martes, 24 de enero de 2012

EL ENANO FAUSTINO Y EL HADA DE LOS BOSQUES


EL ENANO FAUSTINO Y EL HADA DE LOS BOSQUES

Faustino era el enano más viejo del bosque y también el más malhumorado. Cada vez que salía para recoger las flores de manzanilla y romero que utilizaba para sus pócimas murmuraba porque decía que con los murmullos de sus reniegos, se olvidaba un poco del dolor de sus articulaciones. Esto cuando hacía sol porque los días de niebla, lluvia y frío, se quedaba arropadito en su cama sin salir del agujero de aquel pino tan viejo como él que se encontraba cerca del riachuelo.
El enano Faustino recogía en el bosque las plantas curativas que sólo él conocía pero quien se encargaba de fabricar y curar todas las enfermedades con aquellos ungüentos y bebedizos era el hada Infusión. Un hada diminuta de cabellera oscura que vivía dentro de una flor de campanilla y era quien se encargaba de despertar a los habitantes del bosque para que cada cual se dedicara a su trabajo.
El hada Infusión quería mucho al enano Faustino y le daba mucha pena que estuviera siempre tan malhumorado porque, para colmo de males, el enano Faustino no se dejaba curar. Cuando el hada Infusión le daba una botellita con el jarabe para tomar todas las mañanas en ayunas, se tiraba de su larga barba y muy enfadado murmuraba:
-¡Paparruchas! ¡Esto de los jarabes son paparruchas!- y guardaba la botellita en un armario que ya estaba atiborrado de frascos y pastillas.
Pero un invierno muy frío, el más frío en muchos, muchos años, llegó el señor de las nieves arrastrando un saco de enfermedades y, riéndose de todos, vació el saco por todo el bosque desde la montaña más alta. Todo se cubrió de negro, las flores se marchitaron y los riachuelos se secaron. Los árboles lloraban con sus hojas secas y ningún animalito salía de sus madrigueras. Las hadas, los gnomos, las sílfides y los duendecillos comenzaron a enfermar y pronto se acabaron las medicinas del hada Infusión. Un día, cuando entrego la última botella de jarabe a la coneja Doña Sibila para curar el catarro de sus doce hijitos, se arriesgó a ir a buscar ayuda al enano Faustino. Se arrebujó en su capa, se puso el gorro de invierno y la bufanda más larga que encontró y con unos esquíes que sacó del armario de los trastos, fue en busca del enano.
Naturalmente lo encontró malhumorado y murmurando dentro de su cama, con el pijama de felpa, el edredón nórdico que le había regalado su primo finlandés que trabajaba para Santa Claus y cuando el hada Infusión entró en su casa no le hizo ni caso.
-¡Porfa,porfa,porfa, Faustino, ayúdame!-decía el hada llorando a moco tendido -El bosque se está muriendo, tenemos que ir a buscar las flores de manzanilla y romero a otro lugar para poder curar a sus habitantes hasta que el invierno se marche….
-¡Paparruchas…!- dijo el enano Faustino sacando la nariz por encima de las sábanas –Yo no me muevo de la cama porque el reúma me inmoviliza y sólo me faltaba coger un catarro por ir a buscar las hierbas a otro bosque ¡ni hablar! Eso no es asunto mío…
Fautino, entonces, se quedó quieto con la nariz fuera de las sábanas y pegó un salto, se puso las pantuflas de lana. La bufanda de cachemir y la bata que le había regalado su amigo el tejón que era muy calentita y tan deprisa como le permitió su reúma se fue hacia el armario donde escondía todos los medicamentos que le daba el hada Infusión y que nunca tomaba.
-¡Ajajaja,,,!-dijo muy contento rascándose una de sus puntiagudas orejas – si ya sabía yo que esto iba a servir para algo… ¡Aquí tenemos una farmacia al completo!- y diciendo esto le mostró al Hada del bosque todos los frascos de jarabe, pastillas, ungüentos y emplastos que conservaba en el armario y que él no tomaba nunca.
El hada Infusión se puso tan contenta que comenzó a saltar y a bailar. Luego los dos, Faustino e Infusión, encendieron la chimenea, calentaron una tetera y se sirvieron unas buenas tazas de té que les supieron a gloria. En la casa del enano Faustino pusieron un letrero que decía en letras muy grandes: “FARMACIA” y comenzaron a dar las medicinas que en el bosque se necesitaban.
El invierno muy enfadado al ver aquello y como ya se terminaba su temporada, cerró su saco y poco a poco se marchó por el camino de los tiempos para dar cuenta a los sabios del mundo de lo que había hecho durante su momento de trabajo y la verdad es que no iba muy contento porque, el suyo, no había sido un invierno muy bonito… pero… prometió que, en el siguiente, el saco estaría lleno de nieve fina para que todos los niños pudieran hacer muñecos, y de enfermedades… ni una.
Bueno… Cuando se hace una cosa mal… no siempre es mala del todo.
Y colorín colorado…
MAGDA.

jueves, 19 de enero de 2012

EL REY MAGO CRISPÍN



DEDICADO A MI HIJO JUAN-CARLOS.

EL REY MAGO CRISPÍN

La Escuela de los Reyes Magos de Oriente, estaba llena a rebosar. Ser Rey Mago era algo a lo que todos aspiraban y el que más y el que menos, procuraba buscar sus influencias para poder ocupar una plaza en la Escuela.
Crispín tuvo la suerte de ser admitido en uno de los sorteos que el Ayuntamiento de El país de los Reyes Magos de Oriente acostumbraba a hacer cada año cuando comenzaba el curso para que todos sus habitantes comprendidos entre los 15 y 20 años pudieran optar el día de mañana a un puesto de Rey Mago.
Crispín estaba de lo más contento cuando le concedieron la plaza en la Escuela y daba unos brincos de alegría que llegaba hasta el techo, sin embargo, la mamá de Crispín estaba un poco preocupada porque de los cuatro hijos que tenía, Crispín era quien le ocasionaba más problemas. Su hijo Crispín era lo que se ha dado en llamar “un pasota”. Le daba lo mismo una cosa que otra, se ponía la ropa que más le gustaba en el momento que se le antojaba aunque no fuera el oportuno, no se preocupaba si se ponía el jersey del revés y no tenía más gusto que llevar los calcetines agujereados. Decía que así se le ventilaban los pies y no había nadie que lo hiciera cambiar de idea, ni siquiera las lágrimas de su madre que cuando veía aquellos zancajos, se le encogía el corazón de vergüenza y dolor. Pero hemos de decir también que, Crispín, era el chico más feliz, bueno y simpático del mundo, siempre estaba sonriente y verlo tan optimista hacía feliz a todo aquel que se encontraba a su lado. Le entusiasmaba el detalle más insignificante, era dichoso hasta mirando volar una mosca. Como hemos dicho, siempre sonreía y además era muy ayudador. Todos sabían que si se encontraban en un apuro, podían acudir a Crispín porque él, removería tierra y cielo para arreglar aquel entuerto que le presentaban y, lo curioso e importante, es que, casi siempre, lo conseguía.
Cando comenzaron las clases para ser Rey Mago todos se sentían nerviosos, preocupados por si no podían dar la talla en los estudios pero Crispín, con las manos en los bolsillos, se paseaba silbando tan feliz como si ya hubiera conseguido la corona. El decía que llegaría a ser Rey Mago y tenía tal seguridad que nadie lo ponía en duda, tanto es así que hasta los profesores no fueron capaces de suspender sus emborronados exámenes que, todo hay que decirlo, acostumbraban a tener un resultado correcto aunque nadie sabía cómo lo conseguía. Total, que Crispín logró tener su birrete de Rey y lo coronaron como ayudante de Melchor, el Rey más viejo y más severo.
Todos creían que Crispín iba a durar de ayudante lo que se tarda en dar un suspiro. Perdía las cartas de los niños, se olvidaba de los juguetes que pedían y en lugar de poner una muñeca a una niña, le ponía el fuerte de los Airgam Boys y a su hermano una muñeca con su cocinita. A un papá le ponía una bolsa de labores y a la mamá una pipa y así gazapo tras gazapo, sorprendía a todos con sus torpezas que luego, eran unos aciertos estupendos porque todos reían y decían que el Rey Mago se había equivocado y acababan cambiándose los regalos cosa que era muy divertida. Esta actitud simpática de Crispín, sus despistes, sus detalles espontáneos, fueron para la vejez del Rey Melchor como una ráfaga de aire fresco en el desierto y se reía tanto con él, que llegó a cogerle un gran cariño hasta el extremo de nombrarlo suplente para cuando él estuviera muy cansado y necesitara echarse una siestecita.
Por eso, si alguna vez, en un regalo de Reyes encontráis lo que no habéis pedido con la firma de una corona pequeñita y una C muy grande, no le deis vueltas a la cabeza para adivinar que Rey puede ser porque ya os digo desde ahora que es el ayudante de Melchor, el despistado Rey CRISPÍN, el más simpático de los Reyes.- MAGDA.

domingo, 1 de enero de 2012

EL CAMELLO ZAHIR


EL CAMELLO ZAHIR

Zahir era el más pequeño de los siete hermanos y aquel año estaba muy alborotado porque ¡al fin! había llegado el momento de servir de montura al Rey Baltasar en el viaje anual de los tres magos de oriente a tierras occidentales para regalar a los niños los juguetes que pidieran.
La mamá camella Doña Zulema era quien estaba más preocupada porque conocía a su pequeño hijo Zahir y sabía que era muy, pero que muy despistado y temía cometiera alguna barrabasada, sin intención, claro está, pero a causa de aquel despiste suyo siempre destacaba en todos los sitios donde iba.
Todas los atardeceres, cuando ya el calor del desierto cedía un poco y las palmeras del Oasis ofrecían una fresca sombra, el gurú de la manada Don Ben Hassan, reunía a los tres camellos escogidos para el trabajo de la caravana de los Reyes Magos de Oriente y les informaba del debido comportamiento y de su cometido. Los camellos Raib y Asir eran algo más mayores que Zahir y desde luego no eran despistados ni atrevidos como él pero tampoco estaban tan entusiasmados como Zahir al que le brillaban los ojos y se le pronunciaba la sonrisa sólo de pensar en su trabajo acompañando al Rey Baltasar.
El día 5 de enero se levantó muy temprano, se lavó, se perfumó con su colonia preferida y después de oír las recomendaciones de su mamá, se marchó muy contento en busca de la caravana.
Todo fue bien en un primer momento mientras hicieron el viaje rápido hasta los países de Occidente, pero al llegar a España, Zahir se olvidó de todas las recomendaciones y cuando se albergaron en un enorme edificio que las autoridades les ofrecieron para que preparasen la cabalgata de la noche y todos los paquetes que debían entregar a los niños, Zahir que observaba las diferencias con su país, pensó en hacer una escapadita, sin que nadie lo advirtiera, para explorar un poco y conocer todas las novedades. Estaban todos tan ocupados leyendo cartas, envolviendo paquetes y apuntando direcciones que nadie observó como Zahir salía a pasear por la ciudad. Todo iba muy bien, admiraba edificios nuevos, miraba escaparates llenos de luces, se fijó en los adornos de las calles, observaba a los niños y pensaba en qué juguete habrían pedido a los Reyes, pero, andando, andando, no se dio cuenta de que se había perdido. ¡Madreeee, qué susto se dio! Comenzó a dar vueltas y más vueltas y siempre acababa en el mismo sitio, definitivamente, estaba perdido.
Mientras tanto, llegó la hora de preparar la Cabalgata y de que los Reyes repartieran los juguetes pero el Rey Baltasar no tenía montura. Se armó un alboroto fenomenal. Todos buscando a Zahir y Zahir no aparecía por ninguna parte hasta que decidieron escoger otro camello que llevaban de suplente por si acaso y cuando llegó el momento, el Rey Baltasar se incorporó a la cabalgata en aquel camello novato que, la verdad, le hizo pasar un mal rato porque no sabía caminar a paso de Cabalgata.
Cuando, después de mirar y comprobar el camino, Zahir llegó al lugar donde estaban acampados, se encontró con que ya el Rey Baltasar estaba sobre otro camello. A Zahir le entró una pena tan grande que se puso a llorar desconsoladamente y el chambelán organizador de la cabalgata al verlo tan triste se conmovió y le dijo:
-No te preocupes, Zahir. Te daremos una misión que seguro te gustará. Ven conmigo.
Se lo llevó a un departamento donde estaban todos los paquetes de juguetes amontonados y le dijo algo al oído. Zahír secó sus lágrimas, sonrió y brillaron sus ojos. Cuando todos volvieron de la cabalgata y comenzaron a cargar los juguetes para salir a repartirlos, Zahir estaba el primero, le pusieron unas alforjas doradas de enormes bolsillos y cargaron unos paquetes que estaban en un lugar donde ponía: “REGALOS ESPECIALES” Al sonar las doce campanadas de la noche en el reloj, emprendieron la marcha por la ciudad. Después de caminar un rato, se detuvieron en un edificio muy grande en donde se podía leer un letrero que decía: HOSPITAL INFANTIL. Con el misterioso silencio con el que actúan los Reyes Magos, Zahir vio como el Rey Baltasar se acercaba y escogía unos preciosos paquetes de sus alforjas, trepó volando hasta las ventanas más altas, entró de manera mágica y allí los dejó uno tras otro. Al volver, le dio una palmadita en el lomo a Zahir y le dijo:
-Ya hemos cumplido la misión de este año. Yo te conozco, eras mi montura ¿verdad?
Zahir estaba tan emocionado que sólo pudo mover la cabeza afirmando y luego dijo avergonzado:
-Siiii… pero salí a pasear sin permiso, me perdí y… he llegado tarde.
El Rey Baltasar sonrió y respondió:
-¡Ay, ay, ay… la curiosidad infantil…! Bueno, no te preocupes, ya estás otra vez aquí.
Zahir se sintió completamente feliz. En realidad no había sido muy malo perderse por la ciudad.
A la vuelta hasta Oriente de nuevo fue la montura del Rey Baltasar que le explicó unos cuentos muy bonitos mientras duró el camino y cuando llegaron al desierto y fue a su casa, pasó una semana entera explicando sus aventuras hasta tal extremo que, cuando sus hermanos le veían, escapaban porque ya estaban hartos de oír sus historias, la única que siempre le escuchaba con una sonrisa era su mamá.
FIN
MAGDA.-
(Primer cuento del 2012)