domingo, 19 de septiembre de 2010

SONSOLES Y SUS COLEGUILLAS - "AVENTURA EN MIRAFLORES"


SONSE Y SUS COLEGUILLAS

AVENTURAS EN MIRAFLORES


Ya os he dicho que a mi padre le gustaba mucho visitar la Sierra madrileña. Cada fin de semana acostumbrábamos a visitar un lugar u otro y, en ocasiones, cuando llegaban algunos días de vacaciones o “puentes”, nos alojábamos en un Hotel o alquilábamos una casita en alguno de los pueblos serranos desde donde organizábamos cortas excursiones.
Disfrutábamos de los días vacacionales de Semana Santa y aquel año, mis padres decidieron instalarse en casa de una tía nuestra, la hermana mayor de mi madre, en Miraflores de la Sierra donde ella vivía con su marido en un chalet bastante grande en aquel pintoresco pueblo.
La historia de mi tía Águeda era bastante triste. Le llevaba a mi madre una diferencia de quince años, (cuando hablaban de este detalle mi madre siempre decía que ella había llegado a este mundo por sorpresa) y había tenido un hijo varón muerto en un accidente de coche a la edad de diecisiete años. Este trágico suceso, afectó mucho a mis tíos que encerraron sus vidas en aquel chalet de la Sierra de donde apenas si salían. Por esta causa, nuestras visitas eran muy agradecidas por ellos que, también hay que decir, nos querían mucho a todos nosotros.
Miraflores estaba al pie de la montaña llamada “La Najarra” de más de 2.000 metros de altitud muy cerca del Puerto de la Morcuera, lugar muy visitado por nosotros y al que mi padre era muy aficionado. Era un pueblo precioso y cuando se llegaba a él por carretera siempre parábamos en un lugar donde se encontraba la gruta de Nuestra Señora de Begoña, un sitio en donde yo, incluso, que no era muy dada a los rezos, no podía evitar recogerme en alguna oración aunque fuera corta y después observar el entorno entre rocas y monte. Mi madre no permitía nunca pasar de largo por este lugar, la parada era obligatoria.
Parece ser que el pueblo, en su origen se llamó Porquerizas pero una reina, creo que fue Isabel de Borbón, le cambió el nombre por Miraflores. Pero la historia que voy a contar no tiene nada que ver con todo esto y sí mucho con los turistas que acostumbrábamos a pasar allí nuestros días de asueto.
En Miraflores nos reuníamos un grupo de chavales que ya nos conocíamos de otros años y era muy agradable encontrarlos a todos y aquellos días volvimos a encontrarnos.
Muy cerca de nosotros, se alojaba en la casa de su abuela, una niña de mi edad llamada María Elisa a la que todos llamábamos Mariele y mis hermanos la habían apodado la niña “plus” porque era una niña de lo más vanidoso. Siempre quería ser más que nadie, ella tenía siempre “más” de todo, de ahí el mote. Era, rubia, guapa, (la “más” cómo no) y como he dicho muy vanidosa, pero también amiga de todos.

Aquel año nos encontramos con una nueva inquilina que se alojaba en una de los chalets por alquilar. Se llamaba Mirta y no era una niña. Mujer alta, muy espigada, con el cabello rubio canoso, pronto supimos venía de Argentina y a nosotros nos gustaba escuchar su habla cantarina, el seseo particular de su país y aquella inusual para nosotros, falta del uso de la segunda persona del verbo cuando conversaba. Pero lo más característico de ella fue algo de lo que nos enteramos por terceras personas. Se rumoreaba que la señora argentina, era una brujita, no malvada sino solamente una misteriosa brujita. La cuestión era que nadie sabía explicar de manera satisfactoria, esta afirmación que corría por el pueblo. Unos decían que había evitado que un niño fuera atropellado por un coche sólo con levantar una mano, otros que todos los animales eran sus amigos, otros que fabricaba pócimas para curar o resolver problemas, etc. Pero lo que sí, parecía cierto, era que leía las cartas del Tarot, sin embargo, nadie podía atestiguarlo porque a nadie conocido por nosotros, se las había leído.












2

La casa de Mirta, se encontraba en las afueras del pueblo, muy cerca de donde comenzaba el ascenso a la montaña por lo que, una de sus fachadas, quedaba algo escondida, mirando hacia el monte.
Una tarde, nos encontrábamos reunidos, todos los amigos; mis tres hermanos, Mariele, Susana y sus dos hermanos y un chico nuevo que se llamaba Eduardo de mi edad aproximadamente y que había venido a visitar a unos parientes desde un pueblo de Extremadura.
Estábamos un poco aburridos de juegos y mientras charlábamos sentados junto al tronco de un árbol, vimos pasar a Mirta, la brujita que parecía iba de compras.

-¿Por qué no exploramos en su casa a ver qué tiene? – dijo mi hermano Raúl que siempre era muy arriesgado.

Nos miramos los unos a los otros sin saber qué decir pero en nuestros ojos y en nuestro ánimo se despertó la curiosidad.

-A lo mejor encontramos venenos y pócimas, cuervos y gatos negros y el puchero sobre la lumbre…- dijo Miguel imitando una voz cavernosa.

-¡jajaja!- reímos todos.

-O la escoba voladora detrás de la puerta…- dijo Susana.

-¡Venga…! ¡Tú has leído demasiado Harry Potter!¡Alohomora…! –Dijo Miguel imitando a Harry Potter usando su varita mágica.

Todos reímos la ocurrencia y por un momento comenzamos a imitar a los personajes del libro de J.K. Rowlig. Naturalmente, mi hermano Raúl se adjudicó el del pelirrojo Ron que era a quien más se parecía físicamente y las tres chicas, Mariele, Susana y yo, nos afanamos por ser la famosa Hermione Granger.

-Sería una buena aventura investigar…-dijo mi hermano Bruno-con sonrisa un poco diabólica –pero tiene que ser un secreto porque si se enteran nuestros padres… tenemos la bronca organizada… nadie nos quita el castigo y me temo que íbamos a pasar el resto de las vacaciones estudiando.

Nos miramos unos a otros, la curiosidad y la expectativa de aventuras pudo más que nuestro sentido común, y juntos nos dirigimos hacia la casa de la señora argentina.
Las ventanas no se veían cerradas, solamente las más bajas que estaban protegidas por una reja pero al piso alto, era fácil subir si nos encaramábamos apoyándonos en las verjas de las ventanas.
Como siempre, los mayores eran los que dirigían el cotarro y aceptamos las órdenes de ellos.

-Primero subo yo-dijo Bruno –y miro a ver si hay peligro. Si está despejado el camino, salgo a la ventana y sube Miguel, después las chicas y los últimos, Raúl y Eduardo. Pero sobre todo, en silencio y con mucho cuidado…, no sabemos si hay alguien en la casa o… lo que hay… ¡vete a saber! No nos vayamos a encontrar con una sorpresa.

A Bruno no le resultó difícil encaramarse y en un plis-plas, lo vimos introducirse por la ventana. Unos segundos más tarde, que por cierto, a nosotros nos parecieron interminables, se asomó por la ventana e hizo señas para que subiéramos.
En dos zancadas, Miguel estuvo en el interior y tras él comenzamos a subir las chicas. Cómo no, Mariele fue la primera porque además andaba un poco tonta detrás de Miguel del que decía era un chico “super guay” pero, Mariele, además de presumida y niña “plus”, era patosa y nos costó lo nuestro ayudarla a subir hasta la ventana. Se resbalaba sobre los barrotes de la verja y al final Raúl se encaramó y sujetándola… por donde pudo…, consiguió que llegara hasta la ventana del piso alto, allí, Miguel y Bruno la cogieron y la metieron dentro, a mi me pareció que ella se agarraba demasiado a Miguel pero el momento no era para fijarse en esos detalles así que me olvidé. Luego subió Susana y después yo sin ningún problema y poco después ya estábamos todos dentro.
Nos quedamos parados observando. Era una habitación muy bonita, un dormitorio. Con una cama cubierta por un edredón a cuadros blancos y azules (hay que tener en cuenta que en la Sierra, las noches eran fresquitas) y una cómoda donde, encima de ella, se veía un espejo grande, dos mesitas de noche una a cada lado de la cama y en un extremo junto a un armario ropero, había una estantería con libros, una pequeña butaca y una lámpara de pie.
Olía muy bien, una mezcla de colonia y otro perfume más denso que no conocíamos. Encima de una de las mesitas pudimos ver un marco con una foto de Mirta la argentina acompañada de un hombre y un niños de unos seis o siete años, muy sonrientes. Abrimos la puerta con mucho cuidado, y aparecimos en un pasillo no muy largo, alfombrado, con una ventana al fondo y debajo, en una esquina, una planta de interior, adornaba el rincón y justo al lado de la habitación, una puerta que se encontraba entreabierta, descubría un baño completo, muy limpio y que olía muy bien, a jabón y a colonia.
Bajamos lo más silenciosamente posible las escaleras, también alfombradas, que nos llevaban al piso bajo, donde también estaba la cocina, separada por una mampara, mitad madera, mitad cristal o plástico, de eso no estuve muy segura.
El salón disponía de una mesa rectangular cerca de la ventana que daba a la entrada principal de la casa desde donde se veía la calle, por lo que tuvimos buen cuidado de no acercarnos demasiado, había muchas estanterías con cantidad de libros, miniaturas de todo tipo y fotos. La del hombre y el niño que la acompañaban en la de la mesita de su dormitorio, se repetía en diferentes poses y lugares, o eso me pareció.

-¿Quiénes serán los de esa foto?- pregunté yo curiosa.

-Serán su marido y su hijo- dijo Eduardo que también las estaba cotilleando.

-Pues ella está sola…- mencionó Mariele.

-Sí- dijo Susana –yo he oído decir a mi madre que es una señora viuda.

-¡Ahí va! Pues es muy joven… -comentó Bruno -¿el niño será su hijo? Pero tampoco lo tiene con ella… ¡qué raro! ¿no?

Yo me acordé entonces de mi tía y de aquel primo que no llegué a conocer muerto en accidente y dije:

-¿Y si se le ha muerto también el hijo…?

-¡Jo, Sonse! – dijo Raúl -¡no seas gafe!

-Pues todo podría ser.

-Aquí no se ve ningún perolo, ni escobas voladoras, ni libros mágicos, ni tarros con sapos, grillos, o renacuajos… Esto de que es una bruja, es un camelo de la gente –dijo Miguel decepcionado – aquí no hay nada especial…

Y entonces le oímos exclamar:

-¡Mira!
Encima de una mesa camilla arrimada a una de las ventanas, sobre un tapete verde, se encontraba un mazo de cartas que nadie se atrevió a tocar.

-Pues que lee las cartas es verdad…

Al lado del mazo, había una caja de varillas de incienso y un pequeño soporte de madera para sujetar las varillas junto con una caja grande de cerillas. Estábamos todos ensimismados buscando algo especial que nos sorprendiera o indicara que Mirta era una bruja auténtica cuando vimos como Raúl que siempre era el más liante, sacaba una varilla de incienso de la caja, encendía el extremo con una de las cerillas y la colocaba en el soporte mientras decía con voz misteriosa:

-¡Abracadabra pata de cabra…!

Comenzábamos a reírnos de su ocurrencia cuando oímos la puerta del jardín. Desde la ventana vimos la figura de la señora argentina que regresaba con una bolsa de la compra en la mano. ¡La desbandada que se organizó! Todos corrimos hacia las escaleras. Mariele se tropezó con la alfombra y se cayó de bruces, yo que ya estaba más arriba, retrocedí para tirar de ella y levantarla, Bruno decía: “…vamos…, vamos…, deprisa…” Los chicos fueron los primeros en llegar a la habitación donde estaba la ventana por donde habíamos subido y Raúl tuvo la deferencia, o tal vez lo hizo por egoísmo, no sé, en venir a por nosotras y empujarnos tan fuerte que casi rodamos todas por el suelo.
Yo no sé cómo salté desde la reja de la ventana a la calle y eché a correr. Al mirar para atrás vi que todos me seguían a la carrera.

-¡Vámonos al monte, vámonos al monte! -gritó Bruno, y cuando llegamos a una roca donde ya comenzaba el ascenso a la montaña, nos dejamos caer jadeantes, en el suelo.


















3

Primero nos dio por reír pero rápidamente la risa cambió en preocupación. ¿Y si nos había visto? ¿Nos iba a denunciar?

-¡Ostraaaaassss…! – dijo Raúl, llevándose las manos a la cabeza - ¡el incienso….!

Todos nos quedamos aterrados, habíamos dejado encendido el incienso encima de la mesa, aunque no nos hubiera visto, sabría que había entrado alguien en la casa. ¿Qué podíamos hacer?
En eso estábamos pensando cuando un grito de Mariele, nos hizo dar a todos un respingo.

-¡¡Estoy herida!! –decía cogiéndose una pierna.

Y no decía mentira ni, por esta vez, exageraba. De la pantorrilla derecha le caía un reguero de sangre que empapaba su calcetín y manchaba la deportiva. ¡Tenía un profundo corte en la pierna!
Bruno se quitó la camiseta y le envolvió con ella la pierna presionando en la herida, pero pronto la camiseta también se empapó de sangre.

-Hay que llevarla a que le cosan la herida –dijo muy preocupado y cogiéndola en brazos comenzó a caminar deprisa hacia el pueblo.

-Pero…¿Cómo se lo ha hecho…? –dijo Susana que estaba más asustada que ella.

-Se lo ha debido de hacer al bajar corriendo por la ventana –dije yo -¡madre mía! ¡la que se nos viene encima! A ver ahora qué hacemos.

Yo sólo pensaba en lo que íbamos a decir cuando nos interrogaran sobre lo sucedido.

-De momento diremos que se ha caído ¿estáis todos de acuerdo?-dijo Bruno-

Todos asentimos pero yo tenía un tembleque que no podía soportar, seguro que mi padre lo adivinaba porque él siempre adivinaba todo, no había quien lo engañara. Y el miedo se acentuó cuando, al entrar en el pueblo, vimos una furgoneta de la Guardia Civil parada frente a la puerta de la casa de Mirta, la argentina.

-¡Ya está! –dije yo -¡nos han pillado!

-¡Calla y no seas cagueta!- respondió mi hermano Miguel y disimula – pasamos de largo como si no los viéramos y así lo hicimos hasta llegar al ambulatorio donde explicamos que Mariele se había caído y así se había hecho la brecha.

Todo parecía que salía bien. A Mariele le pusieron cinco puntos pero estaba más pálida que un muerto y el problema apareció cuado el médico dijo que tenía que avisar a sus padres. Yo temblaba como una hoja. Mariele se chivaba, seguro, -pensé.

-Bruno… - dije a mi hermano mayor tirándole de los pantalones –Mariele se chiva a su padre, ya lo verás…

-Bueno…, ya veremos… -dijo Bruno, pero yo no le veía muy convencido y él también estaba muy pálido y unas gotitas de sudor le llenaban la frente. ¡Dios mío, en qué lío nos habíamos metido!

El padre de Mariele, después de hablar con el médico, se la llevó a casa más enfadado que preocupado mientras nos aniquilaba con una mirada furibunda. Como estábamos todos muy preocupados, decidimos separarnos y cada cual que se fuera a su casa y entonces fue cuando oímos los comentarios de la gente.

-Sí… parece ser que han entrado a robar en casa de la argentina… Ha llamado a la Guardia Civil y están investigando. Dicen que los ladrones han entrado por la ventana trasera de la casa. No saben si se han llevado joyas o dinero…, cualquiera sabe…

-Si es que no se puede vivir tranquilo ¡hay qué ver…!

Nosotros, despacito y como si no supiéramos de qué iba la cosa, nos fuimos cada cual a su casa pero al llegar mis hermanos y yo a la nuestra, nos encontramos con que la Guardia Civil estaba hablando con mi padre. ¡Ya está, lo sabía! Mariele se había chivado a su padre y él se lo había comunicado a la Guardia Civil. Casi me desmayo del susto y pude sentir el miedo de mis tres hermanos aunque sólo oí la voz de Raúl que decía:

-¿Y ahora qué…?

Mi padre nos miró. Yo vi una seriedad inusual en su cara, un gesto que jamás había visto y les dijo a la Guardia Civil:

-Ahí los tienen, hagan lo que tengan que hacer.

¡Nos llevan al calabozo! – pensé. Y sin poder evitarlo me eché a llorar.

-Vamos al cuartelillo jovencitos – dijo el sargento – se les acusa de allanamiento de morada.

Mis hermanos estaban mudos y yo hipaba como un bebé. ¡Qué miedo! ¿Y si nos encarcelaban? ¿Y si nos llevaban a un centro de esos donde encerraban a los delincuentes menores de edad?
Cuando llegamos al cuartelillo ya estaban allí Mariele, sentada con la pierna herida extendida sobre una silla. A su lado, su padre tan estirado que parecía se había tragado un paraguas, Susana y sus dos hermanos, acompañados también de su padre al que se le veía tan asustado como a nosotros y Eduardo, el niño nuevo, con su padre, un señor pueblerino y su madre que no paraba de llorar. Mirta, la señora argentina, se encontraba sentada en una silla frente a la mesa del oficial de la Guardia Civil.

-Bueno, jovencitos, parece ser, según ha confesado María Elisa Fresnedo, que habéis entrado por una ventana y sin permiso de la dueña, en la casa de Doña Mirta Urrutia ¿Tenéis algo qué decir?- espetó el oficial de la Guardia Civil cuando nos tuvo delante.

Mi hermano Bruno abrió la boca y la volvió a cerrar. Creo que no tenía fuerzas para hablar pero, al fin se decidió.

-Si. Pero no lo hicimos con intención de robar ni de hacer nada malo… fue… un juego… una curiosidad.

-¿Un juego…, una curiosidad?- repitió el oficial.

Yo que estaba más asustada que un ratón en una ratonera, no pude callar y entre lágrimas, dije:

-Sólo…¡hip! Entramos para ver si de verdad ella… -dije señalando a Mirta- era una bruja…¡hip! Pero no encontramos nadaaa…, ni pócimas, ni escobas, ni gatos, ni calderos, ni cuervos… ¡hip, hip! Era una casa normal corriente… y escapamos corriendo cuando la vimos llegar… ¡de verdad, sólo pasó eso…!

Yo miré en aquel momento a la señora argentina y cuando se ponía el pañuelo en la boca me pareció que reía pero quizás eso fue una apreciación mía.

-¡Por favor, señora! ¡Perdónenos…! No volveremos a hacerlo!- le dije de la manera más triste y asustada que pude, aunque no tuve que fingir porque el miedo era auténtico.

-¡Faltaría más! –respondió ella mirándome a la cara, pero aunque estaba muy sería, sus ojos azules brillaban alegremente, si hubiera sido una ocasión distinta, habría dicho que la señora se lo estaba pasando la mar de divertido.

Miré a mi padre esperando que él nos apoyara y nos defendiera pero también estaba muy serio con la vista fija en la ventana y sin abrir la boca. En aquel momento, el oficial Guardia Civil, se levantó y les dijo a nuestros progenitores y a Mirta que le acompañaran a otra sala. Nos quedamos solos con dos Guardias Civiles que estaban en la puerta y no pudimos hablar, sólo tuvimos ocasión de cambiar nuestras miradas. Bruno y Miguel, sudaban como si fuera pleno verano auque en aquel despacho no hacía calor, los dos hermanos de Susana y Eduardo, no se movían, como si estuvieran clavados en el suelo y Raúl se mordía los labios y no levantaba la vista de los cordones de sus deportivas.
Después de un rato que a mi me pareció eterno, entraron todos, otra vez en el despacho tan serios como se habían ido, sólo mi padre y Mirta hablaban entre ellos parecía que animadamente pero callaron en cuanto entraron. El oficial volvió a sentarse tras la mesa de despacho, y después de unos momentos de silencio, nos dijo:

-Bueno…, ustedes han cometido un delito de allanamiento de morada y como tal, deben de ser castigados.

A mí aquel tratamiento de ustedes me dio muy mala espina y cuando dijo lo del castigo, volví a echarme a llorar. Yo no quería que me encerrasen en un centro para delincuentes menores de edad y, sin poder evitarlo, miré a mi padre:

-¡Papá…, por favor…! – no sé, pero me pareció que a mi padre se le llenaban los ojos de lágrimas y aquello todavía me asustó más. Después seguí oyendo la voz del Guardia Civil.

-Como todos son menores de edad, no se ha cometido ningún robo ni tampoco ha habido destrozos de ningún tipo en la casa, el castigo será leve… Pasarán unas horas encerrados en los calabozos del cuartelillo.

Y dicho y hecho, los dos Guardias Civiles que estaban en la puerta, nos acompañaron a dos calabozos de puertas enrejadas. En uno encerraron a los chicos y en el otro a Mariele, Susana y a mí. Cuando nos vimos dentro, las tres nos abrazamos y comenzamos a llorar otra vez, más asustadas que unos conejitos perdidos. Por fin, nos fuimos calmando y nos sentamos en un banco que allí había. Al poco rato nos trajeron unos refrescos que bebimos sedientos, teníamos la boca seca de tanto miedo, y después de un tiempo, no puedo calcular cuánto, el oficial nos abrió la puerta y nos llevó a todos, otra vez, al despacho. Allí estaban la señora Mirta y nuestros padres.

-La señora –dijo el oficial señalando a Mirta –les ha perdonado y me ha pedido los deje en libertad, por lo tanto, pueden ustedes marcharse a sus respectivas casas pero… mucho cuidado en volver a infringir las leyes porque sería reincidencia y la cosa pasaría a mayores.

Yo no pude evitarlo, corrí haca mi padre y le abracé como si hiciera años que no le veía. ¡Cómo me gustó sentir el contacto de sus manos que me acariciaban el pelo! Pero pronto se sobrepuso y nos dijo muy serio:

-Todos a casa.






















4

Fuimos en silencio todo el camino y cuando llegamos a casa, mi madre y mis tíos, nos estaban esperando. No dijeron nada, ni media palabra, mi madre nos miró con lágrimas en los ojos y oí que Bruno decía avergonzado y lloroso:

-¡Lo siento…, de verdad! – e inmediatamente se fue a su habitación seguido de Miguel que iba con la cabeza gacha.

Raúl se fue detrás, en silencio pero pude ver como le rodaban las lágrimas por las mejillas que se limpió de un manotazo. Y yo, abracé a mi madre llorando como una Magdalena.
Aquella noche ni mis hermanos ni yo cenamos. La noche la pasé en un duermevela, con pesadillas de brujas, policías y calabozos y a la mañana siguiente, mi padre nos reunió a los cuatro hermanos.

-Bueno…, supongo que esto os habrá servido de lección ¿no?

Ninguno supimos qué responder y él continuó hablando:

-Os considero a todos culpables pero tú, Bruno, y tú, Miguel, que sois lo suficientemente mayores como para exigiros responsabilidad, me habéis decepcionado. Esto no se va a quedar sin castigo y, por el momento, no vais a salir de casa, cogeréis los libros de estudio y vais a clavar los codos mañana y tarde, para vosotros se acabaron las vacaciones.

Así terminaron aquel año nuestras vacaciones de Semana Santa en Miraflores de la Sierra, por suerte para nosotros, el tiempo se puso de nuestra parte y llovió durante el resto de los días que pasamos en el pueblo por lo que no resultó tan desagradable quedarse en casa aunque sí echamos de menos el reunirnos con nuestros coleguillas.
Cuando volvimos a Madrid, y comenzamos otra vez las clases, se nos ocurrió pensar como habíamos podido llegar a hacer algo tan peligroso como lo que hicimos.
No volvimos a hablar de ello, nos sentíamos un poco avergonzados pero, un día, cuando caminábamos hacia el Instituto, a Raúl se le ocurrió preguntar:

-Y vosotros que creéis ¿Mirta era bruja o no…?

Nos miramos y nos echamos a reír.

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