martes, 27 de noviembre de 2012

OTRO CUENTO DE NAVIDAD



                                           OTRO CUENTO DE NAVIDAD
        Esto ocurrió  en el país de la imaginación, allí donde todo es posible.
        Se acercaba la Navidad y el señor tiempo, peinaba su larga melena blanca en la que se envolvía hasta parecer una pelota de lana. El señor Tiempo tenía tres hijas: El día, la hora y la vida. Nunca se separaban una de otra,  siempre ocupadas en algún quehacer pero cuando más trabajo tenían era cuando llegaba la Navidad, aunque también, era el momento más divertido porque, las tres, preparaban regalos a los hombres para felicitarles en estas fechas.
       Esto sucedió un  año, ya muy antiguo, muy antiguo, cuando se encontraban reunidas las tres hermanas pensando en cual podía ser el mejor regalo de las navidades y, por unanimidad decidieron hacer cada una de ellas una clase de caramelos. Pensaron y pensaron y, al fin, comenzaron a fabricarlos. El día hizo los caramelos de la esperanza con un polvillo de burbujas inventado por ella que envolvió en un papelito de color verde, la hora, los de la felicidad con mucho  azúcar y una pizca de menta que envolvió en un papelito azul y la vida, dudó y dudó antes de decidirse, quería acertar con la clase de su caramelo para que, siempre, todos la recordaran  y, después de dar vueltas y más vueltas, se le ocurrió una idea. Llamó a su amiga la nieve del invierno y le pidió prestados un montón de copos, vertió en cada uno de ellos una lágrima y los envolvió en un papel dorado y brillante precioso.
      Cuando amaneció el día de Navidad, las tres hermanas repartieron por el mundo los caramelos y esperaron los resultados abrigadas entre el largo cabello de su padre el tiempo. Comprobaron como a los niños les gustaban los caramelos envueltos en papel verde porque cuando los ponían en la boca, sentían un picor especial muy divertido que los hacía sentirse muy contentos. Los mayores, preferían los azules porque eran de sabor muy dulce e intenso y les hacían sonreír y la vida, esperó, muy preocupada, el éxito que pudieran tener sus caramelos de papel dorado brillante que contenían una lágrima en un trocito de hielo pero, algo decepcionada vio cómo, esos, nadie los comía sino  que  iban a parar a una bolsita que toda la gente llevaba colgada de su cuello y cuando los ponían en su boca, sus ojos se llenaban de una luz especial que les dibujaba una triste sonrisa en los labios.
      Al terminar la Navidad, su padre, el tiempo, les preguntó a sus hijas, el día , la hora y la vida si a los hombres les habían gustado sus regalos. Las tres coincidieron en decir que sí y cuando el padre tiempo quiso saber cuál de ellos había tenido menos éxito, no dudaron un momento en decir:
- Los de papel dorado brillante. Excepto los ancianos, casi todos los guardaban, sin probarlos, en una bolsita que llevan colgada de su cuello.
- ¿Y de qué están hechos esos caramelos? – preguntó el padre tiempo extrañado.
- De hielo y lágrimas – respondió compungida la vida y, un poco triste, dijo: - Quería saber si estos podían gustarle a los hombres pero… no ha sido así.
    Entonces el padre tiempo le dijo muy serio:
- No te preocupes, esos caramelos son los que los hombres conservan en su bolsa durante más tiempo y a medida que pasan por delante de mí, son los más probados porque son aquello que los hace más fuertes. De hielo y lágrimas está hecha la verdad, eso es lo auténtico, la esperanza y la felicidad duran sólo un momento.
      La vida, el día y la hora, se quedaron pensativas mientras contemplaban desde  la ventana del primer piso del cielo, el paso de la humanidad. Entonces pudieron ver cómo, todos sin excepción, probaban las tres clases de caramelos pero, así como los de la esperanza y la felicidad se agotaban rápidamente, los de papel dorado brillante hechos de hielo y lágrimas,  llenaban las bolsas que pendían de sus cuellos. Pero, al observarlos atentamente, vieron que, antes de comerlos, les añadían unas gotas de un líquido que contenía un frasquito que cada cual, guardaba en su bolsillo.   
       Extrañadas las tres hermanas, preguntaron a su padre el tiempo.
- ¿Y por qué los humanos le añaden esas gotas? Parece que así les gustan más. ¿Qué contiene ese frasquito?
     El padre tiempo, respondió muy serio:
- Es algo que se llama aceptación y que, los hombres, deben agregar para poder comer esos caramelos con gusto. Cada uno de ellos, cuando viene a este mundo, un ángel del cielo les ofrece un frasco lleno a rebosar, ellos, luego, lo tienen que administrar según vayan comiendo los caramelos con los que tú les has querido obsequiar,  querida hija – le dijo a la vida mientras la acariciaba dulcemente.
      Las tres hijas del tiempo, se acurrucaron junto a su padre estudiando aquellas palabras y descansaron felices. En la próxima Navidad, deberían fabricar más caramelos pero cada una de ellas pensaba como endulzarlos para que, así, les gustaran un poco más a los hombres. Con este pensamiento, el día, la hora y la vida, se durmieron entre los brazos de su padre el señor Tiempo.– MAGDA.




martes, 2 de octubre de 2012

LOS DUENDECILLOS RAROS



                                             LOS DUENDECILLOS RAROS

      En un bosque muy grande, muy grande, vivían unos duendecillos que a todos los demás habitantes del bosque les parecían muy raros porque en lugar de pelo, tenían una fregona. A estos duendecillos no les importaba tener el pelo así y, como eran muy alegres, se pasaban el día riendo y explicándose chistes mientras cantaban y bailaban.
       El más listo de todos, el más alegre y el más curioso que se llamaba Pitufillo y tenía como pelo una fregona amarilla, quiso saber por qué ellos eran diferentes y tenían aquellos pelos  en lugar de un cabello bonito para poder ponerse los gorritos y estar siempre guapos. Un día en el que estaba un poco serio, se lo preguntó a su mamá:
-Mamá, mamá. ¿Por qué nosotros tenemos unos pelos de fregona y los otros enanos no?
- Eso es por algo que sucedió hace mucho, mucho tiempo y sólo puede explicártelo el duende sabio Simeón, el que tiene guardado el libro donde se explican todas las cosas sucedidas.
       Después de pedirle permiso a su mamá, un domingo por la mañana, Pitufillo  guardó un bocata de mermelada de moras en su mochila  y con ella al hombro, partió camino de la cueva de los grandes sabios donde vivía el duende Simeón.
       Iba silbando por el camino muy contento y sonriente mientras veía volar a las mariposas, abrirse las flores y oír los trinos de los pájaros  hasta que llegó a la montaña donde se encontraba la cueva de los duendecillos sabios. Escribió en un papel su deseo de hacer una pregunta para saber más y cuando le permitieron pasar a la sala de los secretos bien guardados, se quedó asombrado. Todas las paredes estaban cubiertas por unas estanterías llenas de libros que ocupaban la habitación y en el centro, sentado a una mesa, leyendo un libro, grandote, grandote, un duende vieeeejo, vieeeejo, que en lugar de pelos tenía en la cabeza una mopa de encerar el suelo, estaba Simeón, el duende más sabio y más raro de todos.
-¿Qué es lo que quieres saber, Pitufillo? – le preguntó el duende mientras se quitaba las gafas que eran como dos margaritas.
- Señor Simeón, me gustaría saber por qué nosotros, los duendecillos del Bosque Raro, tenemos pelos de fregona en lugar de unos cabellos sedosos y rubios como otros duendecillos.
-A ver, a ver…, Eso sucedió hace mucho tiempo. Tengo que buscar el libro donde lo explica.
     El duende sabio dio dos palmadas y apareció su ayudante, un duende muy feeeo, muy feeeo, con una nariz enoooormeeee que tenía en la cabeza un plumero hecho de plumas de colores en lugar de pelos. Pitufillo se quedó estupefacto cuando lo vio, nunca había visto nada igual pero no dijo nada porque hubiera sido de mala educación y, además, el duende ayudante, tenía cara de muy malas pulgas.
     El sabio Simeón  sujetó los flecos de la mopa que tenía como pelo con un clip por encima de las orejas para poder leer con claridad y después de ponerse las gafas de ver que esta vez eran dos campanillas azules, comenzó a pasar hoja tras hoja del libro grandote. Cuando terminó le dijo a Pitufillo:
-Pitufillo, hace mucho tiempo, mucho tiempo, vivía entre nosotros una bruja muy poderosa pero también muy fea que llevaba puesto un sombrero muy grande porque era completamente calva. Nuestros duendecillos más curiosos, un día, quisieron saber por qué nunca se quitaba el sombrero y, cuando estaba tomando el sol junto al río, sin que se diera cuenta, le quitaron el sombrero a la bruja que dejó ver su cabeza monda y lironda. Todos los duendecillos comenzaron a reír y a decir: “La bruja no tiene pelo, la bruja no tiene pelo…”
      La bruja se enfadó tanto y quedó tan avergonzada que sacó la varita mágica del bolsillo y dando unas cuantas vueltas en el aire, dijo muy enfadada:  “¡Juas,juas. Abracadabra de nuncajamás, nilospelosyaverás” Los duendecillos traviesos huyeron a su casa despavoridos y, al día siguiente, cada uno de ellos tenía en su cabeza una fregona en lugar de pelo. Desde entonces, nunca jamás hemos vuelto a tener un pelo hermoso, sólo mochos de fregona, plumeros o mopas y siempre estaremos así hasta que alguien se arrepienta sea valiente y se atreva a pedir perdón a la Bruja Calva.
      El duende sabio Simeón cerró de golpe el libro donde están escritos todos los sucesos, le dio a Pitufillo un caramelo de fresa y se fue a su departamento para escribir los sucesos del día.
      Pitufillo volvió a su casa pensando en todo aquello que le había dicho el sabio Simeón y al pasar por la puerta de la casa de la Bruja Calva, se acercó y llamó a la puerta.
-Pase, pase que la puerta está abierta – oyó decir Pitufillo.
      Cuando entró, muy despacito porque estaba un poco asustado, se encontró en un salón muy boniiiito, con la chimenea encendida, alfombras y butacas muy cómodas y una mesa con unos platos que tenían bizcocho, galletas y una jarra de leche. Junto a la ventana, la bruja calva estaba sentada limpiándose las lágrimas y los mocos con un pañuelo de papel que luego tiraba en un saco lleno hasta arriba de pañuelitos usados porque desde que descubrieron que era calva, no había parado de llorar.
-Hola –dijo Pitufillo un poco temeroso – soy Pitufillo, uno de los duendes con pelo de fregona.
-¡Ah, ya….! ¿Y qué quieres, volver a reírte de mí? – dijo la bruja sonándose la nariz.
-¡Nooo, noooo! – respondió Pitufillo – Señora bruja, sólo vengo a pedirle perdón en nombre de todos mis hermanos duendecillos. Nosotros no somos malos y seguro que nadie quiso reírse de usted porque… no tenía pelo… pero algunos duendecillos son traviesos y luego se arrepienten. Por favor, señora bruja, yo le pido perdón por lo que hicieron mis hermanos aquel día,  le prometo que no volverá a suceder nunca más.
    La bruja calva, apartó el saco de pañuelos usados, se levantó de la silla y muy sonriente, le dio un besazo y un abrazote fueeeerte, fuerte a Pitufillo mientras lo invitaba a comer el bizcocho con un vaso de leche.
    Pitufillo y la bruja calva, se hicieron amigos, estuvieron charlando y riendo mientras desayunaban hasta que se cansaron y cuando ya, Pitufillo, volvía a su casa silbando una canción, notó como su cabeza le picaba, algo raro sucedía y cuando llegó a su bosque, encontró a todos bailando y riendo y… ¡más guapos que nunca porque todos, todos, tenían pelo otra vez! Al mirarse en el espejo, Pitufillo vio como él tenía una pelusa rubia llena de bucles muy bonitos y también se puso a bailar.
  Pitufillo se hizo muy famoso y le nombraron Presidente de Honor del Pueblo de los Duendecillos Raros  y, desde aquel día, todos los meses se acercaba un domingo por la mañana a casa de la Bruja Calva para desayunar con ella, explicarse chistes y cantar y bailar un rato.
   Y así, todos fueron muy felices. MAGDA.


            

jueves, 20 de septiembre de 2012

LA BRUJITA DE LOS CALCETINES



                                            LA BRUJITA DE LOS CALCETINES

      Había una vez una brujita que vivía en el país de los niños. Se llamaba Pirindola y no era una bruja mala de esas que hacen pociones malvadas y hechizos terribles para transformar a los niños en ratones o sapos feísimos, no, la brujita Pirindola era buena. Le gustaban las flores, los niños buenos, cantar y bailar y siempre, siempre, estaba contenta. Pero no creáis, por eso, que dejaba de ser bruja, no. Escondido en un cajón tenía un libro de hechizos muy gordo, muy gordo, una varita mágica y recetas de pociones de lo más variado pero no lo usaba nunca, únicamente cuando se enfadaba muchísimo porque le hacían alguna barrabasada, entonces se ponía de todos los colores y usaba la magia aunque debo decir que, algunas veces, se arrepentía y lloraba un ratito escondida en un rincón hasta que se le pasaba la tristeza.
      La brujita Pirindola, tenía un hijo a quien quería mucho y se llamaba Pirulí. Era un niño muy bueno que quería mucho a su mamá. Iba al colegio todos los días sin hacer “pellas” , estudiaba mucho y tenía muchos amigos. Pero en aquel colegio, había un niño muy travieso que se llamaba Turulo y siempre estaba molestando a sus compañeros. A Pirulí, aquel niño no le gustaba nada y procuraba no jugar con él ni acercarse mucho pero a Turulo eso le daba mucha rabia y, un día, pensó en hacerle una travesura.
       Era una día que llovía mucho y cuando salieron del colegio, Pirulí se quedó en la entrada esperando a que amainase la lluvia y aquel momento fue el escogido por Turulo para hacer de las suyas. Como era más mayor que Pirulí, también era más alto y más fuerte, lo obligó a sentarse en el suelo, le quitó las botitas y los calcetines y se las tiró a un cubo de basura dejándolo descalzo. Cuando Pirulí llegó a su casa con los pies mojados y sin zapatos ni calcetines, la brujita Pirindola que era su mamá, se asustó muchísimo, sobre todo cuando Pirulí comenzó a estornudar, a toser y tuvo que quedarse en cama con fiebre durante una semana.
     La brujita Pirindola se enfadó muchísimo por lo sucedido a su hijito. Primero se puso colorada, luego de color azul, más tarde verde y al final, volvió a ponerse blanca y fue cuando pudo pensar pero como continuaba muy enfadada creyó que el niño Turulo merecía un escarmiento por lo que había hecho y fue en busca de su libro de hechizos y sus recetas de pócimas. Leyó y leyó para ver cómo podía escarmentar al niño travieso y, al final cerró el librote, cogió su varita mágica y se fue a la puerta del colegio a esperar. Cuando vio salir a Turulo, se acercó a él, le dio unos golpecitos en los pies con la varita mientras pronunciaba las palabras mágicas: “Por aquí y por acullá, por delante y por detrás, dos calcetines iguales jamás te pondrás” y se marchó a su casa tan tranquila.
     Turulo comenzó a reírse sin hacer caso de la brujita Pirindola pero al día siguiente cuando se estaba vistiendo para ir al colegio, al ponerse los calcetines, vio como uno cambiaba de color. Si eran verdes, uno se ponía amarillo, si marrones, uno se volvía rojo, si azules, uno se cambiaba al blanco y por más que probó y probó, no pudo ponerse nunca dos calcetines iguales.
      Naturalmente, esto fue la risa de todo el colegio cada vez que le veían con un calcetín de cada color y Turulo, avergonzado, lo único que se le ocurrió hacer fue ponerse unos pantalones muy largos que iba arrastrando por el suelo para, así, no enseñar los calcetines.
      Podéis figuraros que no volvió a hacer travesuras porque se le quitaron las ganas, ya tenía suficiente trabajo en pensar como esconder sus calcetines y como empezó a ser un niño bueno, jugaba con todos y también con Pirulí que no le guardó rencor. Pero nunca, nunca, pudo llevar calcetines del mismo color.
      Hay que ser buenos…, que siempre puede aparecer alguien con su varita mágica. 
                                                                 FIN 

sábado, 8 de septiembre de 2012

EL DUENDECILLO DE COLOR ROSA




Dedicado a mis nietas Sara y Maritxu.
                                   EL DUENDECILLO DE COLOR ROSA

      Había una vez una niña que se llamaba Irisada porque cuando nació, a su mamá le pareció que tenía todos los colores del arco iris y pensó que aquel nombre le iba muy bien.
      Irisada creció con un gran amor hacia todos los colores pero el que más le gustaba entre todos, era el color rosa y todas las noches cuando llegaba la hora de irse a dormir se ponía un camisón rosa, un gorrito de lana de color rosa y unos calcetines rosas y se iba a la cama diciendo que ella era el duendecillo rosa.
     Irisada, además de gustarle mucho los colores, tenía una gran imaginación y cuando se acostaba, siempre le  decía a su mamá que se iba a jugar al bosque de los enanos rosas aunque eso era una verdad inventada, sólo estaba en su cabecita. Pero, un día, en el momento de arroparse con el edredón y cerrar los ojitos para empezar a soñar, se encontró en un bosque muy grande, muy grande donde todas las flores eran de color rosa. Estaba rodeada de personajes minúsculos vestidos de rosa lo mismo que ella, con el camisón, el gorrito y los calcetines y todos, agarrados de la mano formaban un corro alrededor de Irisada, mientras cantaban y reían sin parar.
     La niña se puso muy contenta entre aquellos duendecillos tan simpáticos y alegres vestidos de rosa como ella y comenzó a saltar y a cantar, dar palmas y reír. Sin embargo, se dio cuenta de que aquel baile aquella música y aquella risa, no paraba nunca. Comenzó a entrarle sueño, luego hambre y más tarde un cansancio muy graaande muy graaande y sólo quería dormir, pero los duendecillos rosas, no se lo permitían, seguían bailando y cantando a su alrededor sin demostrar cansancio.
     Seguía y seguía la música y los cantos hasta que, Irisada, se sintió tan cansada, que se puso a llorar. Al verla llorando con aquellas lágrimas tan gordas que parecían cubos de agua, los duendecillos rosas, que no sabían cómo eran las lágrimas porque ellos no lloraban nunca, escaparon corriendo cada uno a su madriguera y la niña se encontró sola y en silencio. Como tenía mucho sueño, se acurrucó entre unas flores rosas, se cubrió con una hoja muy grande y se quedó dormida.
     Por la mañana, cuando su mamá la despertó para ir al colegio y le explicó el sueño, se dio cuenta de que no siempre es agradable jugar y saltar y correr y reír y cantar, también es bonito, pararse a leer, a estudiar, a desayunar despacio, a ir al colegio con otros niños y a escuchar los consejos de los papás.
      Y así fue como Irisada, la niña que le gustaba ser un duendecillo rosa, aprendió a inventarse cuentos y a soñar, pero sólo, sólo, cuando se iba a dormir, durante el día se comportaba como una niña estudiosa, tranquila y obediente…, aunque nunca olvidó el bosque rosa de su sueño y, antes de dormir…, cantaba un ratito la canción de los duendecillos. Eso, la hacía sentirse feliz hasta que llegaba el sueño y le cerraba los ojitos. – MAGDA.