martes, 28 de febrero de 2012

CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA - POMPITA ESTRENA ZAPATOS


CUENTOS DE LA GAVIOTA POMPITA

POMPITA ESTRENA ZAPATOS

Como ya llegaba la primavera y Pompita había crecido mucho durante el invierno, la mamá Doña Gaviota, se la llevó de compras al pueblo para reponer su vestuario.
Se fueron a los almacenes “El último grito del acantilado” donde vendían de todo lo necesario para cualquier gaviota y allí, Pompita se encaprichó de unos zapatos de tacón que a la mamá no le gustaron nada, y así empezó la discusión.
-¡Que no, Pompita, que esos zapatos no son para ti, que todavía eres muy pequeña…
-Mamáaaa, porfaporfaporfa… que en este invierno me he hecho muy mayor…¡fíjate si todo me queda pequeño!- y mientras decía esto, Pompita le enseñaba a su mamá las mangas del jersey que le llegaban un palmo por arriba de las plumas del ala y unas sandalias por donde asomaban sus deditos que pisaban el suelo de tan pequeñas como se le habían quedado.
Al final, después de mucho porfiar, la mamá Doña Gaviota permitió a Pompita que se comprara los zapatos de tacón aunque, por lo bajini, murmuraba bastante enfadada, algo así como: “….si no se los pondrá nunca… Con esos tacones no podrá andar por el acantilado y menos zambullirse a pescar… ¡Estos hijooooos…!”
Pero Pompita consiguió lo que quería y el primer domingo de un sol reluciente, se puso los zapatos de tacón y se fue con sus hermanos a pescar desde las rocas del acantilado. Desde un principio, se dio cuenta de que los zapatos eran un estorbo para caminar por las rocas, pero como no quería decirlo, fue todo el camino en silencio y caminando como podía, con una torcedura aquí y un tropezón allá.
Cuando llegaron a lo más alto, respiró tranquila y se sentó a tomar un poco el sol mientras sus hermanos jugaban, pero llegó el momento de pescar y allá que se va Pompita con sus zapatos nuevos a bajar en picado a por unas sardinitas que nadaban entre las aguas pero, hete aquí, que por el cielo, aparece un enorme pájaro a toda velocidad, era el pelícano Don Pascual que aquel día estaba de un humor endiablado. Se acercó hasta el banco de sardinas donde Pompita pescaba y gritó:
-¡Fuera de aquí, gaviota tonta… Este pescado es mío!- y comenzó a darle picotazos con aquel pico tan grande.
Pompita, muy asustada, se fue volando hasta la roca del acantilado lo más rápido que pudo, pero el pelícano Don Pascual, la persiguió graznando muy enfadado:
-¡Cómo no te vayas pronto a tu casa, te voy a comer a ti y a todos tus hermanos!
¡Madre mía, qué susto! Pompita quería correr pero con aquellos tacones era imposible y no tenía tiempo de quitárselos. Se le torcían las patitas y comenzó a llorar muy asustada. De pronto, Don Pascual abrió su enorme pico y ¡cataplum! Se zampó a Pompita y la guardó en esa bolsa tan grande que tienen los pelícanos en el pico. Emprendió otra vez el vuelo, y se fue a pescar.
Pompita, al verse en aquella jaula que era el pico de Don Pascual, comenzó a golpear las paredes y sollozando gritaba: “mamáááá…. mamáááá” El pelícano Don Pascual, enfadadísimo porque le estaba haciendo daño en el pico y además quería pescar porque tenía mucha hambre, abrió el pico y dejó caer a Pompita en el agua donde perdió sus zapatos y con las plumas todas mojadas, intentó remontar el vuelo como pudo hecha un mar de lágrimas.
Al llegar a las rocas del acantilado, se encontró con sus hermanitos llorando de miedo y de pena porque creían que ya no iban a ver más a Pompita pero como ella era la mayor de las niñas y la responsable, los calmó a todos.
-¡Ya estoy aquí… no os preocupéis que no pasa nada…! Pero vamos a casa porque necesito recuperarme del susto.
Descalza y medio desplumada, se fue con sus hermanitos hacia su casa y por el camino se encontró con su mamá que iba a buscarla porque su hermano Pompito la había avisado del peligro que corría. La mama Doña Gaviota, al verla tan asustada, sin zapatos y toda mojada, se enterneció, dejó a un lado la escoba que llevaba para darle un buen escobazo al pelícano Don Pascual y abrazó a Pompita que se puso a llorar en sus brazos.
Cuando llegaron a casa Pompita tuvo que volver a ponerse las sandalias que le quedaban pequeñas pero como la mamá la quería mucho y sabía que estaba arrepentida de haber tenido aquel capricho de los zapatos de tacón, al día siguiente le compró unas sandalias nuevas sin tacones que le duraron todo el verano que, por cierto, fue muy divertido. Los tacones…, tal vez para el próximo año. – MAGDA.

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