lunes, 26 de septiembre de 2011

OTRO CUENTO DE LA GAVIOTA POMPITA


CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA
PINTÓN Y POMPITA

Pintón era el hermano mayor de Pompita. Era el más responsable de todos y quien se cuidaba de vigilar a los más pequeños cuando salían a pescar y a chapuzarse en el mar. Todos le querían mucho y obedecían sus consejos siempre que se encontraran fuera de casa pero todas esas atribuciones, hicieron que Pintón se hiciera también un poquito mandón y, un día, la mamá Doña Gaviota, se vio obligada a poner orden en aquellas obligaciones. La cosa sucedió de la siguiente manera.
Había sido un día muy caluroso, de esos de verano en los que se busca la sombra para refrescarse un poco. Era ya la hora de comer cuando, Pintón dijo a sus hermanitos:
-¡Venga! Vámonos a casa que mamá ya tendrá la comida en la mesa.
Naturalmente, todos obedecieron, sacaron de la bolsa las gafas de sol y las chanclas y todos agarraditos de la mano, se marcharon hasta su casa. La mamá Doña Gaviota se puso muy contenta al verlos tan felices y puso el cuenco con la ensalada encima de la mesa, le dijo al papá Don Gavioto que trabajaba afilando herramientas que la comida estaba lista y después de que todos se hubieran lavado y estuvieran bien limpitos, se sentaron alrededor de la mesa para comer.
Cuando ya estaban sentados y sólo faltaba Pompita que se había rezagado un ratito en el baño, antes de que se sentara a la mesa, la mamá Doña Gaviota le dijo:
-Pompita, por favor, ya que estas de pie ¿puedes acercarte a la cocina y traer la fuente del pescado?
Pompita obedeció pero cuando ya se daba la vuelta, Pintón, que estaba sentado en su sitio, le ordenó:
-Pompita y a mí me traes una vaso de agua bien fresquita.
Pompita se quedó algo sorprendida porque pensó que Pintón no debía pedirle una cosa que él podía hacer pero, después de dudar un poco, fue a la cocina, llevó la fuente del pescado a la mesa y volvió otra vez para llevarle a su hermano el vaso de agua. Todos se quedaron en silencio y vieron como la mamá, muy seria y pensativa, se levantó, fue al cuarto de los trastos y al rato salió con unas muletas en la mano que habían sido del abuelo. Se las ofreció a Pintón mientras decía:
-Toma, úsalas.
Pintón, sorprendido, le dijo a su mamá:
-¿Para qué me das unas muletas, mamá? No las necesito.
-¿Ah, no?- dijo Doña Gaviota –Pues como le has pedido a tu hermana que te trajera un vaso de agua de la cocina, creí que te habrías hecho daño y no podías andar… ¿por qué no has ido tú a buscar el agua?
Todos se quedaron perplejos y Pintón, avergonzado, no supo responder pero a partir de aquel día aprendió que algunas cosas no le correspondía ordenarlas a los demás si él sabía y podía hacerlas.
Así terminaron de comer todos felices y después se echaron la siesta mientras la mamá Doña Gaviota, muy sonriente, guardaba las muletas en el cuarto de los trastos.
¿Qué os ha parecido este cuento? Debemos aprender a saber cuándo hemos de pedir que nos hagan algo y cuándo hacerlo nosotros mismos. Adiós amiguitos. MAGDA (Abu Xanino)

LA BRUJA NORTE-SUR


LA BRUJA NORTE-SUR

La bruja se sacudió del letargo, peinó sus largos cabellos blancos, se pintó las uñas de variados colores y se acercó al estante donde tenía los dos frascos, el del Otoño cubierto de hojas marchitas, el de la Primavera un primor de flores diversas. Los agitó con fuerza y vertió en cada copa un poquito de su contenido, luego, se acercó hasta la estantería donde todavía dormían los muñecos Primavera y Otoño. Los enderezó, los limpió, les puso los vestidos nuevos y les obligo a tragar el bebedizo. No podían faltar a la cita de cada año, ambos debían vivir en el mundo el tiempo que les correspondía.
Los muñecos abrieron sus ojos; marrones como las castañas los del Otoño, azules como el cielo los de la Primavera. Se miraron mutuamente, sonrieron, se agarraron de la mano, colgaron de su hombro el saquito que les entrego la bruja Norte-Sur y, mientras ésta abría la ventana, respiraron hondo, deberían emprender un camino diferente para alcanzar su destino. El Otoño llegaría al hemisferio Norte, la Primavera, debía ser puntual en el hemisferio Sur. De su llegada dependían muchas cosas que los humanos necesitaban para seguir viviendo. El otoño, portaba su saco, lleno de castañas, uvas y colores ocres de diferentes tonalidades para pintar el paisaje. La Primavera, feliz y risueña, cantaba sin parar, lanzando pétalos coloreados de tantos como le sobraban en aquel saco pleno de flores que llevaba para repartir por campos y prados.
Al llegar al cielo, se abrazaron con lágrimas en los ojos, sabían que aquel momento, era el único en el que podían estar juntos, luego, cada cual por su camino. Era su cometido hasta que finalizada su hora, pudieran volver a descansar dejando paso, el Otoño al Invierno, la Primavera al Verano. Así era. - MAGDA.

jueves, 15 de septiembre de 2011

CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA


CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA

Había una vez n gaviota que se llamaba Pompita porque era la más gordita de todos sus hermanos. Además de ser la más gordita Pompita era muy perezosa y un poco descarada siempre rezongaba cuando su mamá Doña Gaviota la enviaba a hacer algún recado. El caso es que a Pompita le gustaba hacer todo lo contrario de aquello que debía hacer.
Un día se levantó de mal humor y cuando todos sus hermanos ya se había puesto el traje de baño para ir al mar a zambullirse y pescar su desayuno, ella dijo que no iba y, testaruda, se puso la capotita de paja y la capa de salir, cogió el cesto y le dijo a su mamá que se iba a la pescadería a por su desayuno.
La mamá Doña Gaviota como conocía a su hija Pompita sabía que ella sola se daría cuenta de aquello que hacía mal y la dejó marchar.
Pompita bajó por el acantilado mientras veía a todos sus hermanos como jugaban y volaban entre las rocas, se zambullían en picado en las aguas azules y profundas y salían con los pececitos que le servía de desayuno en el pico. Pero, Pompita, no quería dar su brazo a torcer porque aquel día ya hemos dicho que se había levantado enfurruñada y sin mirar más se fue a la pescadería que estaba en el pueblo.
La pescadería naturalmente, era para las personas que no sabían zambullirse para pescar y a las gaviotas, Don Pascual, el pescadero, les daba las sobras de lo que no había vendido y así, Pompita se sentó en el bordillo de la acera a esperar los restos del pescado que vendía Don Pascual.
Cuando pasó toda la mañana, Pompita aburrida del todo, consiguió unas sardinitas bastante despachurradas que es lo que había quedado sobrante y lo que le entregó el pescadero Don Pascual para comer.
Con el estómago dolorido y muy triste, Pompita volvió a su casa, poquito a poco y sudando la gota gorda porque el sol aquel día calentaba mucho y cuando llegó a su casa en lo alto del risco y vio a sus hermanitos como reían y jugaban, se echó a llorar y se abrazó a las faldas de su mamá mientras decía:
-¡Buaaaaaa! ¡Tengo mucha hambre… mamááááá…!
La mamá Doña Gaviota que era muy buena y quería mucho a sus hijitos, la abrazó, le limpió las lágrimas y los mocos con el delantal, la sentó a la mesa y le dio un pescadito de los que le habían sobrado a sus hermanos recién sacado del mar. No hay que decir que después de aquel primero pidió otro y dos más, porque todos sabéis que la gaviotita se llamaba Pompita porque era gordita y siempre comía un poquito más de la cuenta.
Pompita, después de la llantina y de comerse su pescadito pensó que levantarse enfurruñada era una tontería y decidió sonreír todas las mañanas al levantarse, ponerse enseguida el traje de baño y salir con sus hermanitos a pescar.
Y así termina hoy este cuento ¿os ha gustado? MAGDA (Abu Xanino)