domingo, 12 de junio de 2011

LA FOQUITA VITULINA O LA REINA DE LOS HIELOS.



LA FOQUITA VITULINA O LA REINA DE LOS HIELOS
(Un sencillo cuento)

En un extremo de nuestro redondo mundo, donde existen los hielos eternos, sucedió, hace ya mucho…, mucho tiempo, una historia que voy a explicar.
En un país en el que los témpanos de hielo iban a la deriva por el mar, una reina cuidaba de todas las criaturas que habitaban su reino. Era hermosa y muy poderosa pero completamente fría porque estaba hecha de un gran témpano de hielo y su trono, esculpido en lo más alto de un iceberg desde donde contemplaba todo cuanto sucedía a su alrededor. El manto que la envolvía estaba compuesto por finísimas gotas de agua helada y cuando lo extendía sobre la tierra, la nieve cubría todo aquel bello lugar. Sólo, en el centro de su pecho, tenía un corazón de fuego.
Ningún humano podía vivir allí, la temperatura glacial no les permitía subsistir en aquella parte del mundo pero sí vivían felices lo osos polares, los pingüinos de negros abrigos y las focas de tierna mirada. Y una de estas focas, es, precisamente, la protagonista de nuestro cuento.
Se llamaba Vitulina y poseía una piel gris acharolada que brillaba como un espejo cuando se mojaba. Como era un poco traviesa, le gustaba jugar en el mar azul mientras hacía piruetas entre las algas que se mecían airosas con el movimiento de las olas. Pero su diversión favorita era subirse sobre un pedazo de hielo y viajar a la deriva sin que nadie la detuviera.
Cierto día, distraída con este juego, se encontró con Vítulo, un joven macho que admiraba embelesado la silueta de Vitulina, tan atrevida y bonita que, rápidamente, se enamoró de ella y ambos comenzaron a jugar en aquel mar helado hasta que, en uno de sus juegos, sus hociquitos se unieron en un suave beso. Vitulina se quedó prendada de Vítulo porque además de hermoso era fuerte y simpático y siempre que se acercaba le hacía unas divertidas cosquillas con sus largos bigotes.
Poco tiempo después, al comprobar cuánto se amaban, decidieron visitar a la reina del hielo para que los uniera y poder formar un nuevo hogar, cosa que alegró enormemente a las dos familias, la de Vitulina y la de Vítulo.
Después de un tiempo de gran felicidad, a la nueva pareja de focas les nació una foquita pequeña, pequeña y completamente blanca con unos enormes ojos parecidos a dos diamantes negros. A partir de entonces, siempre salían los tres juntos a nadar y a pescar mientras jugaban entre las algas y los témpanos de hielo pero, un día, cuando el hielo cubría casi toda la superficie del mar, la desgracia llegó sin que nadie lo advirtiera.
Era un día de intenso frío. La reina de los hielos, extendió poco a poco su manto y unos finos copos de nieve comenzaron a caer cubriendo toda la tierra con una sábana blanca. Vítulo salió él solo a buscar alimento para evitar peligros a las dos foquitas que tanto amaba. Acurrucadas una junto a otra, esperaban la llegada del padre con alimento suficiente cuando, de pronto, acertaron a ver entre la ventisca, a tres enormes seres desconocidos. Erguidos y cubiertos de extrañas pieles, vieron como sus ojos brillaban de manera feroz. Su instinto le avisó de un peligro inminente y Vitulina buscó con la mirada a su pequeña hijita blanca. Un temor indescriptible se apoderó de su corazón al verla frente a los tres seres extraños que, con gritos ininteligibles, la acorralaban mientras blandían en sus extremidades un elemento desconocido.
Vitulina apenas tuvo tiempo de gritar llamando a su pequeña hija. Mientras corría para protegerla de aquellos seres terribles, vio como uno de ellos, golpeaba con fuerza la cabeza de su pequeña. Medio inconsciente, la foquita intentó escapar de aquellos seres maltratadores al tiempo que Vitulina sólo conseguía gritar para intentar asustar a los desconocidos. Corría y corría para salvar a su hija hasta que, en un momento de desesperación, pidió, angustiada, ayuda a la reina poderosa de los hielos eternos, diciendo mientras dos lágrimas caían de sus ojos:
-¡¡Nooo, mi hijita nooo!!
La gran reina de los hielos eternos, escuchó sus gritos pidiendo ayuda y, con furia, extendió su manto de finas gotas de agua helada, lo agitó con fuerza y de él cayeron punzantes agujas de hielo que se clavaban en el rostro de aquellos malvados seres. El gélido viento no permitía avanzar a los tres extraños y Vitulina pudo llevar a su pequeña hija hacia el rincón más apartado donde la arropó cubriéndola con su cuerpo.
Los desconocidos seres, vencidos por el temporal, huyeron perdiéndose en la lejanía.
Cuando Vítulo volvió de pescar, encontró a madre e hija temblorosas, acurrucadas en un rinconcito entre los hielos y al conocer lo sucedido, sus ojos se levantaron hacia el cielo en mudo agradecimiento a la reina de los hielos eternos.
La reina, una vez pasado el peligro, replegó su manto para dejar paso a un rayo de sol que incidió sobre un pequeño charco de agua milagrosamente no congelado, donde brillaban los más bellos colores del arco iris.
Nadie supo nunca que aquel pequeño charco de agua no se podía congelar porque eran las ardientes lágrimas de una madre foca que lloró al ver a su blanca hija en el mayor de los peligros.
Los seres desconocidos, jamás volvieron por el país de los hielos eternos y así fue como, osos polares, pingüinos de abrigos negros, focas de acharolada piel y enormes ojos tiernos, vivieron felices protegidos por la gran reina de los hielos.
FIN
MAGDA.

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