miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA NOCHE QUE QUISO SER DÍA





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LA NOCHE QUE QUISO SER DÍA

(Cuento)


En el principio de los tiempos de un mundo que es como la tierra, el Rey de la creación hizo el día y la noche.
El día estaba en un rincón del cielo recogido sobre sí mismo como un hermoso capullo, cubierto por su cabellera rubia y cuando el astro sol se elevaba en lo más alto, vertía sobre él sus rayos desperezándolo, momento en el que extendía su cabello sobre la tierra para llenarla de luz y color. Así cumplía alegremente su trabajo al tiempo que sacudía las hebras doradas de su pelo embarullado por el viento, jugaba con las nubes y animaba a los pájaros a volar y, feliz, veía como todos aprovechaban las horas de luz para realizar su trabajo. Cuando, doce horas más tarde el sol se escondía, el día se replegaba otra vez sobre sí mismo y descansaba en su rincón del universo para dejar paso a la noche.
En aquel entonces y en aquel mundo, la noche era completamente oscura. No había ningún rastro de luz en su negrura. Surgía de los abismos rápida y silenciosa en cuanto desaparecía el sol y cubría la tierra de tinieblas. Ella no jugaba con las nubes como hacía el día, ni con los pájaros, ni podía mover su cabellera para jugar con el viento. Sólo veía con tristeza como los habitantes de aquel mundo, se escondían en sus casas en cuanto ella aparecía quedando bajo su manto soledad y silencio. La noche no era feliz y, poco a poco, su corazón se llenó de envidia hacia el día al que decidió robarle su luz.
Era la noche muy amiga de la tormenta y en cierta ocasión en que ambas se encontraban juntas cubriendo la tierra de aguaceros, truenos y temor, le pidió ayuda mientras le explicaba lo que maquinaba contra el día. La tormenta, que disfrutaba cuando creaba situaciones difíciles, trazó un plan para que su amiga la noche consiguiera la luz que sólo le correspondía al día. Y así, en un amanecer, cuando el sol comenzaba a surgir por el horizonte, en el momento de verter sus rayos sobre la rubia cabellera del día, de un gran salto, la tormenta se interpuso entre ambos, arrebató con sus manos un montón de cálidos y luminosos rayos y, rápidamente, los repartió sobre la túnica negra de la noche.
La noche se sintió inmensamente feliz al ver como lucía sobre la tierra y contenta, observó a los habitantes. Ya ninguno se recogía en sus casas cuando ella surgía de los abismos sino que continuaban con sus tareas igual que cuando brillaba la luz del día. Los pájaros seguían con sus vuelos y sus trinos alegrando el ambiente y todo en la tierra era movimiento y algarabía. Pero, pasado un tiempo la gente comenzó a sentirse cansada. Nadie sabía cuando acababa el día y cuando comenzaba la noche y tan agotados se sentían que nadie cumplía bien con su trabajo. Los pájaros caían extenuados al suelo de tanto volar y pronto la alegría cambió para convertirse en un confuso desorden.
Cuando el sol vio que había tanto desconcierto en la tierra a causa de su luz, se dirigió a la morada de los sabios celestes para explicar aquellos extraños sucesos y al abrir los libros en los que está todo escrito, los sabios, muy preocupados comprobaron el robo que la tormenta había realizado de la luz del día. Como el suceso estaba considerado muy grave en las leyes de aquel universo, se reunieron en consejo y decidieron que lo más prudente era exponer la situación al Rey de la creación y todos de acuerdo, subieron a la cola de un cometa que los llevó, en un segundo, a lo más alto del cielo, allí donde ya no hay nada más y donde el Rey permanecía creando mundos maravillosos.
Al saber aquel monarca sabio y bondadoso que la noche no cumplía con su deber, su corazón se llenó de tristeza y él en persona fue a conocer las razones del mal comportamiento de la noche. Avergonzada por su maldad, la noche se escondió en lo más profundo de sus abismos y el Rey creador cuando la encontró doblada en aquel tenebroso lugar sintió una profunda lástima, tanta que, en un arrebato de amor la tomó entre sus brazos para elevarla hasta el cielo y colocarla de espaldas al día. Una vez allí trasladada, conversó con ella dulcemente para hacerle comprender la naturaleza de su oscuridad.
La noche escuchó a su Rey compungida y aceptó devolver los rayos de sol robados pero, al ver la bondad en los ojos de su creador, se atrevió a reprocharle la falta de belleza con que la había distinguido. El Rey, compadecido, lloró sobre aquella negrura absoluta y antes de separarse de su lado, desprendió el corazón de su pecho y se lo entregó a la noche como prueba de su amor.
El orden volvió al universo y el amor inundaba, otra vez, toda la creación y aquel día, cuando llegó la hora en que la noche tenía que desplegar sus sombras sobre la tierra, todos contemplaron admirados como ya no era tenebrosa; las lágrimas vertidas por el creador sobre ella, se habían convertido en estrellas que cubrían de puntos luminosos el manto oscuro y en el centro, en el lugar donde el Rey había prendido su corazón, una redonda luna, iluminaba la tierra con blanco resplandor. A partir de entonces los habitantes de aquel mundo mágico, antes de retirarse a descansar miraban hacia el cielo y en un susurro decían extasiados ¡qué hermosa noche!- MAGDA.

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