viernes, 16 de marzo de 2012

EL DUENDECILLO DE LOS COLORES


EL DUENDECILLO DE LOS COLORES

Había una vez un bosque muy grande, muy grande, donde todo era oscuro. Allí no vivía nada ni nadie y se encontraba escondido en un agujero donde nunca llegaba la luz. Sólo, en lo más profundo, vivía la brujita de la oscuridad, una brujita muy pequeña que nadie había visto nunca porque como era tan oscura no se podía ver.
Esta brujita oscura, estaba siempre my triste y, de vez en cuando, se asomaba despacito, despacito, al borde de aquel agujero profundo para ver un poquito de la luz del sol, sin embargo, aquella luz era tan deslumbrante que no podía mirarla y rápidamente volvía a su agujero para no desmayarse. Allí, la pobre brujita, lloraba y lloraba unas lágrimas como el carbón y cada día se ponía un poquito más triste.
Un día, la brujita pensó que no podía seguir así, debía ser valiente y arriesgarse para ver aquella luz tan bonita que casi la hacía desmayarse y se propuso no abrir los ojos hasta que la luz se lo permitiera. Subió poquito a poco hasta el borde del agujero y cuando notó el calorcito y el resplandor de la luz del sol, se sentó en el borde y comenzó a abrir los ojos poooco a pooooco. Lo que vio la dejó tan maravillada que se asustó y de un brinco, volvió otra vez adentro del agujero oscuro. Y allí, oootra vez se puso a llorar y llorar. Pero la brujita no sabía que, mientras estaba sentada en el borde de su agujero oscuro con los ojos cerrados, el duendecillo de los colores la vio por casualidad cuando estaba pintando con el lápiz rojo una de las rosas más bonitas y se quedó tan sorprendido que fue corriendo a ver al hada Arcoiris para explicarle lo que había visto.
-¿Qué me dices duendecillo? ¿Qué en mi reino de luz y colores hay un agujero oscuro con una brujita que no puede ver la luz? Esto no puede suceder. En mi reino todo debe ser luz, color y alegría.
El hada Arcoiris, cogió su paleta de colores y en compañía del duendecillo que pintaba el bosque, se fue hacia el agujero oscuro. Cuando vio aquella cosa negra, le dio tanta pena que inmediatamente ordenó al duendecillo comenzase a pintar flores alrededor del agujero, mientras, ella, dejó gotear poco a poco dentro de aquel hoyo, todos los colores de su paleta.
Aquello fue un milagro. El agujero se transformó en una maravilla de luz y colores, tan hermoso y lleno de flores como nadie había visto nunca. De pronto, del interior, salió una hermosa hada. Vestía una túnica dorada y plateada, llena de perlas de todos los colores imaginables y era tan bella que todos se quedaron embobados al verla.
Aquella hermosa hada no era otra que la brujita oscura que, al llegar hasta ella todos los colores, se transformó en lo que de verdad era, una bella hada de colores maravillosos.
El hada Arcoiris la llevó consigo al cielo coloreado y le regaló unas alas transparentes para que pudiera volar y entrar cada día en aquel agujero a pintar las flores para que nunca más volviera a ser un lugar oscuro.

No hace falta decir que se hizo muy amiga del duendecillo porque él era quien le prestaba los lápices para que pudiera pintar las flores y así todos fueron felices y en el bosque no volvió a encontrarse ningún agujero oscuro y sin luz. – FIN - (MAGDA)

viernes, 2 de marzo de 2012

LAS VACACIONES INESPERADAS


LAS VACACIONES INESPERADAS



En cuanto subí al coche supe que iba a suceder algo fuera de lo normal. Lo husmeaba en el ambiente. Eso de que me dijeran muy amablemente y con cierta tristeza en la voz: ¡Veeeenga… suuuube…! A mi me olía a chamusquina, y acerté, claro. Después de más de media hora de viaje, llegamos a la casa con jardín que ya había visitado en otras ocasiones y al entrar en el piso de la vieja loca que era la madre de mi dueña, supe con seguridad, que me dejarían un tiempo con ella.

Yo soy un Schnauzer enano de pelo gris, tengo tres años y la madre de mi dueña, cuando me ve, dice que tengo cara de viejo, por eso yo a ella la llamo vieja loca, porque me parece que está como una chiva. Cuando me dejan con ella, comienza mi penitencia. Para que no me suba a las butacas, siempre me coge en brazos y se pasea por la casa que, por cierto, es más grande que la mansión de Cumbres Borrascosas, mientras canta la “Casta diva” como si se creyera María Callas y me deja medio colgando entre sus manazas de uñas larguísimas enredadas entre mis rizos que me aprietan el pecho hasta cortarme la respiración. Yo la miro y me dan ganas de llorar, Es gorda, grande, fea, bigotuda y cuando se levanta por las mañanas, asusta al más valiente. Entre la cara de sueño y los papelitos con los que se enrolla los bucles para tener el pelo rizado durante todo el día, parece una calabaza del “Jalouin” ese que se está poniendo de moda. Pero vamos a lo mío que de ella iré hablando mientras explico la historia.

Además de ser un Schnauzer de pedigree, muy culto, soy guapo y algo presumido, lo reconozco, perooo… es que merezco la pena, las cosas como sean. No soporto que me dejen las barbas demasiado largas ni tampoco las cejas, deben de tener la medida justa, por eso me gusta que me lleven a la peluquería para que me esquilen y lucir como debe hacerlo un auténtico Schnauzer enano. Sin embargo, la vieja loca de la madre de mi dueña, en cuanto me dejan solo con ella, lo primero que hace es coger unas tijeras y liarse a tijeretazos con mis cejas y mis barbas de cuyo resultado salen unos trasquilones que parece como si me hubiera peleado con media docena de perros más locos que ella.

Hoy voy a explicar la aventura que me sucedió en su casa mientras mi dueña estaba de vacaciones en Finlandia.

Primero, explicaré un poco quienes eran los vecinos en aquella casa situada en una urbanización rodeada de jardines en las cercanías de Madrid. Sólo conocía a tres de mis congéneres convecinos en aquellos días de paciencia benedictina que pasé en la casa. El que mejor me caía era un gran danés de color gris con cara de tontorrón, por el cual sentía cierta compasión. Era tan grande y tan patoso andando que daba pura pena verlo pasear por los alrededores y la primera vez que le oí ladrar sentí una mezcla de risa y tristeza inexplicable. ¡Pero si es que el pobre no sabía ladrar! Todos los perros acostumbramos a dejar oír nuestros ladridos de una misma forma… más o menos… Primero un ladrido fuerte y luego unos cuantos seguidos algo más flojitos por si acaso nos regañan los dueños y si esto no sucede, damos a conocer nuestro genio expulsando gruñidos y ladridos mezclados para asustar a quien nos escuche y así quedamos como verdaderos canes de buena familia, sin embargo, este pobre gran danés, dejaba oír un único ladrido, sordo: ¡GUAU! y se callaba durante cinco minutos hasta que le llegaba el turno al segundo. Yo nunca pude adivinar por qué hacía eso pero, siempre creí, que era porque se cansaba o, tal vez, le dolía la mandíbula ya que le debía de costar un supremo esfuerzo abrir una boca tan grande por la que se podía tragar un melón entero. Sus belfos eran tan chorreantes que debía pasar la lengua por ellos continuamente para evitar las babas y, la verdad es que aquello me parecía asqueroso, sin embargo, era bastante simpático, nos miraba y se quedaba como si no hubiera visto nada. No sé, tal vez, éramos nosotros quienes le dábamos pena a él. ¡Cualquiera sabe!

El otro congénere era un pointer blanco con manchas negras de genio endiablado como todos los pointer y que siempre tenía que llevar el rabo tan estirado como si fuera una flecha recién disparada. Era antipático y capaz de zamparse al primer pequeñajo que se le pusiera por delante. Yo, francamente, tengo que confesar que cuando me cruzaba con él, me temblaban todas las carnes. Afortunadamente, la vieja loca que me cuidaba también le tenía miedo y cuando pasábamos por delante de su jardín, me cogía en brazos para evitar males mayores. El tercero era un presumido labrador blanco con tonalidades ligeramente rubias, que se creía el guaperas del barrio y cada vez que pasábamos por delante de su puerta, arañaba, gruñía y ladraba como si le hubiera dado un ataque de locura, hasta que nos perdía de vista. Yo, a éste, ni le hacía caso, era un bocazas.

Y ahora voy a la historia definitiva, a la aventura que sucedió, pero antes explicaré que yo no soy de esos que se mete entre las hierbas a olisquear cualquier perfume y se llena de pajas, pulgas o garrapatas, que de todo puede coger uno por esos campos, no. A mi me gusta andar por el adoquinado, por la acera, a lo máximo que llego es a arrimarme al alcorque de un árbol para allí desahogarme tranquilamente y después marco mi terreno entre farolas y bancos de los que me encuentro por el camino, pero nada más. El caso es que mi ama temporal, la vieja loca, me llevaba a pasear por una acera en la que en un lado estaba la carretera por donde pasaban los coches y, por el otro lado, un campo con matojos, hierbas y cardos, se extendía unos cuantos metros. A ella le hubiera gustado que yo hiciera mis incursiones en aquel terreno pero de eso ¡ni hablar! Yo olía los hierbajos más cercanos y con mis patitas ni tocarlos. Llegábamos hasta una rotonda y allí dábamos la vuelta para subir otra vez hasta la urbanización.

Pues un día, estaba yo olisqueando unos cuantos pises que no sabía de quién eran, cuando debajo de una piedra de medianas dimensiones, vi como se movía algo que no supe identificar. Como la curiosidad es una característica perruna, comencé a darle con la pata para sacarlo de debajo de la piedra y no paré hasta conseguirlo, pero…. ¡vaya susto me dio!, a mí y a la vieja loca que pegó un chillido que la oyeron desde la Puerta el Sol!

-¡Un escorpióoooooonnnn….!- gritó la loca. Y tenía razón por esta vez. Yo pegué un salto hacia atrás gruñendo con todas las fuerzas de mis pulmones, se me erizaron los pelos del lomo y comencé a darle bandazos al bicharraco que no paraba de levantar la cola para clavarme el aguijón. No sabía qué hacer, se me enredó la correa extensible con la que la loca me llevaba y que no sabía sujetarla y, en aquel momento fue mejor, porque yo tenía que moverme con una rapidez inverosímil para evitar los picotazos mientras la chiflada de la vieja me dejaba sordo con sus gritos, cosa que, creo, hasta ponía más furioso al escorpión que corría tras de mí como un endemoniado. Al fin, de una patada, conseguí echarlo fuera de la acera y fue a parar panza arriba a la carretera con la gran suerte de que, un coche que pasaba en aquel momento a toda velocidad, lo despachurró y allí se quedó el energúmeno.

Yo más ufano que si hubiera ganado una medalla, comencé a oler los hierbajos y husmear los adoquines para hacerme el interesante y aunque me temblaban los corvejones, me hice el valiente como si allí no hubiera pasado nada. La vieja loca, llegó a casa suspirando y a todo aquel que se encontraba por el camino le explicaba la odisea como si yo hubiera sido el caballo blanco de Santiago. ¡Madre mía, qué alboroto armó la señora! Si hasta casi salgo en los periódicos porque al día siguiente, pasó toda la mañana pegada al teléfono explicando a unos y otros la aventura del escorpión, ¡pues anda quéeee…! Mientras, yo tuve que aguantar caricias de los más evasivos, esos que, en otra ocasión, tal vez, me hubieran dado un puntapié. Pero la vida de los perros es así.

La suerte fue que, la vieja loca, me llenó de mimos, me dejó hacerme una rosca encima de su regazo que era de lo más cómodo, eso sí, me daba trocitos de jamón de York y algún gajo de mandarina que me chiflan y por la noche arrimó mi camita al radiador de la calefacción para que estuviera calentito.. ¡Y hasta me cubrió con una manta de lana que ella se ponía en las rodillas cuando veía la tele… ¡ Y lo que son las cosas…! ¿¡Pues no resulta que le he cogido yo cariño a la vieja loca!?
-MAGDA.