domingo, 26 de junio de 2011

LAS ALPARGATAS



ESTE CUENTO HA CONSEGUIDO EL SEGUNDO LUGAR EN EL CONCURSO DE MICROCUENTOS SOBRE LA INFANCIA EN EL FORO DE "LETRAS Y ALGO MÁS"
LAS ALPARGATAS

El domingo madrugó, fue la primera en levantarse. Vio como la madre se peinaba con un moño pequeño en la nuca, desayunó en silencio su plato de gachas, la madre la obligaba a comer aquella pasta ácida que revolvía su estómago. Luego le peinó sus trenzas y con la papeleta en la mano se acercaron a la plaza. El corazón brincaba en su pecho cuando vio algunas muñecas en los estantes donde se encontraban los regalos. Una sería para ella. En sus cortos siete años de vida, nunca había conseguido que los Reyes Magos se acordaran de dejarle una muñeca por mucho que se lo pidiera incluso rezando de rodillas cada noche, pero aquel año era diferente. Los Reyes Magos decidieron dejar los regalos en la Plaza y el Ayuntamiento los sorteaba entre los niños que no los podían recibir en sus casas.
Se acercaron al tenderete, la madre entregó a una joven la papeleta. Siguió con la vista todo cuanto hacía. Vio como contrastaba la papeleta con los paquetes expuestos. Uno de ellos era su muñeca, le faltaba la respiración, al fin la tendría entre sus manos y la estrujaría contra su corazón. ¡Cuánto iba a quererla!
La joven se agachó hacia un cesto, cogió un paquete que entregó a la madre y se fue para atender a otra madre con un niño de la mano. Se alejaron y se sentaron en un banco. La madre abrió el paquete de su regalo en el día de Reyes. Entre el papel arrugado aparecieron unas alpargatas blancas con una suela de goma negra. La madre se las entregó. Quedaron en sus manos como dos palomas muertas. – MAGDA R. MARTÍN

jueves, 23 de junio de 2011

CUENTO CON MENCIÓN EN LA REVISTA "MANDALA LITERARIA"


Mandala Literaria
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Fecha de inscripción: 01/10/2010






Tema: LAS VACACIONES DE MARUJITA Mención concurso Borges Ayer a las 11:33 pm






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El siguiente trabajo de la señora Magda Rodríguez Martín obtuvo mención en la categoría cuento, en el Concurso Homenaje a Jorge Luis Borges, realizado por la revista Mandala Literaria.




LAS VACACIONES DE MARUJITA

Sentada bajo el castaño, Marujita leía el cuento de “Alicia en el país de las maravillas”. – Tengo muchirrísima prisa, tengo muchirrísima prisa…- decía el conejo blanco mientras miraba su reloj de bolsillo… Marujita, cerró el libro y pensó.
Se encontraba cansada, adormilada. La tarde veraniega acercaba la suave brisa que llegaba desde el mar hasta la casa donde pasaba sus vacaciones. “…tengo muchirrísima prisa…”, repitió en silencio y se le ocurrió pensar en la prisa, ¿qué era la prisa? ¿Por qué era necesario correr para realizar un montón de cosas? Cosas para las cuales no había tiempo suficiente… ¿y qué era el tiempo? El tiempo estaba allí, con ella. Marujita lo vistió de azul porque era un color bonito. Era suave, aterciopelado, blandito…, se dejaba manejar y era el mejor amigo del mundo. Cerró los ojos, se puso a su lado, le agarró una mano delicada y pequeña, parecida a la de un niño y le preguntó:
-¿Qué eres en realidad?
El tiempo, la miró con sus ojos grandes, oscuros, profundos como un pozo sin fondo porque allí dentro se encontraba la eternidad y respondió:
-Puedo ser lo mejor y lo peor del ser humano, siempre estoy con vosotros aunque no lo sepáis ni seáis conscientes de mi presencia, sin embargo, continuamente me estáis nombrando. Me habéis inventado vosotros, los humanos, porque, en realidad, sólo existo en vuestras mentes y me habéis hecho tan necesario, que no sabéis vivir sin mí.
-¿Y para qué sirves?- le preguntó Marujita al tiempo mientras éste se envolvía y desenvolvía a su lado como si fuera una ola del mar.
El tiempo, volvió a mirarla, esta vez con una sonrisa y le dijo:
-Sirvo para crear un orden en vuestras vidas. Nacéis conmigo y morís conmigo, siempre hay un tiempo para cada cosa que hacéis. Cada cumpleaños es un tiempo pasado, cada día, pasó el tiempo que se llama ayer, y en la esquina espera el tiempo que se llama mañana aunque todos somos uno pero escogemos diferentes nombres para poder ayudaros si no, vuestro mundo sería un caos inmenso.
Marujita sonrió mientras pensaba en aquel momento de quietud bajo el árbol con el libro de cuentos entre las manos. Aquel era su tiempo de descanso y se le ocurrió preguntar:
-¿Y de qué color es el tiempo? porque yo, ahora, te he vestido de azul.
-Puedo ser de cualquier color, según el hombre me vista. Si está alegre soy azul o amarillo, si está esperanzado me viste de verde, si apasionado me pone una túnica roja y, en ocasiones me viste completamente de negro… Esos son los peores momentos que tiene el tiempo. Entonces, todo es oscuro, lúgubre, triste.
Nunca debes permanecer al lado del tiempo vestido de negro, Marujita, cámbiale rápidamente el vestido negro por el verde y siempre serás feliz….
-¡Marujita…, Marujita…! ¡Ven a merendar!- llamó la mamá desde la puerta de la casa.
Marujita, dobló su tiempo inventado y lo guardó en el bolsillo. Ahora, era tiempo para merendar, luego, volvería a jugar con él.
MAGDA RODRÍGUEZ MARTÍN

LA BRUJA


LA BRUJA

Vestía de negro, con pañuelo en la cabeza del mismo color que, cuando resbalaba, dejaba ver un pelo canoso y ralo recogido en un minúsculo moño como si no quisiera crecer. Era una mujer extraña, de estatura mediana, menuda de esqueleto lo que le daba un aspecto frágil. De piel blanca, intensificaba su palidez con aquel atuendo negro que la cubría. Yo la miraba poco, no me atrevía, pero las veces que coincidí con sus ojos, me pareció demostraban bondad, comprensión y sabiduría. Eran claros, de un azul desvaído que ofrecían confianza. La primera vez que me crucé con ella a mí no me pareció una bruja como decían.
Aquel misterio que la rodeaba intensificado por el vulgo que traía y llevaba historias misteriosas atribuidas a su colaboración, la hacía más interesante y mi único deseo era poder acercarme a ella para investigar sus poderes de bruja, saber si realmente, eran ciertos.
Por más vueltas que le daba a la situación, no había una manera clara de intimar hasta que, un día, la suerte se puso de mi lado. Al colegio entró una nueva alumna. Una niña delgada, huesuda, muy blanca de piel y con un pelo ligeramente ondulado entre rubio y castaño que, sin saber el motivo, despertó mi compasión. La vi triste, asustada, mi primer pensamiento fue ayudarla y, otra vez, la suerte o el destino, me dio la oportunidad porque colocaron a la niña como compañera en el banco de mi pupitre. Me dijo que se llamaba Elvirín y aquel diminutivo me hizo mucha gracia porque encajaba con su pequeño aspecto. No es necesario decir que nos hicimos grandes amigas y, de esta manera, comenzaron las visitas.
La primera fue una tarde de sábado en que la invité a merendar. Mi madre nos preparó un chocolate con picatostes y, después, leímos tebeos y cuentos en el cuarto de jugar. Cada vez me gustaba más aquella niña. Era silenciosa, procuraba ser educada, agradecida y me demostraba afecto y sinceridad.
Después de un tiempo en el que nos reuníamos siempre en mi casa, ella, una tarde, me dijo debía hacer un recado ordenado por su padre y me pidió la acompañara. Después de obtener el permiso de mi madre que, por cierto, me extrañó pues resultó bastante renuente y puso una hora determinada de vuelta, la acompañé a su domicilio.
Nunca me había interesado conocer donde se encontraba su casa y al dejarme llevar por ella, pude comprobar cómo era una de las fincas más viejas y deterioradas del barrio. Un portal oscuro, maloliente, nos llevó a través de unas escaleras llenas de humedad y paredes desconchadas hasta un segundo piso donde, después de llamar a una antigua puerta desgastada, esta se abrió dejando aparecer la figura de un hombre con un aspecto que a mí me pareció bastante miserable.
Aquella oscuridad, el suelo del piso embaldosado con unos ladrillos ásperos y gastados por el uso, cuatro muebles viejos, las ventanas sin cortinas y un olor a aceite rancio que impregnaba la casa, ofrecían un aspecto desolador. El hombre, al que mi amiga Elvirín llamó “padre” me asustó con un vozarrón ronco cuando soltó cuatro palabras malhumoradas y le entregó un paquete a mi amiga para que lo llevara a una dirección determinada.
Cuando salí a la calle, respiré hondo y la empatía con mi amiga se transformó en una profunda conmiseración. Creo que ella se sintió algo avergonzada porque no se atrevió a mirarme a la cara y fuimos todo el camino en silencio. En un momento preciso, como si se viera obligada a darme una aclaración, dijo:
-Mi padre es bueno, lo que pasa es que cuando se emborracha se pone muy violento y no sabe lo que hace.
No supe responder. Mi corta edad no me ofrecía suficiente capacidad de comprensión como para poder encajar aquella confidencia y consolarla, por lo tanto, callé.
Elvirín entregó el paquete, cogió el dinero ofrecido como pago y regresamos a su casa. Yo no quería subir, mi ánimo no estaba dispuesto a encontrarme, otra vez, con aquel hombre desagradable y le dije a mi amiga que la esperaba en la calle pero, ante su insistencia, la acompañé.
-Mi padre ya no estará…-dijo como adivinando el motivo de mi reticencia mientras subíamos por las escaleras –a estas horas se va al Bar…
La seguí en silencio y al entrar en la casa, la vi. Era “la bruja”, estaba allí, en la cocina, sin el pañuelo que cubría siempre su cabeza y con un delantal de cuadros pequeños grises y negros, pelaba unas patatas. Si la sorpresa fue grande al verla, se intensificó cuando oí a mi amiga Elvirín como la llamaba “madre”.
La mujer que tanto despertaba mi interés, me miraba con una sonrisa triste en aquellos ojos de un azul desvaído. Se limpió las manos en un trapo algo mugriento y me acarició la cabeza. No sé que tenían sus manos, pero a mí me pareció como si me hubiera acariciado un ángel.
Unos meses después, cambiamos de domicilio. Fui a un colegio nuevo y dejé de ver a mi amiga Elvirín pero nunca he olvidado ni a ella ni a su madre, aquella mujer triste, extraña, menuda, siempre vestida de negro a la que llamaban “la bruja” , sin embargo, sus caricias parecían de ángel. MAGDA.

domingo, 12 de junio de 2011

LA FOQUITA VITULINA O LA REINA DE LOS HIELOS.



LA FOQUITA VITULINA O LA REINA DE LOS HIELOS
(Un sencillo cuento)

En un extremo de nuestro redondo mundo, donde existen los hielos eternos, sucedió, hace ya mucho…, mucho tiempo, una historia que voy a explicar.
En un país en el que los témpanos de hielo iban a la deriva por el mar, una reina cuidaba de todas las criaturas que habitaban su reino. Era hermosa y muy poderosa pero completamente fría porque estaba hecha de un gran témpano de hielo y su trono, esculpido en lo más alto de un iceberg desde donde contemplaba todo cuanto sucedía a su alrededor. El manto que la envolvía estaba compuesto por finísimas gotas de agua helada y cuando lo extendía sobre la tierra, la nieve cubría todo aquel bello lugar. Sólo, en el centro de su pecho, tenía un corazón de fuego.
Ningún humano podía vivir allí, la temperatura glacial no les permitía subsistir en aquella parte del mundo pero sí vivían felices lo osos polares, los pingüinos de negros abrigos y las focas de tierna mirada. Y una de estas focas, es, precisamente, la protagonista de nuestro cuento.
Se llamaba Vitulina y poseía una piel gris acharolada que brillaba como un espejo cuando se mojaba. Como era un poco traviesa, le gustaba jugar en el mar azul mientras hacía piruetas entre las algas que se mecían airosas con el movimiento de las olas. Pero su diversión favorita era subirse sobre un pedazo de hielo y viajar a la deriva sin que nadie la detuviera.
Cierto día, distraída con este juego, se encontró con Vítulo, un joven macho que admiraba embelesado la silueta de Vitulina, tan atrevida y bonita que, rápidamente, se enamoró de ella y ambos comenzaron a jugar en aquel mar helado hasta que, en uno de sus juegos, sus hociquitos se unieron en un suave beso. Vitulina se quedó prendada de Vítulo porque además de hermoso era fuerte y simpático y siempre que se acercaba le hacía unas divertidas cosquillas con sus largos bigotes.
Poco tiempo después, al comprobar cuánto se amaban, decidieron visitar a la reina del hielo para que los uniera y poder formar un nuevo hogar, cosa que alegró enormemente a las dos familias, la de Vitulina y la de Vítulo.
Después de un tiempo de gran felicidad, a la nueva pareja de focas les nació una foquita pequeña, pequeña y completamente blanca con unos enormes ojos parecidos a dos diamantes negros. A partir de entonces, siempre salían los tres juntos a nadar y a pescar mientras jugaban entre las algas y los témpanos de hielo pero, un día, cuando el hielo cubría casi toda la superficie del mar, la desgracia llegó sin que nadie lo advirtiera.
Era un día de intenso frío. La reina de los hielos, extendió poco a poco su manto y unos finos copos de nieve comenzaron a caer cubriendo toda la tierra con una sábana blanca. Vítulo salió él solo a buscar alimento para evitar peligros a las dos foquitas que tanto amaba. Acurrucadas una junto a otra, esperaban la llegada del padre con alimento suficiente cuando, de pronto, acertaron a ver entre la ventisca, a tres enormes seres desconocidos. Erguidos y cubiertos de extrañas pieles, vieron como sus ojos brillaban de manera feroz. Su instinto le avisó de un peligro inminente y Vitulina buscó con la mirada a su pequeña hijita blanca. Un temor indescriptible se apoderó de su corazón al verla frente a los tres seres extraños que, con gritos ininteligibles, la acorralaban mientras blandían en sus extremidades un elemento desconocido.
Vitulina apenas tuvo tiempo de gritar llamando a su pequeña hija. Mientras corría para protegerla de aquellos seres terribles, vio como uno de ellos, golpeaba con fuerza la cabeza de su pequeña. Medio inconsciente, la foquita intentó escapar de aquellos seres maltratadores al tiempo que Vitulina sólo conseguía gritar para intentar asustar a los desconocidos. Corría y corría para salvar a su hija hasta que, en un momento de desesperación, pidió, angustiada, ayuda a la reina poderosa de los hielos eternos, diciendo mientras dos lágrimas caían de sus ojos:
-¡¡Nooo, mi hijita nooo!!
La gran reina de los hielos eternos, escuchó sus gritos pidiendo ayuda y, con furia, extendió su manto de finas gotas de agua helada, lo agitó con fuerza y de él cayeron punzantes agujas de hielo que se clavaban en el rostro de aquellos malvados seres. El gélido viento no permitía avanzar a los tres extraños y Vitulina pudo llevar a su pequeña hija hacia el rincón más apartado donde la arropó cubriéndola con su cuerpo.
Los desconocidos seres, vencidos por el temporal, huyeron perdiéndose en la lejanía.
Cuando Vítulo volvió de pescar, encontró a madre e hija temblorosas, acurrucadas en un rinconcito entre los hielos y al conocer lo sucedido, sus ojos se levantaron hacia el cielo en mudo agradecimiento a la reina de los hielos eternos.
La reina, una vez pasado el peligro, replegó su manto para dejar paso a un rayo de sol que incidió sobre un pequeño charco de agua milagrosamente no congelado, donde brillaban los más bellos colores del arco iris.
Nadie supo nunca que aquel pequeño charco de agua no se podía congelar porque eran las ardientes lágrimas de una madre foca que lloró al ver a su blanca hija en el mayor de los peligros.
Los seres desconocidos, jamás volvieron por el país de los hielos eternos y así fue como, osos polares, pingüinos de abrigos negros, focas de acharolada piel y enormes ojos tiernos, vivieron felices protegidos por la gran reina de los hielos.
FIN
MAGDA.