sábado, 27 de agosto de 2011

EL CONEJITO OREJÍN



(Este cuento lo escribí hace mucho tiempo y fue uno de los preferidos de mi nieta Begoñita. Ella, ahora, ya tiene 17 años y todavía, cuando estamos juntas, recordamos aquellos momentos en que yo se lo explicaba antes de dormir)
Va para ti, mi querida Begoña.

EL CONEJITO OREJÍN
Aquel día, la señora Coneja había tenido una camada de doce preciosos conejitos pero cuando les estaba atusando los pelitos de la cabeza para dejarlos limpios y bien peinados, vio como el más chiquitín, tenía una oreja muy larga y la otra muy corta y entonces se le ocurrió llamarle “Orejín”.
Al principio, Orejín era muy feliz jugando en el campo con sus hermanos, haciendo carreras para ver quien llegaba primero a la meta pero, cuando comenzó a crecer, comenzaron también sus problemas.
Su mamá lo había matriculado en el “Rabit´s College”, el mejor colegio internacional de la Región de Campoverde donde vivían y, los compañeros de clase, se burlaban de él porque tenía aquella oreja tan chiquitita que no le crecía nunca. De las palabras de burla, pronto pasaron a los hechos y, en cuanto podían, le daban fuertes tirones de la oreja más larga, cosa que a Orejín le mortificaba muchísimo pues, además de hacerle daño, se la ponían muy colorada y así destacaba más la diferencia de tamaño entre las dos orejas.
Era tanto lo que le fastidiaban las bromas de sus compañeros de clase que, el conejito, comenzó a no querer asistir al colegio y aunque le gustaba mucho vestir el uniforme con pantalones a cuadros, camisa blanca, corbata roja y una chaqueta de fieltro verde muy bonita, Orejín fue perdiendo, poco a poco, la ilusión por estudiar.
Pero un suceso imprevisto, vino en su ayuda. Aquel curso, Don Erudito, el Director del colegio que era un conejo muy viejo y ya estaba muy cansado, pidió la jubilación, lo que obligó a la Junta del Centro a nombrar como nueva Directora a la Señorita Priscilla, una conejita muy rubia recién llegada de Inglaterra a la que le gustaban mucho los sombreros y lo primero que hizo fue añadir al uniforme del colegio, una gorrita de fieltro verde que hacía juego con la chaqueta. Y esta decisión de la Señorita Priscilla, fue la suerte de Orejín porque, todos sus compañeros, como tenían las dos orejas muy largas, no sabían cómo colocarse la gorra. Unos se peinaban las orejas hacia atrás como si fueran dos trenzas y estaban horrorosos, otros se las echaban hacia adelante y como le tapaban los ojos apenas si podían ver y, algunos, se las colocaban a ambos lados de la cabeza de una forma retorcida y ridícula. Pero Orejín, no. Él se colocaba la gorra sobre la orejita corta y además de tapársela le quedaba chulísima un poquito ladeada sobre la cabeza, lo que le proporcionaba una elegancia muy personal.
Cuando todos sus compañeros vieron lo guapo que estaba Orejín con la gorra puesta, se quedaron pasmados y ninguno de ellos se atrevió a tirarle de la oreja larga, que, además, llevaba siempre muy tiesa y bien peinada.
Y Orejín, como era un conejito muy bueno, perdonó a todos los que alguna vez se habían burlado de él y no sólo eso sino que también, les enseñó a colocarse con gracias la gorrita en el centro de la cabeza y con esto consiguió que el “Rabit´s College” , ganara el primer premio al uniforme más bonito y elegante de los colegios de la Región de Campoverde.
Ni que decir tiene que, Orejín, acabó siendo el conejo más famoso del colegio y su nombre fue inscrito en el Libro de Honor como uno de los alumnos más ilustres del “Rabit´s College”, donde llegó a ser, con los años, el Director más sabio de aquel colegio.
Y colorín colorado…, se acabó el cuento. – MAGDA.