lunes, 12 de diciembre de 2011

CUENTO DE NAVIDAD










VOY A EXPLICAROS UN CUENTO...



Érase que se era un día de Nochebuena...en el país de los cuentos donde todo puede suceder.
En el roble más viejo del bosque, vivía una familia de ardillas que se preparaban para celebrar la festividad de la Navidad.
Había nevado y hacía mucho, muuucho frío. El bosque estaba completamente blanco y vacío, nadie se atrevía a salir de casa y el humo de las chimeneas olía a mazapán y rosquillas. Todos se resguardaban en sus madrigueras preparando la cena de Nochebuena y los adornos de acebo y muérdago, lucían en puertas y ventanas. Pero no todo era felicidad en aquel bosque escondido en el país de los cuentos porque la familia de ardillas que vivía en el viejo roble, se encontraba muy triste.
Nos acercamos despacio, poquito a poco, para que nadie nos vea, y observamos lo que está sucediendo... ¿Estamos todos listos? Pues vamos allá. ¡Schhhh! ¡Silencio!..., empieza el cuento.

EL REGALO DE LA ABUELA


-¡Tengo que hacer algo! ¡Tengo que hacer algo! ¡Tengo que hacer algo!- decía Simón, el hermano mayor de la familia de ardillas mientras daba vueltas a la castaña pilonga que tenía en su boca. Caminaba alrededor del roble viejo para evitar el frío porque con las prisas por salir se le había olvidado ponerse la chaqueta de lana que, aunque le quedaba ya un poco pequeña y estaba zurcida por los codos, era la única que tenía. Su mamá le había dicho que debía esperar un año más para poder comprarle una nueva pues como papá ardilla se había quedado sin trabajo, no había dinero suficiente para gastos extras, pero no creáis que este era el motivo de la precupación de la ardillita, no. A Simón no le importaba ir con la chaqueta remendada y un poco estrecha por eso le dijo a su mamá:
-No te preocupes por mi chaqueta mamá, soy joven y fuerte, aguanto muy bien el frío… y no la necesito.
Pero la mamá de Simón sabía que eso no era verdad y le causaba mucha tristeza no poder comprarle una chaqueta nueva a su hijito que, cada día, crecía más.

Como hemos dicho antes, era el 24 de Diciembre, había nevado y Simón caminaba dando saltitos para no congelarse los pies. Aunque presumía de no tener frío, la verdad es que aquel día era de esos que te dejan la nariz como un tomate y las orejas como dos carámbanos y para abrigarse un poco más, dio una vuelta a la bufanda que llevaba alrededor del cuello, ajustó los pantalones de cuadros, se abrochó el chaleco hasta arriba y con las manos en los bolsillo, siguió dando vueltas y mas vueltas a la espera de que se encendiera en su cabeza la lucecita de las ideas maravillosas. No podía consentir que aquellas fueran unas Navidades tristes. Lo pensó cuando, aquella mañana, mientras observaba a su mamá que batía la masa para hacer las rosquillas de Navidad, vio como temblaba en el borde de sus pestañas una lágrima parecida a una gotita de agua que, al desprenderse, fue a parar al cuenco donde se encontraban los huevos, la mantequilla, la harina y el limón.
La ardillita Simón, no comprendía porque la mamá estaba tan triste, todo era bonito en Navidad y aunque no tenían mucho dinero porque papá no tenía trabajo, estaban juntos, los tres hermanos, papá y mamá; tenían calor en la casa y no les faltaba lo necesario aunque sabía que tampoco eran los más ricos del bosque, pero en el momento en el que la mamá ardilla doña Pucuca, dejó el cuenco de la masa sobre la encimera de la cocina para limpiarse la nariz y los ojos, fue cuando se acordó de que eran las primeras Navidades en las que la abuela no estaba presente. Se había marchado para siempre al verde y tranquilo cielo lleno de pinos y nogales donde las ardillas descansaban eternamente.
Y allí estaba Simón, en el camino junto al roble, intentando averiguar qué podía hacer para que nadie sintiera tristeza por la ausencia de la abuela.
De pronto tuvo una idea que le pareció genial, pero debía de ser una sorpresa. En silencio volvió a entrar en la casa. Comenzó a tararear un villancico para disimular y sin que nadie lo viera, subió hasta la buhardilla donde comenzó a rebuscar entre los trastos viejos allí guardados. Le costó un poco de trabajo preparar las cosas pero cuando vio finalizada su obra, se sintió satisfecho. Lo observó todo con atención, metió las manos en los bolsillos del pantalón, silbó el principio de su villancico preferido y salió de la buhardilla disimuladamente.
Entre unas cosas y otras llegó la noche. ¡mmm…! Olía a sopa de almendras y a rosquillas recién horneadas y aunque a la mamá ardilla le costaba mucho ocultar su tristeza, cenaron todos con alegría aun sabiendo que aquel año no habría regalos pues quien siempre se encargaba de entregar los paquetes atados con cintas de colores era la abuela y con su ausencia, ya no los encontrarían cerca de la chimenea. Aquel fue un momento muy triste y la mamá no pudo evitar el llanto mientras decía:

-¡Echo tanto de menos a la abuela! ¡Ella ya no está con nosotros ni lo estará nunca más!!- repetía secándose los ojos con aquel pañuelo grande adornado de líneas azules.

El papá la estrechó en silencio entre sus brazos para consolarla sin saber qué decir mientras Sebastián y Norberto, los dos hermanos pequeños, escondían la cara detrás de sus manos para evitar las lágrimas. Entonces fue el momento oportuno. Simón se encaramó en una silla y dijo con voz fuerte y alegre:

-¡Ea…! ¡Nada de lágrimas! ¿Qué es eso de que la abuela ya no está con nosotros? Ella estará siempre a nuestro lado, sobre todo en Navidad. Venid conmigo- Y diciendo esto se encaminó hacia la buhardilla. Cuando todos, extrañados, se reunieron frente a la puerta, Simón la abrió y apareció ante ellos aquel trabajo realizado a escondidas que los dejó maravillados.

Sobre una mesa algo desvencijada, se encontraba un cuadro con un retrato de la abuela adornado con espumillón de diferentes colores y alrededor de él, unos paquetes atados con cintas de colores, presentaban el nombre de cada uno de los miembros de la familia. Muy sorprendidos, comenzaron a soltar las cintas y al abrirlos se quedaron perplejos. ¡Eran los regalos de la abuela de otras Navidades pasadas! Sólo se oyeron palabras de admiración pero Simón vio también como se mezclaban las lágrimas con las sonrisas.
La mamá recibió aquel bolso tan bonito de hacía unos cuantos años al que ya le faltaba un asa. El papá unas zapatillas de fieltro de dos años atrás que estaban agujereadas, Sebastián una bufanda deshilachada tejida por la abuela el año que comenzó el colegio y Norberto, un gorro que ahora le quedaba pequeño, regalo de Navidad de hacía no se sabía cuánto tiempo... Entonces se oyó la voz de Simón que los dejó a todos en silencio:

-¿Lo veis? La abuela siempre estará con nosotros. Sólo tenemos que recordarla. Acordarnos del amor con que nos entregó esos regalos como si fueran un nuevo presente. Así, ella nunca nos abandonará.

Todos aprobaron sus palabras y Don Tomás, el papá ardilla, cogió el cuadro con la fotografía de la abuela, lo bajó al comedor y lo colgó en la pared para que presidiera la estancia y nadie pudiera olvidar su compañía. Cuando ya todos volvían a sentarse a la mesa para terminar de comer las rosquillas de nueces, ardillita Simón, vio cerca de la chimenea un paquete que llevaba su nombre. Sorprendido, miró a sus papás para buscar una explicación, pero cada uno seguía admirando los antiguos regalos de la abuela como si fueran nuevos. Simón, muy extrañado, abrió su paquete y en él encontró una chaqueta de lana… ¡completamente nueva! y prendida en ella, una nota decía: "Para mi nieto preferido. De su abuela"
No dijo nada. Se la puso en silencio. Era suave y calentita y le quedaba justo a su medida. A sus oídos llegaron las campanadas de las iglesias cercanas. Eran las doce de la noche. La hora en que nació Jesús. De pronto, se encontró con la mirada de su mamá que le preguntaba:

-¡Vaya! ¿De dónde has sacado esa chaqueta tan bonita?

Simón no respondió, miró a su madre y sólo vio que en la punta de las pestañas, volvía a estar prendida una gotita de agua parecida a una perla de cristal que resbaló por la mejilla y fue a perderse entre sus labios.

Y colorín colorado…, este cuento se ha acabado.



¡¡¡FELIZ NAVIDAAAAD¡¡¡

MAGDA R. MARTÍN

viernes, 18 de noviembre de 2011

EL SUEÑO DE MARIANITA


ELSUEÑO DE MARIANITA

Todas las noches Marianita se dormía contemplando la caja redonda de color verde brillante que le había regalado su tía Pepa el día de su cumpleaños llena de caramelos. Antes de cerrar los ojos para dejarle sitio al sueño, miraba la caja y se la imaginaba como si fuera la casita de un hada vergonzosa que no se decidía nunca a salir. Una noche, cuando todo estaba en silencio, se levantó, cogió la caja y poco a poco, comenzó a girar la tapa para abrirla.
Quedaba ya sólo una vuelta y levantó la tapadera dejando una pequeña abertura para curiosear lo que había dentro cuando vio como una manita muy chiquitina, se agarraba al borde de la caja. Marianita se llevó un susto morrocotudo y la cerró de golpe sin darse cuenta que había pillado aquella manita pequeña entre borde y borde.
_¡Ayyyyy…!_ oyó gritar desde el interior de la cajita y aquello la asustó tanto, que dejó la caja a medio destapar y de un salto, se metió en la cama, tapándose la cabeza con el embozo de la sábana. Pero como Marianita era más curiosa que miedosa, retiró despacio la sábana de sus ojos, volvió a mirar la cajita verde y redonda y se quedó pasmada.
De su interior estaba saliendo un hada diminuta que tenía unas alas irisadas como las de una libélula pero más bonitas todavía porque estaban llenas de unas flores muy chiquitinas, muy chiquitinas y cuando cerraba las alas, parecía que estaba toda vestida de flores. Al verla, a Marianita se le quitó el susto y le preguntó:
_¿De dónde sales?
_¡De la caja,,,! ¿Es que no lo ves?_ respondió el hada pequeñita con cara de asombro.
_Pero… ¿tú quién eres?_ volvió a preguntar Marianita que no se creía que aquello fuera verdad.
Aquella hada chiquitina, la miró un poco fastidiada y le dijo:
-Pero mira que eres torpe, Marianita. Soy el hada de la caja, mejor dicho… soy el hada de los caramelos que había en la caja pero como te los has comido todos, me he quedado sin trabajo porque yo…, para que lo sepas…, le ponía el sabor a los caramelos antes de que tú te los comieras, por eso unos sabía a limón, otros a fresa y otros a menta. ¿Es que no sabes que existe un hada para cada cosa? Pero, ahora, ya no tengo nada que hacer…_dijo el hada entristecida_ por eso, por las noches, me escapo de la caja para encontrar algún caramelo al que pueda llenar de sabor¬_ y al decir esto, el hada chiquitina se puso a llorar y aquí sí que Marianita se quedó perpleja y con la boca abierta porque de los ojos de la minúscula hada, en lugar de lágrimas, caían ¡caramelos muy pequeñitos que al llegar al suelo crecían y crecían hasta hacerse grandes, grandes, llenaban la habitación y le tapaban la boca a Marianita sin dejarla respirar!
Marianita abrió los ojos asustada y se encontró con la cara de su mamá que la besaba y le decía:
_¡Arriba, dormilona…, que es hora de levantarse para ir al colegio!
Marianita se dio cuenta de que aquello del hada de la caja había sido un sueño muy divertido, se desperezó y se levantó, se puso las pantuflas y antes de ir al baño para ducharse, abrió la caja verde redonda que estaba encima de la mesa. Sorprendida vio que dentro quedaba todavía un caramelo pero no se lo comió, era completamente blanco, seguro que aquella hada tan chiquitita todavía no había tenido tiempo de ponerle sabor. Lo guardó otra vez en la caja y la cerró. Pensó que cuando le regalasen caramelos nunca se los comería todos… ¡había que dejarle alguno al hada de los caramelos para que no tuviera que buscarlos por la noche!
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
MAGDA.

martes, 4 de octubre de 2011

EL HADA PRINGOSA


EL HADA PRINGOSA

Todas sus compañeras en el país de las Hadas, la llamaban “Pringosa” porque siempre había sido muy golosa y sobre todo le gustaba la mermelada de melocotón que su abuelita, el Hada Pirulí, fabricaba todos los otoños y la conservaba bien cerrada en unos frascos de cristal, en la alacena de la cocina.
Para “Pringosa” eso no era ningún problema porque, cuando todos dormían, se encaramaba en un taburete, sacaba el frasco de mermelada de la alacena, lo destapaba con mucho cuidadito y haciendo uso de los dedos como cuchara, se zampaba toda la mermelada que podía. Naturalmente que se ponía las manos y la cara llena de churretes pero a ella esto no le importaba y ese fue el motivo de que la pusieran el apodo de “Pringosa” porque todo lo pringaba de mermelada.
Su nombre verdadero era “Violeta” y a ella le fastidiaba mucho que nunca la llamaran por su nombre y un día que estaba muy triste y enfadada de tanto oír aquel mote de “Pringosa”, se lavó bien la cara y las manos, se puso un vestido limpio adornado con muchos lazos y se fue a ver a su amigo el duendecillo “Fisgón” que todo lo sabía porque se pasaba la vida cotilleando por las rendijas.
Fisgón recibió a su amiga debajo de la seta más grande del bosque donde aquel otoño había puesto su casa y la obsequió con un refresco de agua de campanillas que tenía un sabor muy dulce y después de oír a su amiguita “Pringosa”, le explicó confidencia por confidencia.
-Puesto que tú me cuentas ese secreto, te explicaré el mío.
Acercó entonces su boquita a la oreja puntiaguda de “Pringosa” y muy bajito le dijo:
-A mi no me gusta nada que me llamen “Fisgón” porque me llamo Filiberto pero es que tengo un problema…., me gusta mucho enterarme de las cosas que le suceden a los demás y no sé cómo evitarlo ¿Qué podemos hacer?
El hada “Pringosa” se quedó un rato pensativa y mientras se terminaba el refresco de agua de campanillas, le dijo a su amigo el duendecillo:
-No tenemos más remedio que cambiar. Yo dejaré de comer la mermelada de mi abuela y en su lugar beberé tu agua de campanillas que es muy dulce también y tú… no tendrás más remedio que olvidarte de cotillear la vida ajena.
-¿Y qué hago cuando tenga ganas de escuchar lo que le sucede a uno y otro?
-Pues… ¡te pones a silbar! Así todos sabrán que estás cerca, se callarán y no podrás enterarte de nada.
Y a partir de aquel día, al hada “Pringosa” volvieron a llamarla Violeta, fue la más limpia y brillante de las Hadas Pequeñas porque no volvió a meter los dedos en la mermelada y a “Fisgón” todos acabaron llamándole Don Filiberto el Duende y puso una Oficina en el Bosque donde todo el que quisiera podía ir a pedir un consejo pues de tantos sucesos como había oído, acabó siendo un duendecillo muy sabio
¡Ah! Violeta, merendaba mermelada de melocotón todos los sábados por la tarde que era el día en el que invitaba a su amigo el duendecillo cuando le llevaba botellas de agua de campanillas ¡Y la de historias que se contaban…! Bueno, buenoooo… Y también hay que decir que esos días, el Hada Violeta se pringaba un poquito de mermelada pero luego…, se chupaba los dedos…,aunque eso no se lo digáis a nadie porque es un secreto… -MAGDA.

lunes, 26 de septiembre de 2011

OTRO CUENTO DE LA GAVIOTA POMPITA


CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA
PINTÓN Y POMPITA

Pintón era el hermano mayor de Pompita. Era el más responsable de todos y quien se cuidaba de vigilar a los más pequeños cuando salían a pescar y a chapuzarse en el mar. Todos le querían mucho y obedecían sus consejos siempre que se encontraran fuera de casa pero todas esas atribuciones, hicieron que Pintón se hiciera también un poquito mandón y, un día, la mamá Doña Gaviota, se vio obligada a poner orden en aquellas obligaciones. La cosa sucedió de la siguiente manera.
Había sido un día muy caluroso, de esos de verano en los que se busca la sombra para refrescarse un poco. Era ya la hora de comer cuando, Pintón dijo a sus hermanitos:
-¡Venga! Vámonos a casa que mamá ya tendrá la comida en la mesa.
Naturalmente, todos obedecieron, sacaron de la bolsa las gafas de sol y las chanclas y todos agarraditos de la mano, se marcharon hasta su casa. La mamá Doña Gaviota se puso muy contenta al verlos tan felices y puso el cuenco con la ensalada encima de la mesa, le dijo al papá Don Gavioto que trabajaba afilando herramientas que la comida estaba lista y después de que todos se hubieran lavado y estuvieran bien limpitos, se sentaron alrededor de la mesa para comer.
Cuando ya estaban sentados y sólo faltaba Pompita que se había rezagado un ratito en el baño, antes de que se sentara a la mesa, la mamá Doña Gaviota le dijo:
-Pompita, por favor, ya que estas de pie ¿puedes acercarte a la cocina y traer la fuente del pescado?
Pompita obedeció pero cuando ya se daba la vuelta, Pintón, que estaba sentado en su sitio, le ordenó:
-Pompita y a mí me traes una vaso de agua bien fresquita.
Pompita se quedó algo sorprendida porque pensó que Pintón no debía pedirle una cosa que él podía hacer pero, después de dudar un poco, fue a la cocina, llevó la fuente del pescado a la mesa y volvió otra vez para llevarle a su hermano el vaso de agua. Todos se quedaron en silencio y vieron como la mamá, muy seria y pensativa, se levantó, fue al cuarto de los trastos y al rato salió con unas muletas en la mano que habían sido del abuelo. Se las ofreció a Pintón mientras decía:
-Toma, úsalas.
Pintón, sorprendido, le dijo a su mamá:
-¿Para qué me das unas muletas, mamá? No las necesito.
-¿Ah, no?- dijo Doña Gaviota –Pues como le has pedido a tu hermana que te trajera un vaso de agua de la cocina, creí que te habrías hecho daño y no podías andar… ¿por qué no has ido tú a buscar el agua?
Todos se quedaron perplejos y Pintón, avergonzado, no supo responder pero a partir de aquel día aprendió que algunas cosas no le correspondía ordenarlas a los demás si él sabía y podía hacerlas.
Así terminaron de comer todos felices y después se echaron la siesta mientras la mamá Doña Gaviota, muy sonriente, guardaba las muletas en el cuarto de los trastos.
¿Qué os ha parecido este cuento? Debemos aprender a saber cuándo hemos de pedir que nos hagan algo y cuándo hacerlo nosotros mismos. Adiós amiguitos. MAGDA (Abu Xanino)

LA BRUJA NORTE-SUR


LA BRUJA NORTE-SUR

La bruja se sacudió del letargo, peinó sus largos cabellos blancos, se pintó las uñas de variados colores y se acercó al estante donde tenía los dos frascos, el del Otoño cubierto de hojas marchitas, el de la Primavera un primor de flores diversas. Los agitó con fuerza y vertió en cada copa un poquito de su contenido, luego, se acercó hasta la estantería donde todavía dormían los muñecos Primavera y Otoño. Los enderezó, los limpió, les puso los vestidos nuevos y les obligo a tragar el bebedizo. No podían faltar a la cita de cada año, ambos debían vivir en el mundo el tiempo que les correspondía.
Los muñecos abrieron sus ojos; marrones como las castañas los del Otoño, azules como el cielo los de la Primavera. Se miraron mutuamente, sonrieron, se agarraron de la mano, colgaron de su hombro el saquito que les entrego la bruja Norte-Sur y, mientras ésta abría la ventana, respiraron hondo, deberían emprender un camino diferente para alcanzar su destino. El Otoño llegaría al hemisferio Norte, la Primavera, debía ser puntual en el hemisferio Sur. De su llegada dependían muchas cosas que los humanos necesitaban para seguir viviendo. El otoño, portaba su saco, lleno de castañas, uvas y colores ocres de diferentes tonalidades para pintar el paisaje. La Primavera, feliz y risueña, cantaba sin parar, lanzando pétalos coloreados de tantos como le sobraban en aquel saco pleno de flores que llevaba para repartir por campos y prados.
Al llegar al cielo, se abrazaron con lágrimas en los ojos, sabían que aquel momento, era el único en el que podían estar juntos, luego, cada cual por su camino. Era su cometido hasta que finalizada su hora, pudieran volver a descansar dejando paso, el Otoño al Invierno, la Primavera al Verano. Así era. - MAGDA.

jueves, 15 de septiembre de 2011

CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA


CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA

Había una vez n gaviota que se llamaba Pompita porque era la más gordita de todos sus hermanos. Además de ser la más gordita Pompita era muy perezosa y un poco descarada siempre rezongaba cuando su mamá Doña Gaviota la enviaba a hacer algún recado. El caso es que a Pompita le gustaba hacer todo lo contrario de aquello que debía hacer.
Un día se levantó de mal humor y cuando todos sus hermanos ya se había puesto el traje de baño para ir al mar a zambullirse y pescar su desayuno, ella dijo que no iba y, testaruda, se puso la capotita de paja y la capa de salir, cogió el cesto y le dijo a su mamá que se iba a la pescadería a por su desayuno.
La mamá Doña Gaviota como conocía a su hija Pompita sabía que ella sola se daría cuenta de aquello que hacía mal y la dejó marchar.
Pompita bajó por el acantilado mientras veía a todos sus hermanos como jugaban y volaban entre las rocas, se zambullían en picado en las aguas azules y profundas y salían con los pececitos que le servía de desayuno en el pico. Pero, Pompita, no quería dar su brazo a torcer porque aquel día ya hemos dicho que se había levantado enfurruñada y sin mirar más se fue a la pescadería que estaba en el pueblo.
La pescadería naturalmente, era para las personas que no sabían zambullirse para pescar y a las gaviotas, Don Pascual, el pescadero, les daba las sobras de lo que no había vendido y así, Pompita se sentó en el bordillo de la acera a esperar los restos del pescado que vendía Don Pascual.
Cuando pasó toda la mañana, Pompita aburrida del todo, consiguió unas sardinitas bastante despachurradas que es lo que había quedado sobrante y lo que le entregó el pescadero Don Pascual para comer.
Con el estómago dolorido y muy triste, Pompita volvió a su casa, poquito a poco y sudando la gota gorda porque el sol aquel día calentaba mucho y cuando llegó a su casa en lo alto del risco y vio a sus hermanitos como reían y jugaban, se echó a llorar y se abrazó a las faldas de su mamá mientras decía:
-¡Buaaaaaa! ¡Tengo mucha hambre… mamááááá…!
La mamá Doña Gaviota que era muy buena y quería mucho a sus hijitos, la abrazó, le limpió las lágrimas y los mocos con el delantal, la sentó a la mesa y le dio un pescadito de los que le habían sobrado a sus hermanos recién sacado del mar. No hay que decir que después de aquel primero pidió otro y dos más, porque todos sabéis que la gaviotita se llamaba Pompita porque era gordita y siempre comía un poquito más de la cuenta.
Pompita, después de la llantina y de comerse su pescadito pensó que levantarse enfurruñada era una tontería y decidió sonreír todas las mañanas al levantarse, ponerse enseguida el traje de baño y salir con sus hermanitos a pescar.
Y así termina hoy este cuento ¿os ha gustado? MAGDA (Abu Xanino)

sábado, 27 de agosto de 2011

EL CONEJITO OREJÍN



(Este cuento lo escribí hace mucho tiempo y fue uno de los preferidos de mi nieta Begoñita. Ella, ahora, ya tiene 17 años y todavía, cuando estamos juntas, recordamos aquellos momentos en que yo se lo explicaba antes de dormir)
Va para ti, mi querida Begoña.

EL CONEJITO OREJÍN
Aquel día, la señora Coneja había tenido una camada de doce preciosos conejitos pero cuando les estaba atusando los pelitos de la cabeza para dejarlos limpios y bien peinados, vio como el más chiquitín, tenía una oreja muy larga y la otra muy corta y entonces se le ocurrió llamarle “Orejín”.
Al principio, Orejín era muy feliz jugando en el campo con sus hermanos, haciendo carreras para ver quien llegaba primero a la meta pero, cuando comenzó a crecer, comenzaron también sus problemas.
Su mamá lo había matriculado en el “Rabit´s College”, el mejor colegio internacional de la Región de Campoverde donde vivían y, los compañeros de clase, se burlaban de él porque tenía aquella oreja tan chiquitita que no le crecía nunca. De las palabras de burla, pronto pasaron a los hechos y, en cuanto podían, le daban fuertes tirones de la oreja más larga, cosa que a Orejín le mortificaba muchísimo pues, además de hacerle daño, se la ponían muy colorada y así destacaba más la diferencia de tamaño entre las dos orejas.
Era tanto lo que le fastidiaban las bromas de sus compañeros de clase que, el conejito, comenzó a no querer asistir al colegio y aunque le gustaba mucho vestir el uniforme con pantalones a cuadros, camisa blanca, corbata roja y una chaqueta de fieltro verde muy bonita, Orejín fue perdiendo, poco a poco, la ilusión por estudiar.
Pero un suceso imprevisto, vino en su ayuda. Aquel curso, Don Erudito, el Director del colegio que era un conejo muy viejo y ya estaba muy cansado, pidió la jubilación, lo que obligó a la Junta del Centro a nombrar como nueva Directora a la Señorita Priscilla, una conejita muy rubia recién llegada de Inglaterra a la que le gustaban mucho los sombreros y lo primero que hizo fue añadir al uniforme del colegio, una gorrita de fieltro verde que hacía juego con la chaqueta. Y esta decisión de la Señorita Priscilla, fue la suerte de Orejín porque, todos sus compañeros, como tenían las dos orejas muy largas, no sabían cómo colocarse la gorra. Unos se peinaban las orejas hacia atrás como si fueran dos trenzas y estaban horrorosos, otros se las echaban hacia adelante y como le tapaban los ojos apenas si podían ver y, algunos, se las colocaban a ambos lados de la cabeza de una forma retorcida y ridícula. Pero Orejín, no. Él se colocaba la gorra sobre la orejita corta y además de tapársela le quedaba chulísima un poquito ladeada sobre la cabeza, lo que le proporcionaba una elegancia muy personal.
Cuando todos sus compañeros vieron lo guapo que estaba Orejín con la gorra puesta, se quedaron pasmados y ninguno de ellos se atrevió a tirarle de la oreja larga, que, además, llevaba siempre muy tiesa y bien peinada.
Y Orejín, como era un conejito muy bueno, perdonó a todos los que alguna vez se habían burlado de él y no sólo eso sino que también, les enseñó a colocarse con gracias la gorrita en el centro de la cabeza y con esto consiguió que el “Rabit´s College” , ganara el primer premio al uniforme más bonito y elegante de los colegios de la Región de Campoverde.
Ni que decir tiene que, Orejín, acabó siendo el conejo más famoso del colegio y su nombre fue inscrito en el Libro de Honor como uno de los alumnos más ilustres del “Rabit´s College”, donde llegó a ser, con los años, el Director más sabio de aquel colegio.
Y colorín colorado…, se acabó el cuento. – MAGDA.

domingo, 26 de junio de 2011

LAS ALPARGATAS



ESTE CUENTO HA CONSEGUIDO EL SEGUNDO LUGAR EN EL CONCURSO DE MICROCUENTOS SOBRE LA INFANCIA EN EL FORO DE "LETRAS Y ALGO MÁS"
LAS ALPARGATAS

El domingo madrugó, fue la primera en levantarse. Vio como la madre se peinaba con un moño pequeño en la nuca, desayunó en silencio su plato de gachas, la madre la obligaba a comer aquella pasta ácida que revolvía su estómago. Luego le peinó sus trenzas y con la papeleta en la mano se acercaron a la plaza. El corazón brincaba en su pecho cuando vio algunas muñecas en los estantes donde se encontraban los regalos. Una sería para ella. En sus cortos siete años de vida, nunca había conseguido que los Reyes Magos se acordaran de dejarle una muñeca por mucho que se lo pidiera incluso rezando de rodillas cada noche, pero aquel año era diferente. Los Reyes Magos decidieron dejar los regalos en la Plaza y el Ayuntamiento los sorteaba entre los niños que no los podían recibir en sus casas.
Se acercaron al tenderete, la madre entregó a una joven la papeleta. Siguió con la vista todo cuanto hacía. Vio como contrastaba la papeleta con los paquetes expuestos. Uno de ellos era su muñeca, le faltaba la respiración, al fin la tendría entre sus manos y la estrujaría contra su corazón. ¡Cuánto iba a quererla!
La joven se agachó hacia un cesto, cogió un paquete que entregó a la madre y se fue para atender a otra madre con un niño de la mano. Se alejaron y se sentaron en un banco. La madre abrió el paquete de su regalo en el día de Reyes. Entre el papel arrugado aparecieron unas alpargatas blancas con una suela de goma negra. La madre se las entregó. Quedaron en sus manos como dos palomas muertas. – MAGDA R. MARTÍN

jueves, 23 de junio de 2011

CUENTO CON MENCIÓN EN LA REVISTA "MANDALA LITERARIA"


Mandala Literaria
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PUNTUACION: 284
Fecha de inscripción: 01/10/2010






Tema: LAS VACACIONES DE MARUJITA Mención concurso Borges Ayer a las 11:33 pm






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El siguiente trabajo de la señora Magda Rodríguez Martín obtuvo mención en la categoría cuento, en el Concurso Homenaje a Jorge Luis Borges, realizado por la revista Mandala Literaria.




LAS VACACIONES DE MARUJITA

Sentada bajo el castaño, Marujita leía el cuento de “Alicia en el país de las maravillas”. – Tengo muchirrísima prisa, tengo muchirrísima prisa…- decía el conejo blanco mientras miraba su reloj de bolsillo… Marujita, cerró el libro y pensó.
Se encontraba cansada, adormilada. La tarde veraniega acercaba la suave brisa que llegaba desde el mar hasta la casa donde pasaba sus vacaciones. “…tengo muchirrísima prisa…”, repitió en silencio y se le ocurrió pensar en la prisa, ¿qué era la prisa? ¿Por qué era necesario correr para realizar un montón de cosas? Cosas para las cuales no había tiempo suficiente… ¿y qué era el tiempo? El tiempo estaba allí, con ella. Marujita lo vistió de azul porque era un color bonito. Era suave, aterciopelado, blandito…, se dejaba manejar y era el mejor amigo del mundo. Cerró los ojos, se puso a su lado, le agarró una mano delicada y pequeña, parecida a la de un niño y le preguntó:
-¿Qué eres en realidad?
El tiempo, la miró con sus ojos grandes, oscuros, profundos como un pozo sin fondo porque allí dentro se encontraba la eternidad y respondió:
-Puedo ser lo mejor y lo peor del ser humano, siempre estoy con vosotros aunque no lo sepáis ni seáis conscientes de mi presencia, sin embargo, continuamente me estáis nombrando. Me habéis inventado vosotros, los humanos, porque, en realidad, sólo existo en vuestras mentes y me habéis hecho tan necesario, que no sabéis vivir sin mí.
-¿Y para qué sirves?- le preguntó Marujita al tiempo mientras éste se envolvía y desenvolvía a su lado como si fuera una ola del mar.
El tiempo, volvió a mirarla, esta vez con una sonrisa y le dijo:
-Sirvo para crear un orden en vuestras vidas. Nacéis conmigo y morís conmigo, siempre hay un tiempo para cada cosa que hacéis. Cada cumpleaños es un tiempo pasado, cada día, pasó el tiempo que se llama ayer, y en la esquina espera el tiempo que se llama mañana aunque todos somos uno pero escogemos diferentes nombres para poder ayudaros si no, vuestro mundo sería un caos inmenso.
Marujita sonrió mientras pensaba en aquel momento de quietud bajo el árbol con el libro de cuentos entre las manos. Aquel era su tiempo de descanso y se le ocurrió preguntar:
-¿Y de qué color es el tiempo? porque yo, ahora, te he vestido de azul.
-Puedo ser de cualquier color, según el hombre me vista. Si está alegre soy azul o amarillo, si está esperanzado me viste de verde, si apasionado me pone una túnica roja y, en ocasiones me viste completamente de negro… Esos son los peores momentos que tiene el tiempo. Entonces, todo es oscuro, lúgubre, triste.
Nunca debes permanecer al lado del tiempo vestido de negro, Marujita, cámbiale rápidamente el vestido negro por el verde y siempre serás feliz….
-¡Marujita…, Marujita…! ¡Ven a merendar!- llamó la mamá desde la puerta de la casa.
Marujita, dobló su tiempo inventado y lo guardó en el bolsillo. Ahora, era tiempo para merendar, luego, volvería a jugar con él.
MAGDA RODRÍGUEZ MARTÍN

LA BRUJA


LA BRUJA

Vestía de negro, con pañuelo en la cabeza del mismo color que, cuando resbalaba, dejaba ver un pelo canoso y ralo recogido en un minúsculo moño como si no quisiera crecer. Era una mujer extraña, de estatura mediana, menuda de esqueleto lo que le daba un aspecto frágil. De piel blanca, intensificaba su palidez con aquel atuendo negro que la cubría. Yo la miraba poco, no me atrevía, pero las veces que coincidí con sus ojos, me pareció demostraban bondad, comprensión y sabiduría. Eran claros, de un azul desvaído que ofrecían confianza. La primera vez que me crucé con ella a mí no me pareció una bruja como decían.
Aquel misterio que la rodeaba intensificado por el vulgo que traía y llevaba historias misteriosas atribuidas a su colaboración, la hacía más interesante y mi único deseo era poder acercarme a ella para investigar sus poderes de bruja, saber si realmente, eran ciertos.
Por más vueltas que le daba a la situación, no había una manera clara de intimar hasta que, un día, la suerte se puso de mi lado. Al colegio entró una nueva alumna. Una niña delgada, huesuda, muy blanca de piel y con un pelo ligeramente ondulado entre rubio y castaño que, sin saber el motivo, despertó mi compasión. La vi triste, asustada, mi primer pensamiento fue ayudarla y, otra vez, la suerte o el destino, me dio la oportunidad porque colocaron a la niña como compañera en el banco de mi pupitre. Me dijo que se llamaba Elvirín y aquel diminutivo me hizo mucha gracia porque encajaba con su pequeño aspecto. No es necesario decir que nos hicimos grandes amigas y, de esta manera, comenzaron las visitas.
La primera fue una tarde de sábado en que la invité a merendar. Mi madre nos preparó un chocolate con picatostes y, después, leímos tebeos y cuentos en el cuarto de jugar. Cada vez me gustaba más aquella niña. Era silenciosa, procuraba ser educada, agradecida y me demostraba afecto y sinceridad.
Después de un tiempo en el que nos reuníamos siempre en mi casa, ella, una tarde, me dijo debía hacer un recado ordenado por su padre y me pidió la acompañara. Después de obtener el permiso de mi madre que, por cierto, me extrañó pues resultó bastante renuente y puso una hora determinada de vuelta, la acompañé a su domicilio.
Nunca me había interesado conocer donde se encontraba su casa y al dejarme llevar por ella, pude comprobar cómo era una de las fincas más viejas y deterioradas del barrio. Un portal oscuro, maloliente, nos llevó a través de unas escaleras llenas de humedad y paredes desconchadas hasta un segundo piso donde, después de llamar a una antigua puerta desgastada, esta se abrió dejando aparecer la figura de un hombre con un aspecto que a mí me pareció bastante miserable.
Aquella oscuridad, el suelo del piso embaldosado con unos ladrillos ásperos y gastados por el uso, cuatro muebles viejos, las ventanas sin cortinas y un olor a aceite rancio que impregnaba la casa, ofrecían un aspecto desolador. El hombre, al que mi amiga Elvirín llamó “padre” me asustó con un vozarrón ronco cuando soltó cuatro palabras malhumoradas y le entregó un paquete a mi amiga para que lo llevara a una dirección determinada.
Cuando salí a la calle, respiré hondo y la empatía con mi amiga se transformó en una profunda conmiseración. Creo que ella se sintió algo avergonzada porque no se atrevió a mirarme a la cara y fuimos todo el camino en silencio. En un momento preciso, como si se viera obligada a darme una aclaración, dijo:
-Mi padre es bueno, lo que pasa es que cuando se emborracha se pone muy violento y no sabe lo que hace.
No supe responder. Mi corta edad no me ofrecía suficiente capacidad de comprensión como para poder encajar aquella confidencia y consolarla, por lo tanto, callé.
Elvirín entregó el paquete, cogió el dinero ofrecido como pago y regresamos a su casa. Yo no quería subir, mi ánimo no estaba dispuesto a encontrarme, otra vez, con aquel hombre desagradable y le dije a mi amiga que la esperaba en la calle pero, ante su insistencia, la acompañé.
-Mi padre ya no estará…-dijo como adivinando el motivo de mi reticencia mientras subíamos por las escaleras –a estas horas se va al Bar…
La seguí en silencio y al entrar en la casa, la vi. Era “la bruja”, estaba allí, en la cocina, sin el pañuelo que cubría siempre su cabeza y con un delantal de cuadros pequeños grises y negros, pelaba unas patatas. Si la sorpresa fue grande al verla, se intensificó cuando oí a mi amiga Elvirín como la llamaba “madre”.
La mujer que tanto despertaba mi interés, me miraba con una sonrisa triste en aquellos ojos de un azul desvaído. Se limpió las manos en un trapo algo mugriento y me acarició la cabeza. No sé que tenían sus manos, pero a mí me pareció como si me hubiera acariciado un ángel.
Unos meses después, cambiamos de domicilio. Fui a un colegio nuevo y dejé de ver a mi amiga Elvirín pero nunca he olvidado ni a ella ni a su madre, aquella mujer triste, extraña, menuda, siempre vestida de negro a la que llamaban “la bruja” , sin embargo, sus caricias parecían de ángel. MAGDA.

domingo, 12 de junio de 2011

LA FOQUITA VITULINA O LA REINA DE LOS HIELOS.



LA FOQUITA VITULINA O LA REINA DE LOS HIELOS
(Un sencillo cuento)

En un extremo de nuestro redondo mundo, donde existen los hielos eternos, sucedió, hace ya mucho…, mucho tiempo, una historia que voy a explicar.
En un país en el que los témpanos de hielo iban a la deriva por el mar, una reina cuidaba de todas las criaturas que habitaban su reino. Era hermosa y muy poderosa pero completamente fría porque estaba hecha de un gran témpano de hielo y su trono, esculpido en lo más alto de un iceberg desde donde contemplaba todo cuanto sucedía a su alrededor. El manto que la envolvía estaba compuesto por finísimas gotas de agua helada y cuando lo extendía sobre la tierra, la nieve cubría todo aquel bello lugar. Sólo, en el centro de su pecho, tenía un corazón de fuego.
Ningún humano podía vivir allí, la temperatura glacial no les permitía subsistir en aquella parte del mundo pero sí vivían felices lo osos polares, los pingüinos de negros abrigos y las focas de tierna mirada. Y una de estas focas, es, precisamente, la protagonista de nuestro cuento.
Se llamaba Vitulina y poseía una piel gris acharolada que brillaba como un espejo cuando se mojaba. Como era un poco traviesa, le gustaba jugar en el mar azul mientras hacía piruetas entre las algas que se mecían airosas con el movimiento de las olas. Pero su diversión favorita era subirse sobre un pedazo de hielo y viajar a la deriva sin que nadie la detuviera.
Cierto día, distraída con este juego, se encontró con Vítulo, un joven macho que admiraba embelesado la silueta de Vitulina, tan atrevida y bonita que, rápidamente, se enamoró de ella y ambos comenzaron a jugar en aquel mar helado hasta que, en uno de sus juegos, sus hociquitos se unieron en un suave beso. Vitulina se quedó prendada de Vítulo porque además de hermoso era fuerte y simpático y siempre que se acercaba le hacía unas divertidas cosquillas con sus largos bigotes.
Poco tiempo después, al comprobar cuánto se amaban, decidieron visitar a la reina del hielo para que los uniera y poder formar un nuevo hogar, cosa que alegró enormemente a las dos familias, la de Vitulina y la de Vítulo.
Después de un tiempo de gran felicidad, a la nueva pareja de focas les nació una foquita pequeña, pequeña y completamente blanca con unos enormes ojos parecidos a dos diamantes negros. A partir de entonces, siempre salían los tres juntos a nadar y a pescar mientras jugaban entre las algas y los témpanos de hielo pero, un día, cuando el hielo cubría casi toda la superficie del mar, la desgracia llegó sin que nadie lo advirtiera.
Era un día de intenso frío. La reina de los hielos, extendió poco a poco su manto y unos finos copos de nieve comenzaron a caer cubriendo toda la tierra con una sábana blanca. Vítulo salió él solo a buscar alimento para evitar peligros a las dos foquitas que tanto amaba. Acurrucadas una junto a otra, esperaban la llegada del padre con alimento suficiente cuando, de pronto, acertaron a ver entre la ventisca, a tres enormes seres desconocidos. Erguidos y cubiertos de extrañas pieles, vieron como sus ojos brillaban de manera feroz. Su instinto le avisó de un peligro inminente y Vitulina buscó con la mirada a su pequeña hijita blanca. Un temor indescriptible se apoderó de su corazón al verla frente a los tres seres extraños que, con gritos ininteligibles, la acorralaban mientras blandían en sus extremidades un elemento desconocido.
Vitulina apenas tuvo tiempo de gritar llamando a su pequeña hija. Mientras corría para protegerla de aquellos seres terribles, vio como uno de ellos, golpeaba con fuerza la cabeza de su pequeña. Medio inconsciente, la foquita intentó escapar de aquellos seres maltratadores al tiempo que Vitulina sólo conseguía gritar para intentar asustar a los desconocidos. Corría y corría para salvar a su hija hasta que, en un momento de desesperación, pidió, angustiada, ayuda a la reina poderosa de los hielos eternos, diciendo mientras dos lágrimas caían de sus ojos:
-¡¡Nooo, mi hijita nooo!!
La gran reina de los hielos eternos, escuchó sus gritos pidiendo ayuda y, con furia, extendió su manto de finas gotas de agua helada, lo agitó con fuerza y de él cayeron punzantes agujas de hielo que se clavaban en el rostro de aquellos malvados seres. El gélido viento no permitía avanzar a los tres extraños y Vitulina pudo llevar a su pequeña hija hacia el rincón más apartado donde la arropó cubriéndola con su cuerpo.
Los desconocidos seres, vencidos por el temporal, huyeron perdiéndose en la lejanía.
Cuando Vítulo volvió de pescar, encontró a madre e hija temblorosas, acurrucadas en un rinconcito entre los hielos y al conocer lo sucedido, sus ojos se levantaron hacia el cielo en mudo agradecimiento a la reina de los hielos eternos.
La reina, una vez pasado el peligro, replegó su manto para dejar paso a un rayo de sol que incidió sobre un pequeño charco de agua milagrosamente no congelado, donde brillaban los más bellos colores del arco iris.
Nadie supo nunca que aquel pequeño charco de agua no se podía congelar porque eran las ardientes lágrimas de una madre foca que lloró al ver a su blanca hija en el mayor de los peligros.
Los seres desconocidos, jamás volvieron por el país de los hielos eternos y así fue como, osos polares, pingüinos de abrigos negros, focas de acharolada piel y enormes ojos tiernos, vivieron felices protegidos por la gran reina de los hielos.
FIN
MAGDA.

jueves, 17 de marzo de 2011

EL GUSANITO QUE SE PERDIÓ









EL GUSANITO QUE SE PERDIÓ


En el interior de una jugosa manzana que estaba colgada de un árbol, vivía una familia de gusanitos. Además del papá y la mamá gusano, nueve hermanitos pasaban el día entrando y saliendo de aquella manzana que era su casita.

Una mañana, después de atiborrarse de cereales, los gusanitos estaban tan gordos que la manzana no pudo sostener el peso y ¡plaff...! cayó al suelo en medio de una barahúnda tremenda de muebles cacharros y trastos de todas clases que asustaron a toda la familia de gusanitos.

¡Menudo susto se llevaron! En un momento se encontraron todos amontonados unos encima de otros, enredados sin saber quién era quién hasta que, poco a poco, se fueron serenando y, aunque algo mareados, comenzaron a investigar el suceso.

-¡ A ver, dejarme solo!- decía el papá haciéndose el valiente -¡que nadie se mueva¡- y despacito, despacito, asomó la cabeza por la puerta de la manzana para ver a donde habían ido a parar.

Cuando el papá gusano comprobó que no había ningún peligro, dejó salir a la mamá acompañada de todos los gusanitos hechos un revoltijo para que los pudiera ir desenredando mientras los contaba, mirando que no le faltara ninguno y así, poco a poco, todos empezaron a correr por un lado y por otro.

-¡Es un campo de hierba!- decían muy asombrados -¡qué bien huele y cuánto sol!.

Y sin pensarlo más se pusieron todos a jugar al escondite.

Dindín, que era el más pequeño empezó a correr, a correr, para esconderse muy lejos y tanto se alejó que, cuando quiso darse cuenta, se había perdido.
Como no encontraba a ninguno de sus hermanos ni tampoco la manzana que era su casa, se puso a llorar a moco tendido sin saber que hacer.
De pronto, ante él apareció un gigante vestido de negro con unas espadas en la frente que lo asustó muchísimo y para hacerse el valiente, con voz temblorosa le preguntó:

-Y tú ¿qué cosita eres?

-Yo soy el gran escarabajo de la pradera ¿es que no me ves?- le contestó el gigante muy enfadado -¿qué haces tú por aquí, pequeño gusano?

-Estaba jugando al escondite con mis hermanitos y me he perdido- dijo Dindín, medio llorando, otra vez muy asustado- ¿tú podrías decirme dónde está mi casa?- preguntó pensando que aquel escarabajo tan grande también debía de ser muy listo.

El escarabajo grande que aunque parecía malo no lo era, le respondió a Dindín con su voz ronca:

-Súbete a mis espaldas y te llevaré un trecho por el camino a ver si la encuentras.

Díndín hizo lo que le indicó el gigante y mientras este caminaba, el gusanito aprovechó para echar una siestecita subido en aquella especie de autobús viviente. Al llegar a un cruce de caminos el escarabajo lo ayudó a bajar al suelo y le dijo:

-Te dejo aquí gusanito, yo tengo muchas cosas que hacer y no puedo alejarme más. Sigue camino adelante y encontrarás tu manzana.

Dindín volvió a caminar, a caminar, hasta llegar a un huerto lleno de lechugas y como empezaba a hacer calor, se metió entre ellas. Caminaba saltando de una a otra, enredado entre las hojas frescas y jugosas, cuando un ruido lo obligó a esconderse asustado. Del interior de una de las lechugas más grandes salió un ser enoooorme, que se arrastraba lentamente ayudado de un bastón. Dindín que nunca había visto nada igual, asombrado, le preguntó:

-Y tú ¿qué cosita eres?

El animal, se sorprendió al oír la voz del gusanito, se quedó mirándolo, se puso las gafas de ver y entre tos y tos, le respondió:

-Soy un viejo caracol ¿es que no me ves? Llevo la casa a cuestas y soy tan viejo que ya he visto nacer y morir lechugas a cientos, necesito un bastón para andar porque ya no puedo arrastra mi cuerpo, y la tos no me deja respirar.

Y diciendo ésto, sacó del bolsillo un frasco de jarabe para la tos, tomó un traguito con cara de asco y continuó caminando despacio, despacio. Dindín, que comenzaba a estar muy cansado y hambriento, le pidió que le indicara el camino para llegar a su casa y el caracol que además de viejo, era sabio y bueno, le acompañó hasta donde empezaba el prado de manzanos para que el gusanito encontrara la casa que había perddo.
Por el camino Dindín comenzó a ponerse muy triste y a sentirse muy mareado... muy mareado... y al llegar a la manzana que era su casita, se hizo una rosca sobre sí mismo y se acostó rápidamente en su cama sin preocuparse de la alegría que tenía toda la familia por volver a verlo.

Por la mañana al despertarse, Dindín se encontró con una sorpresa mayúscula. Su casita ya no era la manzana, estaba dentro de otra demasiado pequeña para él porque se sentía muy encogido. Pero ¡qué preciosa era! De un color amarillo dorado muy transparente, suave y sedosa. Intentó tocarla por un lado y por otro pero como le quedaba muy ajustada, apenas podía rebullirse y comenzó a hurgar con una patita en uno de los extremos hasta que hizo un agujero por donde pudo salir a explorar.

¡Eso si que fue una sorpresa! En cuanto estuvo fuera comprobó que...¡ya no era un gusanito! Su cuerpo tenía dos preciosas alas de color azul aterciopelado, una a cada lado de su cuerpo con unos dibujos blancos y negros preciosos. Dindín no había visto nunca una cosa tan bonita y cuando pudo advertir que al mover la alas se elevaba del suelo, sintió tanta alegría que comenzó a bailotear por el aire posándose de flor en flor.

Y entonces se dio cuenta de que ya no necesitaba ninguna manzana para vivir porque había llegado el tiempo de convertirse en mariposa. A partir de aquel momento, su casa era el aire, la hierba, las flores, el campo... y se sintió libre, tan libre, que volando, volando, se elevó cada vez más alto, hasta alcanzar el cielo, hizo un par de piruetas y bajó hasta la flor más hermosa que había en el campo, allí se acomodó y comenzó a
libar el néctar que desde entonces era su alimento.

Y colorín colorado…, este cuento se ha acabado!!!

MAGDA.

martes, 25 de enero de 2011

LA TRAVESURA DE UNA NOTA MUSICAL



LA TRAVESURA DE UNA NOTA MUSICAL
(Cuento)

Había una vez un hada pequeñita y traviesa que se ocupaba de que la música sonara armoniosa. Un día, estaba muy aburrida sentada en el centro de una flor mientras arreglaba su túnica de seda dorada que era una clave de sol, cuando le dijeron que debía ir corriendo a poner unas notas musicales en el pentagrama para que sonaran armoniosas en el momento de ser interpretadas.
Cuando todos los músicos, ya dispuestos, esperaban a que el Director de la orquesta moviera la batuta para empezar la sinfonía, al hada pequeñita y traviesa no se le ocurrió otra cosa que ponerse a jugar con una de las notas tan pequeñita como ella, redondita y negra. La nota que se encontraba quietecita en su sitio esperando a que el músico la pasara a su instrumento, al ver que el hada de la música quería jugar, dio un salto y se escapó de la partitura dejando en el pentagrama un espacio en blanco. Perseguida por el hada musical, comenzó a correr de una hoja a otra. Primero se ponía delante de una clave de fa, luego se escondía entre dos corcheas y otras le daba un empujón a un silencio para ponerse en su lugar.
Al hada musical pequeñita y traviesa, se le había olvidado que aquel concierto era muy importante para el primer violinista, un anciano de ojos cansados que había tenido mucho cuidado en ocultar la ceguera que poco a poco se iba apoderando de sus ojos, para que no lo despidieran de la orquesta porque toda su vida era la música. Y, precisamente, aquel día, debía interpretar una obra nueva que, aunque la había ensayado una y otra y otra vez, sabía que debería hacer el esfuerzo de leer la partitura pues el fallo de una sola nota, echaría a perder el concierto, por lo tanto prestaba mucha atención a las notas de la composición que debía interpretar.
Cuando comenzó a sonar la música, se hizo el silencio en la sala y al hada musical, como le gustaba mucho escuchar todas las melodías, además de tenerle un gran cariño al viejo violinista, dejó de jugar y se sentó en el atril para escuchar la hermosa sinfonía. En aquel momento, vio, horrorizada, el hueco que había dejado la nota negra que se había escapado. La buscó con la mirada pero no la vio por ninguna parte. Era necesario encontrarla para que se pusiera rápidamente en su sitio sino el violinista desafinaría y el concierto sería un desastre. Al fin, la vio enredando entre las hojas de una partitura. Ahora se ponía entre una blanca y una corchea, luego entre una fusa y una semifusa, de un empujón tiró a la clave de fa que se enfadó muchísimo y no quería volver al papel y así continuaba enredándolo todo, corriendo de un lado para otro sin dejarse atrapar.
El anciano violinista llegó en su interpretación al punto donde ella faltaba y el desafino fue total. El público abucheó y el Director de orquesta, sonrojado, sin poder salvar el concierto, se disculpó ante el público que seguía con sus protestas. El anciano violinista, desolado, admitió que había fracasado en su mejor trabajo y su corazón cansado, incapaz de aguantar aquella humillación, comenzó a pararse.
El hada de la música se arrepintió por haber jugado con la nota y permitirle que se marchara de su sitio y puesto que ella y la nota negra eran las culpables de aquella situación, decidió arreglarlo de alguna manera.
Rápidamente se lanzó sobre la nota escapada que seguía enredando entre las partituras de los músicos, la puso en el lugar que le correspondía en el pentagrama y le explicó lo sucedido. La nota negra, miró al violinista y vio como de sus ojos caían dos lágrimas y hada y nota pensaron que le debían una disculpa. Cuchichearon unas palabras entre sí y, de pronto, comenzó a sonar un magnífico solo de violín. Las notas surgían del instrumento que el viejo violinista tenía entre sus manos, en dulce melodía y cuando llegó el momento en el que la nota redonda y negra debía dejar oír su sonido, saltó hasta las cuerdas del violín y allí se mantuvo en un hermoso, largo y purísimo arpegio que arrancó los aplausos entusiasmados del público. Cuando terminó, la nota se encontraba estrujada entre las cuerdas del instrumento completamente destrozada.
Mientras los aplausos en la sala continuaban en alabanzas al anciano violinista, el hada de la música, tomó entre sus brazos a la redonda y negra nota musical para presentarla ante la reina del país de la música.
Cuando llegaron, la reina escuchó la historia y de su gran manto dorado lleno de notas musicales, sacó el elixir de las cosas que deben estar en su sitio y lo vertió sobre aquella nota redondita y negra malherida que, recuperada, volvió a su lugar en la escala musical.
El hada pequeñita y traviesa, tuvo que admitir su castigo por haber sido la causa de aquel terrible acontecimiento por lo que se la despojó de su túnica dorada que era una clave de sol y perdiendo su título de hada de la música pasó a ser el hada de las campanillas. De esta manera se quedó siempre en el campo entre las flores que, por eso tienen este nombre y, desde entonces, cuando son mecidas por el viento, dejan escapar de entre sus pétalos, una dulce melodía.
Escuchad, escuchad con atención cuando estéis en el campo entre las campanillas y acordaros del hada de la música pequeñita y traviesa.
FIN
MAGDA.

miércoles, 12 de enero de 2011

UN CUENTO DE NAVIDAD

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UN CUENTO DE NAVIDAd

El invierno se despertó el día 21 de Diciembre, se puso la bufanda roja, el gorro con pompón, las manoplas, se calzó las botas nuevas y con los auriculares en las orejas para oír a su cantante preferida, comenzó el viaje de tres días por los números del calendario. Era imprescindible que el día 25 llegara a su destino. Ningún año faltaba a la cita. Puntualmente, se presentaba en el mundo dispuesto a alegrar con los copos blancos de su hermana la nieve el día de Navidad. Pero cuando el otoño se despidió de él le dijo en secreto:
-¿Sabes? Se dice que este año no viene la nieve…, que no tiene traje, sólo tiene gotas de agua en lugar de copos blancos.
-¡Eso es una tontería! ¿Cómo no va a tener copos la nieve? Entonces no sería nieve y yo, el invierno, no soy invierno sin nieve… así que… ¡anda, anda! Márchate de vacaciones… no te vaya a pillar el frío que ya me ha dicho que viene en avión empujado por el viento.
Pero aunque no le había creído, el invierno estaba bastante alarmado porque… ¿y si no se presentaba la nieve…? El día de Navidad sería un desastre. Todos los niños cuando se levantaban aquel día, después de ponerse las pantuflas y la bata de lana, se asomaban a la ventana para ver la nieve. Luego, una vez desayunados, mientras la mamá comenzaba a trajinar en la cocina para preparar la comida navideña, se reunían en grupos que, ayudados por los papás, fabricaban unos muñecotes de nieve muy, muy divertidos. No, no podía faltar la nieve ese día, era imposible.
Pasó corriendo por el día 22, por el 23 y por el 24. En el camino se encontró con la escarcha toda vestida de perlas blancas, muy elegante, y con el viejo hielo de barba que le llegaba hasta los pies, cada año ¡un poquitiiito! más larga y más blanca.
-¿Habéis visto a la nieve? – les preguntó.
-No. Hemos tenido que volar muy alto para llegar bien vestidos y no derretirnos porque ¡hacía un calor…! ¡bufff! y a la nieve no la hemos visto por ningún lado.
A las 12 de la noche del 25 de Diciembre se encontraron con el frío y el viento que ya los esperaban acurrucados. La nieve no aparecía y todos se echaron a dormir muy preocupados.
El alba los despertó poquito a poco, y cuando ya amaneció, se frotaron los ojos y ¡oh, maravilla! Allí estaba la nieve danzarina, bailando con sus copos, mientras cubría los árboles, los tejados de las casas y los jardines. El invierno se sentó tranquilo y contempló a los niños. Todos jugaban con la nieve, unos hacían muñecos y otros se lanzaban bolas mientras reían felices. El invierno vio que todo estaba bien, todo tranquilo. Otro año más cada cosa estaba en su sitio. Era Navidad.

Nombre: Mª MAGDALENA RODRÍGUEZ MARTÍN
Nacionalidad: ESPAÑOLA
Profesión: Escritora
Dirección electrónica: nerepotxola@yahoo.es