martes, 25 de enero de 2011

LA TRAVESURA DE UNA NOTA MUSICAL



LA TRAVESURA DE UNA NOTA MUSICAL
(Cuento)

Había una vez un hada pequeñita y traviesa que se ocupaba de que la música sonara armoniosa. Un día, estaba muy aburrida sentada en el centro de una flor mientras arreglaba su túnica de seda dorada que era una clave de sol, cuando le dijeron que debía ir corriendo a poner unas notas musicales en el pentagrama para que sonaran armoniosas en el momento de ser interpretadas.
Cuando todos los músicos, ya dispuestos, esperaban a que el Director de la orquesta moviera la batuta para empezar la sinfonía, al hada pequeñita y traviesa no se le ocurrió otra cosa que ponerse a jugar con una de las notas tan pequeñita como ella, redondita y negra. La nota que se encontraba quietecita en su sitio esperando a que el músico la pasara a su instrumento, al ver que el hada de la música quería jugar, dio un salto y se escapó de la partitura dejando en el pentagrama un espacio en blanco. Perseguida por el hada musical, comenzó a correr de una hoja a otra. Primero se ponía delante de una clave de fa, luego se escondía entre dos corcheas y otras le daba un empujón a un silencio para ponerse en su lugar.
Al hada musical pequeñita y traviesa, se le había olvidado que aquel concierto era muy importante para el primer violinista, un anciano de ojos cansados que había tenido mucho cuidado en ocultar la ceguera que poco a poco se iba apoderando de sus ojos, para que no lo despidieran de la orquesta porque toda su vida era la música. Y, precisamente, aquel día, debía interpretar una obra nueva que, aunque la había ensayado una y otra y otra vez, sabía que debería hacer el esfuerzo de leer la partitura pues el fallo de una sola nota, echaría a perder el concierto, por lo tanto prestaba mucha atención a las notas de la composición que debía interpretar.
Cuando comenzó a sonar la música, se hizo el silencio en la sala y al hada musical, como le gustaba mucho escuchar todas las melodías, además de tenerle un gran cariño al viejo violinista, dejó de jugar y se sentó en el atril para escuchar la hermosa sinfonía. En aquel momento, vio, horrorizada, el hueco que había dejado la nota negra que se había escapado. La buscó con la mirada pero no la vio por ninguna parte. Era necesario encontrarla para que se pusiera rápidamente en su sitio sino el violinista desafinaría y el concierto sería un desastre. Al fin, la vio enredando entre las hojas de una partitura. Ahora se ponía entre una blanca y una corchea, luego entre una fusa y una semifusa, de un empujón tiró a la clave de fa que se enfadó muchísimo y no quería volver al papel y así continuaba enredándolo todo, corriendo de un lado para otro sin dejarse atrapar.
El anciano violinista llegó en su interpretación al punto donde ella faltaba y el desafino fue total. El público abucheó y el Director de orquesta, sonrojado, sin poder salvar el concierto, se disculpó ante el público que seguía con sus protestas. El anciano violinista, desolado, admitió que había fracasado en su mejor trabajo y su corazón cansado, incapaz de aguantar aquella humillación, comenzó a pararse.
El hada de la música se arrepintió por haber jugado con la nota y permitirle que se marchara de su sitio y puesto que ella y la nota negra eran las culpables de aquella situación, decidió arreglarlo de alguna manera.
Rápidamente se lanzó sobre la nota escapada que seguía enredando entre las partituras de los músicos, la puso en el lugar que le correspondía en el pentagrama y le explicó lo sucedido. La nota negra, miró al violinista y vio como de sus ojos caían dos lágrimas y hada y nota pensaron que le debían una disculpa. Cuchichearon unas palabras entre sí y, de pronto, comenzó a sonar un magnífico solo de violín. Las notas surgían del instrumento que el viejo violinista tenía entre sus manos, en dulce melodía y cuando llegó el momento en el que la nota redonda y negra debía dejar oír su sonido, saltó hasta las cuerdas del violín y allí se mantuvo en un hermoso, largo y purísimo arpegio que arrancó los aplausos entusiasmados del público. Cuando terminó, la nota se encontraba estrujada entre las cuerdas del instrumento completamente destrozada.
Mientras los aplausos en la sala continuaban en alabanzas al anciano violinista, el hada de la música, tomó entre sus brazos a la redonda y negra nota musical para presentarla ante la reina del país de la música.
Cuando llegaron, la reina escuchó la historia y de su gran manto dorado lleno de notas musicales, sacó el elixir de las cosas que deben estar en su sitio y lo vertió sobre aquella nota redondita y negra malherida que, recuperada, volvió a su lugar en la escala musical.
El hada pequeñita y traviesa, tuvo que admitir su castigo por haber sido la causa de aquel terrible acontecimiento por lo que se la despojó de su túnica dorada que era una clave de sol y perdiendo su título de hada de la música pasó a ser el hada de las campanillas. De esta manera se quedó siempre en el campo entre las flores que, por eso tienen este nombre y, desde entonces, cuando son mecidas por el viento, dejan escapar de entre sus pétalos, una dulce melodía.
Escuchad, escuchad con atención cuando estéis en el campo entre las campanillas y acordaros del hada de la música pequeñita y traviesa.
FIN
MAGDA.

2 comentarios:

Manola Vazquez Lopez dijo...

UFF embelesada me he quedado leyendo este precioso cuento, para leerselo a mis niños del catecismo, de seguro que les gusta. Aplausos poor este maravilloso cuento.

magda dijo...

Gracias Manola por entrar en este humilde blog de cuentos y por dejar tu comentario. Me alegro tanto de que te haya gustado el cuento. Si lo lees a tus niños ya me dirás si ha gustado. Un beso.