jueves, 20 de septiembre de 2012

LA BRUJITA DE LOS CALCETINES



                                            LA BRUJITA DE LOS CALCETINES

      Había una vez una brujita que vivía en el país de los niños. Se llamaba Pirindola y no era una bruja mala de esas que hacen pociones malvadas y hechizos terribles para transformar a los niños en ratones o sapos feísimos, no, la brujita Pirindola era buena. Le gustaban las flores, los niños buenos, cantar y bailar y siempre, siempre, estaba contenta. Pero no creáis, por eso, que dejaba de ser bruja, no. Escondido en un cajón tenía un libro de hechizos muy gordo, muy gordo, una varita mágica y recetas de pociones de lo más variado pero no lo usaba nunca, únicamente cuando se enfadaba muchísimo porque le hacían alguna barrabasada, entonces se ponía de todos los colores y usaba la magia aunque debo decir que, algunas veces, se arrepentía y lloraba un ratito escondida en un rincón hasta que se le pasaba la tristeza.
      La brujita Pirindola, tenía un hijo a quien quería mucho y se llamaba Pirulí. Era un niño muy bueno que quería mucho a su mamá. Iba al colegio todos los días sin hacer “pellas” , estudiaba mucho y tenía muchos amigos. Pero en aquel colegio, había un niño muy travieso que se llamaba Turulo y siempre estaba molestando a sus compañeros. A Pirulí, aquel niño no le gustaba nada y procuraba no jugar con él ni acercarse mucho pero a Turulo eso le daba mucha rabia y, un día, pensó en hacerle una travesura.
       Era una día que llovía mucho y cuando salieron del colegio, Pirulí se quedó en la entrada esperando a que amainase la lluvia y aquel momento fue el escogido por Turulo para hacer de las suyas. Como era más mayor que Pirulí, también era más alto y más fuerte, lo obligó a sentarse en el suelo, le quitó las botitas y los calcetines y se las tiró a un cubo de basura dejándolo descalzo. Cuando Pirulí llegó a su casa con los pies mojados y sin zapatos ni calcetines, la brujita Pirindola que era su mamá, se asustó muchísimo, sobre todo cuando Pirulí comenzó a estornudar, a toser y tuvo que quedarse en cama con fiebre durante una semana.
     La brujita Pirindola se enfadó muchísimo por lo sucedido a su hijito. Primero se puso colorada, luego de color azul, más tarde verde y al final, volvió a ponerse blanca y fue cuando pudo pensar pero como continuaba muy enfadada creyó que el niño Turulo merecía un escarmiento por lo que había hecho y fue en busca de su libro de hechizos y sus recetas de pócimas. Leyó y leyó para ver cómo podía escarmentar al niño travieso y, al final cerró el librote, cogió su varita mágica y se fue a la puerta del colegio a esperar. Cuando vio salir a Turulo, se acercó a él, le dio unos golpecitos en los pies con la varita mientras pronunciaba las palabras mágicas: “Por aquí y por acullá, por delante y por detrás, dos calcetines iguales jamás te pondrás” y se marchó a su casa tan tranquila.
     Turulo comenzó a reírse sin hacer caso de la brujita Pirindola pero al día siguiente cuando se estaba vistiendo para ir al colegio, al ponerse los calcetines, vio como uno cambiaba de color. Si eran verdes, uno se ponía amarillo, si marrones, uno se volvía rojo, si azules, uno se cambiaba al blanco y por más que probó y probó, no pudo ponerse nunca dos calcetines iguales.
      Naturalmente, esto fue la risa de todo el colegio cada vez que le veían con un calcetín de cada color y Turulo, avergonzado, lo único que se le ocurrió hacer fue ponerse unos pantalones muy largos que iba arrastrando por el suelo para, así, no enseñar los calcetines.
      Podéis figuraros que no volvió a hacer travesuras porque se le quitaron las ganas, ya tenía suficiente trabajo en pensar como esconder sus calcetines y como empezó a ser un niño bueno, jugaba con todos y también con Pirulí que no le guardó rencor. Pero nunca, nunca, pudo llevar calcetines del mismo color.
      Hay que ser buenos…, que siempre puede aparecer alguien con su varita mágica. 
                                                                 FIN 

sábado, 8 de septiembre de 2012

EL DUENDECILLO DE COLOR ROSA




Dedicado a mis nietas Sara y Maritxu.
                                   EL DUENDECILLO DE COLOR ROSA

      Había una vez una niña que se llamaba Irisada porque cuando nació, a su mamá le pareció que tenía todos los colores del arco iris y pensó que aquel nombre le iba muy bien.
      Irisada creció con un gran amor hacia todos los colores pero el que más le gustaba entre todos, era el color rosa y todas las noches cuando llegaba la hora de irse a dormir se ponía un camisón rosa, un gorrito de lana de color rosa y unos calcetines rosas y se iba a la cama diciendo que ella era el duendecillo rosa.
     Irisada, además de gustarle mucho los colores, tenía una gran imaginación y cuando se acostaba, siempre le  decía a su mamá que se iba a jugar al bosque de los enanos rosas aunque eso era una verdad inventada, sólo estaba en su cabecita. Pero, un día, en el momento de arroparse con el edredón y cerrar los ojitos para empezar a soñar, se encontró en un bosque muy grande, muy grande donde todas las flores eran de color rosa. Estaba rodeada de personajes minúsculos vestidos de rosa lo mismo que ella, con el camisón, el gorrito y los calcetines y todos, agarrados de la mano formaban un corro alrededor de Irisada, mientras cantaban y reían sin parar.
     La niña se puso muy contenta entre aquellos duendecillos tan simpáticos y alegres vestidos de rosa como ella y comenzó a saltar y a cantar, dar palmas y reír. Sin embargo, se dio cuenta de que aquel baile aquella música y aquella risa, no paraba nunca. Comenzó a entrarle sueño, luego hambre y más tarde un cansancio muy graaande muy graaande y sólo quería dormir, pero los duendecillos rosas, no se lo permitían, seguían bailando y cantando a su alrededor sin demostrar cansancio.
     Seguía y seguía la música y los cantos hasta que, Irisada, se sintió tan cansada, que se puso a llorar. Al verla llorando con aquellas lágrimas tan gordas que parecían cubos de agua, los duendecillos rosas, que no sabían cómo eran las lágrimas porque ellos no lloraban nunca, escaparon corriendo cada uno a su madriguera y la niña se encontró sola y en silencio. Como tenía mucho sueño, se acurrucó entre unas flores rosas, se cubrió con una hoja muy grande y se quedó dormida.
     Por la mañana, cuando su mamá la despertó para ir al colegio y le explicó el sueño, se dio cuenta de que no siempre es agradable jugar y saltar y correr y reír y cantar, también es bonito, pararse a leer, a estudiar, a desayunar despacio, a ir al colegio con otros niños y a escuchar los consejos de los papás.
      Y así fue como Irisada, la niña que le gustaba ser un duendecillo rosa, aprendió a inventarse cuentos y a soñar, pero sólo, sólo, cuando se iba a dormir, durante el día se comportaba como una niña estudiosa, tranquila y obediente…, aunque nunca olvidó el bosque rosa de su sueño y, antes de dormir…, cantaba un ratito la canción de los duendecillos. Eso, la hacía sentirse feliz hasta que llegaba el sueño y le cerraba los ojitos. – MAGDA.