en orden para cuando llega el momento de ocupar el sitio que a cada cosa le corresponde.
Hoy vamos a explicar la historia del angelito más revoltoso de todos. No tiene nombre porque en el cielo cada cual se reconoce sin tener que llamarse y es el que se encarga de pintar el arco iris que, aunque nunca se ha dicho, entonces sólo tenía seis colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y añil. Este angelito es muy, muy pequeñito, con el pelo enmarañado en unos rizos muy rubios y unos ojos chispeantes como dos estrellas y siempre lo encontraremos con el pincel en la mano dando brochazos, una vez a la franja roja, luego a la verde, más tarde a la amarilla... y así a todas ellas, para que cuando en esas tardes lluviosas en las que de pronto luce un rayo de sol, se pueda contemplar un maravilloso arco iris.
A este angelito revoltoso y travieso, le gustaba dibujar ventanitas en esas nubes blancas que parecen un trozo de algodón, para asomarse y poder curiosear todo lo que sucedía en el mundo y aquel día, sin que nadie lo advirtiera, se escapó por una de ellas. Desplegó sus alas transparentes y volando, volando, se acercó hasta la tierra. Cuando ya estaba llegando se dio cuenta de que no sabía aterrizar y entonces se introdujo en una nube gris llena de agua, se agarró a la punta de una gota de lluvia de esas que parecen lágrimas gordas, se dejó balancear en el aire y lentamente fue a posarse sobre la hoja de un nenúfar blanco que estaba en el centro de un lago.
Al caer, se quedó panza arriba un poco asustado sin saber donde se encontraba y al ver aquella superficie verde que le rodeaba se quedó boquiabierto. Era ¡tan bonito! que pensó estaba todavía en el cielo pero al tocar el agua y mojarse los deditos, se dio cuenta de que ya había llegado a la tierra porque cuando estás en el cielo nunca te mojas, sólo te hundes…, te hundes…, como si estuvieras en el interior de una burbuja y flotas de un lado para otro lo cual resulta muy divertido.
El angelito se puso muy contento y comenzó a navegar sobre el nenúfar inventando viajes que le llevaban a lugares desconocidos. Las carpas plateadas, al ver aquel angelito chiquitín tan alegre y revoltoso, comenzaron a jugar dando saltos a su alrededor hasta que en un momento de entusiasmo, nuestro angelito, ni corto ni perezoso, se lanzó al agua para bucear entre las ranitas verdes, cabalgó sobre las azules libélulas que volaban haciendo piruetas y al cabo de un rato, cansado y un poco aburrido, se dejó llevar por una de ellas hasta el bosque donde comenzó a pasear por los caminos en contemplación maravillada de las flores que no conocía, mientras observaba el vuelo de los pájaros y escuchaba ensimismado sus gorjeos. Persiguió abejas y mariposas que nunca alcanzaba hasta quedar agotado y entre la hierba de un prado se durmió hecho un ovillo.
Al despertarse estaba tan entumecido que apenas si se podía mover y comenzó a arrepentirse de su aventura por lo que decidió emprender el viaje de vuelta. Pero cuando quiso elevarse, no pudo volar por más que lo intentó. Una y otra vez daba saltitos para que sus alas se movieran pero era inútil, no podía volar. Muy, muy asustado, miró a su espalda y vio con horror que ¡no tenía alas! ¡habían desaparecido! Entretenido con tanto juego no se dio cuenta de que las había perdido porque, al estar en la tierra no podía seguir siendo un angelito y se estaba transformando en un niño. Aterido de frío y sin saber qué hacer, se quedó acurrucado junto a un arbusto y comenzó a llorar. Pero vosotros no sabéis que los angelitos no lloran igual que las personas y de sus ojos comenzaron a caer unas lágrimas chiquitinas, chiquitinas, que eran como campanitas y al llegar al suelo dejaban oír una bonita melodía: ¡Tiinn tantaranntann...! ¡Tiin tantaranntann...! Y gracias a esta música, el angelito se salvó, porque, en aquel momento, una niña que paseaba por el bosque recogiendo violetas, al oír el repiqueteo, buscó entre los arbustos para descubrir aquella música y encontró al angelito acurrucadito debajo de una margarita llorando desconsoladamente.
La niña, lo recogió con mucho cuidado, lo metió en su bolsillo y lo llevó a su casa donde, envuelto en un trozo de bufanda lo arrimó a la chimenea para que se calentara. Cuando se recuperó, el angelito revoltoso le explicó a la niña su aventura y le dijo, hecho un mar de lágrimas, que no podía volar porque había perdido sus alas.
La niña, compadecida de aquel angelito llorón, chiquitín y sin alas, quiso ayudarle y se le ocurrió una idea. Deshojó las violetas que había cogido en el bosque y comenzó a hacer su trabajo mientras el angelito dormía un ratito.
Cuando por la mañana salió el sol y se despertó, el angelito vio que la niña tenía entre sus manos dos bellas alas hechas con pétalos de violetas, las más hermosas alas que jamás había visto. La niña le ayudó a colocárselas bien sujetas en la espalda y el angelito chiquitín y revoltoso, después de darle las gracias, echó a volar perdiéndose en la inmensidad azul.
Al llegar al cielo, fue corriendo a por el pincel para retocar el arco iris que había abandonado con su aventura y se fijó que entre todos aquellos bonitos colores, faltaba uno que nunca había estado allí. ¡Al arco iris le faltaba el color de sus alas, el violeta! Entonces, el angelito, humedeció el pincel en los extremos de aquellas alas que eran pétalos de flor y añadió una franja a los otros seis colores.
Desde entonces, el arco iris que vemos cuando el sol ilumina las gotas de lluvia, tiene siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y... ¡violeta! El color de las alas de un angelito revoltoso y travieso que quiso correr una aventura en la tierra y perdió sus alas.

MAGDA R. MARTÍN

viernes, 8 de octubre de 2010

MARGARET



MARGARET


(CUENTO)

Mi amiga Margaret me recogió con el coche en el aeropuerto de Heathrow después de un viaje de dos horas largas desde Madrid. Adelanté el reloj de pulsera una hora para adaptarme al horario de la isla por lo que el tiempo del lunch inglés estaba casi finalizando motivo por el cual nos refugiamos en un self-service, aparte de para comer, también para guarecernos de la lluvia que me había recibido como si fuera la explosión de las burbujas de una botella de champán recién abierta.

Entre Margaret y yo, no había demasiada intimidad. Me la había presentado una amiga común, de padre inglés y madre española que conocí en Alicante mientras pasaba unas cortas vacaciones recuperándome de un desengaño amoroso reciente, en una pequeña casa que Alfonso, el mayor de mis hermanos, se había comprado en una urbanización cerca de Elche. Fue una mañana soleada como casi todas las del levante español en la que Amalia y yo, nos acercamos a tomar un café en uno de los Restaurantes-Cafetería que abundaban en la urbanización.

Mi hermano había comprado la casa por un aviso de Amalia, conocida por medio de un grupo de amigos de Madrid, la cual tenía una de su propiedad justo al lado de la que estaba en venta y fue quien le puso en contacto con los vendedores, un matrimonio inglés de mediana edad, obligados a volver a Inglaterra a causa de la enfermedad del padre de uno de los cónyuges. Por esta razón de cercanía, Amalia y yo estábamos juntas todas las horas del día, excepto durante la noche en que cada cual dormía en su propio domicilio. Una manera cómoda de residir puesto que las viviendas, bastante pequeñas, sólo disponían de un dormitorio.

Margaret era una muchacha alta, con el pelo rubio rojizo algo ondulado y ojos de un azul desvaído muy claros, que le daban el aspecto de un perro cocker pero muy dulce, simpática y algo tímida en el trato, con quien congenié rápidamente en cuanto me fue presentada. Nos sentamos las tres en la terraza del café, protegida del sol por un techo de lona y pasamos un buen rato charlando en un español muy fluido por parte de ella a quien le gustaba practicar y disfrutaba aprendiendo nuevos vocablos o giros coloquiales desconocidos. Así fue la manera en la que, al finalizar el verano me invitó a pasar unos días –cuantos quisiera, me dijo-, en su casa de Londres.

Dado que mis clases en el Instituto no comenzaban hasta el mes de Octubre, Amalia volvía a sus quehaceres en Madrid y yo con todo el mes de septiembre libre, me quedaba sola en la casa de Alicante, opté por aceptar, sin vacilaciones, la invitación de Margaret y allí estaba, recién llegada al aeropuerto inglés.

Mientras nos acomodábamos en el coche, una vez finalizado el almuerzo, Margaret me explicó el cambio de planes. En lugar de permanecer en Londres, nos trasladábamos hasta una ciudad llamada Olney en el condado de Buckinghamshire al Sureste de Inglaterra donde tenía una casita –dijo- perteneciente a sus ancestros desde tiempos muy antiguos.

-Seguro que te gustará mucho más- me dijo.
La noticia me pareció estupenda, no conocía Olney y siempre tendría un momento libre para viajar a Londres, si lo deseaba, ciudad que, por otra parte, ya había visitado en diferentes ocasiones.

Después de un rato de conducción que no calculé, distraída con la conversación, llegamos a un pueblo del más clásico tipismo anglosajón o así me pareció, hasta llegar a una casa, que, esa sí, era la más genuina imagen de las construcciones inglesas. Rodeada de un jardín en donde se veían unos árboles que comenzaban a perder sus hojas, unos macizos de flores lucían como si fuera primavera. Siempre he admirado la floración de las plantas en ese país, aun disfrutando de menos horas de sol que en España, las flores se mantienen espléndidas durante mucho tiempo, supongo que, en parte, será debido a la alta humedad ambiental del lugar. Las ventanas, amplias pero de cuadros pequeños bordeados de unos marcos de madera y un tejado de pizarra que dejaba escapar por la chimenea una columna de humo blanquecino, le daba un aspecto irreal. No pude evitar compararla con la casita de chocolate del cuento de los hermanos Grimm, Hansel y Gretel. El interior era acogedor. Enmoquetado el suelo de un verde claro, unas escaleras de madera cubiertas por una alfombra de dibujos sepia y rojo, conducían al segundo piso donde se encontraban las habitaciones y el baño. En un principio, no me fijé en su presencia, hasta que oí su voz. Sentada en una cómoda butaca, junto al ventanal pero más cercana a la chimenea de chisporroteantes troncos ardientes, una anciana de aspecto muy especial me observaba atentamente.

-Te presento a mi tía Ágata- dijo Margaret.

Estreché la mano que me ofrecía. Una mano blanca, pequeña, suave y curiosamente, sin arrugas.

-Te deseo una grata estancia en este país- dijo la anciana sonriente. Su aspecto me sorprendía por momentos. Era aniñado. Casi infantil, etéreo, sutil… no sabía emplear la palabra exacta para describir aquella sensación tan inesperada causada por su presencia. Vestía una falda larga. Unos escarpines de tela en color azul brillante con una lengüeta alargada, le cubrían el empeine de unos pies casi diminutos que descansaban sobre un escabel damasquino. En la cabeza, una especie de gorrito de tela fina cubierto de flores -no supe apreciar en el momento si eran naturales o artificiales-, medio ocultaba unos tirabuzones cortos de un color rubio brillante y los ojos en aquel rostro único, imposible de describir su serena belleza, eran dos magníficas esmeraldas. Me quedé paralizada y todo a mi alrededor pareció esfumarse. Hasta creí oír un canto tenue de voces angelicales y un perfume a hierbas del campo me embriagó. Pero rápidamente todo volvió a la prosaica realidad cuando la voz de Margaret dijo:

-Tomaremos un té. Ven, primero te enseñaré tu habitación- y sin más preámbulos cogió mi maleta y ambas subimos al piso alto.

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La noche la pasé inquieta. Me despertaba a intervalos creyendo escuchar unas risas cantarinas, murmullo de agua y cantos diáfanos que, al llegar la mañana, supuse fueron parte de sueños olvidados, sin embargo, una imperceptible intuición me avisaba de algún suceso fuera de mi control.

Por la mañana, después del desayuno, Margaret me invitó a dar un paseo por el bosque y después de abrigarnos con gorro y guantes, salimos en dirección desconocida para mí. Caminábamos por la ciudad entre calles con pequeñas tiendas de especiales mercaderías. Medias de lana en colores muy vivos, gorritos similares al de la tía Ágata y extraños utensilios de todo tipo cuya rareza consistía en su diseño, se mostraban en los escaparates. La arquitectura de las casas, también demostraba una originalidad poco común, tanto es así, que volví a sentir la sensación de estar paseando por las páginas de un cuento.
De pronto nos encontramos en un bosque salido de la nada. Allí estaba el camino, frondoso, lleno de misterio, y en silencio, penetramos en él. Me percaté como la hojas secas del camino envolvían mis pies, el aire perfumado por un sinfín de fragancias indeterminadas, me mantenía extasiada, y una brisa suave, mecía las hojas de los árboles con cantarín sonido. El camino se estrechó y se alargó. A la izquierda surgieron una fila de árboles cuyas gruesas ramas dobladas por el supuesto empuje del viento a lo largo de los años, formaban un arco que se unía al lado derecho en una caricia llena de ternura hacia unas matas de flores de un color rosa fuerte desconocidas para mí. De las ramas de los antiguos árboles, caían en unos largos racimos, helechos, horquillas de muérdago y un musgo que se adhería a los troncos igual que manta suave para abrigarlos del frío, y al final del camino, el espacio se despejó en una rotonda de flores, cascadas, plantas y árboles que delimitaban o, mejor sería decir, protegían el círculo donde reían, cantaban, se bañaban y jugaban una cantidad de sílfides o hadas, difícil de enumerar. En el centro de la rotonda, en una especie de trono florido, la tía Ágata me sonreía mientras alimentaba a unas exóticas aves nunca antes vistas por mí. Me quedé paralizada. Aquello eran hadas, no cabía la menor duda. Su aspecto era lo que yo entendía por uno de aquellos seres fantásticos. Cuando quise comentarlo con Margaret, la sorpresa fue todavía mayor. Allí estaba ella, sonriente, feliz como jamás la había visto. Una corona de flores adornaba su cabello largo y rojizo, su cara transformada, sin dejar de ser ella, mostraba una belleza inexplicable y unas alas de irisada transparencia le servían para trasladarse y juguetear con quienes yo consideré sus hermanas.

Cuando me dirigía a ella para intentar comprender aquella transformación, me encontré en una tienda y en mis manos sujetaba una figurita de porcelana que representaba la imagen de un hada. Me quedé en suspenso. Margaret, curioseaba entre libros, hojeando uno tras otro, me miró y sonrió. En aquel insólito momento, mi única ocurrencia fue pensar en que el cambio de país y todo aquel ambiente tan diferente al habitual, le estaba jugando una mala pasada a mi imaginación debilitada por las emociones que me había visto obligada a superar durante mi estancia en la pequeña casa de Alicante.

No sería exagerado decir que pasé en aquel lugar los quince días más tranquilos y relajantes de todos los años vividos y el día de mi despedida, no quise marcharme sin hacer mención al extraño paseo por el bosque de las hadas.

-Nunca hemos ido al bosque- me respondió Margaret – aquí no hay ninguno. Seguro que has tenido sueños muy hermosos.

Miré a la tía Ágata que me sonreía de una manera especial y sin hacer ningún otro comentario, me marché.

En España me encontré con Amalia, la amiga que me había presentado a Margaret y después de explicarle mi viaje y la extraña experiencia vivida, me miró sorprendida, y como si temiera cometer una tremenda indiscreción, dijo:

-No sé de quién me hablas, jamás te he presentado a ninguna Margaret… Tu viaje a Inglaterra ha sido en solitario ¿es que ya no lo recuerdas?

No he vuelto a visitar Inglaterra, sé que allí siempre me sucederá algo que no tendrá una explicación razonable. Ha pasado el tiempo y continúo confundida, todavía no he conseguido poner mis ideas en orden. Tal vez, algún día me atreveré a visitar otra vez, una parte del país de las hadas, porque allí fue donde estuve, de eso no tengo la menor duda.

domingo, 19 de septiembre de 2010

SONSOLES Y SUS COLEGUILLAS - "ANTOÑITO EL NUEVO VECINO"


SONSE Y SUS COLEGUILLAS

ANTOÑITO EL VECINO NUEVO


Vivíamos en el 4º A de un edificio en la parte Norte de Madrid y aquel año, al regreso de nuestras vacaciones, vimos como sacaban los muebles de nuestros vecinos del 4º B y se los llevaba un camión de mudanzas. En un principio, pensamos que los inquilinos que era un matrimonio de ancianos, habrían fallecido pero mi madre supo, cuando habló con la hija de los ancianos, que se los llevaba a vivir con ella a una casa que tenía en la Sierra donde estarían mejor atendidos.
El piso estuvo vacío hasta finalizado el mes de Septiembre en que vinieron a habitarlo un matrimonio de mediana edad, más o menos como mis padres, que tenían un hijo único llamado Antoñito. Nos enteramos de la novedad una tarde al volver del Instituto mientras mi madre lo comentaba con mi abuela. Raúl soltó la carcajada y la verdad es que, tanto mis hermanos Bruno y Miguel como yo, no pudimos evitar un risita

-¿A qué viene eso?- dijo mi madre un poco molesta ante nuestra reacción.

-Mamá… hoy en día no hay ningún chico de nuestra edad que se llame Antoñito… -dijo Bruno para aclarar las cosas.

-Pues es verdad…, ahora que lo pienso, Bruno tiene razón…-dijo mi abuela mientras liaba un ovillo de lana de una madeja que sujetaba mi madre entre las manos –los chicos de hoy tienen unos nombres de lo más raro…, Borja en lugar de Francisco o Paco como se les llamaba antes, porque hay que tener en cuenta que el Santo se llamaba “San Francisco de Borja” no “Borja” a secas…, o también unos nombres vascuences que antes no se oían ni en las mismas provincias vascongadas… ¡hay que ver!... Yo me acuerdo que tuve un novio que se llamaba Paco-Hilario..,. a ver donde encuentras ahora ese nombre…

En esta ocasión hasta mi madre no pudo contener la risa.

-Abuela. Es que eso es demasiado..

-Bueno, tal vez.. y tampoco ahora hay ni Pepitos ni Pepitas, ni Marujitas ni Manolitos…

-¡jajajaja! Pues la verdad es que prefiero haber nacido en esta época porque si a mi me llaman Pepito o Manolito… me cambio el nombre- dijo Miguel entre risas.

-Bueno, por suerte, Miguel, es un nombre que no ha pasado de moda- respondió mi madre.

-Afortunadamente.

-El caso es que el niño se llama así, Antoñito…- y dirigiéndose muy especialmente a Raúl, dijo- y no quiero burlas ni risitas ¿vale? El chico no tiene la culpa.

-Buenoooo, lo intentaré.

Y esta fue la manera en la que supimos quienes eran los vecinos nuevos.

-¡Anda quéeee…!- rezongó Raúl cuando por el pasillo nos dirigíamos a nuestras habitaciones- hijo único y Antoñitooo…

-¡Jajajaja! ¡Jo, tronco, no tengas tan mala baba..!- respondió Bruno dándole un capón cariñoso y tirando su mochila sobre la cama de su habitación.

Yo me dirigí a la mía y pronto me olvidé de aquel asunto.







2

Yo no había visto a mi vecino hasta que, un día, cuando fui a comprar unas cartulinas para uno de mis trabajos escolares, coincidí con él en el rellano de la escalera. Acostumbraba a coger el ascensor para bajar pero como él se paró en la puerta para lo mismo, a mí me dio algo de reparo entrar con él y le dije “adiós” y me fui saltando por las escaleras. No tenía ganas de hablarle y si mi madre se enteraba de que no me había presentado, me hubiera regañado llamándome mal educada y así me libré del problema, pero, eso creía yo, porque, al poco tiempo, mientras esperaba en la Papelería, él entró y me ofreció una tímida sonrisa a la que no supe responder.
A partir de ese día, cada vez que salía por la puerta de mi casa, rezaba a todos los santos para no encontrarme con Antoñito, no conocía el motivo pero me creaba una ansiedad a la que no sabía dar nombre. Una tarde, mientras estaba realizando las tareas escolares, me descubrí pensando en él y este detalle me ocasionó un disgusto tremendo ¿por qué estaba yo pensando en aquel tontorrón? Ni siquiera tenía un atractivo físico. Sí, era alto, más incluso que mi hermano Bruno pero desgalichado, de un rubio desvaído, blancuzco de piel, muy delgado lo que, suponía que, acompañado de su altura, era lo que le inducía a encorvarse ligeramente y como era bastante cabezón y casi siempre que yo lo veía iba vestido de verde, comencé a compararle con un calabacín. Desde aquel momento, mi vecino fue para mi Antoñito “el calabacín”.
Un sábado ví como mi madre y mi abuela se dedicaban a hornear unos bizcochos y cuando pregunté, me dijeron:

-Hemos invitado a los vecinos a merendar, así que, esta tarde os quiero a todos aquí- dijo mi madre que respetaba mucho las costumbres.

Y de esta manera, a las cinco de la tarde de aquel sábado, por cierto frío, tormentoso y ventoso motivo por el cual se agradecía la permanencia en el hogar, me encontré sentada a la mesa frente a mi vecinito Antoñito “el calabacín” . Esta vez se había puesto un jersey marrón debajo de su sempiterna sudadera verde y unos vaqueros normalitos, estaba muy repeinado y esto le daba un aspecto hasta cierto punto ridículo pero ni mis hermanos ni yo demostramos nuestros pareceres. Sobre todo Bruno y Miguel fueron muy atentos y corteses con él. Le preguntaron sobre sus estudios y de esta manera nos enteramos que iba al miso curso que Miguel y, casualidades de la vida, después de las vacaciones de Navidad, ya tenía plaza para ingresar en nuestro Instituto. A mí, aquella noticia, sin saber por qué, me ocasionó un repelús.
Total, que por la conversación entre nuestros padres y los suyos pudimos saber que venían de un pueblo de Valladolid por nuevo destino del trabajo del padre que no sé muy bien a que se dedicaba porque yo estaba más pendiente de lo que hacían mis hermanos y de cómo se comportaba Antoñito, que todo hay que decirlo, fue muy educado, comió sin hartarse, sólo lo justo, bebió zumo de melocotón y no abrió la boca para nada, hasta que, al final, cuando ya se iban dijo:

-Supongo que nos veremos en el Instituto…
-Por supuesto- dijeron Miguel y Bruno –ya te presentaremos a los compañeros y te informaremos sobre los profesores, no te preocupes.

A mi me pareció que Antoñito miraba a mis hermanos con un poco de guasa pero como tenía esa expresión tan rara, muy particular, que no se sabía si iba reír o a enfadarse, no le di demasiada importancia.
Un día, cuando venía del “Insti” lo encontré en el portal esperando el ascensor y no pude evitar subir con él.

-Estoy fabricando un robot diminuto que sirve para pasar las páginas del libro cuando estás leyendo.

Yo lo debí de mirar con cara de alelada porque se puso colorado como un tomate y me dijo, como si se disculpara por lo dicho:

-Bueno…, es que me gusta inventar cosas…

¡Lo que faltaba! –pensé yo-, Antoñito, hijo único y además cerebrito, si es que Raúl tenía razón. Pero como la buena educación no me permitía decir todo lo que estaba pensando, intenté sonreír y respondí:

-¡Qué bieeeen…!- pero ya no supe como continuar, sólo vi como su nuez de Adán, que por cierto era muy abultada, subía y bajaba mientras tragaba la saliva. Comprendí que se había dado cuenta de que había hecho un poco el “ridi”. ¡Vaya memo! Inventor de robots, cuándo se lo dijera a Raúl, anda que no se iba a reír. Pero cuando esto sucedió, me quedé sorprendida al ver como, tanto mis hermanos como mis padres que estaban presentes se quedaron sorprendidos.

-¡Caramba! ¡Qué chico más listo!- dijo mi padre, cosa que a mí me sentó un poco mal y a Miguel, no digamos. Se puso verde de envidia, él que era el preferido de papá y al que le gustaba presumir de ser el primero de la clase, resulta que iba a competir en sabiduría con el niñato de al lado.
La cosa se quedó así pero yo pude ver que aquella noticia no había caído bien entre mis hermanos y, no sé por qué pero me dio un poco de tristeza.

































3

Mis padres tenían unos amigos con quienes acostumbrábamos a reunirnos para hacer viajes cortos a la Sierra o por los alrededores de Madrid durante los fines de semana. Eran un matrimonio con los que mis padres habían estudiado en la misma Universidad de Alcalá de Henares y con quienes habían conservado la amistad. Este matrimonio tenía tres hijos más pequeños que nosotros, Suso de 10 años, Marcial de 9 y Julito de 7. A nosotros nos caían unas veces bien y otras no, depende de cómo tuvieran el día, tanto Miguel como Bruno, se sentían demasiado mayores para jugar con ellos y Raúl también empezaba a sentir la diferencia de edad, por lo tanto, la que más se acercaba a ellos era yo pero, como era niña para mi suerte, no coincidíamos demasiado en los juegos. Lo que más se compartía eran las competiciones de juegos en salas recreativas donde hubiera futbolines o máquinas en las que todos colaborábamos pero casi siempre acabábamos peleando porque los tres hermanitos eran de lo más tozudo y muy malos perdedores. Con esta familia también vivía la abuela, en el caso de ellos era la madre de la madre, no como en el nuestro en el que nuestra abuela era la madre de mi padre. La señora Natalia, tan anciana como mi abuela Ana, era, sin embargo, la antítesis de ella. Meticona, chillona, regañona y siempre protestaba por todo, pero a mi abuela le caía bien, -aunque no se si esto era cierto-, porque era de su misma edad y así tenía con quien cambiar ideas para hablar de los tiempos pasados que es de lo que más les gusta hablar a las abuelas.
Aquel fin de semana, como ya comenzaba el otoño, a mi padre se le ocurrió la idea de hacer un viajecito por la Sierra para buscar setas y cuando lo comentó con mi madre, les oí decir que podían invitar también a nuestros vecinos y para colmo la embajadora de la noticia era yo.

-Sonse, cariño-dijo mi madre- vete a casa de la señora Madrazo (así se apellidaban los vecinos) y dile… Buenoooo, no. Creo que es mejor que vaya yo.

¡Ufff! ¡De buena me había librado! ¡Ojala le dijeran que no podían venir!. Y acerté pero… sólo en parte porque cuando mi madre, al rato, volvió después de hablar con la vecina, dijo:

-Los padres no vienen, pero me han dicho que Antoñito sí. Así os hará compañía.

A Miguel y a Raúl se les puso la cara verde, a Bruno no tanto, más bien se rió por lo bajini y a mí me dio un vuelco el corazón. ¡Madre mía, todo el día con el tostón de Antoñito! Y seguro que mis hermanos se escaqueaban y me dejaban a mí con el marrón, ¡si es que vaya suerte! Intentaría endosárselo a los pequeñajos de los hermanos Gutiérrez que eran los amigos de mis padres y yo camparía a mis anchas. Ya me inventaría algo. Pero ¡ya, ya! ¡Eso creía yo!




















4

Al final decidimos irnos el sábado en lugar del domingo. Los Gutiérrez nos vinieron a buscar a las 8 de la mañana. Mi abuela era la que estaba más contenta porque podría cambiar conversación con la señora Natalia y explicarse sus batallitas de cuando eran jóvenes y “locas” como ellas decían y luego se partían de risa. Antoñito se presentó repeinado como siempre, esta vez con una chupilla vaquera y debajo ¡cómo no!, un jersey muy gordo de cuello vuelto de lana verde, apenas dijo buenos días y se colgó una mochilita al hombro.

-¿No se te habrá ocurrido traer comida, Antoñito?- dijo mi madre.

-Pues… creo que sí… mi madre me ha hecho un bocadillo…

-¡Oh, no es necesario!- dijo mi madre y antes de que terminara la frase, mi padre la finalizó.

-Comeremos por ahí, no te preocupes…pero lleva el bocata si quieres…

-¡Sí, lleva el bocata!- dijo Raúl –ya nos lo zamparemos por el camino, no te preocupes…

Entonces fue cuando vi al vecinito sonreír más abiertamente. ¡Caramba! ¡tenía una sonrisa fascinante, si se le veía hasta guapo! Así que todos, tan contentos, nos acomodamos en los coches. Las dos abuelas se fueron juntas en el monovolumen de los Gutiérrez y nosotros en el nuestro dispuestos a pasarlo lo mejor posible.
Las diferencias comenzaron cuando decidimos el lugar a donde ir. Mi padre decía que hacia Valdemaqueda, que por allí había mucho bosque donde se encontraban montones de níscalos y los Gutiérrez, primero dijeron que a Peguerinos y luego se conformaron con Cercedilla. Al final lo echaron a suertes y ganó Cercedilla y hacia allá nos fuimos.
El viaje fue como siempre, pesado hasta que salimos de Madrid y bonito cuando ya llegamos a Cercedilla. Aparcamos los coches en el camino donde estaba permitido y comenzamos a caminar. A mí me gustaba mucho pasear por el campo, el silencio del bosque, el murmullo de los riachuelos, el susurro de las hojas de los árboles movidas por el viento. Me aislé de todos y, tranquilamente subía en silencio mientras los pequeñajos Gutiérrez enredaban, corrían, subían por los terraplenes del bosque, jugaban y se peleaban. Mis hermanos y Antoñito iban todos juntos. Unas veces les oía reír, otras caminaban en silencio y en uno de los momentos oí que Antoñito me decía:

-Sonse ¿quieres un trozo de bocata? Es de tortilla de patata…-dijo mostrándome un gran bocadillo.

-No, gracias, lo que tengo es sed. Cuando lleguemos a la fuente beberé un buen trago.

-Llevo una cantimplora… ¿quieres?

-Bueno… sí, agua sí.

Mientras bebía me di cuenta de que Antoñito no me quitaba los ojos de encima cosa que m azaró bastante y entonces fue cuando me fijé que tenía los ojos verdes, le hacían juego con el jersey.
En esto estábamos; mis padres y el matrimonio amigo charlando amigablemente mientras caminaban, las abuelas las últimas, andando despacio cogidas del brazo al mismo tiempo que parloteaban de sus cosas y los pequeñajos Gutiérrez, desaparecidos, pero oíamos sus gritos entre los árboles. De pronto, el mugido de una vaca nos hizo mirar hacia el terraplén por donde se subía al bosque y vimos tres vacas enormes y a los pequeñajos que corrían asustados hacia la carretera.

-¡Socorro, socorro, que nos atacan! – gritaban saltando entre los matojos para apartarse de las vacas. Nosotros los mirábamos sorprendidos y antes de llegar al camino los vimos rodar por la pendiente hechos un barullo unos encima de otros. No pudimos evitar la risa. ¡Menudo coscorrón se dieron contra el suelo! La madre se puso a gritar:

-¡Mis hijos…, que se mataaaan….!

El padre asustado, corrió hacia ellos, mi madre con los ojos muy abiertos aguantando la risa y mi padre decía:

-¡Pero si son vacas, que no son toros! Que no atacan.

Bueno, bueno. Acabamos todos riendo menos, los Gutiérrez, claro, que se pegaron un susto de campeonato. Al final se quedó en unos cuantos arañazos y un buen chichón en la cabeza de Julito cuando se dio de morros en la carretera. A partir de aquel momento, no se apartaron de nuestro lado y se calmaron un poco lo que nos dio algo de tranquilidad.

Como no encontrábamos níscalos ni setas de ninguna clase por más que buscamos, decidimos retroceder, coger los coches y subir a Navacerrada, desde allí enfilamos la carretera que nos llevaba a Rascafría donde llegamos a la hora de comer.
Rascafría es un pueblo muy bonito de la Sierra Norte de Madrid muy visitado por nosotros desde siempre, incluso había habido algún verano cuando éramos pequeños, en el que mis padres alquilaron allí una casita para pasar el verano, por lo tanto, no nos era desconocido, sin embargo, para Antoñito era toda una novedad. Casi se puede decir que en honor a él, o eso me pareció a mí, comimos en uno de los muchos y buenos Restaurantes que allí abundan y ya que no habíamos conseguido ningún níscalo, pedimos que nos sirvieran unas setas de cardo, boletus y lomo de jabalí que comimos con mucho gusto y apetito.
Luego visitamos el área recreativa de Las Presillas, aunque no pudimos bañarnos en sus piscinas por el tiempo frío que hacía, el Monasterio de Santa María de El Paular y algo del Arboreto Ginés de los Ríos. Me sorprendió ver como, Antoñito, en cuanto comenzamos la visita, sacó de su mochila un bloc y un boli y comenzó a tomar notas con un interés y una seriedad asombrosa. ¿Teníamos como vecino y amigo a un empollón? Me pregunté.

















5

Poco a poco y casi sin darnos cuenta, comenzó a oscurecer; estábamos ya casi con el invierno encima y se hacía de noche a partir de la seis de la tarde y aunque el día había sido muy distraído, llegaba el momento de retornar a casa.
Una niebla humeante se levantaba desde el bosque y llegaba hasta nosotros envolviendo todo en un ambiente misterioso. Oímos unas palmadas de mi padre y su voz potente que decía:

-¡Genteeee…! Todos a los coches que comienza a anochecer, hay que regresar.

Me acerqué a mis hermanos y cuando caminábamos en busca de nuestros vehículos, me percaté de que Antoñito no estaba entre nosotros.

-¿Y Antoñito…?- pregunté mientras lo buscaba con la mirada.

--No tengo ni idea- dijo Bruno – estará por ahí mirando algo.

-Pues poco se ve ya- respondió Miguel

-Estará tomando apuntes de cómo llega la niebla- dijo Raúl con retintín.

A mí aquellas respuestas algo irónicas, no me gustaron demasiado y al mismo tiempo que fui consciente de este sentimiento, me disgusté conmigo misma ¿sería posible que le estuviera cogiendo simpatía a nuestro vecinito Antoñito “el calabacín”?
Cuando llegamos al aparcamiento y comenzamos a repartirnos para ocupar los coches fue cuando comenzamos a inquietarnos. Antoñito no estaba entre nosotros.

-¿Dónde está Antoñito?- dijo mi madre.

-No sabemos- respondió Bruno- ¿No anda por ahí?- y con las manos haciendo bocina, gritó:-¡Antoñiiiitooooo!- pero Antoñito no apareció.

Comenzamos a buscarlo por los alrededores gritando su nombre sin resultado y a partir de aquel momento fue cuando la inquietud se apoderó de todos nosotros. Habíamos perdido a nuestro vecino. Mejor dicho: Nuestro vecino se había perdido ¿Dónde estaba? Esta fue la pregunta que apareció en boca de todos.
Pronto me di cuenta de la seria preocupación que se reflejaba en el rostro de mis padres.

-Volvamos al pueblo- dijo mi padre ya con mucha seriedad -la noche se echa encima y si se ha perdido va a ser difícil encontrarlo. Cada minuto es importante.

-¡Ay, Bruno… no digas eso…!- oí que respondía mi madre muy preocupada.

En el pueblo preguntamos en el Restaurante donde habíamos comido por si lo habían visto por allí, pero nadie supo darnos razón de él. Buscamos por las calles, por los lugares recorridos que volvimos a visitar pero no encontramos ni rastro de él. Casi no teníamos luz diurna, la niebla se espesaba y tuvimos que plantearnos la situación con seriedad. Mi padre nos reunió a todos:

-Vamos a tener que hacer uso de las autoridades. Definitivamente Antoñito se ha perdido y hay que buscarlo. Por lo tanto- nos dijo: -Vamos al Cuartelillo de la Guardia Civil a pedir ayuda.

Algunos vecinos del pueblo, al enterarse de la situación por nuestras preguntas, se unieron a nosotros en la búsqueda y nos acompañaron hasta el Cuartelillo de la Guardia Civil.
Cogimos las linternas que teníamos en los coches y dejamos esperando en el Restaurante a las dos abuelas y a los tres hermanos Guiérrez por ser los más pequeños; ese sería nuestro punto de reunión y empezó la búsqueda. En un principio, a mí también quisieron dejarme esperando en el Restaurante pero me negué rotundamente y me uní a todos en el rastreo de la zona.

-Seguro que se ha adentrado en el bosque y no ha encontrado el camino de vuelta. Dijo uno de los guardias civiles. Nos repartiremos. Unos que vayan por la margen derecha de la carretera y otros por la izquierda.

Yo me fui con mi padre, Raúl y Miguel por la izquierda, por donde estaba el Arboreto y mi madre acompañada de Bruno y los Gutiérrez por la derecha.

-¡¡¡Antoñitoooo!!!- gritábamos de vez en cuando, pero no había ninguna respuesta.

No sabíamos por donde andábamos, seguíamos a los guardias civiles y a la gente del pueblo que se nos había unido, abiertos en abanico para extendernos por la superficie buscada, pero no encontrábamos nada. La espesura del bosque cada vez se incrementaba y pisábamos helechos, raíces y piedras. El lugar sólo iluminado por las linternas parecía fantasmal y yo tenía buen cuidado de no separarme del lado de mi padre. En un momento determinado, nos encontramos en un claro, una pequeña llanura cubierta de hojas secas y rodeada de árboles.

-Estamos en el castañar- oí decir a uno de los lugareños.

De pronto, tropecé con lo que pensé era la gran raíz de un árbol cubierto de hojas secas y caí de bruces.

-¡¡Ayyy!!- grité asustada. Aquello era blando y lo primero que pensé fue en un animal muerto. Luego, alguien iluminó el lugar con una linterna y pudimos ver debajo del montón de hojas, unas botas marrones enfundadas en unos pies.

Las hojas comenzaron a moverse y fue apareciendo entre ellas la cara adormilada de Antoñito.

-¿Qué pasa…? Me he dormido…

-¡Está aquí, está aquí!- comenzamos todos a gritar -¡lo hemos encontrado! ¡Avisar a los demás!

Mi padre se acercó a él, le pegó un abrazó de oso y le dijo con una preocupación en la voz que sólo le había oído cuando alguno de nosotros estaba enfermo:

-¡Joder, Antoñito…! ¿Estás bien? ¡Vaya susto que nos has dado!

-Síii…síii. – dijo medio adormilado y con la cabeza todavía cubierta de hojas secas de castaño que le daban un aspecto de bufón.

Cuando nos reunimos todos, otra vez en el pueblo, mi madre al verlo, no pudo evitar echarse a llorar al mismo tiempo que lo abrazaba.

-¡Ay, Antoñitooo… hijo…., qué susto nos has dado!



-¡Lo siento… lo siento…!- repetía él sin saber que otra cosa decir y entonces me fijé en la bolsa de plástico que llevaba en la mano.

-¿Qué llevas en esa bolsa, de dónde la has sacado?- le pregunté mientras mis hermanos y yo le rodeábamos.

-¡Ah, la bolsa…! Verás… es que yo acostumbro a marearme cuando viajo en coche y siempre llevo en el bolsillo del pantalón alguna bolsa de plástico… por si acaso echo la pota…

-¿Y qué llevas dentro…? ¡No será… la pota!!!- dijo Raúl con cara de asco.

-¡Noooo…! Mira… - y abriendo la bolsa nos lo enseñó – son castañas. Cuando me cercioré de que me había perdido, lo primero que pensé fue en buscar algo de alimento y el suelo estaba lleno de castañas así que las recogí y luego al ver que se hacía de noche y comenzaba a hacer frío, pensé en guarecerme de alguna manera. Como no tenía visibilidad, no podía arriesgarme a buscar un escondrijo, no fuera a caerme por algún barranco y como el suelo estaba cubierto de hojas secas, las amontoné al pie del castaño y me cubrí con ellas. Luego me debí de quedar dormido… hasta ahora…- y dirigiéndose a mi padre le dijo: -Siento mucho señor Bruno haberles causado tantas molestias….

-Nada…., no te preocupes- dijo agarrándolo por la nuca cariñosamente- gracias a Dios, todo ha terminado bien- y dirigiéndose a todos en general, levantó la voz para que le oyeran: -¡Agradezco a todos su colaboración y pueden tomar lo que quieran que está pagado!

Mientras mi padre se despedía de la Guardia Civil, la gente se acercó a la barra del Bar y comenzaron a pedir una bebida. Las abuelas lloraban a moco tendido comentando:

-Ha sido Santa Gema, de verdad Ana –decía la abuela Natalia a la mía mientras se secaba la nariz –yo le tengo mucha devoción a esta Santa, la semana que viene te vienes conmigo y le ponemos una vela.

-Si, sí- respondía mi abuela mientras se sorbía los moquitos y se limpiaba los ojos – ¡si es que estos chicos…! ¡Ay… no gana una para disgustos y preocupaciones…, y menos mal que lo han encontrado… si no… ¡ya me dirás cómo se lo decíamos a sus padres….¡ ¡Por Dioos, por Diooos, qué responsabilidad y qué disgusto…madreeeee… madre…!

Cuando ya nos subimos en los coches era noche cerrada y nos dirigimos de vuelta a casa, despacito, eso sí, que las curvas de la sierra eran peligrosas y por aquel día ya había habido suficientes aventuras.
Sin saber por qué, cuando estábamos todos en el coche, nos entró la risa, y no paramos de echar carcajadas y comentar lo sucedido hasta llegar a casa.
¡Menuda aventura habíamos corrido!
























6

No hay que decir que los sucesos de aquel sábado fueron la comidilla de toda la semana y, curiosamente, aquella anécdota que finalizó bien, por suerte, nos unió más a nuestro vecino. Antoñito pasaba más a menudo a nuestra casa, era más abierto, se comunicaba con nosotros con más soltura, no era tan tímido y a todos nosotros comenzó a caernos mejor, de hecho, la mayoría de los fines de semana, nos reuníamos y charlábamos de un montón de cosas, sin embargo, nos dimos cuenta de que algo serio le preocupaba al chico que ya podíamos considerar como amigo. De vez en cuando, se quedaba silencioso y una mirada triste se reflejaba en sus ojos ¿qué le pasaba?
Todos nosotros nos fijamos en esa particularidad y un día, lo comentamos:

-A Antoñito le pasa algo..- dijo Bruno que fue quien abrió la conversación cuando estábamos sentados a la mesa cenando.

-¿Por qué decís eso?- preguntó nuestra madre.

-Sí, es verdad- dije yo –de vez en cuando se queda muy serio y muy triste…

-Quizás no se lleve bien con sus padres…-dijo Miguel pensativo –eso de ser hijo único… no sé, debe de tener a los padres muy encima…siempre a la expectativa de todo lo que haces..¡bufff!

-No, si tú…, menos mal que tienes más hermanos…-respondió mi padre medio en broma –si no ya habíamos tenido que llevarte al psicólogo con el síndrome de hijo único.

-Los chicos más listos son los que forman parte de una familia numerosa, eso es verdad –comentó la abuela –no tienen más remedio que espabilarse…

Nos quedamos pensativos y la conversación cambió hacia otros temas pero a mí me preocupaba esa tristeza ocasional de Antoñito, algo oculto que no comunicaba a nadie, le angustiaba y yo tenía que descubrirlo.
Pero no fui yo quien lo descubrió, fue Miguel, que como sabía iba a asistir a su clase una vez comenzara el semestre del próximo año, afianzó su amistad con él. Y así, un día, a la hora de comer, cuando surgían, como siempre, nuestras conversaciones familiares, Miguel lo soltó.

-Antoñito me ha comentado que cree tiene algo raro…

-¡Quéee…!! – dijimos todos casi al mismo tiempo.

-¿Algo raro?- dijo mi padre extrañado –explica, explica…

-No sé, no me ha dado muchas explicaciones…, me ha parecido que no le gusta hablar de ello… pero ha dado a entender que en su familia todos creen tiene algún problema para comprender las cosas, para estudiar… etc.

-La madre me ha dicho algo parecido- comentó mi madre -pero no me dio muchos detalles y me ha parecido poco discreto preguntar…, pero algo hay, sí…

-Pues a mi me parece un chico muy inteligente –dije yo –lo que pasa es que es tímido.

-Yo estoy de acuerdo con Sonse –dijo mi padre –es un chico tímido pero nada más.

-A ese chico lo que le faltan son hermanos…- dijo mi abuela que estaba con la monserga de que las familias numerosas eran las mejores.

-Ya me enteraré, ya… -dijo Miguel –está cogiendo confianza conmigo. Yo lo considero un chico muy estudioso y me parece también bastante inteligente…

Y así quedó todo por el momento. Nuestro vecino Antoñito, había entrado en la familia presentando un problema que estábamos empeñados en resolver.



















7

Llegó el tiempo de Navidad. Un tiempo muy agradable para mí. Me gustaba el ambiente, la gente parecía o intentaba ser más amable, las luces de las calles, los adornos, las tiendas con sus variación de alimentos que inducían a comprarlo y… las vacaciones escolares entre las que se encontraba el día de Reyes, el día de los regalos por excelencia.
Sin embargo, aquel año, las fiestas navideñas fueron un poco decepcionantes. Todos teníamos pensado invitar a nuestros vecinos, Antoñito y sus padres, a cenar y comer con nosotros en las fechas señaladas, pero unos días antes, vinieron a despedirse y a felicitarnos las fiestas. Ellos se trasladaban a Valladolid donde tenían unos parientes con quienes iban a reunirse para pasar aquellos días.
Era sábado y se marchaban aquella misma tarde. Mis padres les invitaron a una copa y, como no, comieron algo de turrón y Antoñito nos miró con una cara que, a mi me pareció, estaba esforzándose por no echarse a llorar. Total, que se fueron y nos quedamos solos, y solos pasamos todos los días navideños que, sinceramente, aquel año, fueron un poco aburridos.
Pero el día después de Reyes llegó más rápido de lo esperado, también llegaron nuestros vecinos y aquello fue lo más agradable de las fiestas porque tanto ellos como nosotros, intercambiamos regalos. Ellos nos trajeron cosas de Valladolid; un echarpe para mi madre, un monedero de cuero para mi padre y Antoñito nos hizo a cada uno de nosotros un presente. Bolígrafos, muy bonitos, para mis hermanos y a mi… ¡un Diario con candado y todo!

-Para que escribas tus secretos – me dijo. A mí me dio una gran alegría porque además tenía unas tapas muy bonitas adornadas con flores secas que me gustaron mucho y así se lo dije.

-¡Jo…, qué bonito, Antoñito…, cómo me gusta…! ¡Muchas gracias!

-Lo he hecho yo mismo – me dijo y entonces, en un impulso que me llegó de pronto, me empiné sobre las puntas de los pies y le di un besazo que lo puso más colorado que el besugo de Navidad.

Y llegó la vuelta a clase. Antoñito se incorporó al Instituto y esa fue la manera por la cual descubrimos sus problemas.
Un día, después de las clases, al llegar a casa, Miguel dijo:

-Antoñito es un supersabio, lo sabe todo…

-¿Cómo que lo sabe todo…? –preguntó mi padre.

Mi madre se paró a escuchar mientras secaba un plato en la cocina y todos nos acercamos para escuchar.

-Pues resulta que dice que se aburre en las clases porque ya sabe todo lo que explica el profesor y que se le quitan las ganas de estudiar porque no aprende nada… ¡¡¡Y es verdad¡¡¡ Cualquier cosa ya la sabe, de ciencias, de matemáticas, de física…. ¡le encanta la botánica! Por eso se perdió el día que fuimos a Rascafría, ¡jajajaja!- dijo riéndose –comenzó a buscar árboles y se le echó la noche encima… ¡Que os digo que es un supersabio!

-Ese chico es un superdotado –dijo mi padre pensativo –por eso dicen que es raro, necesita un aprendizaje especial, ir a una Escuela especializada para personas con sus dotes…

-¡Ahí va!- dije yo -¡menuda sorpresa!

-¿Será posible? –comentó Raúl -¡si ya digo yoooo…! Y yo creía que era tonto… ¡Ostras…! ¡Qué patinazo…!

-¡Jajaja! –soltó Bruno riéndose – Antoñito nos da a todos sopas con onda. ¡Esta si que es buena!

-Voy a hablar con sus padres –dijo mi madre- si no a este chico lo pueden estropear…

-Voy contigo… - se apuntó mi padre.

Y dicho y hecho. Estuvieron más de dos horas en casa de Antoñito y cuando volvieron, se les veía felices.
-¡Qué! –preguntó Bruno -explicarnos, venga, qué os han dicho.

-Pues nada –explicó mi padre – les hemos dicho nuestro parecer y nos han escuchado con mucha atención, tanto los padres como Antoñito. Luego hemos buscado por Internet las Asociaciones que hay en Madrid para superdotados y van a ponerse en contacto para averiguar si Antoñito posee las características de un superdotado y puede acceder a la Escuelas Especiales –nos dijo mi padre.

-¡Vayaaaa…! exclamamos todos asombrados.

-¡Jo… qué suerte…!- dijo Miguel con algo de pelusa.

-Buenooo…, -dijo mi madre -¡qué quieres que te diga…! Yo prefiero un niño normal, inteligente y estudioso, pero normalito. Esto de ser supersabio… tiene que ser muy farragoso.

-A cada cual le toca lo -suyo dijo mi padre –si el chico tiene esas cualidades, lo importante es que las aproveche y sepan valorarlas.

-Mira tú por donde, tenemos un amigo supersabio –dije yo haciéndome la interesante.

-Pues a ver si se os pega algo –dijeron mis padres a la vez. Luego se rieron y nos dieron un abrazo y un beso. –Os queremos como sois –repitieron ambos.

Y esta fue la manera en la que perdimos de vista a nuestro nuevo vecino Antoñito, al que dejé de llamar “el calabacín” porque dejó de parecer esa verdura. Cuando comenzó sus clases especiales, creció, se enderezó, perdió la timidez, se volvió muy comunicativo y, cuando venía a vernos, nos explicaba como se desarrollaban sus clases, las nuevas amistades que hacía, el trato con sus compañeros y todos sus adelantos.
Aquel vecino que nos pareció tan memo en un principio, acabó siendo el más íntimo y el mejor de nuestros amigos. Todos sabíamos que se le presentaba un futuro muy halagüeño. ¡Y lo que fardábamos todos cuando decíamos que teníamos un amigo superdotado… anda qué…!

SONSOLES Y SUS COLEGUILLAS - "AVENTURA EN MIRAFLORES"


SONSE Y SUS COLEGUILLAS

AVENTURAS EN MIRAFLORES


Ya os he dicho que a mi padre le gustaba mucho visitar la Sierra madrileña. Cada fin de semana acostumbrábamos a visitar un lugar u otro y, en ocasiones, cuando llegaban algunos días de vacaciones o “puentes”, nos alojábamos en un Hotel o alquilábamos una casita en alguno de los pueblos serranos desde donde organizábamos cortas excursiones.
Disfrutábamos de los días vacacionales de Semana Santa y aquel año, mis padres decidieron instalarse en casa de una tía nuestra, la hermana mayor de mi madre, en Miraflores de la Sierra donde ella vivía con su marido en un chalet bastante grande en aquel pintoresco pueblo.
La historia de mi tía Águeda era bastante triste. Le llevaba a mi madre una diferencia de quince años, (cuando hablaban de este detalle mi madre siempre decía que ella había llegado a este mundo por sorpresa) y había tenido un hijo varón muerto en un accidente de coche a la edad de diecisiete años. Este trágico suceso, afectó mucho a mis tíos que encerraron sus vidas en aquel chalet de la Sierra de donde apenas si salían. Por esta causa, nuestras visitas eran muy agradecidas por ellos que, también hay que decir, nos querían mucho a todos nosotros.
Miraflores estaba al pie de la montaña llamada “La Najarra” de más de 2.000 metros de altitud muy cerca del Puerto de la Morcuera, lugar muy visitado por nosotros y al que mi padre era muy aficionado. Era un pueblo precioso y cuando se llegaba a él por carretera siempre parábamos en un lugar donde se encontraba la gruta de Nuestra Señora de Begoña, un sitio en donde yo, incluso, que no era muy dada a los rezos, no podía evitar recogerme en alguna oración aunque fuera corta y después observar el entorno entre rocas y monte. Mi madre no permitía nunca pasar de largo por este lugar, la parada era obligatoria.
Parece ser que el pueblo, en su origen se llamó Porquerizas pero una reina, creo que fue Isabel de Borbón, le cambió el nombre por Miraflores. Pero la historia que voy a contar no tiene nada que ver con todo esto y sí mucho con los turistas que acostumbrábamos a pasar allí nuestros días de asueto.
En Miraflores nos reuníamos un grupo de chavales que ya nos conocíamos de otros años y era muy agradable encontrarlos a todos y aquellos días volvimos a encontrarnos.
Muy cerca de nosotros, se alojaba en la casa de su abuela, una niña de mi edad llamada María Elisa a la que todos llamábamos Mariele y mis hermanos la habían apodado la niña “plus” porque era una niña de lo más vanidoso. Siempre quería ser más que nadie, ella tenía siempre “más” de todo, de ahí el mote. Era, rubia, guapa, (la “más” cómo no) y como he dicho muy vanidosa, pero también amiga de todos.

Aquel año nos encontramos con una nueva inquilina que se alojaba en una de los chalets por alquilar. Se llamaba Mirta y no era una niña. Mujer alta, muy espigada, con el cabello rubio canoso, pronto supimos venía de Argentina y a nosotros nos gustaba escuchar su habla cantarina, el seseo particular de su país y aquella inusual para nosotros, falta del uso de la segunda persona del verbo cuando conversaba. Pero lo más característico de ella fue algo de lo que nos enteramos por terceras personas. Se rumoreaba que la señora argentina, era una brujita, no malvada sino solamente una misteriosa brujita. La cuestión era que nadie sabía explicar de manera satisfactoria, esta afirmación que corría por el pueblo. Unos decían que había evitado que un niño fuera atropellado por un coche sólo con levantar una mano, otros que todos los animales eran sus amigos, otros que fabricaba pócimas para curar o resolver problemas, etc. Pero lo que sí, parecía cierto, era que leía las cartas del Tarot, sin embargo, nadie podía atestiguarlo porque a nadie conocido por nosotros, se las había leído.












2

La casa de Mirta, se encontraba en las afueras del pueblo, muy cerca de donde comenzaba el ascenso a la montaña por lo que, una de sus fachadas, quedaba algo escondida, mirando hacia el monte.
Una tarde, nos encontrábamos reunidos, todos los amigos; mis tres hermanos, Mariele, Susana y sus dos hermanos y un chico nuevo que se llamaba Eduardo de mi edad aproximadamente y que había venido a visitar a unos parientes desde un pueblo de Extremadura.
Estábamos un poco aburridos de juegos y mientras charlábamos sentados junto al tronco de un árbol, vimos pasar a Mirta, la brujita que parecía iba de compras.

-¿Por qué no exploramos en su casa a ver qué tiene? – dijo mi hermano Raúl que siempre era muy arriesgado.

Nos miramos los unos a los otros sin saber qué decir pero en nuestros ojos y en nuestro ánimo se despertó la curiosidad.

-A lo mejor encontramos venenos y pócimas, cuervos y gatos negros y el puchero sobre la lumbre…- dijo Miguel imitando una voz cavernosa.

-¡jajaja!- reímos todos.

-O la escoba voladora detrás de la puerta…- dijo Susana.

-¡Venga…! ¡Tú has leído demasiado Harry Potter!¡Alohomora…! –Dijo Miguel imitando a Harry Potter usando su varita mágica.

Todos reímos la ocurrencia y por un momento comenzamos a imitar a los personajes del libro de J.K. Rowlig. Naturalmente, mi hermano Raúl se adjudicó el del pelirrojo Ron que era a quien más se parecía físicamente y las tres chicas, Mariele, Susana y yo, nos afanamos por ser la famosa Hermione Granger.

-Sería una buena aventura investigar…-dijo mi hermano Bruno-con sonrisa un poco diabólica –pero tiene que ser un secreto porque si se enteran nuestros padres… tenemos la bronca organizada… nadie nos quita el castigo y me temo que íbamos a pasar el resto de las vacaciones estudiando.

Nos miramos unos a otros, la curiosidad y la expectativa de aventuras pudo más que nuestro sentido común, y juntos nos dirigimos hacia la casa de la señora argentina.
Las ventanas no se veían cerradas, solamente las más bajas que estaban protegidas por una reja pero al piso alto, era fácil subir si nos encaramábamos apoyándonos en las verjas de las ventanas.
Como siempre, los mayores eran los que dirigían el cotarro y aceptamos las órdenes de ellos.

-Primero subo yo-dijo Bruno –y miro a ver si hay peligro. Si está despejado el camino, salgo a la ventana y sube Miguel, después las chicas y los últimos, Raúl y Eduardo. Pero sobre todo, en silencio y con mucho cuidado…, no sabemos si hay alguien en la casa o… lo que hay… ¡vete a saber! No nos vayamos a encontrar con una sorpresa.

A Bruno no le resultó difícil encaramarse y en un plis-plas, lo vimos introducirse por la ventana. Unos segundos más tarde, que por cierto, a nosotros nos parecieron interminables, se asomó por la ventana e hizo señas para que subiéramos.
En dos zancadas, Miguel estuvo en el interior y tras él comenzamos a subir las chicas. Cómo no, Mariele fue la primera porque además andaba un poco tonta detrás de Miguel del que decía era un chico “super guay” pero, Mariele, además de presumida y niña “plus”, era patosa y nos costó lo nuestro ayudarla a subir hasta la ventana. Se resbalaba sobre los barrotes de la verja y al final Raúl se encaramó y sujetándola… por donde pudo…, consiguió que llegara hasta la ventana del piso alto, allí, Miguel y Bruno la cogieron y la metieron dentro, a mi me pareció que ella se agarraba demasiado a Miguel pero el momento no era para fijarse en esos detalles así que me olvidé. Luego subió Susana y después yo sin ningún problema y poco después ya estábamos todos dentro.
Nos quedamos parados observando. Era una habitación muy bonita, un dormitorio. Con una cama cubierta por un edredón a cuadros blancos y azules (hay que tener en cuenta que en la Sierra, las noches eran fresquitas) y una cómoda donde, encima de ella, se veía un espejo grande, dos mesitas de noche una a cada lado de la cama y en un extremo junto a un armario ropero, había una estantería con libros, una pequeña butaca y una lámpara de pie.
Olía muy bien, una mezcla de colonia y otro perfume más denso que no conocíamos. Encima de una de las mesitas pudimos ver un marco con una foto de Mirta la argentina acompañada de un hombre y un niños de unos seis o siete años, muy sonrientes. Abrimos la puerta con mucho cuidado, y aparecimos en un pasillo no muy largo, alfombrado, con una ventana al fondo y debajo, en una esquina, una planta de interior, adornaba el rincón y justo al lado de la habitación, una puerta que se encontraba entreabierta, descubría un baño completo, muy limpio y que olía muy bien, a jabón y a colonia.
Bajamos lo más silenciosamente posible las escaleras, también alfombradas, que nos llevaban al piso bajo, donde también estaba la cocina, separada por una mampara, mitad madera, mitad cristal o plástico, de eso no estuve muy segura.
El salón disponía de una mesa rectangular cerca de la ventana que daba a la entrada principal de la casa desde donde se veía la calle, por lo que tuvimos buen cuidado de no acercarnos demasiado, había muchas estanterías con cantidad de libros, miniaturas de todo tipo y fotos. La del hombre y el niño que la acompañaban en la de la mesita de su dormitorio, se repetía en diferentes poses y lugares, o eso me pareció.

-¿Quiénes serán los de esa foto?- pregunté yo curiosa.

-Serán su marido y su hijo- dijo Eduardo que también las estaba cotilleando.

-Pues ella está sola…- mencionó Mariele.

-Sí- dijo Susana –yo he oído decir a mi madre que es una señora viuda.

-¡Ahí va! Pues es muy joven… -comentó Bruno -¿el niño será su hijo? Pero tampoco lo tiene con ella… ¡qué raro! ¿no?

Yo me acordé entonces de mi tía y de aquel primo que no llegué a conocer muerto en accidente y dije:

-¿Y si se le ha muerto también el hijo…?

-¡Jo, Sonse! – dijo Raúl -¡no seas gafe!

-Pues todo podría ser.

-Aquí no se ve ningún perolo, ni escobas voladoras, ni libros mágicos, ni tarros con sapos, grillos, o renacuajos… Esto de que es una bruja, es un camelo de la gente –dijo Miguel decepcionado – aquí no hay nada especial…

Y entonces le oímos exclamar:

-¡Mira!
Encima de una mesa camilla arrimada a una de las ventanas, sobre un tapete verde, se encontraba un mazo de cartas que nadie se atrevió a tocar.

-Pues que lee las cartas es verdad…

Al lado del mazo, había una caja de varillas de incienso y un pequeño soporte de madera para sujetar las varillas junto con una caja grande de cerillas. Estábamos todos ensimismados buscando algo especial que nos sorprendiera o indicara que Mirta era una bruja auténtica cuando vimos como Raúl que siempre era el más liante, sacaba una varilla de incienso de la caja, encendía el extremo con una de las cerillas y la colocaba en el soporte mientras decía con voz misteriosa:

-¡Abracadabra pata de cabra…!

Comenzábamos a reírnos de su ocurrencia cuando oímos la puerta del jardín. Desde la ventana vimos la figura de la señora argentina que regresaba con una bolsa de la compra en la mano. ¡La desbandada que se organizó! Todos corrimos hacia las escaleras. Mariele se tropezó con la alfombra y se cayó de bruces, yo que ya estaba más arriba, retrocedí para tirar de ella y levantarla, Bruno decía: “…vamos…, vamos…, deprisa…” Los chicos fueron los primeros en llegar a la habitación donde estaba la ventana por donde habíamos subido y Raúl tuvo la deferencia, o tal vez lo hizo por egoísmo, no sé, en venir a por nosotras y empujarnos tan fuerte que casi rodamos todas por el suelo.
Yo no sé cómo salté desde la reja de la ventana a la calle y eché a correr. Al mirar para atrás vi que todos me seguían a la carrera.

-¡Vámonos al monte, vámonos al monte! -gritó Bruno, y cuando llegamos a una roca donde ya comenzaba el ascenso a la montaña, nos dejamos caer jadeantes, en el suelo.


















3

Primero nos dio por reír pero rápidamente la risa cambió en preocupación. ¿Y si nos había visto? ¿Nos iba a denunciar?

-¡Ostraaaaassss…! – dijo Raúl, llevándose las manos a la cabeza - ¡el incienso….!

Todos nos quedamos aterrados, habíamos dejado encendido el incienso encima de la mesa, aunque no nos hubiera visto, sabría que había entrado alguien en la casa. ¿Qué podíamos hacer?
En eso estábamos pensando cuando un grito de Mariele, nos hizo dar a todos un respingo.

-¡¡Estoy herida!! –decía cogiéndose una pierna.

Y no decía mentira ni, por esta vez, exageraba. De la pantorrilla derecha le caía un reguero de sangre que empapaba su calcetín y manchaba la deportiva. ¡Tenía un profundo corte en la pierna!
Bruno se quitó la camiseta y le envolvió con ella la pierna presionando en la herida, pero pronto la camiseta también se empapó de sangre.

-Hay que llevarla a que le cosan la herida –dijo muy preocupado y cogiéndola en brazos comenzó a caminar deprisa hacia el pueblo.

-Pero…¿Cómo se lo ha hecho…? –dijo Susana que estaba más asustada que ella.

-Se lo ha debido de hacer al bajar corriendo por la ventana –dije yo -¡madre mía! ¡la que se nos viene encima! A ver ahora qué hacemos.

Yo sólo pensaba en lo que íbamos a decir cuando nos interrogaran sobre lo sucedido.

-De momento diremos que se ha caído ¿estáis todos de acuerdo?-dijo Bruno-

Todos asentimos pero yo tenía un tembleque que no podía soportar, seguro que mi padre lo adivinaba porque él siempre adivinaba todo, no había quien lo engañara. Y el miedo se acentuó cuando, al entrar en el pueblo, vimos una furgoneta de la Guardia Civil parada frente a la puerta de la casa de Mirta, la argentina.

-¡Ya está! –dije yo -¡nos han pillado!

-¡Calla y no seas cagueta!- respondió mi hermano Miguel y disimula – pasamos de largo como si no los viéramos y así lo hicimos hasta llegar al ambulatorio donde explicamos que Mariele se había caído y así se había hecho la brecha.

Todo parecía que salía bien. A Mariele le pusieron cinco puntos pero estaba más pálida que un muerto y el problema apareció cuado el médico dijo que tenía que avisar a sus padres. Yo temblaba como una hoja. Mariele se chivaba, seguro, -pensé.

-Bruno… - dije a mi hermano mayor tirándole de los pantalones –Mariele se chiva a su padre, ya lo verás…

-Bueno…, ya veremos… -dijo Bruno, pero yo no le veía muy convencido y él también estaba muy pálido y unas gotitas de sudor le llenaban la frente. ¡Dios mío, en qué lío nos habíamos metido!

El padre de Mariele, después de hablar con el médico, se la llevó a casa más enfadado que preocupado mientras nos aniquilaba con una mirada furibunda. Como estábamos todos muy preocupados, decidimos separarnos y cada cual que se fuera a su casa y entonces fue cuando oímos los comentarios de la gente.

-Sí… parece ser que han entrado a robar en casa de la argentina… Ha llamado a la Guardia Civil y están investigando. Dicen que los ladrones han entrado por la ventana trasera de la casa. No saben si se han llevado joyas o dinero…, cualquiera sabe…

-Si es que no se puede vivir tranquilo ¡hay qué ver…!

Nosotros, despacito y como si no supiéramos de qué iba la cosa, nos fuimos cada cual a su casa pero al llegar mis hermanos y yo a la nuestra, nos encontramos con que la Guardia Civil estaba hablando con mi padre. ¡Ya está, lo sabía! Mariele se había chivado a su padre y él se lo había comunicado a la Guardia Civil. Casi me desmayo del susto y pude sentir el miedo de mis tres hermanos aunque sólo oí la voz de Raúl que decía:

-¿Y ahora qué…?

Mi padre nos miró. Yo vi una seriedad inusual en su cara, un gesto que jamás había visto y les dijo a la Guardia Civil:

-Ahí los tienen, hagan lo que tengan que hacer.

¡Nos llevan al calabozo! – pensé. Y sin poder evitarlo me eché a llorar.

-Vamos al cuartelillo jovencitos – dijo el sargento – se les acusa de allanamiento de morada.

Mis hermanos estaban mudos y yo hipaba como un bebé. ¡Qué miedo! ¿Y si nos encarcelaban? ¿Y si nos llevaban a un centro de esos donde encerraban a los delincuentes menores de edad?
Cuando llegamos al cuartelillo ya estaban allí Mariele, sentada con la pierna herida extendida sobre una silla. A su lado, su padre tan estirado que parecía se había tragado un paraguas, Susana y sus dos hermanos, acompañados también de su padre al que se le veía tan asustado como a nosotros y Eduardo, el niño nuevo, con su padre, un señor pueblerino y su madre que no paraba de llorar. Mirta, la señora argentina, se encontraba sentada en una silla frente a la mesa del oficial de la Guardia Civil.

-Bueno, jovencitos, parece ser, según ha confesado María Elisa Fresnedo, que habéis entrado por una ventana y sin permiso de la dueña, en la casa de Doña Mirta Urrutia ¿Tenéis algo qué decir?- espetó el oficial de la Guardia Civil cuando nos tuvo delante.

Mi hermano Bruno abrió la boca y la volvió a cerrar. Creo que no tenía fuerzas para hablar pero, al fin se decidió.

-Si. Pero no lo hicimos con intención de robar ni de hacer nada malo… fue… un juego… una curiosidad.

-¿Un juego…, una curiosidad?- repitió el oficial.

Yo que estaba más asustada que un ratón en una ratonera, no pude callar y entre lágrimas, dije:

-Sólo…¡hip! Entramos para ver si de verdad ella… -dije señalando a Mirta- era una bruja…¡hip! Pero no encontramos nadaaa…, ni pócimas, ni escobas, ni gatos, ni calderos, ni cuervos… ¡hip, hip! Era una casa normal corriente… y escapamos corriendo cuando la vimos llegar… ¡de verdad, sólo pasó eso…!

Yo miré en aquel momento a la señora argentina y cuando se ponía el pañuelo en la boca me pareció que reía pero quizás eso fue una apreciación mía.

-¡Por favor, señora! ¡Perdónenos…! No volveremos a hacerlo!- le dije de la manera más triste y asustada que pude, aunque no tuve que fingir porque el miedo era auténtico.

-¡Faltaría más! –respondió ella mirándome a la cara, pero aunque estaba muy sería, sus ojos azules brillaban alegremente, si hubiera sido una ocasión distinta, habría dicho que la señora se lo estaba pasando la mar de divertido.

Miré a mi padre esperando que él nos apoyara y nos defendiera pero también estaba muy serio con la vista fija en la ventana y sin abrir la boca. En aquel momento, el oficial Guardia Civil, se levantó y les dijo a nuestros progenitores y a Mirta que le acompañaran a otra sala. Nos quedamos solos con dos Guardias Civiles que estaban en la puerta y no pudimos hablar, sólo tuvimos ocasión de cambiar nuestras miradas. Bruno y Miguel, sudaban como si fuera pleno verano auque en aquel despacho no hacía calor, los dos hermanos de Susana y Eduardo, no se movían, como si estuvieran clavados en el suelo y Raúl se mordía los labios y no levantaba la vista de los cordones de sus deportivas.
Después de un rato que a mi me pareció eterno, entraron todos, otra vez en el despacho tan serios como se habían ido, sólo mi padre y Mirta hablaban entre ellos parecía que animadamente pero callaron en cuanto entraron. El oficial volvió a sentarse tras la mesa de despacho, y después de unos momentos de silencio, nos dijo:

-Bueno…, ustedes han cometido un delito de allanamiento de morada y como tal, deben de ser castigados.

A mí aquel tratamiento de ustedes me dio muy mala espina y cuando dijo lo del castigo, volví a echarme a llorar. Yo no quería que me encerrasen en un centro para delincuentes menores de edad y, sin poder evitarlo, miré a mi padre:

-¡Papá…, por favor…! – no sé, pero me pareció que a mi padre se le llenaban los ojos de lágrimas y aquello todavía me asustó más. Después seguí oyendo la voz del Guardia Civil.

-Como todos son menores de edad, no se ha cometido ningún robo ni tampoco ha habido destrozos de ningún tipo en la casa, el castigo será leve… Pasarán unas horas encerrados en los calabozos del cuartelillo.

Y dicho y hecho, los dos Guardias Civiles que estaban en la puerta, nos acompañaron a dos calabozos de puertas enrejadas. En uno encerraron a los chicos y en el otro a Mariele, Susana y a mí. Cuando nos vimos dentro, las tres nos abrazamos y comenzamos a llorar otra vez, más asustadas que unos conejitos perdidos. Por fin, nos fuimos calmando y nos sentamos en un banco que allí había. Al poco rato nos trajeron unos refrescos que bebimos sedientos, teníamos la boca seca de tanto miedo, y después de un tiempo, no puedo calcular cuánto, el oficial nos abrió la puerta y nos llevó a todos, otra vez, al despacho. Allí estaban la señora Mirta y nuestros padres.

-La señora –dijo el oficial señalando a Mirta –les ha perdonado y me ha pedido los deje en libertad, por lo tanto, pueden ustedes marcharse a sus respectivas casas pero… mucho cuidado en volver a infringir las leyes porque sería reincidencia y la cosa pasaría a mayores.

Yo no pude evitarlo, corrí haca mi padre y le abracé como si hiciera años que no le veía. ¡Cómo me gustó sentir el contacto de sus manos que me acariciaban el pelo! Pero pronto se sobrepuso y nos dijo muy serio:

-Todos a casa.






















4

Fuimos en silencio todo el camino y cuando llegamos a casa, mi madre y mis tíos, nos estaban esperando. No dijeron nada, ni media palabra, mi madre nos miró con lágrimas en los ojos y oí que Bruno decía avergonzado y lloroso:

-¡Lo siento…, de verdad! – e inmediatamente se fue a su habitación seguido de Miguel que iba con la cabeza gacha.

Raúl se fue detrás, en silencio pero pude ver como le rodaban las lágrimas por las mejillas que se limpió de un manotazo. Y yo, abracé a mi madre llorando como una Magdalena.
Aquella noche ni mis hermanos ni yo cenamos. La noche la pasé en un duermevela, con pesadillas de brujas, policías y calabozos y a la mañana siguiente, mi padre nos reunió a los cuatro hermanos.

-Bueno…, supongo que esto os habrá servido de lección ¿no?

Ninguno supimos qué responder y él continuó hablando:

-Os considero a todos culpables pero tú, Bruno, y tú, Miguel, que sois lo suficientemente mayores como para exigiros responsabilidad, me habéis decepcionado. Esto no se va a quedar sin castigo y, por el momento, no vais a salir de casa, cogeréis los libros de estudio y vais a clavar los codos mañana y tarde, para vosotros se acabaron las vacaciones.

Así terminaron aquel año nuestras vacaciones de Semana Santa en Miraflores de la Sierra, por suerte para nosotros, el tiempo se puso de nuestra parte y llovió durante el resto de los días que pasamos en el pueblo por lo que no resultó tan desagradable quedarse en casa aunque sí echamos de menos el reunirnos con nuestros coleguillas.
Cuando volvimos a Madrid, y comenzamos otra vez las clases, se nos ocurrió pensar como habíamos podido llegar a hacer algo tan peligroso como lo que hicimos.
No volvimos a hablar de ello, nos sentíamos un poco avergonzados pero, un día, cuando caminábamos hacia el Instituto, a Raúl se le ocurrió preguntar:

-Y vosotros que creéis ¿Mirta era bruja o no…?

Nos miramos y nos echamos a reír.

jueves, 17 de junio de 2010

"MISS JARDÍN DE LA ROSALEDA"


“MISS JARDÍN DE LA ROSALEDA”



¡La que se organizó aquel verano, amiguitos! No lo podéis imaginar. Como llegaban las vacaciones y estaban todos un poco aburridos, en uno de sus paseos alrededor del estanque, esos domingos soleados en los que el Triquiñuelas se reunía con sus amigos, se le ocurrió proponer al señor Alcalde el gorrión Don Nicanor, organizar un concurso para escoger a la más guapa del jardín y hacer una fiesta de lo más guay. El Alcalde, el Profesor Conejo Don Adalberto y el Cuclillas estuvieron de acuerdo y se pusieron muy contentos con la idea pero el Bibliotecario al Erizo Don Kiskilloso y al Chihuahua Médico Don Curateya, no les gustó demasiado, dijeron que aquella idea era importada de otros países y que las mujeres se ponían muy tontas con estas cosas y además de hacerse insoportables, se pasaban el día mirándose en el espejo haciendo muecas para ver como estaban más guapas. Al Gato Calasparra y a los demás caballeros del jardín, les dio un poco lo mismo cuando se lo preguntaron por lo que llevaron la idea a votación y, al final, ganaron los que decían que sí, por consenso. Que quiere decir que (no se sabe cóooooomo….) todos votaron que sí.

¡Bueno, bueno buenoooo…! Cuando las señoras y señoritas comenzaron a leer el Bando del Ayuntamiento en el que se convocaba el Concurso de “Miss Jardín de la Rosaleda” se armó un guirigay que no os podéis ni imaginar. Se acabaron las existencias de pintalabios, de colorete, de laca para las uñas. Las peluqueras que eran las hormigas y algunas arañas especializadas a las que no les gustaba poner música en sus negocios y así no tenían ningún problema de multas con la GSA, que quiere decir “Garrapatas Siempre Aprovechadas” , se hicieron casi ricas porque quien sí y quien no, iba a probarse un peinado diferente. Unas se hacían moños, otras la permanente, otras se cortaron el pelo y cada cual se pasaba el día prueba que te prueba con telas, vestidos y bañadores de todos los colores y formas, tanto es así que, los Almcenes “La Repanocha del Jardín”, tuvo que comprar, a bajo precio –eso sí-, las existencias de segunda mano que los Ratones Callejeros vendían cada fin de semana en el Rastrillo. Total que cuando faltaba una semana para la fiesta en la que se escogería a la “Miss Jardín de la Rosaleda”, estaban todas las mujeres alborotadas y los hombres acabaron con las existencias de aspirina en la farmacia.

Un día, el Cuclillas, cuando fue a merendar a casa de su prima la Ratona Matildita la mar de contento porque estaba seguro de que Matildita se presentaría la primera, se encontró a su prima llorando a lágrima viva y sonándose los mocos con el pañuelo más grande que había visto en su vida.

-¡¿Pero qué te pasa, Matildita…?! – le dijo muy preocupado.

La ratona, lo miró entre hipo e hipo y le dijo:

-¡Ay, Cuclillas…! ¡Qué no me voy a presentar al concurso de Misses porque me he probado el vestido y parezco un barril de aceitunas… ¡Buaaaaa…! Estoy más gorda que una ballena…! ¡Buaaaa….!

El Cuclillas que ya sabéis quería mucho a su prima Matildita pensó que aquello era verdad, porque Matildita con tanto hornear bollos y comérselos se había puestoooo….. ¡qué no veas….! Pero como eso no se lo iba a decir porque lo que tenía que hacer era animarla, le dijo muy cariñoso:

-¡Pero Matildita, si aunque estés gorda por eso no dejas de estar guapa…! Además tu eres muy simpática y tienes una sonrisa muy bonita… ¡Anda, deja ya de llorar que se te van a poner los ojos como dos naranjas y cómprate algo bonito para ponerte el día del concurso, venga que todos te queremos mucho y vas a ser la más guapa…!

-¡Pero si ya no quedan telas en “La Repanocha” y los ratones del mercadillo se han quedado sin existencias… ¡qué voy a hacer….buaaaaa…!

Y volvió a llorar a lágrima viva. Entonces, como siempre pasaba en aquel jardín tan divertido, el Cuclillas se fue a ver al Saltamontes Triquiñuelas para ver si se le ocurría una idea con la que ayudar a Matildita y, como siempre, también, mientras el Cuclillas se comía la tostada con mermelada del desayuno del Triquiñuelas y este tocaba un rato el violín para inspirarse con alguna idea luminosa, el Triquiñuelas dio un salto, dejó el violín y le dijo al Cuclillas:

-¡Venga, deja ya de comer y vámonos corriendo!

En dos saltos se presentaron en casa de la cantante de ópera la Ardilla Doña Mimí que tenía un montón de disfraces de cuando actuaba como cantante y el Triquiñuelas le explicó la situación de la Ratona Matildita. Doña Mimí que no olvidaba lo bien que se habían portado con ella cuando tuvo el problema el accidente en el que se quedó sin voz, le dijo al Triquiñuelas que no se preocupara, que estaba todo arreglado y cogiendo un montón de túnicas de gasa, de colores muy vistosos de las que tenía guardadas en un baúl de cuando actuaba en el teatro, se fue a casa de la Ratona Matildita.

Total que llegó el día de la fiesta. Farolillos por todos lados, puestos de caramelos, un tíovivo, una noria y el escenario para presentar a todas las candidatas a Miss. Debían de votar todos los hombres del jardín, las damas no, porque podía haber mucha preferencia o envidieja y eso estaba prohibido. Cuando sonaron las fanfarrias avisando del desfile de “misses” la gente se arremolinó frente al escenario y todos aplaudían a rabiar porque la verdad es que cada una que salía estaba más guapa que la otra y nadie sabía a quién escoger.

Al final todos votaron y cuando el Jurado que estaba compuesto por el Alcalde Don Nicanor, el Saltamontes Triquiñuelas, el Conejo Don Adalberto y como representante de las féminas Doña Mimí la cantante de ópera que no se presentaba al concurso porque ya era un poco vieja…, pues como decía… -que ya no me acuerdo por donde iba…- ¡ah, sí! Cuando abrieron las urnas y contaron las votaciones, todos se quedaron pasmados… ¿A que no sabéis quién ganó con todos los votos? ¡Pues sí señor! ¡La Ratona Matilditaaaa…! Ni veáis como aplaudieron todos. Unos reían, otros estaban emocionados, otros se comían las uñas de envidia y hay quien bailó y todo. Y ¿sabéis lo que hizo la Ratona Matildita….? Se puso a llorar de tanta alegría que le dio, que se corrió el rimmel de los ojos, se le cayeron las pestañas postizas, se quedó sin el rouge de labios de tanto limpiarse las lágrimas y los mocos y cuando le pusieron la corona… ¡madre mía…! La Matildita parecía un pimiento morrón… Pero como todos estaban muy contentos porque querían mucho a la Ratona Matildita, aplaudieron hasta dejarse las manos, todos menos el Bibliotecario Don Kiskilloso que no hacía más que murmurar por lo bajini y cuando vio al Cuclillas aplaudiendo como un desesperado le dijo:

-¡Qué te pasa… ¡eh..!

Pero como quien más quien menos conocía el carácter de Don Kiskilloso, nadie le hizo caso y se fueron a la explanada donde estaba la orquesta de “Las Moscardas Azules” vestidas de gala, porque iba a empezar el baile y nadie quería perdérselo.

Total. Que todos fueron muy felices, la Ratona Matildita enmarcó su título y lo puso en la entrada de la Guardería “Los Pequeñajos” para que todos lo vieran, no dejó de comer bollos y cada domingo invitaba a merendar al Cuclillas, al Triquiñuelas y a todo al que quisiera apuntarse porque Matilidita, ya sabéis era una ratona muy, muy buena.

¡Ah…! ¿Sabéis? Desde aquel día, se hizo muy amiga de la Ardilla Doña Mimí y salían a comprar siempre juntas y se ayudaban mucho la una a la otra. Y unas veces Doña Mimí cantaba ópera y después la Ratona Matildita salía con aquello de “…pobre chica, la que tiene que servir…” que era de una Zarzuela que le gustaba mucho y tenían un poco mareados a los vecinos… Buenooo… ¡Esas cosas que pasan….! La corona de Miss la tuvo que devolver porque la había prestado el usurero el Perro Bulldog Don Teodosio que no estuvo tranquilo hasta que la vio guardada en la caja fuerte de su despacho de la Agencia Inmobiliaria “Goterasindependientes S.L.”. Y todos fueron muy pero que muy felices… Si es que no hay como conformarse con todo…

¡Adiós amiguitos…! ¡Que yo también me voy de vacaciones… hasta la próxima!