jueves, 5 de abril de 2012

ELLA


E L L A

C U E N T O

Aquel verano ya lejano en el que, por imperativos de la profesión de mi esposo, nos trasladamos a vivir a la capital de España, al encontrarse nuestra casa situada muy cerca de los jardines de El Retiro, adoptamos la costumbre de disfrutar las horas vespertinas en paseos bajo la arboleda que sombreaba los sinuosos caminos del hermoso parque madrileño.
Entre todos los árboles, siempre he sentido admiración por los castaños, y tal vez por eso, escogí para descansar y leer el libro que siempre llevaba bajo el brazo mientras mis hijos se entretenían con sus juegos, un paseo bordeado de estos espléndidos árboles donde, a través de los resplandores del sol y la umbría propia del bosque, se formaba un acogedor rincón en el que un banco, se ofrecía como respiro a mi cansancio.

Comenzamos a verla pocos días después del principio de nuestros paseos cotidianos. Caminaba despacio, apoyada en su enorme paraguas rojo a modo de bastón, observaba con atención las copas de los árboles en un estudio silencioso. Luego, se sentaba en el banco situado bajo el enorme castaño de copa redondeada que, a mí, siempre me pareció como si la abrazara con sus ramas bajas. Era muy mayor pero imposible adivinar su edad. Su vestimenta de lo más original, muy poco común en una mujer que ya se podía denominar anciana, la diferenciaba, en mucho, del resto de las personas, sobre todo de las de su generación y supuse que su estación meteorológica preferida era el otoño ya que, durante ese tiempo del año, se la veía más feliz. Parecía que la alegría se reflejaba en aquel rostro de piel muy blanca, terso, sin arrugas. Con un cabello plateado recogido en un moño, tenía el aspecto de la reina de un país mágico. Muy pulcra aun en su extraña indumentaria: un chaquetón largo en tonos marrones rojizos sobre una falda amplia de un tostado claro que sólo dejaba ver unos zapatos bajos casi amarillos, atados con cordones, similares a los de los colegiales, por donde asomaban unos calcetines anaranjados doblados varias veces sobre los tobillos encima de las medias. Una bufanda larga de lana, de variado y vivo colorido, que daba dos o tres vueltas sobre su cuello, era el toque final. Con una mano agarraba por las asas de cuero un maletín de viaje antiguo, grande, del cual jamás conocí su contenido pero que formaba parte de su identidad, y con la otra, sujetaba un inseparable enorme paraguas rojo, aportando a toda su figura un aspecto de personaje sacado de un cuento infantil. Daba la sensación de que, en cualquier momento, podía elevar el vuelo lo mismo que si fuera la señorita Mary Poppins. Era una mujer muy peculiar y cuando se sentaba bajo el castaño, transmitía la placidez de haber llegado a su hogar. Suspiraba suavemente, miraba la copa como si agradeciera su sombra, incluido aquel abrazo que yo acostumbraba a inventar, sonreía y observaba cada incidente como si su única misión fuera vigilar que todo guardara un orden.
Le gustaban los niños, los ancianos y los marginados; pude comprobarlo desde el observatorio de mi banco en el camino del parque, donde me sentaba para estudiarla, alejada de ella unos pocos metros. No fui la única que se fijó en la singular mujer. A mis hijos también les fascinó su encanto y como nunca pudimos conocer su nombre, acabamos llamándola ELLA.
Poco tiempo después de nuestra coincidencia en el paseo de los castaños, pude ser testigo de sucesos insólitos que ocurrían durante su presencia a los cuales no se les podía dar una explicación racional. Cierto día, un niño jugaba con una pelota muy cerca de donde se encontraba sentada, en su carrera tras el balón, tropezó y cayó hiriéndose en una rodilla. Asombrada, vi como, ella, se alzaba con una agilidad inusual para sus años, sentó al niño sobre el banco, comenzó a hablarle mientras restañaba la sangre de la herida con lo que parecía un pañuelo blanco, y el pequeño dejó de llorar, sonrió, la miró a la cara y volvió a correr tras la pelota; en su rodilla no se veía ningún rasguño. Eso me sorprendió aunque llegué a pensar que mi apreciación había sido incorrecta y la herida no era tan grande como en un principio creí. Acostumbraba a conversar con los indigentes que se acomodaban a su lado, cosa que a mí me preocupaba. Yo no los perdía de vista, mi primera ocurrencia era la facilidad que se les ofrecía para el robo del inseparable maletín que mantenía en el suelo cerca de sus pies. Sin embargo, los necesitados que se acercaban, terminaban charlando amigablemente con ella, al cabo de un rato se levantaban muy sonrientes y con aspecto de felicidad, se alejaban paseo adelante como si hubieran encontrado una solución a sus vidas jamás soñada.
Más de una vez estuve tentada de acercarme e iniciar una conversación para conseguir esa intimidad; tenía la seguridad de que conocía mis pensamientos hasta lo más profundo de mi alma, como si se hubiera apoderado totalmente de mí, pero de una manera sutil, suave, maternal. Ella me comprendía, poseía el conocimiento más recóndito de todo mi ser, mis defectos, mis virtudes..., y era imposible mantener la mirada de aquellos ojos hermosamente amarillos que en algunas ocasiones se tornaban de un color miel oscuro, como las hojas otoñales de aquel castaño, lo mismo que si se mimetizara con ellas. No sé por qué, ella me mantenía aparte. Yo no debía acercarme, sólo me permitía observarla y pronto comprendí el poder que ejercía sobre mí. Sin palabras audibles me parecía oírla decir: "...tú ahí quieta, no puedes acercarte, no es el momento...", y ese dirigir mis actos de manera encubierta, que de alguna forma me inquietaba, por otra parte, me proporcionaba la fuerte seguridad de sentirme protegida.
Una tarde de finales de verano, cuando los vientos anunciadores del otoño desnudaban los árboles cubriendo los caminos de hojas semejante a una alfombra dorada, se desató de improviso una fuerte tormenta con relámpagos y truenos aterradores acompañados de una lluvia torrencial. Lo primero que pensé fue en ayudar a la anciana pero ella abrió su paraguas rojo parecido a un palio y siguió sentada en el banco. Yo eché a correr con mis hijos que intentaban cobijarse bajo los altos cedros pero, consciente del peligro que esto significa en una tormenta, no se lo permití y cuando, en las prisas buscábamos la carretera libre, uno de los esbeltos abedules del paseo, fue alcanzado por un rayo. Desgajado, lo vi caer sobre mi hijo pequeño y el terror me paralizó. Cuando ya creí que inevitablemente lo golpeaba, de una manera irreal, el árbol dio un quiebro y cayó con toda su fuerza frente a mi hijo. Algo intangible me obligó a mirar hacia atrás; allí estaba la anciana, con su chaqueta rojiza, sus zapatos de muchacho, sus calcetines y su bufanda; el maletín en una mano y el paraguas rojo cerrado apuntando al árbol como si fuera una espada salvadora. Volví a por mi hijo, estaba empapado pero sin un arañazo. Mis otros hijos me llamaban bajo la lluvia para que me apresurara a salir del parque y al mirar hacia atrás para agradecer a la mujer, no sabía qué, ésta había desaparecido. La busqué con los ojos pero no la localicé por ningún camino, se había esfumado.
Con el principio de las clases, mis hijos ya no tenían tanto tiempo libre y dejamos de ir al parque, sólo lo frecuentábamos algunas mañanas de domingo cuando el tiempo lo permitía, en las que íbamos toda la familia a dar un paseo antes de la comida. Y poco a poco el recuerdo de la mujer se olvidó. La vida seguía su curso normal.
Mi marido, que por su profesión trataba con embajadas extranjeras, cierto día fue invitado a una fiesta en una de ellas a la que yo debía acompañarle. Habían llegado los monarcas del país correspondiente y celebraban un acontecimiento nacional. Yo estaba ilusionada, estas celebraciones no eran muy frecuentes y me compré un precioso vestido de noche en tonos verdes que era el que más me gustaba y el que yo creía más favorecedor para mi apariencia. Cuando llegó el momento del festejo, al entrar en la sala donde se iba a celebrar el baile, fui presentada a las personalidades y al llegar a los reyes, no pude reprimir un respingo. ¡La reina era ella, la peculiar anciana del parque! Vestida con un precioso traje de fiesta en color negro y una diadema espectacular que adornaba su cabeza nívea, me miró a los ojos con aquella inverosímil mirada suya de color amarillo; en el momento en que yo iniciaba la reverencia que me exigía el ceremonial, sonrió con dulzura, me apretó los dedos de la mano en un saludo protocolario que, aun así, sentí fuertemente íntimo, y siguiendo a mi esposo, esperé el comienzo de la música que invitaba a la danza. Pero mi interés estaba en la Reina. Pasé la noche en observación continua sin ver ninguna singularidad en su comportamiento, era una anciana noble, muy ceremoniosa en su trato pero que, en ningún caso, se fijó en mí más de lo que debía. Tanto es así, que llegué a pensar que yo estaba viendo visiones.
A la vuelta a nuestra casa, una vez finalizada la fiesta, no pude evitar la pregunta:

-Luis, ¿sabes si se cuenta algo especial de la reina?- pregunté a mi esposo.

-¿Por qué lo preguntas?- respondió sorprendido.

En aquel momento comprendí que había algo fuera de lo común sobre aquel asunto, algo que mi marido no había comentado e hice hincapié en la pregunta, añadiendo:

- Parece una persona muy peculiar...no sé... un hada...

Aquí me veo obligada a hacer un paréntesis para explicar que Luis, mi marido, me consideraba una persona excesivamente imaginativa y, más de una vez, había recibido una buena regañina de su parte por sacar la realidad de su contexto habitual, sin embargo, esta vez no sucedió así. Me miró fijamente con aquellos ojos suyos entre guasones y serios que yo amaba tanto y me dijo, cambiando la vista:

-Se cuentan anécdotas de ella... dicen que aparece y desaparece...-volvió a mirarme dudoso para continuar diciendo algo indeciso –Dicen que le gusta mucho perderse en el bosque y el pueblo le da un sobrenombre del que no se sabe si ella tiene conocimiento…

-¿Cómo la llaman?- pregunté expectante.

-La reina de los árboles- dijo. Guardó silencio durante unos segundos sin dejar de observarme, sonrió y continuó diciendo al mismo tiempo que acariciaba mi rostro: -¡Anda chatilla, que ya tienes tema para imaginar historias...!

Pero, no sé por qué, la anécdota quedó guardada en el baúl del olvido y acabé por pensar que la semejanza de la Reina con la anciana del parque, esta vez sí había sido una jugarreta de mi imaginación.
Pronto llegaron unas nuevas vacaciones escolares y el buen tiempo permitió las horas de descanso y juegos en los mismos jardines. Una tarde, volví a verla. Como en tiempos anteriores, se acercó con su característica vestimenta y se sentó en el banco que había bajo el castaño. Esta vez no pude refrenar la curiosidad, no podía intimidarme, pero en el momento en que me incorporaba para dirigirme a ella y aclarar mis dudas, oí la voz del mayor de mis hijos que me advertía de como su hermano menor había trepado a un árbol, hecho que transgredía todo lo autorizado por mí para sus juegos. Después de obligarle a bajar y aguantar la correspondiente reprimenda, cuando volví a mi lugar y quise acercarme a la anciana, ésta había desaparecido... pero junto al castaño frondoso de copa redondeada, pude ver un árbol en el que jamás me había fijado. No conocía la especie y sus preciosas hojas me sorprendieron hasta cortarme el aliento. Aun estando en verano, presentaban un color ámbar inigualable en ningún otro árbol y acaricié su textura parecida a suave terciopelo mientras tintineaban en una música única movidas por un viento inexistente. Toqué la madera de su tronco que me respondió con una tibieza indescriptible y entonces vi, apoyado en él, un enorme paraguas rojo.

Y aquí termina esta historia, la historia de E L L A, "La Reina de los árboles", como la he llamado desde entonces. Una mujer misteriosa, extravagante, peculiar y mágica. No volvimos a verla nunca más y un nuevo traslado de mi esposo que finalizó con nuestros paseos por el parque, cerró el misterioso episodio.
Sin embargo, yo no he conseguido olvidarla por completo y al recordarla, me pregunto si existió o todo fue parte de mi imaginación desbordada pero, cuando me asalta la duda, saco aquel paraguas rojo que encontré apoyado en el tronco de un extraño árbol y que todavía, después de mucho tiempo, conservo como un enigmático recuerdo. Este detalle me confirma que la historia es verídica. – MAGDA.

1 comentario:

mauriciodf dijo...

Este cuento en particular me gusto por dos razones, una porque pude sentir esa paz al leer sobre "Ella", y dos porque escribo obras de teatro y uno de mis personajes en una trilogía teatral que hice se llama "Identidad", es una mujer con una sombrilla, un vestido estilo francés y un sombrero colorido, aunque mi personaje es una mujer joven y el contexto es diferente; me sentí muy identificado. Al final del cuento me dio la impresión de que "Ella" era un árbol.