domingo, 19 de septiembre de 2010

SONSOLES Y SUS COLEGUILLAS - "ANTOÑITO EL NUEVO VECINO"


SONSE Y SUS COLEGUILLAS

ANTOÑITO EL VECINO NUEVO


Vivíamos en el 4º A de un edificio en la parte Norte de Madrid y aquel año, al regreso de nuestras vacaciones, vimos como sacaban los muebles de nuestros vecinos del 4º B y se los llevaba un camión de mudanzas. En un principio, pensamos que los inquilinos que era un matrimonio de ancianos, habrían fallecido pero mi madre supo, cuando habló con la hija de los ancianos, que se los llevaba a vivir con ella a una casa que tenía en la Sierra donde estarían mejor atendidos.
El piso estuvo vacío hasta finalizado el mes de Septiembre en que vinieron a habitarlo un matrimonio de mediana edad, más o menos como mis padres, que tenían un hijo único llamado Antoñito. Nos enteramos de la novedad una tarde al volver del Instituto mientras mi madre lo comentaba con mi abuela. Raúl soltó la carcajada y la verdad es que, tanto mis hermanos Bruno y Miguel como yo, no pudimos evitar un risita

-¿A qué viene eso?- dijo mi madre un poco molesta ante nuestra reacción.

-Mamá… hoy en día no hay ningún chico de nuestra edad que se llame Antoñito… -dijo Bruno para aclarar las cosas.

-Pues es verdad…, ahora que lo pienso, Bruno tiene razón…-dijo mi abuela mientras liaba un ovillo de lana de una madeja que sujetaba mi madre entre las manos –los chicos de hoy tienen unos nombres de lo más raro…, Borja en lugar de Francisco o Paco como se les llamaba antes, porque hay que tener en cuenta que el Santo se llamaba “San Francisco de Borja” no “Borja” a secas…, o también unos nombres vascuences que antes no se oían ni en las mismas provincias vascongadas… ¡hay que ver!... Yo me acuerdo que tuve un novio que se llamaba Paco-Hilario..,. a ver donde encuentras ahora ese nombre…

En esta ocasión hasta mi madre no pudo contener la risa.

-Abuela. Es que eso es demasiado..

-Bueno, tal vez.. y tampoco ahora hay ni Pepitos ni Pepitas, ni Marujitas ni Manolitos…

-¡jajajaja! Pues la verdad es que prefiero haber nacido en esta época porque si a mi me llaman Pepito o Manolito… me cambio el nombre- dijo Miguel entre risas.

-Bueno, por suerte, Miguel, es un nombre que no ha pasado de moda- respondió mi madre.

-Afortunadamente.

-El caso es que el niño se llama así, Antoñito…- y dirigiéndose muy especialmente a Raúl, dijo- y no quiero burlas ni risitas ¿vale? El chico no tiene la culpa.

-Buenoooo, lo intentaré.

Y esta fue la manera en la que supimos quienes eran los vecinos nuevos.

-¡Anda quéeee…!- rezongó Raúl cuando por el pasillo nos dirigíamos a nuestras habitaciones- hijo único y Antoñitooo…

-¡Jajajaja! ¡Jo, tronco, no tengas tan mala baba..!- respondió Bruno dándole un capón cariñoso y tirando su mochila sobre la cama de su habitación.

Yo me dirigí a la mía y pronto me olvidé de aquel asunto.







2

Yo no había visto a mi vecino hasta que, un día, cuando fui a comprar unas cartulinas para uno de mis trabajos escolares, coincidí con él en el rellano de la escalera. Acostumbraba a coger el ascensor para bajar pero como él se paró en la puerta para lo mismo, a mí me dio algo de reparo entrar con él y le dije “adiós” y me fui saltando por las escaleras. No tenía ganas de hablarle y si mi madre se enteraba de que no me había presentado, me hubiera regañado llamándome mal educada y así me libré del problema, pero, eso creía yo, porque, al poco tiempo, mientras esperaba en la Papelería, él entró y me ofreció una tímida sonrisa a la que no supe responder.
A partir de ese día, cada vez que salía por la puerta de mi casa, rezaba a todos los santos para no encontrarme con Antoñito, no conocía el motivo pero me creaba una ansiedad a la que no sabía dar nombre. Una tarde, mientras estaba realizando las tareas escolares, me descubrí pensando en él y este detalle me ocasionó un disgusto tremendo ¿por qué estaba yo pensando en aquel tontorrón? Ni siquiera tenía un atractivo físico. Sí, era alto, más incluso que mi hermano Bruno pero desgalichado, de un rubio desvaído, blancuzco de piel, muy delgado lo que, suponía que, acompañado de su altura, era lo que le inducía a encorvarse ligeramente y como era bastante cabezón y casi siempre que yo lo veía iba vestido de verde, comencé a compararle con un calabacín. Desde aquel momento, mi vecino fue para mi Antoñito “el calabacín”.
Un sábado ví como mi madre y mi abuela se dedicaban a hornear unos bizcochos y cuando pregunté, me dijeron:

-Hemos invitado a los vecinos a merendar, así que, esta tarde os quiero a todos aquí- dijo mi madre que respetaba mucho las costumbres.

Y de esta manera, a las cinco de la tarde de aquel sábado, por cierto frío, tormentoso y ventoso motivo por el cual se agradecía la permanencia en el hogar, me encontré sentada a la mesa frente a mi vecinito Antoñito “el calabacín” . Esta vez se había puesto un jersey marrón debajo de su sempiterna sudadera verde y unos vaqueros normalitos, estaba muy repeinado y esto le daba un aspecto hasta cierto punto ridículo pero ni mis hermanos ni yo demostramos nuestros pareceres. Sobre todo Bruno y Miguel fueron muy atentos y corteses con él. Le preguntaron sobre sus estudios y de esta manera nos enteramos que iba al miso curso que Miguel y, casualidades de la vida, después de las vacaciones de Navidad, ya tenía plaza para ingresar en nuestro Instituto. A mí, aquella noticia, sin saber por qué, me ocasionó un repelús.
Total, que por la conversación entre nuestros padres y los suyos pudimos saber que venían de un pueblo de Valladolid por nuevo destino del trabajo del padre que no sé muy bien a que se dedicaba porque yo estaba más pendiente de lo que hacían mis hermanos y de cómo se comportaba Antoñito, que todo hay que decirlo, fue muy educado, comió sin hartarse, sólo lo justo, bebió zumo de melocotón y no abrió la boca para nada, hasta que, al final, cuando ya se iban dijo:

-Supongo que nos veremos en el Instituto…
-Por supuesto- dijeron Miguel y Bruno –ya te presentaremos a los compañeros y te informaremos sobre los profesores, no te preocupes.

A mi me pareció que Antoñito miraba a mis hermanos con un poco de guasa pero como tenía esa expresión tan rara, muy particular, que no se sabía si iba reír o a enfadarse, no le di demasiada importancia.
Un día, cuando venía del “Insti” lo encontré en el portal esperando el ascensor y no pude evitar subir con él.

-Estoy fabricando un robot diminuto que sirve para pasar las páginas del libro cuando estás leyendo.

Yo lo debí de mirar con cara de alelada porque se puso colorado como un tomate y me dijo, como si se disculpara por lo dicho:

-Bueno…, es que me gusta inventar cosas…

¡Lo que faltaba! –pensé yo-, Antoñito, hijo único y además cerebrito, si es que Raúl tenía razón. Pero como la buena educación no me permitía decir todo lo que estaba pensando, intenté sonreír y respondí:

-¡Qué bieeeen…!- pero ya no supe como continuar, sólo vi como su nuez de Adán, que por cierto era muy abultada, subía y bajaba mientras tragaba la saliva. Comprendí que se había dado cuenta de que había hecho un poco el “ridi”. ¡Vaya memo! Inventor de robots, cuándo se lo dijera a Raúl, anda que no se iba a reír. Pero cuando esto sucedió, me quedé sorprendida al ver como, tanto mis hermanos como mis padres que estaban presentes se quedaron sorprendidos.

-¡Caramba! ¡Qué chico más listo!- dijo mi padre, cosa que a mí me sentó un poco mal y a Miguel, no digamos. Se puso verde de envidia, él que era el preferido de papá y al que le gustaba presumir de ser el primero de la clase, resulta que iba a competir en sabiduría con el niñato de al lado.
La cosa se quedó así pero yo pude ver que aquella noticia no había caído bien entre mis hermanos y, no sé por qué pero me dio un poco de tristeza.

































3

Mis padres tenían unos amigos con quienes acostumbrábamos a reunirnos para hacer viajes cortos a la Sierra o por los alrededores de Madrid durante los fines de semana. Eran un matrimonio con los que mis padres habían estudiado en la misma Universidad de Alcalá de Henares y con quienes habían conservado la amistad. Este matrimonio tenía tres hijos más pequeños que nosotros, Suso de 10 años, Marcial de 9 y Julito de 7. A nosotros nos caían unas veces bien y otras no, depende de cómo tuvieran el día, tanto Miguel como Bruno, se sentían demasiado mayores para jugar con ellos y Raúl también empezaba a sentir la diferencia de edad, por lo tanto, la que más se acercaba a ellos era yo pero, como era niña para mi suerte, no coincidíamos demasiado en los juegos. Lo que más se compartía eran las competiciones de juegos en salas recreativas donde hubiera futbolines o máquinas en las que todos colaborábamos pero casi siempre acabábamos peleando porque los tres hermanitos eran de lo más tozudo y muy malos perdedores. Con esta familia también vivía la abuela, en el caso de ellos era la madre de la madre, no como en el nuestro en el que nuestra abuela era la madre de mi padre. La señora Natalia, tan anciana como mi abuela Ana, era, sin embargo, la antítesis de ella. Meticona, chillona, regañona y siempre protestaba por todo, pero a mi abuela le caía bien, -aunque no se si esto era cierto-, porque era de su misma edad y así tenía con quien cambiar ideas para hablar de los tiempos pasados que es de lo que más les gusta hablar a las abuelas.
Aquel fin de semana, como ya comenzaba el otoño, a mi padre se le ocurrió la idea de hacer un viajecito por la Sierra para buscar setas y cuando lo comentó con mi madre, les oí decir que podían invitar también a nuestros vecinos y para colmo la embajadora de la noticia era yo.

-Sonse, cariño-dijo mi madre- vete a casa de la señora Madrazo (así se apellidaban los vecinos) y dile… Buenoooo, no. Creo que es mejor que vaya yo.

¡Ufff! ¡De buena me había librado! ¡Ojala le dijeran que no podían venir!. Y acerté pero… sólo en parte porque cuando mi madre, al rato, volvió después de hablar con la vecina, dijo:

-Los padres no vienen, pero me han dicho que Antoñito sí. Así os hará compañía.

A Miguel y a Raúl se les puso la cara verde, a Bruno no tanto, más bien se rió por lo bajini y a mí me dio un vuelco el corazón. ¡Madre mía, todo el día con el tostón de Antoñito! Y seguro que mis hermanos se escaqueaban y me dejaban a mí con el marrón, ¡si es que vaya suerte! Intentaría endosárselo a los pequeñajos de los hermanos Gutiérrez que eran los amigos de mis padres y yo camparía a mis anchas. Ya me inventaría algo. Pero ¡ya, ya! ¡Eso creía yo!




















4

Al final decidimos irnos el sábado en lugar del domingo. Los Gutiérrez nos vinieron a buscar a las 8 de la mañana. Mi abuela era la que estaba más contenta porque podría cambiar conversación con la señora Natalia y explicarse sus batallitas de cuando eran jóvenes y “locas” como ellas decían y luego se partían de risa. Antoñito se presentó repeinado como siempre, esta vez con una chupilla vaquera y debajo ¡cómo no!, un jersey muy gordo de cuello vuelto de lana verde, apenas dijo buenos días y se colgó una mochilita al hombro.

-¿No se te habrá ocurrido traer comida, Antoñito?- dijo mi madre.

-Pues… creo que sí… mi madre me ha hecho un bocadillo…

-¡Oh, no es necesario!- dijo mi madre y antes de que terminara la frase, mi padre la finalizó.

-Comeremos por ahí, no te preocupes…pero lleva el bocata si quieres…

-¡Sí, lleva el bocata!- dijo Raúl –ya nos lo zamparemos por el camino, no te preocupes…

Entonces fue cuando vi al vecinito sonreír más abiertamente. ¡Caramba! ¡tenía una sonrisa fascinante, si se le veía hasta guapo! Así que todos, tan contentos, nos acomodamos en los coches. Las dos abuelas se fueron juntas en el monovolumen de los Gutiérrez y nosotros en el nuestro dispuestos a pasarlo lo mejor posible.
Las diferencias comenzaron cuando decidimos el lugar a donde ir. Mi padre decía que hacia Valdemaqueda, que por allí había mucho bosque donde se encontraban montones de níscalos y los Gutiérrez, primero dijeron que a Peguerinos y luego se conformaron con Cercedilla. Al final lo echaron a suertes y ganó Cercedilla y hacia allá nos fuimos.
El viaje fue como siempre, pesado hasta que salimos de Madrid y bonito cuando ya llegamos a Cercedilla. Aparcamos los coches en el camino donde estaba permitido y comenzamos a caminar. A mí me gustaba mucho pasear por el campo, el silencio del bosque, el murmullo de los riachuelos, el susurro de las hojas de los árboles movidas por el viento. Me aislé de todos y, tranquilamente subía en silencio mientras los pequeñajos Gutiérrez enredaban, corrían, subían por los terraplenes del bosque, jugaban y se peleaban. Mis hermanos y Antoñito iban todos juntos. Unas veces les oía reír, otras caminaban en silencio y en uno de los momentos oí que Antoñito me decía:

-Sonse ¿quieres un trozo de bocata? Es de tortilla de patata…-dijo mostrándome un gran bocadillo.

-No, gracias, lo que tengo es sed. Cuando lleguemos a la fuente beberé un buen trago.

-Llevo una cantimplora… ¿quieres?

-Bueno… sí, agua sí.

Mientras bebía me di cuenta de que Antoñito no me quitaba los ojos de encima cosa que m azaró bastante y entonces fue cuando me fijé que tenía los ojos verdes, le hacían juego con el jersey.
En esto estábamos; mis padres y el matrimonio amigo charlando amigablemente mientras caminaban, las abuelas las últimas, andando despacio cogidas del brazo al mismo tiempo que parloteaban de sus cosas y los pequeñajos Gutiérrez, desaparecidos, pero oíamos sus gritos entre los árboles. De pronto, el mugido de una vaca nos hizo mirar hacia el terraplén por donde se subía al bosque y vimos tres vacas enormes y a los pequeñajos que corrían asustados hacia la carretera.

-¡Socorro, socorro, que nos atacan! – gritaban saltando entre los matojos para apartarse de las vacas. Nosotros los mirábamos sorprendidos y antes de llegar al camino los vimos rodar por la pendiente hechos un barullo unos encima de otros. No pudimos evitar la risa. ¡Menudo coscorrón se dieron contra el suelo! La madre se puso a gritar:

-¡Mis hijos…, que se mataaaan….!

El padre asustado, corrió hacia ellos, mi madre con los ojos muy abiertos aguantando la risa y mi padre decía:

-¡Pero si son vacas, que no son toros! Que no atacan.

Bueno, bueno. Acabamos todos riendo menos, los Gutiérrez, claro, que se pegaron un susto de campeonato. Al final se quedó en unos cuantos arañazos y un buen chichón en la cabeza de Julito cuando se dio de morros en la carretera. A partir de aquel momento, no se apartaron de nuestro lado y se calmaron un poco lo que nos dio algo de tranquilidad.

Como no encontrábamos níscalos ni setas de ninguna clase por más que buscamos, decidimos retroceder, coger los coches y subir a Navacerrada, desde allí enfilamos la carretera que nos llevaba a Rascafría donde llegamos a la hora de comer.
Rascafría es un pueblo muy bonito de la Sierra Norte de Madrid muy visitado por nosotros desde siempre, incluso había habido algún verano cuando éramos pequeños, en el que mis padres alquilaron allí una casita para pasar el verano, por lo tanto, no nos era desconocido, sin embargo, para Antoñito era toda una novedad. Casi se puede decir que en honor a él, o eso me pareció a mí, comimos en uno de los muchos y buenos Restaurantes que allí abundan y ya que no habíamos conseguido ningún níscalo, pedimos que nos sirvieran unas setas de cardo, boletus y lomo de jabalí que comimos con mucho gusto y apetito.
Luego visitamos el área recreativa de Las Presillas, aunque no pudimos bañarnos en sus piscinas por el tiempo frío que hacía, el Monasterio de Santa María de El Paular y algo del Arboreto Ginés de los Ríos. Me sorprendió ver como, Antoñito, en cuanto comenzamos la visita, sacó de su mochila un bloc y un boli y comenzó a tomar notas con un interés y una seriedad asombrosa. ¿Teníamos como vecino y amigo a un empollón? Me pregunté.

















5

Poco a poco y casi sin darnos cuenta, comenzó a oscurecer; estábamos ya casi con el invierno encima y se hacía de noche a partir de la seis de la tarde y aunque el día había sido muy distraído, llegaba el momento de retornar a casa.
Una niebla humeante se levantaba desde el bosque y llegaba hasta nosotros envolviendo todo en un ambiente misterioso. Oímos unas palmadas de mi padre y su voz potente que decía:

-¡Genteeee…! Todos a los coches que comienza a anochecer, hay que regresar.

Me acerqué a mis hermanos y cuando caminábamos en busca de nuestros vehículos, me percaté de que Antoñito no estaba entre nosotros.

-¿Y Antoñito…?- pregunté mientras lo buscaba con la mirada.

--No tengo ni idea- dijo Bruno – estará por ahí mirando algo.

-Pues poco se ve ya- respondió Miguel

-Estará tomando apuntes de cómo llega la niebla- dijo Raúl con retintín.

A mí aquellas respuestas algo irónicas, no me gustaron demasiado y al mismo tiempo que fui consciente de este sentimiento, me disgusté conmigo misma ¿sería posible que le estuviera cogiendo simpatía a nuestro vecinito Antoñito “el calabacín”?
Cuando llegamos al aparcamiento y comenzamos a repartirnos para ocupar los coches fue cuando comenzamos a inquietarnos. Antoñito no estaba entre nosotros.

-¿Dónde está Antoñito?- dijo mi madre.

-No sabemos- respondió Bruno- ¿No anda por ahí?- y con las manos haciendo bocina, gritó:-¡Antoñiiiitooooo!- pero Antoñito no apareció.

Comenzamos a buscarlo por los alrededores gritando su nombre sin resultado y a partir de aquel momento fue cuando la inquietud se apoderó de todos nosotros. Habíamos perdido a nuestro vecino. Mejor dicho: Nuestro vecino se había perdido ¿Dónde estaba? Esta fue la pregunta que apareció en boca de todos.
Pronto me di cuenta de la seria preocupación que se reflejaba en el rostro de mis padres.

-Volvamos al pueblo- dijo mi padre ya con mucha seriedad -la noche se echa encima y si se ha perdido va a ser difícil encontrarlo. Cada minuto es importante.

-¡Ay, Bruno… no digas eso…!- oí que respondía mi madre muy preocupada.

En el pueblo preguntamos en el Restaurante donde habíamos comido por si lo habían visto por allí, pero nadie supo darnos razón de él. Buscamos por las calles, por los lugares recorridos que volvimos a visitar pero no encontramos ni rastro de él. Casi no teníamos luz diurna, la niebla se espesaba y tuvimos que plantearnos la situación con seriedad. Mi padre nos reunió a todos:

-Vamos a tener que hacer uso de las autoridades. Definitivamente Antoñito se ha perdido y hay que buscarlo. Por lo tanto- nos dijo: -Vamos al Cuartelillo de la Guardia Civil a pedir ayuda.

Algunos vecinos del pueblo, al enterarse de la situación por nuestras preguntas, se unieron a nosotros en la búsqueda y nos acompañaron hasta el Cuartelillo de la Guardia Civil.
Cogimos las linternas que teníamos en los coches y dejamos esperando en el Restaurante a las dos abuelas y a los tres hermanos Guiérrez por ser los más pequeños; ese sería nuestro punto de reunión y empezó la búsqueda. En un principio, a mí también quisieron dejarme esperando en el Restaurante pero me negué rotundamente y me uní a todos en el rastreo de la zona.

-Seguro que se ha adentrado en el bosque y no ha encontrado el camino de vuelta. Dijo uno de los guardias civiles. Nos repartiremos. Unos que vayan por la margen derecha de la carretera y otros por la izquierda.

Yo me fui con mi padre, Raúl y Miguel por la izquierda, por donde estaba el Arboreto y mi madre acompañada de Bruno y los Gutiérrez por la derecha.

-¡¡¡Antoñitoooo!!!- gritábamos de vez en cuando, pero no había ninguna respuesta.

No sabíamos por donde andábamos, seguíamos a los guardias civiles y a la gente del pueblo que se nos había unido, abiertos en abanico para extendernos por la superficie buscada, pero no encontrábamos nada. La espesura del bosque cada vez se incrementaba y pisábamos helechos, raíces y piedras. El lugar sólo iluminado por las linternas parecía fantasmal y yo tenía buen cuidado de no separarme del lado de mi padre. En un momento determinado, nos encontramos en un claro, una pequeña llanura cubierta de hojas secas y rodeada de árboles.

-Estamos en el castañar- oí decir a uno de los lugareños.

De pronto, tropecé con lo que pensé era la gran raíz de un árbol cubierto de hojas secas y caí de bruces.

-¡¡Ayyy!!- grité asustada. Aquello era blando y lo primero que pensé fue en un animal muerto. Luego, alguien iluminó el lugar con una linterna y pudimos ver debajo del montón de hojas, unas botas marrones enfundadas en unos pies.

Las hojas comenzaron a moverse y fue apareciendo entre ellas la cara adormilada de Antoñito.

-¿Qué pasa…? Me he dormido…

-¡Está aquí, está aquí!- comenzamos todos a gritar -¡lo hemos encontrado! ¡Avisar a los demás!

Mi padre se acercó a él, le pegó un abrazó de oso y le dijo con una preocupación en la voz que sólo le había oído cuando alguno de nosotros estaba enfermo:

-¡Joder, Antoñito…! ¿Estás bien? ¡Vaya susto que nos has dado!

-Síii…síii. – dijo medio adormilado y con la cabeza todavía cubierta de hojas secas de castaño que le daban un aspecto de bufón.

Cuando nos reunimos todos, otra vez en el pueblo, mi madre al verlo, no pudo evitar echarse a llorar al mismo tiempo que lo abrazaba.

-¡Ay, Antoñitooo… hijo…., qué susto nos has dado!



-¡Lo siento… lo siento…!- repetía él sin saber que otra cosa decir y entonces me fijé en la bolsa de plástico que llevaba en la mano.

-¿Qué llevas en esa bolsa, de dónde la has sacado?- le pregunté mientras mis hermanos y yo le rodeábamos.

-¡Ah, la bolsa…! Verás… es que yo acostumbro a marearme cuando viajo en coche y siempre llevo en el bolsillo del pantalón alguna bolsa de plástico… por si acaso echo la pota…

-¿Y qué llevas dentro…? ¡No será… la pota!!!- dijo Raúl con cara de asco.

-¡Noooo…! Mira… - y abriendo la bolsa nos lo enseñó – son castañas. Cuando me cercioré de que me había perdido, lo primero que pensé fue en buscar algo de alimento y el suelo estaba lleno de castañas así que las recogí y luego al ver que se hacía de noche y comenzaba a hacer frío, pensé en guarecerme de alguna manera. Como no tenía visibilidad, no podía arriesgarme a buscar un escondrijo, no fuera a caerme por algún barranco y como el suelo estaba cubierto de hojas secas, las amontoné al pie del castaño y me cubrí con ellas. Luego me debí de quedar dormido… hasta ahora…- y dirigiéndose a mi padre le dijo: -Siento mucho señor Bruno haberles causado tantas molestias….

-Nada…., no te preocupes- dijo agarrándolo por la nuca cariñosamente- gracias a Dios, todo ha terminado bien- y dirigiéndose a todos en general, levantó la voz para que le oyeran: -¡Agradezco a todos su colaboración y pueden tomar lo que quieran que está pagado!

Mientras mi padre se despedía de la Guardia Civil, la gente se acercó a la barra del Bar y comenzaron a pedir una bebida. Las abuelas lloraban a moco tendido comentando:

-Ha sido Santa Gema, de verdad Ana –decía la abuela Natalia a la mía mientras se secaba la nariz –yo le tengo mucha devoción a esta Santa, la semana que viene te vienes conmigo y le ponemos una vela.

-Si, sí- respondía mi abuela mientras se sorbía los moquitos y se limpiaba los ojos – ¡si es que estos chicos…! ¡Ay… no gana una para disgustos y preocupaciones…, y menos mal que lo han encontrado… si no… ¡ya me dirás cómo se lo decíamos a sus padres….¡ ¡Por Dioos, por Diooos, qué responsabilidad y qué disgusto…madreeeee… madre…!

Cuando ya nos subimos en los coches era noche cerrada y nos dirigimos de vuelta a casa, despacito, eso sí, que las curvas de la sierra eran peligrosas y por aquel día ya había habido suficientes aventuras.
Sin saber por qué, cuando estábamos todos en el coche, nos entró la risa, y no paramos de echar carcajadas y comentar lo sucedido hasta llegar a casa.
¡Menuda aventura habíamos corrido!
























6

No hay que decir que los sucesos de aquel sábado fueron la comidilla de toda la semana y, curiosamente, aquella anécdota que finalizó bien, por suerte, nos unió más a nuestro vecino. Antoñito pasaba más a menudo a nuestra casa, era más abierto, se comunicaba con nosotros con más soltura, no era tan tímido y a todos nosotros comenzó a caernos mejor, de hecho, la mayoría de los fines de semana, nos reuníamos y charlábamos de un montón de cosas, sin embargo, nos dimos cuenta de que algo serio le preocupaba al chico que ya podíamos considerar como amigo. De vez en cuando, se quedaba silencioso y una mirada triste se reflejaba en sus ojos ¿qué le pasaba?
Todos nosotros nos fijamos en esa particularidad y un día, lo comentamos:

-A Antoñito le pasa algo..- dijo Bruno que fue quien abrió la conversación cuando estábamos sentados a la mesa cenando.

-¿Por qué decís eso?- preguntó nuestra madre.

-Sí, es verdad- dije yo –de vez en cuando se queda muy serio y muy triste…

-Quizás no se lleve bien con sus padres…-dijo Miguel pensativo –eso de ser hijo único… no sé, debe de tener a los padres muy encima…siempre a la expectativa de todo lo que haces..¡bufff!

-No, si tú…, menos mal que tienes más hermanos…-respondió mi padre medio en broma –si no ya habíamos tenido que llevarte al psicólogo con el síndrome de hijo único.

-Los chicos más listos son los que forman parte de una familia numerosa, eso es verdad –comentó la abuela –no tienen más remedio que espabilarse…

Nos quedamos pensativos y la conversación cambió hacia otros temas pero a mí me preocupaba esa tristeza ocasional de Antoñito, algo oculto que no comunicaba a nadie, le angustiaba y yo tenía que descubrirlo.
Pero no fui yo quien lo descubrió, fue Miguel, que como sabía iba a asistir a su clase una vez comenzara el semestre del próximo año, afianzó su amistad con él. Y así, un día, a la hora de comer, cuando surgían, como siempre, nuestras conversaciones familiares, Miguel lo soltó.

-Antoñito me ha comentado que cree tiene algo raro…

-¡Quéee…!! – dijimos todos casi al mismo tiempo.

-¿Algo raro?- dijo mi padre extrañado –explica, explica…

-No sé, no me ha dado muchas explicaciones…, me ha parecido que no le gusta hablar de ello… pero ha dado a entender que en su familia todos creen tiene algún problema para comprender las cosas, para estudiar… etc.

-La madre me ha dicho algo parecido- comentó mi madre -pero no me dio muchos detalles y me ha parecido poco discreto preguntar…, pero algo hay, sí…

-Pues a mi me parece un chico muy inteligente –dije yo –lo que pasa es que es tímido.

-Yo estoy de acuerdo con Sonse –dijo mi padre –es un chico tímido pero nada más.

-A ese chico lo que le faltan son hermanos…- dijo mi abuela que estaba con la monserga de que las familias numerosas eran las mejores.

-Ya me enteraré, ya… -dijo Miguel –está cogiendo confianza conmigo. Yo lo considero un chico muy estudioso y me parece también bastante inteligente…

Y así quedó todo por el momento. Nuestro vecino Antoñito, había entrado en la familia presentando un problema que estábamos empeñados en resolver.



















7

Llegó el tiempo de Navidad. Un tiempo muy agradable para mí. Me gustaba el ambiente, la gente parecía o intentaba ser más amable, las luces de las calles, los adornos, las tiendas con sus variación de alimentos que inducían a comprarlo y… las vacaciones escolares entre las que se encontraba el día de Reyes, el día de los regalos por excelencia.
Sin embargo, aquel año, las fiestas navideñas fueron un poco decepcionantes. Todos teníamos pensado invitar a nuestros vecinos, Antoñito y sus padres, a cenar y comer con nosotros en las fechas señaladas, pero unos días antes, vinieron a despedirse y a felicitarnos las fiestas. Ellos se trasladaban a Valladolid donde tenían unos parientes con quienes iban a reunirse para pasar aquellos días.
Era sábado y se marchaban aquella misma tarde. Mis padres les invitaron a una copa y, como no, comieron algo de turrón y Antoñito nos miró con una cara que, a mi me pareció, estaba esforzándose por no echarse a llorar. Total, que se fueron y nos quedamos solos, y solos pasamos todos los días navideños que, sinceramente, aquel año, fueron un poco aburridos.
Pero el día después de Reyes llegó más rápido de lo esperado, también llegaron nuestros vecinos y aquello fue lo más agradable de las fiestas porque tanto ellos como nosotros, intercambiamos regalos. Ellos nos trajeron cosas de Valladolid; un echarpe para mi madre, un monedero de cuero para mi padre y Antoñito nos hizo a cada uno de nosotros un presente. Bolígrafos, muy bonitos, para mis hermanos y a mi… ¡un Diario con candado y todo!

-Para que escribas tus secretos – me dijo. A mí me dio una gran alegría porque además tenía unas tapas muy bonitas adornadas con flores secas que me gustaron mucho y así se lo dije.

-¡Jo…, qué bonito, Antoñito…, cómo me gusta…! ¡Muchas gracias!

-Lo he hecho yo mismo – me dijo y entonces, en un impulso que me llegó de pronto, me empiné sobre las puntas de los pies y le di un besazo que lo puso más colorado que el besugo de Navidad.

Y llegó la vuelta a clase. Antoñito se incorporó al Instituto y esa fue la manera por la cual descubrimos sus problemas.
Un día, después de las clases, al llegar a casa, Miguel dijo:

-Antoñito es un supersabio, lo sabe todo…

-¿Cómo que lo sabe todo…? –preguntó mi padre.

Mi madre se paró a escuchar mientras secaba un plato en la cocina y todos nos acercamos para escuchar.

-Pues resulta que dice que se aburre en las clases porque ya sabe todo lo que explica el profesor y que se le quitan las ganas de estudiar porque no aprende nada… ¡¡¡Y es verdad¡¡¡ Cualquier cosa ya la sabe, de ciencias, de matemáticas, de física…. ¡le encanta la botánica! Por eso se perdió el día que fuimos a Rascafría, ¡jajajaja!- dijo riéndose –comenzó a buscar árboles y se le echó la noche encima… ¡Que os digo que es un supersabio!

-Ese chico es un superdotado –dijo mi padre pensativo –por eso dicen que es raro, necesita un aprendizaje especial, ir a una Escuela especializada para personas con sus dotes…

-¡Ahí va!- dije yo -¡menuda sorpresa!

-¿Será posible? –comentó Raúl -¡si ya digo yoooo…! Y yo creía que era tonto… ¡Ostras…! ¡Qué patinazo…!

-¡Jajaja! –soltó Bruno riéndose – Antoñito nos da a todos sopas con onda. ¡Esta si que es buena!

-Voy a hablar con sus padres –dijo mi madre- si no a este chico lo pueden estropear…

-Voy contigo… - se apuntó mi padre.

Y dicho y hecho. Estuvieron más de dos horas en casa de Antoñito y cuando volvieron, se les veía felices.
-¡Qué! –preguntó Bruno -explicarnos, venga, qué os han dicho.

-Pues nada –explicó mi padre – les hemos dicho nuestro parecer y nos han escuchado con mucha atención, tanto los padres como Antoñito. Luego hemos buscado por Internet las Asociaciones que hay en Madrid para superdotados y van a ponerse en contacto para averiguar si Antoñito posee las características de un superdotado y puede acceder a la Escuelas Especiales –nos dijo mi padre.

-¡Vayaaaa…! exclamamos todos asombrados.

-¡Jo… qué suerte…!- dijo Miguel con algo de pelusa.

-Buenooo…, -dijo mi madre -¡qué quieres que te diga…! Yo prefiero un niño normal, inteligente y estudioso, pero normalito. Esto de ser supersabio… tiene que ser muy farragoso.

-A cada cual le toca lo -suyo dijo mi padre –si el chico tiene esas cualidades, lo importante es que las aproveche y sepan valorarlas.

-Mira tú por donde, tenemos un amigo supersabio –dije yo haciéndome la interesante.

-Pues a ver si se os pega algo –dijeron mis padres a la vez. Luego se rieron y nos dieron un abrazo y un beso. –Os queremos como sois –repitieron ambos.

Y esta fue la manera en la que perdimos de vista a nuestro nuevo vecino Antoñito, al que dejé de llamar “el calabacín” porque dejó de parecer esa verdura. Cuando comenzó sus clases especiales, creció, se enderezó, perdió la timidez, se volvió muy comunicativo y, cuando venía a vernos, nos explicaba como se desarrollaban sus clases, las nuevas amistades que hacía, el trato con sus compañeros y todos sus adelantos.
Aquel vecino que nos pareció tan memo en un principio, acabó siendo el más íntimo y el mejor de nuestros amigos. Todos sabíamos que se le presentaba un futuro muy halagüeño. ¡Y lo que fardábamos todos cuando decíamos que teníamos un amigo superdotado… anda qué…!

SONSOLES Y SUS COLEGUILLAS - "AVENTURA EN MIRAFLORES"


SONSE Y SUS COLEGUILLAS

AVENTURAS EN MIRAFLORES


Ya os he dicho que a mi padre le gustaba mucho visitar la Sierra madrileña. Cada fin de semana acostumbrábamos a visitar un lugar u otro y, en ocasiones, cuando llegaban algunos días de vacaciones o “puentes”, nos alojábamos en un Hotel o alquilábamos una casita en alguno de los pueblos serranos desde donde organizábamos cortas excursiones.
Disfrutábamos de los días vacacionales de Semana Santa y aquel año, mis padres decidieron instalarse en casa de una tía nuestra, la hermana mayor de mi madre, en Miraflores de la Sierra donde ella vivía con su marido en un chalet bastante grande en aquel pintoresco pueblo.
La historia de mi tía Águeda era bastante triste. Le llevaba a mi madre una diferencia de quince años, (cuando hablaban de este detalle mi madre siempre decía que ella había llegado a este mundo por sorpresa) y había tenido un hijo varón muerto en un accidente de coche a la edad de diecisiete años. Este trágico suceso, afectó mucho a mis tíos que encerraron sus vidas en aquel chalet de la Sierra de donde apenas si salían. Por esta causa, nuestras visitas eran muy agradecidas por ellos que, también hay que decir, nos querían mucho a todos nosotros.
Miraflores estaba al pie de la montaña llamada “La Najarra” de más de 2.000 metros de altitud muy cerca del Puerto de la Morcuera, lugar muy visitado por nosotros y al que mi padre era muy aficionado. Era un pueblo precioso y cuando se llegaba a él por carretera siempre parábamos en un lugar donde se encontraba la gruta de Nuestra Señora de Begoña, un sitio en donde yo, incluso, que no era muy dada a los rezos, no podía evitar recogerme en alguna oración aunque fuera corta y después observar el entorno entre rocas y monte. Mi madre no permitía nunca pasar de largo por este lugar, la parada era obligatoria.
Parece ser que el pueblo, en su origen se llamó Porquerizas pero una reina, creo que fue Isabel de Borbón, le cambió el nombre por Miraflores. Pero la historia que voy a contar no tiene nada que ver con todo esto y sí mucho con los turistas que acostumbrábamos a pasar allí nuestros días de asueto.
En Miraflores nos reuníamos un grupo de chavales que ya nos conocíamos de otros años y era muy agradable encontrarlos a todos y aquellos días volvimos a encontrarnos.
Muy cerca de nosotros, se alojaba en la casa de su abuela, una niña de mi edad llamada María Elisa a la que todos llamábamos Mariele y mis hermanos la habían apodado la niña “plus” porque era una niña de lo más vanidoso. Siempre quería ser más que nadie, ella tenía siempre “más” de todo, de ahí el mote. Era, rubia, guapa, (la “más” cómo no) y como he dicho muy vanidosa, pero también amiga de todos.

Aquel año nos encontramos con una nueva inquilina que se alojaba en una de los chalets por alquilar. Se llamaba Mirta y no era una niña. Mujer alta, muy espigada, con el cabello rubio canoso, pronto supimos venía de Argentina y a nosotros nos gustaba escuchar su habla cantarina, el seseo particular de su país y aquella inusual para nosotros, falta del uso de la segunda persona del verbo cuando conversaba. Pero lo más característico de ella fue algo de lo que nos enteramos por terceras personas. Se rumoreaba que la señora argentina, era una brujita, no malvada sino solamente una misteriosa brujita. La cuestión era que nadie sabía explicar de manera satisfactoria, esta afirmación que corría por el pueblo. Unos decían que había evitado que un niño fuera atropellado por un coche sólo con levantar una mano, otros que todos los animales eran sus amigos, otros que fabricaba pócimas para curar o resolver problemas, etc. Pero lo que sí, parecía cierto, era que leía las cartas del Tarot, sin embargo, nadie podía atestiguarlo porque a nadie conocido por nosotros, se las había leído.












2

La casa de Mirta, se encontraba en las afueras del pueblo, muy cerca de donde comenzaba el ascenso a la montaña por lo que, una de sus fachadas, quedaba algo escondida, mirando hacia el monte.
Una tarde, nos encontrábamos reunidos, todos los amigos; mis tres hermanos, Mariele, Susana y sus dos hermanos y un chico nuevo que se llamaba Eduardo de mi edad aproximadamente y que había venido a visitar a unos parientes desde un pueblo de Extremadura.
Estábamos un poco aburridos de juegos y mientras charlábamos sentados junto al tronco de un árbol, vimos pasar a Mirta, la brujita que parecía iba de compras.

-¿Por qué no exploramos en su casa a ver qué tiene? – dijo mi hermano Raúl que siempre era muy arriesgado.

Nos miramos los unos a los otros sin saber qué decir pero en nuestros ojos y en nuestro ánimo se despertó la curiosidad.

-A lo mejor encontramos venenos y pócimas, cuervos y gatos negros y el puchero sobre la lumbre…- dijo Miguel imitando una voz cavernosa.

-¡jajaja!- reímos todos.

-O la escoba voladora detrás de la puerta…- dijo Susana.

-¡Venga…! ¡Tú has leído demasiado Harry Potter!¡Alohomora…! –Dijo Miguel imitando a Harry Potter usando su varita mágica.

Todos reímos la ocurrencia y por un momento comenzamos a imitar a los personajes del libro de J.K. Rowlig. Naturalmente, mi hermano Raúl se adjudicó el del pelirrojo Ron que era a quien más se parecía físicamente y las tres chicas, Mariele, Susana y yo, nos afanamos por ser la famosa Hermione Granger.

-Sería una buena aventura investigar…-dijo mi hermano Bruno-con sonrisa un poco diabólica –pero tiene que ser un secreto porque si se enteran nuestros padres… tenemos la bronca organizada… nadie nos quita el castigo y me temo que íbamos a pasar el resto de las vacaciones estudiando.

Nos miramos unos a otros, la curiosidad y la expectativa de aventuras pudo más que nuestro sentido común, y juntos nos dirigimos hacia la casa de la señora argentina.
Las ventanas no se veían cerradas, solamente las más bajas que estaban protegidas por una reja pero al piso alto, era fácil subir si nos encaramábamos apoyándonos en las verjas de las ventanas.
Como siempre, los mayores eran los que dirigían el cotarro y aceptamos las órdenes de ellos.

-Primero subo yo-dijo Bruno –y miro a ver si hay peligro. Si está despejado el camino, salgo a la ventana y sube Miguel, después las chicas y los últimos, Raúl y Eduardo. Pero sobre todo, en silencio y con mucho cuidado…, no sabemos si hay alguien en la casa o… lo que hay… ¡vete a saber! No nos vayamos a encontrar con una sorpresa.

A Bruno no le resultó difícil encaramarse y en un plis-plas, lo vimos introducirse por la ventana. Unos segundos más tarde, que por cierto, a nosotros nos parecieron interminables, se asomó por la ventana e hizo señas para que subiéramos.
En dos zancadas, Miguel estuvo en el interior y tras él comenzamos a subir las chicas. Cómo no, Mariele fue la primera porque además andaba un poco tonta detrás de Miguel del que decía era un chico “super guay” pero, Mariele, además de presumida y niña “plus”, era patosa y nos costó lo nuestro ayudarla a subir hasta la ventana. Se resbalaba sobre los barrotes de la verja y al final Raúl se encaramó y sujetándola… por donde pudo…, consiguió que llegara hasta la ventana del piso alto, allí, Miguel y Bruno la cogieron y la metieron dentro, a mi me pareció que ella se agarraba demasiado a Miguel pero el momento no era para fijarse en esos detalles así que me olvidé. Luego subió Susana y después yo sin ningún problema y poco después ya estábamos todos dentro.
Nos quedamos parados observando. Era una habitación muy bonita, un dormitorio. Con una cama cubierta por un edredón a cuadros blancos y azules (hay que tener en cuenta que en la Sierra, las noches eran fresquitas) y una cómoda donde, encima de ella, se veía un espejo grande, dos mesitas de noche una a cada lado de la cama y en un extremo junto a un armario ropero, había una estantería con libros, una pequeña butaca y una lámpara de pie.
Olía muy bien, una mezcla de colonia y otro perfume más denso que no conocíamos. Encima de una de las mesitas pudimos ver un marco con una foto de Mirta la argentina acompañada de un hombre y un niños de unos seis o siete años, muy sonrientes. Abrimos la puerta con mucho cuidado, y aparecimos en un pasillo no muy largo, alfombrado, con una ventana al fondo y debajo, en una esquina, una planta de interior, adornaba el rincón y justo al lado de la habitación, una puerta que se encontraba entreabierta, descubría un baño completo, muy limpio y que olía muy bien, a jabón y a colonia.
Bajamos lo más silenciosamente posible las escaleras, también alfombradas, que nos llevaban al piso bajo, donde también estaba la cocina, separada por una mampara, mitad madera, mitad cristal o plástico, de eso no estuve muy segura.
El salón disponía de una mesa rectangular cerca de la ventana que daba a la entrada principal de la casa desde donde se veía la calle, por lo que tuvimos buen cuidado de no acercarnos demasiado, había muchas estanterías con cantidad de libros, miniaturas de todo tipo y fotos. La del hombre y el niño que la acompañaban en la de la mesita de su dormitorio, se repetía en diferentes poses y lugares, o eso me pareció.

-¿Quiénes serán los de esa foto?- pregunté yo curiosa.

-Serán su marido y su hijo- dijo Eduardo que también las estaba cotilleando.

-Pues ella está sola…- mencionó Mariele.

-Sí- dijo Susana –yo he oído decir a mi madre que es una señora viuda.

-¡Ahí va! Pues es muy joven… -comentó Bruno -¿el niño será su hijo? Pero tampoco lo tiene con ella… ¡qué raro! ¿no?

Yo me acordé entonces de mi tía y de aquel primo que no llegué a conocer muerto en accidente y dije:

-¿Y si se le ha muerto también el hijo…?

-¡Jo, Sonse! – dijo Raúl -¡no seas gafe!

-Pues todo podría ser.

-Aquí no se ve ningún perolo, ni escobas voladoras, ni libros mágicos, ni tarros con sapos, grillos, o renacuajos… Esto de que es una bruja, es un camelo de la gente –dijo Miguel decepcionado – aquí no hay nada especial…

Y entonces le oímos exclamar:

-¡Mira!
Encima de una mesa camilla arrimada a una de las ventanas, sobre un tapete verde, se encontraba un mazo de cartas que nadie se atrevió a tocar.

-Pues que lee las cartas es verdad…

Al lado del mazo, había una caja de varillas de incienso y un pequeño soporte de madera para sujetar las varillas junto con una caja grande de cerillas. Estábamos todos ensimismados buscando algo especial que nos sorprendiera o indicara que Mirta era una bruja auténtica cuando vimos como Raúl que siempre era el más liante, sacaba una varilla de incienso de la caja, encendía el extremo con una de las cerillas y la colocaba en el soporte mientras decía con voz misteriosa:

-¡Abracadabra pata de cabra…!

Comenzábamos a reírnos de su ocurrencia cuando oímos la puerta del jardín. Desde la ventana vimos la figura de la señora argentina que regresaba con una bolsa de la compra en la mano. ¡La desbandada que se organizó! Todos corrimos hacia las escaleras. Mariele se tropezó con la alfombra y se cayó de bruces, yo que ya estaba más arriba, retrocedí para tirar de ella y levantarla, Bruno decía: “…vamos…, vamos…, deprisa…” Los chicos fueron los primeros en llegar a la habitación donde estaba la ventana por donde habíamos subido y Raúl tuvo la deferencia, o tal vez lo hizo por egoísmo, no sé, en venir a por nosotras y empujarnos tan fuerte que casi rodamos todas por el suelo.
Yo no sé cómo salté desde la reja de la ventana a la calle y eché a correr. Al mirar para atrás vi que todos me seguían a la carrera.

-¡Vámonos al monte, vámonos al monte! -gritó Bruno, y cuando llegamos a una roca donde ya comenzaba el ascenso a la montaña, nos dejamos caer jadeantes, en el suelo.


















3

Primero nos dio por reír pero rápidamente la risa cambió en preocupación. ¿Y si nos había visto? ¿Nos iba a denunciar?

-¡Ostraaaaassss…! – dijo Raúl, llevándose las manos a la cabeza - ¡el incienso….!

Todos nos quedamos aterrados, habíamos dejado encendido el incienso encima de la mesa, aunque no nos hubiera visto, sabría que había entrado alguien en la casa. ¿Qué podíamos hacer?
En eso estábamos pensando cuando un grito de Mariele, nos hizo dar a todos un respingo.

-¡¡Estoy herida!! –decía cogiéndose una pierna.

Y no decía mentira ni, por esta vez, exageraba. De la pantorrilla derecha le caía un reguero de sangre que empapaba su calcetín y manchaba la deportiva. ¡Tenía un profundo corte en la pierna!
Bruno se quitó la camiseta y le envolvió con ella la pierna presionando en la herida, pero pronto la camiseta también se empapó de sangre.

-Hay que llevarla a que le cosan la herida –dijo muy preocupado y cogiéndola en brazos comenzó a caminar deprisa hacia el pueblo.

-Pero…¿Cómo se lo ha hecho…? –dijo Susana que estaba más asustada que ella.

-Se lo ha debido de hacer al bajar corriendo por la ventana –dije yo -¡madre mía! ¡la que se nos viene encima! A ver ahora qué hacemos.

Yo sólo pensaba en lo que íbamos a decir cuando nos interrogaran sobre lo sucedido.

-De momento diremos que se ha caído ¿estáis todos de acuerdo?-dijo Bruno-

Todos asentimos pero yo tenía un tembleque que no podía soportar, seguro que mi padre lo adivinaba porque él siempre adivinaba todo, no había quien lo engañara. Y el miedo se acentuó cuando, al entrar en el pueblo, vimos una furgoneta de la Guardia Civil parada frente a la puerta de la casa de Mirta, la argentina.

-¡Ya está! –dije yo -¡nos han pillado!

-¡Calla y no seas cagueta!- respondió mi hermano Miguel y disimula – pasamos de largo como si no los viéramos y así lo hicimos hasta llegar al ambulatorio donde explicamos que Mariele se había caído y así se había hecho la brecha.

Todo parecía que salía bien. A Mariele le pusieron cinco puntos pero estaba más pálida que un muerto y el problema apareció cuado el médico dijo que tenía que avisar a sus padres. Yo temblaba como una hoja. Mariele se chivaba, seguro, -pensé.

-Bruno… - dije a mi hermano mayor tirándole de los pantalones –Mariele se chiva a su padre, ya lo verás…

-Bueno…, ya veremos… -dijo Bruno, pero yo no le veía muy convencido y él también estaba muy pálido y unas gotitas de sudor le llenaban la frente. ¡Dios mío, en qué lío nos habíamos metido!

El padre de Mariele, después de hablar con el médico, se la llevó a casa más enfadado que preocupado mientras nos aniquilaba con una mirada furibunda. Como estábamos todos muy preocupados, decidimos separarnos y cada cual que se fuera a su casa y entonces fue cuando oímos los comentarios de la gente.

-Sí… parece ser que han entrado a robar en casa de la argentina… Ha llamado a la Guardia Civil y están investigando. Dicen que los ladrones han entrado por la ventana trasera de la casa. No saben si se han llevado joyas o dinero…, cualquiera sabe…

-Si es que no se puede vivir tranquilo ¡hay qué ver…!

Nosotros, despacito y como si no supiéramos de qué iba la cosa, nos fuimos cada cual a su casa pero al llegar mis hermanos y yo a la nuestra, nos encontramos con que la Guardia Civil estaba hablando con mi padre. ¡Ya está, lo sabía! Mariele se había chivado a su padre y él se lo había comunicado a la Guardia Civil. Casi me desmayo del susto y pude sentir el miedo de mis tres hermanos aunque sólo oí la voz de Raúl que decía:

-¿Y ahora qué…?

Mi padre nos miró. Yo vi una seriedad inusual en su cara, un gesto que jamás había visto y les dijo a la Guardia Civil:

-Ahí los tienen, hagan lo que tengan que hacer.

¡Nos llevan al calabozo! – pensé. Y sin poder evitarlo me eché a llorar.

-Vamos al cuartelillo jovencitos – dijo el sargento – se les acusa de allanamiento de morada.

Mis hermanos estaban mudos y yo hipaba como un bebé. ¡Qué miedo! ¿Y si nos encarcelaban? ¿Y si nos llevaban a un centro de esos donde encerraban a los delincuentes menores de edad?
Cuando llegamos al cuartelillo ya estaban allí Mariele, sentada con la pierna herida extendida sobre una silla. A su lado, su padre tan estirado que parecía se había tragado un paraguas, Susana y sus dos hermanos, acompañados también de su padre al que se le veía tan asustado como a nosotros y Eduardo, el niño nuevo, con su padre, un señor pueblerino y su madre que no paraba de llorar. Mirta, la señora argentina, se encontraba sentada en una silla frente a la mesa del oficial de la Guardia Civil.

-Bueno, jovencitos, parece ser, según ha confesado María Elisa Fresnedo, que habéis entrado por una ventana y sin permiso de la dueña, en la casa de Doña Mirta Urrutia ¿Tenéis algo qué decir?- espetó el oficial de la Guardia Civil cuando nos tuvo delante.

Mi hermano Bruno abrió la boca y la volvió a cerrar. Creo que no tenía fuerzas para hablar pero, al fin se decidió.

-Si. Pero no lo hicimos con intención de robar ni de hacer nada malo… fue… un juego… una curiosidad.

-¿Un juego…, una curiosidad?- repitió el oficial.

Yo que estaba más asustada que un ratón en una ratonera, no pude callar y entre lágrimas, dije:

-Sólo…¡hip! Entramos para ver si de verdad ella… -dije señalando a Mirta- era una bruja…¡hip! Pero no encontramos nadaaa…, ni pócimas, ni escobas, ni gatos, ni calderos, ni cuervos… ¡hip, hip! Era una casa normal corriente… y escapamos corriendo cuando la vimos llegar… ¡de verdad, sólo pasó eso…!

Yo miré en aquel momento a la señora argentina y cuando se ponía el pañuelo en la boca me pareció que reía pero quizás eso fue una apreciación mía.

-¡Por favor, señora! ¡Perdónenos…! No volveremos a hacerlo!- le dije de la manera más triste y asustada que pude, aunque no tuve que fingir porque el miedo era auténtico.

-¡Faltaría más! –respondió ella mirándome a la cara, pero aunque estaba muy sería, sus ojos azules brillaban alegremente, si hubiera sido una ocasión distinta, habría dicho que la señora se lo estaba pasando la mar de divertido.

Miré a mi padre esperando que él nos apoyara y nos defendiera pero también estaba muy serio con la vista fija en la ventana y sin abrir la boca. En aquel momento, el oficial Guardia Civil, se levantó y les dijo a nuestros progenitores y a Mirta que le acompañaran a otra sala. Nos quedamos solos con dos Guardias Civiles que estaban en la puerta y no pudimos hablar, sólo tuvimos ocasión de cambiar nuestras miradas. Bruno y Miguel, sudaban como si fuera pleno verano auque en aquel despacho no hacía calor, los dos hermanos de Susana y Eduardo, no se movían, como si estuvieran clavados en el suelo y Raúl se mordía los labios y no levantaba la vista de los cordones de sus deportivas.
Después de un rato que a mi me pareció eterno, entraron todos, otra vez en el despacho tan serios como se habían ido, sólo mi padre y Mirta hablaban entre ellos parecía que animadamente pero callaron en cuanto entraron. El oficial volvió a sentarse tras la mesa de despacho, y después de unos momentos de silencio, nos dijo:

-Bueno…, ustedes han cometido un delito de allanamiento de morada y como tal, deben de ser castigados.

A mí aquel tratamiento de ustedes me dio muy mala espina y cuando dijo lo del castigo, volví a echarme a llorar. Yo no quería que me encerrasen en un centro para delincuentes menores de edad y, sin poder evitarlo, miré a mi padre:

-¡Papá…, por favor…! – no sé, pero me pareció que a mi padre se le llenaban los ojos de lágrimas y aquello todavía me asustó más. Después seguí oyendo la voz del Guardia Civil.

-Como todos son menores de edad, no se ha cometido ningún robo ni tampoco ha habido destrozos de ningún tipo en la casa, el castigo será leve… Pasarán unas horas encerrados en los calabozos del cuartelillo.

Y dicho y hecho, los dos Guardias Civiles que estaban en la puerta, nos acompañaron a dos calabozos de puertas enrejadas. En uno encerraron a los chicos y en el otro a Mariele, Susana y a mí. Cuando nos vimos dentro, las tres nos abrazamos y comenzamos a llorar otra vez, más asustadas que unos conejitos perdidos. Por fin, nos fuimos calmando y nos sentamos en un banco que allí había. Al poco rato nos trajeron unos refrescos que bebimos sedientos, teníamos la boca seca de tanto miedo, y después de un tiempo, no puedo calcular cuánto, el oficial nos abrió la puerta y nos llevó a todos, otra vez, al despacho. Allí estaban la señora Mirta y nuestros padres.

-La señora –dijo el oficial señalando a Mirta –les ha perdonado y me ha pedido los deje en libertad, por lo tanto, pueden ustedes marcharse a sus respectivas casas pero… mucho cuidado en volver a infringir las leyes porque sería reincidencia y la cosa pasaría a mayores.

Yo no pude evitarlo, corrí haca mi padre y le abracé como si hiciera años que no le veía. ¡Cómo me gustó sentir el contacto de sus manos que me acariciaban el pelo! Pero pronto se sobrepuso y nos dijo muy serio:

-Todos a casa.






















4

Fuimos en silencio todo el camino y cuando llegamos a casa, mi madre y mis tíos, nos estaban esperando. No dijeron nada, ni media palabra, mi madre nos miró con lágrimas en los ojos y oí que Bruno decía avergonzado y lloroso:

-¡Lo siento…, de verdad! – e inmediatamente se fue a su habitación seguido de Miguel que iba con la cabeza gacha.

Raúl se fue detrás, en silencio pero pude ver como le rodaban las lágrimas por las mejillas que se limpió de un manotazo. Y yo, abracé a mi madre llorando como una Magdalena.
Aquella noche ni mis hermanos ni yo cenamos. La noche la pasé en un duermevela, con pesadillas de brujas, policías y calabozos y a la mañana siguiente, mi padre nos reunió a los cuatro hermanos.

-Bueno…, supongo que esto os habrá servido de lección ¿no?

Ninguno supimos qué responder y él continuó hablando:

-Os considero a todos culpables pero tú, Bruno, y tú, Miguel, que sois lo suficientemente mayores como para exigiros responsabilidad, me habéis decepcionado. Esto no se va a quedar sin castigo y, por el momento, no vais a salir de casa, cogeréis los libros de estudio y vais a clavar los codos mañana y tarde, para vosotros se acabaron las vacaciones.

Así terminaron aquel año nuestras vacaciones de Semana Santa en Miraflores de la Sierra, por suerte para nosotros, el tiempo se puso de nuestra parte y llovió durante el resto de los días que pasamos en el pueblo por lo que no resultó tan desagradable quedarse en casa aunque sí echamos de menos el reunirnos con nuestros coleguillas.
Cuando volvimos a Madrid, y comenzamos otra vez las clases, se nos ocurrió pensar como habíamos podido llegar a hacer algo tan peligroso como lo que hicimos.
No volvimos a hablar de ello, nos sentíamos un poco avergonzados pero, un día, cuando caminábamos hacia el Instituto, a Raúl se le ocurrió preguntar:

-Y vosotros que creéis ¿Mirta era bruja o no…?

Nos miramos y nos echamos a reír.