domingo, 19 de septiembre de 2010

SONSOLES Y SUS COLEGUILLAS - "ANTOÑITO EL NUEVO VECINO"


SONSE Y SUS COLEGUILLAS

ANTOÑITO EL VECINO NUEVO


Vivíamos en el 4º A de un edificio en la parte Norte de Madrid y aquel año, al regreso de nuestras vacaciones, vimos como sacaban los muebles de nuestros vecinos del 4º B y se los llevaba un camión de mudanzas. En un principio, pensamos que los inquilinos que era un matrimonio de ancianos, habrían fallecido pero mi madre supo, cuando habló con la hija de los ancianos, que se los llevaba a vivir con ella a una casa que tenía en la Sierra donde estarían mejor atendidos.
El piso estuvo vacío hasta finalizado el mes de Septiembre en que vinieron a habitarlo un matrimonio de mediana edad, más o menos como mis padres, que tenían un hijo único llamado Antoñito. Nos enteramos de la novedad una tarde al volver del Instituto mientras mi madre lo comentaba con mi abuela. Raúl soltó la carcajada y la verdad es que, tanto mis hermanos Bruno y Miguel como yo, no pudimos evitar un risita

-¿A qué viene eso?- dijo mi madre un poco molesta ante nuestra reacción.

-Mamá… hoy en día no hay ningún chico de nuestra edad que se llame Antoñito… -dijo Bruno para aclarar las cosas.

-Pues es verdad…, ahora que lo pienso, Bruno tiene razón…-dijo mi abuela mientras liaba un ovillo de lana de una madeja que sujetaba mi madre entre las manos –los chicos de hoy tienen unos nombres de lo más raro…, Borja en lugar de Francisco o Paco como se les llamaba antes, porque hay que tener en cuenta que el Santo se llamaba “San Francisco de Borja” no “Borja” a secas…, o también unos nombres vascuences que antes no se oían ni en las mismas provincias vascongadas… ¡hay que ver!... Yo me acuerdo que tuve un novio que se llamaba Paco-Hilario..,. a ver donde encuentras ahora ese nombre…

En esta ocasión hasta mi madre no pudo contener la risa.

-Abuela. Es que eso es demasiado..

-Bueno, tal vez.. y tampoco ahora hay ni Pepitos ni Pepitas, ni Marujitas ni Manolitos…

-¡jajajaja! Pues la verdad es que prefiero haber nacido en esta época porque si a mi me llaman Pepito o Manolito… me cambio el nombre- dijo Miguel entre risas.

-Bueno, por suerte, Miguel, es un nombre que no ha pasado de moda- respondió mi madre.

-Afortunadamente.

-El caso es que el niño se llama así, Antoñito…- y dirigiéndose muy especialmente a Raúl, dijo- y no quiero burlas ni risitas ¿vale? El chico no tiene la culpa.

-Buenoooo, lo intentaré.

Y esta fue la manera en la que supimos quienes eran los vecinos nuevos.

-¡Anda quéeee…!- rezongó Raúl cuando por el pasillo nos dirigíamos a nuestras habitaciones- hijo único y Antoñitooo…

-¡Jajajaja! ¡Jo, tronco, no tengas tan mala baba..!- respondió Bruno dándole un capón cariñoso y tirando su mochila sobre la cama de su habitación.

Yo me dirigí a la mía y pronto me olvidé de aquel asunto.







2

Yo no había visto a mi vecino hasta que, un día, cuando fui a comprar unas cartulinas para uno de mis trabajos escolares, coincidí con él en el rellano de la escalera. Acostumbraba a coger el ascensor para bajar pero como él se paró en la puerta para lo mismo, a mí me dio algo de reparo entrar con él y le dije “adiós” y me fui saltando por las escaleras. No tenía ganas de hablarle y si mi madre se enteraba de que no me había presentado, me hubiera regañado llamándome mal educada y así me libré del problema, pero, eso creía yo, porque, al poco tiempo, mientras esperaba en la Papelería, él entró y me ofreció una tímida sonrisa a la que no supe responder.
A partir de ese día, cada vez que salía por la puerta de mi casa, rezaba a todos los santos para no encontrarme con Antoñito, no conocía el motivo pero me creaba una ansiedad a la que no sabía dar nombre. Una tarde, mientras estaba realizando las tareas escolares, me descubrí pensando en él y este detalle me ocasionó un disgusto tremendo ¿por qué estaba yo pensando en aquel tontorrón? Ni siquiera tenía un atractivo físico. Sí, era alto, más incluso que mi hermano Bruno pero desgalichado, de un rubio desvaído, blancuzco de piel, muy delgado lo que, suponía que, acompañado de su altura, era lo que le inducía a encorvarse ligeramente y como era bastante cabezón y casi siempre que yo lo veía iba vestido de verde, comencé a compararle con un calabacín. Desde aquel momento, mi vecino fue para mi Antoñito “el calabacín”.
Un sábado ví como mi madre y mi abuela se dedicaban a hornear unos bizcochos y cuando pregunté, me dijeron:

-Hemos invitado a los vecinos a merendar, así que, esta tarde os quiero a todos aquí- dijo mi madre que respetaba mucho las costumbres.

Y de esta manera, a las cinco de la tarde de aquel sábado, por cierto frío, tormentoso y ventoso motivo por el cual se agradecía la permanencia en el hogar, me encontré sentada a la mesa frente a mi vecinito Antoñito “el calabacín” . Esta vez se había puesto un jersey marrón debajo de su sempiterna sudadera verde y unos vaqueros normalitos, estaba muy repeinado y esto le daba un aspecto hasta cierto punto ridículo pero ni mis hermanos ni yo demostramos nuestros pareceres. Sobre todo Bruno y Miguel fueron muy atentos y corteses con él. Le preguntaron sobre sus estudios y de esta manera nos enteramos que iba al miso curso que Miguel y, casualidades de la vida, después de las vacaciones de Navidad, ya tenía plaza para ingresar en nuestro Instituto. A mí, aquella noticia, sin saber por qué, me ocasionó un repelús.
Total, que por la conversación entre nuestros padres y los suyos pudimos saber que venían de un pueblo de Valladolid por nuevo destino del trabajo del padre que no sé muy bien a que se dedicaba porque yo estaba más pendiente de lo que hacían mis hermanos y de cómo se comportaba Antoñito, que todo hay que decirlo, fue muy educado, comió sin hartarse, sólo lo justo, bebió zumo de melocotón y no abrió la boca para nada, hasta que, al final, cuando ya se iban dijo:

-Supongo que nos veremos en el Instituto…
-Por supuesto- dijeron Miguel y Bruno –ya te presentaremos a los compañeros y te informaremos sobre los profesores, no te preocupes.

A mi me pareció que Antoñito miraba a mis hermanos con un poco de guasa pero como tenía esa expresión tan rara, muy particular, que no se sabía si iba reír o a enfadarse, no le di demasiada importancia.
Un día, cuando venía del “Insti” lo encontré en el portal esperando el ascensor y no pude evitar subir con él.

-Estoy fabricando un robot diminuto que sirve para pasar las páginas del libro cuando estás leyendo.

Yo lo debí de mirar con cara de alelada porque se puso colorado como un tomate y me dijo, como si se disculpara por lo dicho:

-Bueno…, es que me gusta inventar cosas…

¡Lo que faltaba! –pensé yo-, Antoñito, hijo único y además cerebrito, si es que Raúl tenía razón. Pero como la buena educación no me permitía decir todo lo que estaba pensando, intenté sonreír y respondí:

-¡Qué bieeeen…!- pero ya no supe como continuar, sólo vi como su nuez de Adán, que por cierto era muy abultada, subía y bajaba mientras tragaba la saliva. Comprendí que se había dado cuenta de que había hecho un poco el “ridi”. ¡Vaya memo! Inventor de robots, cuándo se lo dijera a Raúl, anda que no se iba a reír. Pero cuando esto sucedió, me quedé sorprendida al ver como, tanto mis hermanos como mis padres que estaban presentes se quedaron sorprendidos.

-¡Caramba! ¡Qué chico más listo!- dijo mi padre, cosa que a mí me sentó un poco mal y a Miguel, no digamos. Se puso verde de envidia, él que era el preferido de papá y al que le gustaba presumir de ser el primero de la clase, resulta que iba a competir en sabiduría con el niñato de al lado.
La cosa se quedó así pero yo pude ver que aquella noticia no había caído bien entre mis hermanos y, no sé por qué pero me dio un poco de tristeza.

































3

Mis padres tenían unos amigos con quienes acostumbrábamos a reunirnos para hacer viajes cortos a la Sierra o por los alrededores de Madrid durante los fines de semana. Eran un matrimonio con los que mis padres habían estudiado en la misma Universidad de Alcalá de Henares y con quienes habían conservado la amistad. Este matrimonio tenía tres hijos más pequeños que nosotros, Suso de 10 años, Marcial de 9 y Julito de 7. A nosotros nos caían unas veces bien y otras no, depende de cómo tuvieran el día, tanto Miguel como Bruno, se sentían demasiado mayores para jugar con ellos y Raúl también empezaba a sentir la diferencia de edad, por lo tanto, la que más se acercaba a ellos era yo pero, como era niña para mi suerte, no coincidíamos demasiado en los juegos. Lo que más se compartía eran las competiciones de juegos en salas recreativas donde hubiera futbolines o máquinas en las que todos colaborábamos pero casi siempre acabábamos peleando porque los tres hermanitos eran de lo más tozudo y muy malos perdedores. Con esta familia también vivía la abuela, en el caso de ellos era la madre de la madre, no como en el nuestro en el que nuestra abuela era la madre de mi padre. La señora Natalia, tan anciana como mi abuela Ana, era, sin embargo, la antítesis de ella. Meticona, chillona, regañona y siempre protestaba por todo, pero a mi abuela le caía bien, -aunque no se si esto era cierto-, porque era de su misma edad y así tenía con quien cambiar ideas para hablar de los tiempos pasados que es de lo que más les gusta hablar a las abuelas.
Aquel fin de semana, como ya comenzaba el otoño, a mi padre se le ocurrió la idea de hacer un viajecito por la Sierra para buscar setas y cuando lo comentó con mi madre, les oí decir que podían invitar también a nuestros vecinos y para colmo la embajadora de la noticia era yo.

-Sonse, cariño-dijo mi madre- vete a casa de la señora Madrazo (así se apellidaban los vecinos) y dile… Buenoooo, no. Creo que es mejor que vaya yo.

¡Ufff! ¡De buena me había librado! ¡Ojala le dijeran que no podían venir!. Y acerté pero… sólo en parte porque cuando mi madre, al rato, volvió después de hablar con la vecina, dijo:

-Los padres no vienen, pero me han dicho que Antoñito sí. Así os hará compañía.

A Miguel y a Raúl se les puso la cara verde, a Bruno no tanto, más bien se rió por lo bajini y a mí me dio un vuelco el corazón. ¡Madre mía, todo el día con el tostón de Antoñito! Y seguro que mis hermanos se escaqueaban y me dejaban a mí con el marrón, ¡si es que vaya suerte! Intentaría endosárselo a los pequeñajos de los hermanos Gutiérrez que eran los amigos de mis padres y yo camparía a mis anchas. Ya me inventaría algo. Pero ¡ya, ya! ¡Eso creía yo!




















4

Al final decidimos irnos el sábado en lugar del domingo. Los Gutiérrez nos vinieron a buscar a las 8 de la mañana. Mi abuela era la que estaba más contenta porque podría cambiar conversación con la señora Natalia y explicarse sus batallitas de cuando eran jóvenes y “locas” como ellas decían y luego se partían de risa. Antoñito se presentó repeinado como siempre, esta vez con una chupilla vaquera y debajo ¡cómo no!, un jersey muy gordo de cuello vuelto de lana verde, apenas dijo buenos días y se colgó una mochilita al hombro.

-¿No se te habrá ocurrido traer comida, Antoñito?- dijo mi madre.

-Pues… creo que sí… mi madre me ha hecho un bocadillo…

-¡Oh, no es necesario!- dijo mi madre y antes de que terminara la frase, mi padre la finalizó.

-Comeremos por ahí, no te preocupes…pero lleva el bocata si quieres…

-¡Sí, lleva el bocata!- dijo Raúl –ya nos lo zamparemos por el camino, no te preocupes…

Entonces fue cuando vi al vecinito sonreír más abiertamente. ¡Caramba! ¡tenía una sonrisa fascinante, si se le veía hasta guapo! Así que todos, tan contentos, nos acomodamos en los coches. Las dos abuelas se fueron juntas en el monovolumen de los Gutiérrez y nosotros en el nuestro dispuestos a pasarlo lo mejor posible.
Las diferencias comenzaron cuando decidimos el lugar a donde ir. Mi padre decía que hacia Valdemaqueda, que por allí había mucho bosque donde se encontraban montones de níscalos y los Gutiérrez, primero dijeron que a Peguerinos y luego se conformaron con Cercedilla. Al final lo echaron a suertes y ganó Cercedilla y hacia allá nos fuimos.
El viaje fue como siempre, pesado hasta que salimos de Madrid y bonito cuando ya llegamos a Cercedilla. Aparcamos los coches en el camino donde estaba permitido y comenzamos a caminar. A mí me gustaba mucho pasear por el campo, el silencio del bosque, el murmullo de los riachuelos, el susurro de las hojas de los árboles movidas por el viento. Me aislé de todos y, tranquilamente subía en silencio mientras los pequeñajos Gutiérrez enredaban, corrían, subían por los terraplenes del bosque, jugaban y se peleaban. Mis hermanos y Antoñito iban todos juntos. Unas veces les oía reír, otras caminaban en silencio y en uno de los momentos oí que Antoñito me decía:

-Sonse ¿quieres un trozo de bocata? Es de tortilla de patata…-dijo mostrándome un gran bocadillo.

-No, gracias, lo que tengo es sed. Cuando lleguemos a la fuente beberé un buen trago.

-Llevo una cantimplora… ¿quieres?

-Bueno… sí, agua sí.

Mientras bebía me di cuenta de que Antoñito no me quitaba los ojos de encima cosa que m azaró bastante y entonces fue cuando me fijé que tenía los ojos verdes, le hacían juego con el jersey.
En esto estábamos; mis padres y el matrimonio amigo charlando amigablemente mientras caminaban, las abuelas las últimas, andando despacio cogidas del brazo al mismo tiempo que parloteaban de sus cosas y los pequeñajos Gutiérrez, desaparecidos, pero oíamos sus gritos entre los árboles. De pronto, el mugido de una vaca nos hizo mirar hacia el terraplén por donde se subía al bosque y vimos tres vacas enormes y a los pequeñajos que corrían asustados hacia la carretera.

-¡Socorro, socorro, que nos atacan! – gritaban saltando entre los matojos para apartarse de las vacas. Nosotros los mirábamos sorprendidos y antes de llegar al camino los vimos rodar por la pendiente hechos un barullo unos encima de otros. No pudimos evitar la risa. ¡Menudo coscorrón se dieron contra el suelo! La madre se puso a gritar:

-¡Mis hijos…, que se mataaaan….!

El padre asustado, corrió hacia ellos, mi madre con los ojos muy abiertos aguantando la risa y mi padre decía:

-¡Pero si son vacas, que no son toros! Que no atacan.

Bueno, bueno. Acabamos todos riendo menos, los Gutiérrez, claro, que se pegaron un susto de campeonato. Al final se quedó en unos cuantos arañazos y un buen chichón en la cabeza de Julito cuando se dio de morros en la carretera. A partir de aquel momento, no se apartaron de nuestro lado y se calmaron un poco lo que nos dio algo de tranquilidad.

Como no encontrábamos níscalos ni setas de ninguna clase por más que buscamos, decidimos retroceder, coger los coches y subir a Navacerrada, desde allí enfilamos la carretera que nos llevaba a Rascafría donde llegamos a la hora de comer.
Rascafría es un pueblo muy bonito de la Sierra Norte de Madrid muy visitado por nosotros desde siempre, incluso había habido algún verano cuando éramos pequeños, en el que mis padres alquilaron allí una casita para pasar el verano, por lo tanto, no nos era desconocido, sin embargo, para Antoñito era toda una novedad. Casi se puede decir que en honor a él, o eso me pareció a mí, comimos en uno de los muchos y buenos Restaurantes que allí abundan y ya que no habíamos conseguido ningún níscalo, pedimos que nos sirvieran unas setas de cardo, boletus y lomo de jabalí que comimos con mucho gusto y apetito.
Luego visitamos el área recreativa de Las Presillas, aunque no pudimos bañarnos en sus piscinas por el tiempo frío que hacía, el Monasterio de Santa María de El Paular y algo del Arboreto Ginés de los Ríos. Me sorprendió ver como, Antoñito, en cuanto comenzamos la visita, sacó de su mochila un bloc y un boli y comenzó a tomar notas con un interés y una seriedad asombrosa. ¿Teníamos como vecino y amigo a un empollón? Me pregunté.

















5

Poco a poco y casi sin darnos cuenta, comenzó a oscurecer; estábamos ya casi con el invierno encima y se hacía de noche a partir de la seis de la tarde y aunque el día había sido muy distraído, llegaba el momento de retornar a casa.
Una niebla humeante se levantaba desde el bosque y llegaba hasta nosotros envolviendo todo en un ambiente misterioso. Oímos unas palmadas de mi padre y su voz potente que decía:

-¡Genteeee…! Todos a los coches que comienza a anochecer, hay que regresar.

Me acerqué a mis hermanos y cuando caminábamos en busca de nuestros vehículos, me percaté de que Antoñito no estaba entre nosotros.

-¿Y Antoñito…?- pregunté mientras lo buscaba con la mirada.

--No tengo ni idea- dijo Bruno – estará por ahí mirando algo.

-Pues poco se ve ya- respondió Miguel

-Estará tomando apuntes de cómo llega la niebla- dijo Raúl con retintín.

A mí aquellas respuestas algo irónicas, no me gustaron demasiado y al mismo tiempo que fui consciente de este sentimiento, me disgusté conmigo misma ¿sería posible que le estuviera cogiendo simpatía a nuestro vecinito Antoñito “el calabacín”?
Cuando llegamos al aparcamiento y comenzamos a repartirnos para ocupar los coches fue cuando comenzamos a inquietarnos. Antoñito no estaba entre nosotros.

-¿Dónde está Antoñito?- dijo mi madre.

-No sabemos- respondió Bruno- ¿No anda por ahí?- y con las manos haciendo bocina, gritó:-¡Antoñiiiitooooo!- pero Antoñito no apareció.

Comenzamos a buscarlo por los alrededores gritando su nombre sin resultado y a partir de aquel momento fue cuando la inquietud se apoderó de todos nosotros. Habíamos perdido a nuestro vecino. Mejor dicho: Nuestro vecino se había perdido ¿Dónde estaba? Esta fue la pregunta que apareció en boca de todos.
Pronto me di cuenta de la seria preocupación que se reflejaba en el rostro de mis padres.

-Volvamos al pueblo- dijo mi padre ya con mucha seriedad -la noche se echa encima y si se ha perdido va a ser difícil encontrarlo. Cada minuto es importante.

-¡Ay, Bruno… no digas eso…!- oí que respondía mi madre muy preocupada.

En el pueblo preguntamos en el Restaurante donde habíamos comido por si lo habían visto por allí, pero nadie supo darnos razón de él. Buscamos por las calles, por los lugares recorridos que volvimos a visitar pero no encontramos ni rastro de él. Casi no teníamos luz diurna, la niebla se espesaba y tuvimos que plantearnos la situación con seriedad. Mi padre nos reunió a todos:

-Vamos a tener que hacer uso de las autoridades. Definitivamente Antoñito se ha perdido y hay que buscarlo. Por lo tanto- nos dijo: -Vamos al Cuartelillo de la Guardia Civil a pedir ayuda.

Algunos vecinos del pueblo, al enterarse de la situación por nuestras preguntas, se unieron a nosotros en la búsqueda y nos acompañaron hasta el Cuartelillo de la Guardia Civil.
Cogimos las linternas que teníamos en los coches y dejamos esperando en el Restaurante a las dos abuelas y a los tres hermanos Guiérrez por ser los más pequeños; ese sería nuestro punto de reunión y empezó la búsqueda. En un principio, a mí también quisieron dejarme esperando en el Restaurante pero me negué rotundamente y me uní a todos en el rastreo de la zona.

-Seguro que se ha adentrado en el bosque y no ha encontrado el camino de vuelta. Dijo uno de los guardias civiles. Nos repartiremos. Unos que vayan por la margen derecha de la carretera y otros por la izquierda.

Yo me fui con mi padre, Raúl y Miguel por la izquierda, por donde estaba el Arboreto y mi madre acompañada de Bruno y los Gutiérrez por la derecha.

-¡¡¡Antoñitoooo!!!- gritábamos de vez en cuando, pero no había ninguna respuesta.

No sabíamos por donde andábamos, seguíamos a los guardias civiles y a la gente del pueblo que se nos había unido, abiertos en abanico para extendernos por la superficie buscada, pero no encontrábamos nada. La espesura del bosque cada vez se incrementaba y pisábamos helechos, raíces y piedras. El lugar sólo iluminado por las linternas parecía fantasmal y yo tenía buen cuidado de no separarme del lado de mi padre. En un momento determinado, nos encontramos en un claro, una pequeña llanura cubierta de hojas secas y rodeada de árboles.

-Estamos en el castañar- oí decir a uno de los lugareños.

De pronto, tropecé con lo que pensé era la gran raíz de un árbol cubierto de hojas secas y caí de bruces.

-¡¡Ayyy!!- grité asustada. Aquello era blando y lo primero que pensé fue en un animal muerto. Luego, alguien iluminó el lugar con una linterna y pudimos ver debajo del montón de hojas, unas botas marrones enfundadas en unos pies.

Las hojas comenzaron a moverse y fue apareciendo entre ellas la cara adormilada de Antoñito.

-¿Qué pasa…? Me he dormido…

-¡Está aquí, está aquí!- comenzamos todos a gritar -¡lo hemos encontrado! ¡Avisar a los demás!

Mi padre se acercó a él, le pegó un abrazó de oso y le dijo con una preocupación en la voz que sólo le había oído cuando alguno de nosotros estaba enfermo:

-¡Joder, Antoñito…! ¿Estás bien? ¡Vaya susto que nos has dado!

-Síii…síii. – dijo medio adormilado y con la cabeza todavía cubierta de hojas secas de castaño que le daban un aspecto de bufón.

Cuando nos reunimos todos, otra vez en el pueblo, mi madre al verlo, no pudo evitar echarse a llorar al mismo tiempo que lo abrazaba.

-¡Ay, Antoñitooo… hijo…., qué susto nos has dado!



-¡Lo siento… lo siento…!- repetía él sin saber que otra cosa decir y entonces me fijé en la bolsa de plástico que llevaba en la mano.

-¿Qué llevas en esa bolsa, de dónde la has sacado?- le pregunté mientras mis hermanos y yo le rodeábamos.

-¡Ah, la bolsa…! Verás… es que yo acostumbro a marearme cuando viajo en coche y siempre llevo en el bolsillo del pantalón alguna bolsa de plástico… por si acaso echo la pota…

-¿Y qué llevas dentro…? ¡No será… la pota!!!- dijo Raúl con cara de asco.

-¡Noooo…! Mira… - y abriendo la bolsa nos lo enseñó – son castañas. Cuando me cercioré de que me había perdido, lo primero que pensé fue en buscar algo de alimento y el suelo estaba lleno de castañas así que las recogí y luego al ver que se hacía de noche y comenzaba a hacer frío, pensé en guarecerme de alguna manera. Como no tenía visibilidad, no podía arriesgarme a buscar un escondrijo, no fuera a caerme por algún barranco y como el suelo estaba cubierto de hojas secas, las amontoné al pie del castaño y me cubrí con ellas. Luego me debí de quedar dormido… hasta ahora…- y dirigiéndose a mi padre le dijo: -Siento mucho señor Bruno haberles causado tantas molestias….

-Nada…., no te preocupes- dijo agarrándolo por la nuca cariñosamente- gracias a Dios, todo ha terminado bien- y dirigiéndose a todos en general, levantó la voz para que le oyeran: -¡Agradezco a todos su colaboración y pueden tomar lo que quieran que está pagado!

Mientras mi padre se despedía de la Guardia Civil, la gente se acercó a la barra del Bar y comenzaron a pedir una bebida. Las abuelas lloraban a moco tendido comentando:

-Ha sido Santa Gema, de verdad Ana –decía la abuela Natalia a la mía mientras se secaba la nariz –yo le tengo mucha devoción a esta Santa, la semana que viene te vienes conmigo y le ponemos una vela.

-Si, sí- respondía mi abuela mientras se sorbía los moquitos y se limpiaba los ojos – ¡si es que estos chicos…! ¡Ay… no gana una para disgustos y preocupaciones…, y menos mal que lo han encontrado… si no… ¡ya me dirás cómo se lo decíamos a sus padres….¡ ¡Por Dioos, por Diooos, qué responsabilidad y qué disgusto…madreeeee… madre…!

Cuando ya nos subimos en los coches era noche cerrada y nos dirigimos de vuelta a casa, despacito, eso sí, que las curvas de la sierra eran peligrosas y por aquel día ya había habido suficientes aventuras.
Sin saber por qué, cuando estábamos todos en el coche, nos entró la risa, y no paramos de echar carcajadas y comentar lo sucedido hasta llegar a casa.
¡Menuda aventura habíamos corrido!
























6

No hay que decir que los sucesos de aquel sábado fueron la comidilla de toda la semana y, curiosamente, aquella anécdota que finalizó bien, por suerte, nos unió más a nuestro vecino. Antoñito pasaba más a menudo a nuestra casa, era más abierto, se comunicaba con nosotros con más soltura, no era tan tímido y a todos nosotros comenzó a caernos mejor, de hecho, la mayoría de los fines de semana, nos reuníamos y charlábamos de un montón de cosas, sin embargo, nos dimos cuenta de que algo serio le preocupaba al chico que ya podíamos considerar como amigo. De vez en cuando, se quedaba silencioso y una mirada triste se reflejaba en sus ojos ¿qué le pasaba?
Todos nosotros nos fijamos en esa particularidad y un día, lo comentamos:

-A Antoñito le pasa algo..- dijo Bruno que fue quien abrió la conversación cuando estábamos sentados a la mesa cenando.

-¿Por qué decís eso?- preguntó nuestra madre.

-Sí, es verdad- dije yo –de vez en cuando se queda muy serio y muy triste…

-Quizás no se lleve bien con sus padres…-dijo Miguel pensativo –eso de ser hijo único… no sé, debe de tener a los padres muy encima…siempre a la expectativa de todo lo que haces..¡bufff!

-No, si tú…, menos mal que tienes más hermanos…-respondió mi padre medio en broma –si no ya habíamos tenido que llevarte al psicólogo con el síndrome de hijo único.

-Los chicos más listos son los que forman parte de una familia numerosa, eso es verdad –comentó la abuela –no tienen más remedio que espabilarse…

Nos quedamos pensativos y la conversación cambió hacia otros temas pero a mí me preocupaba esa tristeza ocasional de Antoñito, algo oculto que no comunicaba a nadie, le angustiaba y yo tenía que descubrirlo.
Pero no fui yo quien lo descubrió, fue Miguel, que como sabía iba a asistir a su clase una vez comenzara el semestre del próximo año, afianzó su amistad con él. Y así, un día, a la hora de comer, cuando surgían, como siempre, nuestras conversaciones familiares, Miguel lo soltó.

-Antoñito me ha comentado que cree tiene algo raro…

-¡Quéee…!! – dijimos todos casi al mismo tiempo.

-¿Algo raro?- dijo mi padre extrañado –explica, explica…

-No sé, no me ha dado muchas explicaciones…, me ha parecido que no le gusta hablar de ello… pero ha dado a entender que en su familia todos creen tiene algún problema para comprender las cosas, para estudiar… etc.

-La madre me ha dicho algo parecido- comentó mi madre -pero no me dio muchos detalles y me ha parecido poco discreto preguntar…, pero algo hay, sí…

-Pues a mi me parece un chico muy inteligente –dije yo –lo que pasa es que es tímido.

-Yo estoy de acuerdo con Sonse –dijo mi padre –es un chico tímido pero nada más.

-A ese chico lo que le faltan son hermanos…- dijo mi abuela que estaba con la monserga de que las familias numerosas eran las mejores.

-Ya me enteraré, ya… -dijo Miguel –está cogiendo confianza conmigo. Yo lo considero un chico muy estudioso y me parece también bastante inteligente…

Y así quedó todo por el momento. Nuestro vecino Antoñito, había entrado en la familia presentando un problema que estábamos empeñados en resolver.



















7

Llegó el tiempo de Navidad. Un tiempo muy agradable para mí. Me gustaba el ambiente, la gente parecía o intentaba ser más amable, las luces de las calles, los adornos, las tiendas con sus variación de alimentos que inducían a comprarlo y… las vacaciones escolares entre las que se encontraba el día de Reyes, el día de los regalos por excelencia.
Sin embargo, aquel año, las fiestas navideñas fueron un poco decepcionantes. Todos teníamos pensado invitar a nuestros vecinos, Antoñito y sus padres, a cenar y comer con nosotros en las fechas señaladas, pero unos días antes, vinieron a despedirse y a felicitarnos las fiestas. Ellos se trasladaban a Valladolid donde tenían unos parientes con quienes iban a reunirse para pasar aquellos días.
Era sábado y se marchaban aquella misma tarde. Mis padres les invitaron a una copa y, como no, comieron algo de turrón y Antoñito nos miró con una cara que, a mi me pareció, estaba esforzándose por no echarse a llorar. Total, que se fueron y nos quedamos solos, y solos pasamos todos los días navideños que, sinceramente, aquel año, fueron un poco aburridos.
Pero el día después de Reyes llegó más rápido de lo esperado, también llegaron nuestros vecinos y aquello fue lo más agradable de las fiestas porque tanto ellos como nosotros, intercambiamos regalos. Ellos nos trajeron cosas de Valladolid; un echarpe para mi madre, un monedero de cuero para mi padre y Antoñito nos hizo a cada uno de nosotros un presente. Bolígrafos, muy bonitos, para mis hermanos y a mi… ¡un Diario con candado y todo!

-Para que escribas tus secretos – me dijo. A mí me dio una gran alegría porque además tenía unas tapas muy bonitas adornadas con flores secas que me gustaron mucho y así se lo dije.

-¡Jo…, qué bonito, Antoñito…, cómo me gusta…! ¡Muchas gracias!

-Lo he hecho yo mismo – me dijo y entonces, en un impulso que me llegó de pronto, me empiné sobre las puntas de los pies y le di un besazo que lo puso más colorado que el besugo de Navidad.

Y llegó la vuelta a clase. Antoñito se incorporó al Instituto y esa fue la manera por la cual descubrimos sus problemas.
Un día, después de las clases, al llegar a casa, Miguel dijo:

-Antoñito es un supersabio, lo sabe todo…

-¿Cómo que lo sabe todo…? –preguntó mi padre.

Mi madre se paró a escuchar mientras secaba un plato en la cocina y todos nos acercamos para escuchar.

-Pues resulta que dice que se aburre en las clases porque ya sabe todo lo que explica el profesor y que se le quitan las ganas de estudiar porque no aprende nada… ¡¡¡Y es verdad¡¡¡ Cualquier cosa ya la sabe, de ciencias, de matemáticas, de física…. ¡le encanta la botánica! Por eso se perdió el día que fuimos a Rascafría, ¡jajajaja!- dijo riéndose –comenzó a buscar árboles y se le echó la noche encima… ¡Que os digo que es un supersabio!

-Ese chico es un superdotado –dijo mi padre pensativo –por eso dicen que es raro, necesita un aprendizaje especial, ir a una Escuela especializada para personas con sus dotes…

-¡Ahí va!- dije yo -¡menuda sorpresa!

-¿Será posible? –comentó Raúl -¡si ya digo yoooo…! Y yo creía que era tonto… ¡Ostras…! ¡Qué patinazo…!

-¡Jajaja! –soltó Bruno riéndose – Antoñito nos da a todos sopas con onda. ¡Esta si que es buena!

-Voy a hablar con sus padres –dijo mi madre- si no a este chico lo pueden estropear…

-Voy contigo… - se apuntó mi padre.

Y dicho y hecho. Estuvieron más de dos horas en casa de Antoñito y cuando volvieron, se les veía felices.
-¡Qué! –preguntó Bruno -explicarnos, venga, qué os han dicho.

-Pues nada –explicó mi padre – les hemos dicho nuestro parecer y nos han escuchado con mucha atención, tanto los padres como Antoñito. Luego hemos buscado por Internet las Asociaciones que hay en Madrid para superdotados y van a ponerse en contacto para averiguar si Antoñito posee las características de un superdotado y puede acceder a la Escuelas Especiales –nos dijo mi padre.

-¡Vayaaaa…! exclamamos todos asombrados.

-¡Jo… qué suerte…!- dijo Miguel con algo de pelusa.

-Buenooo…, -dijo mi madre -¡qué quieres que te diga…! Yo prefiero un niño normal, inteligente y estudioso, pero normalito. Esto de ser supersabio… tiene que ser muy farragoso.

-A cada cual le toca lo -suyo dijo mi padre –si el chico tiene esas cualidades, lo importante es que las aproveche y sepan valorarlas.

-Mira tú por donde, tenemos un amigo supersabio –dije yo haciéndome la interesante.

-Pues a ver si se os pega algo –dijeron mis padres a la vez. Luego se rieron y nos dieron un abrazo y un beso. –Os queremos como sois –repitieron ambos.

Y esta fue la manera en la que perdimos de vista a nuestro nuevo vecino Antoñito, al que dejé de llamar “el calabacín” porque dejó de parecer esa verdura. Cuando comenzó sus clases especiales, creció, se enderezó, perdió la timidez, se volvió muy comunicativo y, cuando venía a vernos, nos explicaba como se desarrollaban sus clases, las nuevas amistades que hacía, el trato con sus compañeros y todos sus adelantos.
Aquel vecino que nos pareció tan memo en un principio, acabó siendo el más íntimo y el mejor de nuestros amigos. Todos sabíamos que se le presentaba un futuro muy halagüeño. ¡Y lo que fardábamos todos cuando decíamos que teníamos un amigo superdotado… anda qué…!

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