jueves, 23 de junio de 2011

LA BRUJA


LA BRUJA

Vestía de negro, con pañuelo en la cabeza del mismo color que, cuando resbalaba, dejaba ver un pelo canoso y ralo recogido en un minúsculo moño como si no quisiera crecer. Era una mujer extraña, de estatura mediana, menuda de esqueleto lo que le daba un aspecto frágil. De piel blanca, intensificaba su palidez con aquel atuendo negro que la cubría. Yo la miraba poco, no me atrevía, pero las veces que coincidí con sus ojos, me pareció demostraban bondad, comprensión y sabiduría. Eran claros, de un azul desvaído que ofrecían confianza. La primera vez que me crucé con ella a mí no me pareció una bruja como decían.
Aquel misterio que la rodeaba intensificado por el vulgo que traía y llevaba historias misteriosas atribuidas a su colaboración, la hacía más interesante y mi único deseo era poder acercarme a ella para investigar sus poderes de bruja, saber si realmente, eran ciertos.
Por más vueltas que le daba a la situación, no había una manera clara de intimar hasta que, un día, la suerte se puso de mi lado. Al colegio entró una nueva alumna. Una niña delgada, huesuda, muy blanca de piel y con un pelo ligeramente ondulado entre rubio y castaño que, sin saber el motivo, despertó mi compasión. La vi triste, asustada, mi primer pensamiento fue ayudarla y, otra vez, la suerte o el destino, me dio la oportunidad porque colocaron a la niña como compañera en el banco de mi pupitre. Me dijo que se llamaba Elvirín y aquel diminutivo me hizo mucha gracia porque encajaba con su pequeño aspecto. No es necesario decir que nos hicimos grandes amigas y, de esta manera, comenzaron las visitas.
La primera fue una tarde de sábado en que la invité a merendar. Mi madre nos preparó un chocolate con picatostes y, después, leímos tebeos y cuentos en el cuarto de jugar. Cada vez me gustaba más aquella niña. Era silenciosa, procuraba ser educada, agradecida y me demostraba afecto y sinceridad.
Después de un tiempo en el que nos reuníamos siempre en mi casa, ella, una tarde, me dijo debía hacer un recado ordenado por su padre y me pidió la acompañara. Después de obtener el permiso de mi madre que, por cierto, me extrañó pues resultó bastante renuente y puso una hora determinada de vuelta, la acompañé a su domicilio.
Nunca me había interesado conocer donde se encontraba su casa y al dejarme llevar por ella, pude comprobar cómo era una de las fincas más viejas y deterioradas del barrio. Un portal oscuro, maloliente, nos llevó a través de unas escaleras llenas de humedad y paredes desconchadas hasta un segundo piso donde, después de llamar a una antigua puerta desgastada, esta se abrió dejando aparecer la figura de un hombre con un aspecto que a mí me pareció bastante miserable.
Aquella oscuridad, el suelo del piso embaldosado con unos ladrillos ásperos y gastados por el uso, cuatro muebles viejos, las ventanas sin cortinas y un olor a aceite rancio que impregnaba la casa, ofrecían un aspecto desolador. El hombre, al que mi amiga Elvirín llamó “padre” me asustó con un vozarrón ronco cuando soltó cuatro palabras malhumoradas y le entregó un paquete a mi amiga para que lo llevara a una dirección determinada.
Cuando salí a la calle, respiré hondo y la empatía con mi amiga se transformó en una profunda conmiseración. Creo que ella se sintió algo avergonzada porque no se atrevió a mirarme a la cara y fuimos todo el camino en silencio. En un momento preciso, como si se viera obligada a darme una aclaración, dijo:
-Mi padre es bueno, lo que pasa es que cuando se emborracha se pone muy violento y no sabe lo que hace.
No supe responder. Mi corta edad no me ofrecía suficiente capacidad de comprensión como para poder encajar aquella confidencia y consolarla, por lo tanto, callé.
Elvirín entregó el paquete, cogió el dinero ofrecido como pago y regresamos a su casa. Yo no quería subir, mi ánimo no estaba dispuesto a encontrarme, otra vez, con aquel hombre desagradable y le dije a mi amiga que la esperaba en la calle pero, ante su insistencia, la acompañé.
-Mi padre ya no estará…-dijo como adivinando el motivo de mi reticencia mientras subíamos por las escaleras –a estas horas se va al Bar…
La seguí en silencio y al entrar en la casa, la vi. Era “la bruja”, estaba allí, en la cocina, sin el pañuelo que cubría siempre su cabeza y con un delantal de cuadros pequeños grises y negros, pelaba unas patatas. Si la sorpresa fue grande al verla, se intensificó cuando oí a mi amiga Elvirín como la llamaba “madre”.
La mujer que tanto despertaba mi interés, me miraba con una sonrisa triste en aquellos ojos de un azul desvaído. Se limpió las manos en un trapo algo mugriento y me acarició la cabeza. No sé que tenían sus manos, pero a mí me pareció como si me hubiera acariciado un ángel.
Unos meses después, cambiamos de domicilio. Fui a un colegio nuevo y dejé de ver a mi amiga Elvirín pero nunca he olvidado ni a ella ni a su madre, aquella mujer triste, extraña, menuda, siempre vestida de negro a la que llamaban “la bruja” , sin embargo, sus caricias parecían de ángel. MAGDA.

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