viernes, 8 de octubre de 2010

MARGARET



MARGARET


(CUENTO)

Mi amiga Margaret me recogió con el coche en el aeropuerto de Heathrow después de un viaje de dos horas largas desde Madrid. Adelanté el reloj de pulsera una hora para adaptarme al horario de la isla por lo que el tiempo del lunch inglés estaba casi finalizando motivo por el cual nos refugiamos en un self-service, aparte de para comer, también para guarecernos de la lluvia que me había recibido como si fuera la explosión de las burbujas de una botella de champán recién abierta.

Entre Margaret y yo, no había demasiada intimidad. Me la había presentado una amiga común, de padre inglés y madre española que conocí en Alicante mientras pasaba unas cortas vacaciones recuperándome de un desengaño amoroso reciente, en una pequeña casa que Alfonso, el mayor de mis hermanos, se había comprado en una urbanización cerca de Elche. Fue una mañana soleada como casi todas las del levante español en la que Amalia y yo, nos acercamos a tomar un café en uno de los Restaurantes-Cafetería que abundaban en la urbanización.

Mi hermano había comprado la casa por un aviso de Amalia, conocida por medio de un grupo de amigos de Madrid, la cual tenía una de su propiedad justo al lado de la que estaba en venta y fue quien le puso en contacto con los vendedores, un matrimonio inglés de mediana edad, obligados a volver a Inglaterra a causa de la enfermedad del padre de uno de los cónyuges. Por esta razón de cercanía, Amalia y yo estábamos juntas todas las horas del día, excepto durante la noche en que cada cual dormía en su propio domicilio. Una manera cómoda de residir puesto que las viviendas, bastante pequeñas, sólo disponían de un dormitorio.

Margaret era una muchacha alta, con el pelo rubio rojizo algo ondulado y ojos de un azul desvaído muy claros, que le daban el aspecto de un perro cocker pero muy dulce, simpática y algo tímida en el trato, con quien congenié rápidamente en cuanto me fue presentada. Nos sentamos las tres en la terraza del café, protegida del sol por un techo de lona y pasamos un buen rato charlando en un español muy fluido por parte de ella a quien le gustaba practicar y disfrutaba aprendiendo nuevos vocablos o giros coloquiales desconocidos. Así fue la manera en la que, al finalizar el verano me invitó a pasar unos días –cuantos quisiera, me dijo-, en su casa de Londres.

Dado que mis clases en el Instituto no comenzaban hasta el mes de Octubre, Amalia volvía a sus quehaceres en Madrid y yo con todo el mes de septiembre libre, me quedaba sola en la casa de Alicante, opté por aceptar, sin vacilaciones, la invitación de Margaret y allí estaba, recién llegada al aeropuerto inglés.

Mientras nos acomodábamos en el coche, una vez finalizado el almuerzo, Margaret me explicó el cambio de planes. En lugar de permanecer en Londres, nos trasladábamos hasta una ciudad llamada Olney en el condado de Buckinghamshire al Sureste de Inglaterra donde tenía una casita –dijo- perteneciente a sus ancestros desde tiempos muy antiguos.

-Seguro que te gustará mucho más- me dijo.
La noticia me pareció estupenda, no conocía Olney y siempre tendría un momento libre para viajar a Londres, si lo deseaba, ciudad que, por otra parte, ya había visitado en diferentes ocasiones.

Después de un rato de conducción que no calculé, distraída con la conversación, llegamos a un pueblo del más clásico tipismo anglosajón o así me pareció, hasta llegar a una casa, que, esa sí, era la más genuina imagen de las construcciones inglesas. Rodeada de un jardín en donde se veían unos árboles que comenzaban a perder sus hojas, unos macizos de flores lucían como si fuera primavera. Siempre he admirado la floración de las plantas en ese país, aun disfrutando de menos horas de sol que en España, las flores se mantienen espléndidas durante mucho tiempo, supongo que, en parte, será debido a la alta humedad ambiental del lugar. Las ventanas, amplias pero de cuadros pequeños bordeados de unos marcos de madera y un tejado de pizarra que dejaba escapar por la chimenea una columna de humo blanquecino, le daba un aspecto irreal. No pude evitar compararla con la casita de chocolate del cuento de los hermanos Grimm, Hansel y Gretel. El interior era acogedor. Enmoquetado el suelo de un verde claro, unas escaleras de madera cubiertas por una alfombra de dibujos sepia y rojo, conducían al segundo piso donde se encontraban las habitaciones y el baño. En un principio, no me fijé en su presencia, hasta que oí su voz. Sentada en una cómoda butaca, junto al ventanal pero más cercana a la chimenea de chisporroteantes troncos ardientes, una anciana de aspecto muy especial me observaba atentamente.

-Te presento a mi tía Ágata- dijo Margaret.

Estreché la mano que me ofrecía. Una mano blanca, pequeña, suave y curiosamente, sin arrugas.

-Te deseo una grata estancia en este país- dijo la anciana sonriente. Su aspecto me sorprendía por momentos. Era aniñado. Casi infantil, etéreo, sutil… no sabía emplear la palabra exacta para describir aquella sensación tan inesperada causada por su presencia. Vestía una falda larga. Unos escarpines de tela en color azul brillante con una lengüeta alargada, le cubrían el empeine de unos pies casi diminutos que descansaban sobre un escabel damasquino. En la cabeza, una especie de gorrito de tela fina cubierto de flores -no supe apreciar en el momento si eran naturales o artificiales-, medio ocultaba unos tirabuzones cortos de un color rubio brillante y los ojos en aquel rostro único, imposible de describir su serena belleza, eran dos magníficas esmeraldas. Me quedé paralizada y todo a mi alrededor pareció esfumarse. Hasta creí oír un canto tenue de voces angelicales y un perfume a hierbas del campo me embriagó. Pero rápidamente todo volvió a la prosaica realidad cuando la voz de Margaret dijo:

-Tomaremos un té. Ven, primero te enseñaré tu habitación- y sin más preámbulos cogió mi maleta y ambas subimos al piso alto.

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La noche la pasé inquieta. Me despertaba a intervalos creyendo escuchar unas risas cantarinas, murmullo de agua y cantos diáfanos que, al llegar la mañana, supuse fueron parte de sueños olvidados, sin embargo, una imperceptible intuición me avisaba de algún suceso fuera de mi control.

Por la mañana, después del desayuno, Margaret me invitó a dar un paseo por el bosque y después de abrigarnos con gorro y guantes, salimos en dirección desconocida para mí. Caminábamos por la ciudad entre calles con pequeñas tiendas de especiales mercaderías. Medias de lana en colores muy vivos, gorritos similares al de la tía Ágata y extraños utensilios de todo tipo cuya rareza consistía en su diseño, se mostraban en los escaparates. La arquitectura de las casas, también demostraba una originalidad poco común, tanto es así, que volví a sentir la sensación de estar paseando por las páginas de un cuento.
De pronto nos encontramos en un bosque salido de la nada. Allí estaba el camino, frondoso, lleno de misterio, y en silencio, penetramos en él. Me percaté como la hojas secas del camino envolvían mis pies, el aire perfumado por un sinfín de fragancias indeterminadas, me mantenía extasiada, y una brisa suave, mecía las hojas de los árboles con cantarín sonido. El camino se estrechó y se alargó. A la izquierda surgieron una fila de árboles cuyas gruesas ramas dobladas por el supuesto empuje del viento a lo largo de los años, formaban un arco que se unía al lado derecho en una caricia llena de ternura hacia unas matas de flores de un color rosa fuerte desconocidas para mí. De las ramas de los antiguos árboles, caían en unos largos racimos, helechos, horquillas de muérdago y un musgo que se adhería a los troncos igual que manta suave para abrigarlos del frío, y al final del camino, el espacio se despejó en una rotonda de flores, cascadas, plantas y árboles que delimitaban o, mejor sería decir, protegían el círculo donde reían, cantaban, se bañaban y jugaban una cantidad de sílfides o hadas, difícil de enumerar. En el centro de la rotonda, en una especie de trono florido, la tía Ágata me sonreía mientras alimentaba a unas exóticas aves nunca antes vistas por mí. Me quedé paralizada. Aquello eran hadas, no cabía la menor duda. Su aspecto era lo que yo entendía por uno de aquellos seres fantásticos. Cuando quise comentarlo con Margaret, la sorpresa fue todavía mayor. Allí estaba ella, sonriente, feliz como jamás la había visto. Una corona de flores adornaba su cabello largo y rojizo, su cara transformada, sin dejar de ser ella, mostraba una belleza inexplicable y unas alas de irisada transparencia le servían para trasladarse y juguetear con quienes yo consideré sus hermanas.

Cuando me dirigía a ella para intentar comprender aquella transformación, me encontré en una tienda y en mis manos sujetaba una figurita de porcelana que representaba la imagen de un hada. Me quedé en suspenso. Margaret, curioseaba entre libros, hojeando uno tras otro, me miró y sonrió. En aquel insólito momento, mi única ocurrencia fue pensar en que el cambio de país y todo aquel ambiente tan diferente al habitual, le estaba jugando una mala pasada a mi imaginación debilitada por las emociones que me había visto obligada a superar durante mi estancia en la pequeña casa de Alicante.

No sería exagerado decir que pasé en aquel lugar los quince días más tranquilos y relajantes de todos los años vividos y el día de mi despedida, no quise marcharme sin hacer mención al extraño paseo por el bosque de las hadas.

-Nunca hemos ido al bosque- me respondió Margaret – aquí no hay ninguno. Seguro que has tenido sueños muy hermosos.

Miré a la tía Ágata que me sonreía de una manera especial y sin hacer ningún otro comentario, me marché.

En España me encontré con Amalia, la amiga que me había presentado a Margaret y después de explicarle mi viaje y la extraña experiencia vivida, me miró sorprendida, y como si temiera cometer una tremenda indiscreción, dijo:

-No sé de quién me hablas, jamás te he presentado a ninguna Margaret… Tu viaje a Inglaterra ha sido en solitario ¿es que ya no lo recuerdas?

No he vuelto a visitar Inglaterra, sé que allí siempre me sucederá algo que no tendrá una explicación razonable. Ha pasado el tiempo y continúo confundida, todavía no he conseguido poner mis ideas en orden. Tal vez, algún día me atreveré a visitar otra vez, una parte del país de las hadas, porque allí fue donde estuve, de eso no tengo la menor duda.