miércoles, 6 de mayo de 2015

EL DUENDECILLO PECAS



                                      EL DUENDECILLO PECAS

       Había una vez un bosque muy grande, muy grande, donde todos los árboles juntaban sus ramas llenas de hojas para formar un cielo verde  que sólo existía en aquel país desconocido.
      Debajo de aquel cielo de hojas verdes, vivían unos enanos que eran quienes se ocupaban de cuidar los árboles, podarlos y tenerlos muy bien recortados y limpios de hierbajos,  para que el cielo, siempre estuviera perfecto aunque nunca vieran el sol. Todos vivían muy felices y no se peleaban nunca  pero, en un rincón de aquel bosque de cielo de hojas verdes, escondida entre una maraña de arbustos, había crecido una seta muy grande donde vivía el duendecillo Pecas.
       Este duendecillo, era diferente a los demás enanos. Pequeño, feo, travieso y le gustaba mucho hacer barrabasadas por eso nadie quería verlo por el pueblo porque siempre, organizaba algún lío. Al duendecillo Pecas, le gustaba mucho pintar. Pintaba con  lápices de colores, con acuarelas, con ceras coloreadas y también untaba los dedos en unos botes llenos de barnices mágicos y así hacía dibujos y más dibujos que, luego, no podían borrarse  y se transformaban en cosas de verdad. Por eso, también, el duendecillo Pecas era muy rico, pero eso no le importaba demasiado.
        Lo que más le divertía, era pintar a escondidas, con un pincel hecho con los pelos del rabo de un ratoncito muy viejo amigo suyo,  que se llamaba Roquefel, puertas, ventanas, cristales, paredes y hasta la ropa de los niños si se descuidaban un poco. Este ratoncito viejo era inglés y un verano que vino de vacaciones a la playa de Benidorm,  se quedó dormido en la playa y le dio una solana de padre y muy señor mío. Tanto, que se quedó sin un pelo.  Como se quedó muy feo, y tuvo que esconderse hasta que se le curaron todas las ampollas que le salieron con la solana, empezó a vagabundear por los camino hasta que, un día, el Duendecillo Pecas, se lo encontró medio muerto buscando un agujerito donde esconderse. El Duendecillo Pecas, lo llevó a su casa y le permitió hacer su madriguera al lado de la cocina que era donde se estaba más calentito y así empezó la amistad.
       El Duendecillo Pecas y el ratón Roquefel, con el que siempre tomaba el té de las cinco y la cena de guisantes con puré de patatas de las siete, se hicieron muy amigos  y entre el uno y el otro, se dedicaban a inventar colores que nadie conocía, como, por ejemplo, color queso de gruyere o color verde lagartija semirubia o color plata especial de los mares y otros colores que nadie conocía.
       El Rey Enano de aquel pueblo de árboles grandes y cielo verde, lleno de hojas, tenía una nietecita que se llamaba Rosaura, tan blanca, tan blanca, que parecía transparente y con el pelo de un rojo dorado como las calabazas de los huertos cuando les daba el sol. Al Rey Enano, le disgustaba que su nieta Rosaura fuera tan blanca,  pero no sabía qué hacer para evitarlo y cuando salía a la calle, siempre la obligaba a cubrirse el rostro con un velo par que nadie viera aquella palidez, pero con eso, lo único que conseguía era que cada día estuviera más  y más blanca porque nunca le daba el aire en la cara, ni tampoco el sol, claro,  porque su cielo eran las hojas de los árboles y nadie  sabía cómo era el sol.
      Un día que los soldados del Reino pillaron al Duendecillo Pecas y al viejo ratón Roquefel pintando de azul con pintitas blancas una gallina del corral real, para hacer una prueba de un nuevo color, los llevaron al calabozo y cuando le explicaron al Rey Enano lo sucedido, le dio que pensar y llamando a su presencia al Duendecillo, le dijo:
 - Te dejaré en libertad y pintarás de colores todas las casas del pueblo si le das un poco de color a la piel de la cara de mi nieta Rosaura.
     El Duendecillo Pecas, se quedó pensativo, se rascó la calva por debajo del gorro y consultó el caso con Roquefel. Después de estar hablando durante una hora larga, los dos amigos, Roquefel y Pecas se acercaron al Rey y le explicaron que  no podían pintar las pieles de los niños porque sus pinturas eran mágicas y no conocían lo que podría suceder si pintaban la cara de Rosaura, pero….el Duendecillo Pecas le propuso al Rey Enano una idea que podía tener resultado y que había leído en un libro que se titulaba “ASTRONOMÍA DE LOS PUEBLOS QUE TIENEN EL CIELO VERDE” que había encontrado un día, en la Biblioteca del pueblo.
      Se lo explicó en secreto al Rey Enano y cuando éste le dio permiso para hacer el experimento, cogió una escalera larga, larga y se fue al bosque. Se encaramó a la escalera que sujetaba con fuerza el ratoncito Roquefel, untó el pincel más gordo que tenía en el bote de pintura mágica azul cielo y comenzó a dar brochazos por el espacio que había sobre los árboles. Cuando contempló su obra y se encontró con aquel cielo azul tan bonito, se quedó maravillado porque parecía un cielo de verdad pero le faltaba algo muy importante que había visto en el libro de astronomía y que estaba en todos los cielos del mundo.
      El Duendecillo Pecas, muy entusiasmado, embadurnó entonces el pincel de un amarillo brillante, y con mucho cuidado, pintó en el cielo, un sol redondo y radiante como nadie lo había visto nunca.
       Todo el mundo corría para ver aquel cielo tan bonito y sentir el calor y la luz del sol porque como estaban pintados con pinturas mágicas, se habían convertido en un cielo y un sol de verdad.
       La primera que llegó a verlo, fue Rosaura, la nieta del Rey Enano. Era tan bonito que no se cansaba de mirar al cielo pero como no llevaba el velo que le cubría la cara, aquella piel tan blanca que parecía transparente, comenzó a llenarse de manchitas marrones que le dieron un aspecto tan gracioso, que hasta el mismo Rey sonrió cuando la vio y exclamó:
- ¡Ahora sí que estás guapa, Rosaura, con esas manchas de Pecas, el mejor pintor que nunca se ha visto!
     Y así fue como se inventó el nombre de las pecas. Esas manchitas tan simpáticas que todos los que son muy blancos y pelirrojos tienen en su carita.
               El  Duendecillo Pecas fue nombrado Pintor del Reino  y condecorado con la flor violeta por haber sabido dar un bonito color al cielo y pintar un sol mágico que dio color a las mejillas de Rosaura que, por cierto, fue la primera niña pelirroja con pecas en la cara.
  ¿A qué ninguno de vosotros sabía por qué las pecas se llamaban pecas? Pues ahora ya lo sabéis. ¿Será verdad o será cosa de magia? No intentéis averiguarlo porque, las pecas son mágicas y no se pueden borrar.
¡Ah! Se me olvidaba deciros que al ratoncito Roquefel el Rey Enano lo nombró ayudante preferencial del Pintor del Reino y le regalaron una librea roja con botones dorados que no se quitaba nunca de encima porque así, nadie supo nunca que no tenía pelo.
Los dos amigos vivieron juntos muchos, muchos años y ahora, ya nadie sabe si existe un pueblo con cielo verde o no. Nadie lo ha visto. Todos tienen el cielo azul y un hermoso sol amarillo.
- MAGDA.
      
                      



jueves, 19 de febrero de 2015

LA RATITA CATALINA LLEGA A LA ROSALEDA

No puedo decir que aquellos años de estudio en el colegio de las Ursulinas fueron malos porque adquirí una base cultural muy alta la cual, más tarde, me sirvió para desenvolverme en la vida de una manera más o menos desahogada en momentos difíciles. Aprendí francés a la perfección, un inglés medianamente bueno y todos los conocimientos que una señorita de buena familia de la época necesitaba poseer para valerse correctamente en la sociedad de aquellos tiempos.
Lo más hermoso para mí y lo más entretenido, eran las clases de solfeo y más tarde las de piano que llevaban hasta mi memoria momentos entrañables de las horas pasadas con la señorita Elisa delante del piano de cola en la casa de mi abuelo.
Mi hermana Gracia no tuvo ningún hijo. Acostumbraba a recogerme cuando finalizaba el mes de julio para pasar las vacaciones en nuestra casa grande de Colloto. Era el momento de quitarme el uniforme negro y ponerme el traje de calle tan deseado.
Las primeras vacaciones fueron en el verano de 1906, yo había cumplido los once años y comenzaba a cambiar mi cuerpo de niña a mujer por lo que me vi obligada a embutirme el vestido blanco y dejar algunos botones desabrochados. Mi hermana Gracia se quedó asombrada del cambio y eso me confirmó la falta de interés hacia mi persona. Cuando llegamos a la casa nos esperaba su marido Faustino en cuya cara pude también adivinar la sorpresa por aquel cambio incipiente de mi fisionomía. Su mirada me repugnó y para evitar saludarlo, disimulé como acostumbraba. De manera un tanto infantil, como si no fuera consciente de mis actos, corrí a la cocina para encontrarme con Casimira. La sorpresa fue mía entonces. Me encontré con una anciana de pelo completamente blanco, encorvada y casi ciega que apenas me reconoció. No podía imaginar tanto cambio en tan poco tiempo y me eché a llorar. Supongo que el llanto no fue solamente por el cambio encontrado en la mujer que me había cuidado siempre sino por un cúmulo de situaciones amontonadas unas encima de otras y que yo todavía no sabía poner en orden para darles el valor correspondiente. Una vez reconocida por Casimira, me llenó de besos y abrazos y acompañadas de mi hermana, en una complicidad secreta de miradas y gestos subí hasta mi habitación.
Era una estancia bastante grande como todas las habitaciones de la casa. Situada en el primer piso con una gran alfombra sobre la que se encontraba una cama con dosel donde yo había dormido desde siempre. En la pared de la derecha se podían ver dos balcones cubiertos por unos estores blancos y cortinajes de terciopelo granate desde donde se divisaba el jardín. Al entrar, no lo vi en un primer momento pero al observar las expresiones expectantes de mi hermana y Casimira, me fijé en el rincón. Entre la puerta y uno de los balcones, se encontraba el piano de cola perteneciente a mi abuela, donde había aprendido a tocar bajo la enseñanza de la señorita Elisa. El llanto volvió a mis ojos al mismo tiempo que me invadía una alegría inverosímil; el recuerdo maravilloso de aquel tiempo transcurrido en casa de mi abuelo, me llenó de una añoranza jamás experimentada.
Lo primero que hice fue levantar la tapa e interpretar la sonata "Para Elisa" de Beethoven tantas veces practicada en casa del abuelo, ahora, mis conocimientos adquiridos en las Ursulinas, había mejorado mi trabajo y tanto mi hermana Gracia como Casimira, quedaron sorprendidas de mi pericia.
En los días pasados en la casa antes de volver en Septiembre al internado, pude darme cuenta de cómo cambiaban las cosas en la vida de cada uno de una manera lenta pero inexorable y comprendí que a Casimira le quedaba poco tiempo para estar allí. La mujer ya no tenía la capacidad de años atrás y cierto desorden y falta de limpieza, comenzaba a notarse en la casa. Mis razonamientos también iniciaban un cambio al igual que mi cuerpo y supe que si queríamos mantener aquella casona, se debería de contratar a gente más joven para cuidarla pero yo era una niña todavía sin suficiente capacidad para opinar, por lo tanto, callé y procuré ayudar en todo cuanto podía. Le encendía a Casimira las teas para los fogones, le ayudaba a llevar cubos de agua, me arreglaba mi habitación para evitarle a ella el trabajo de hacerlo y por las tardes, ambas paseábamos por entre el bosque de castaños, cruzábamos el puente romano y nos parábamos a ver correr el río de aguas claras. Luego, poco a poco, entre huertos de manzanos, regresábamos hasta la casa para preparar la cena y descansar.
Aquel año practiqué mucho el piano y también me sentí muy sola. No había niños a mi alrededor, sólo en una casa de labriegos algo alejada de la nuestra, vivía un matrimonio con un hijo de mi edad a quien llamaban Pepín y alguna vez me acercaba para ver como ordeñaban las vacas o para acariciar al perro que me recordaba a Trisqui, aquel del que mi abuelo decía era mezcla de podenco y galgo desaparecido tras su muerte.
Estos cambios hicieron de mi vuelta a las Ursulinas un regreso más alegre, incluso sentí unos enormes deseos de volver a ver la casa pintada de rojo, los jardines que la rodeaban, las escaleras semicirculares que ascendían hasta el porche de cuatro columnas sobre el cual se encontraba el mirador y aunque no conseguí nunca hacer grandes amigas pues siempre seguí siendo una niña silenciosa y algo triste, sí sentí placer al ver otra vez a mis compañeras.
Mi vida continuó rutinaria y monótona durante tres años más pero el verano de 1910 cuando yo había cumplido los quince años, todo cambió otra vez.

domingo, 15 de febrero de 2015

EL GATO CALASPARRA



                    EL GATO CALASPARRA


       Aquella mañana, la araña Malospelos se puso el gorrito de lana con orejeras, los ocho patucos cada uno de un color diferente como a ella le gustaban, cogió una pieza de tela terminada de tejer la noche anterior y se fue a ver a la libélula Bertita que era quien le compraba la tela para su tienda “Los Bebés a un cuarto”, que había abierto hacía poco tiempo.
        Como el día era de un frío de esos que pela las narices, dio cuatro vueltas a la bufanda y cuando se sintió lo suficientemente abrigada salió de su casa. Al pasar frente a la puerta del saltamontes Triquiñuelas que vivía en el piso Bajo A, le llegó hasta la nariz que llevaba bien tapada, un olor riquísimo a pan frito y pensó que sería estupendo poder comerse unos picatostes con chocolate en compañía de Triquiñuelas que, seguro, era quien los estaba preparando para desayunar.
 La verdad es que el jardín de la Rosaleda, andaba un poco revuelto, porque el
 Alcalde, el gorrión Don Nicanor, había ordenado poner un Bando en cada esquina, en el que se decía a todos los habitantes que fueran muy cautelosos en sus salidas por el jardín, sobre todo por las noches ya que los moscardones policías, habían detectado la presencia de un gato merodeando por los alrededores.
       Como podéis imaginar, el que más y el que menos,  estaba un poco asustado porque los gatos podían comerse a cualquiera y eso a nadie le gustaba.

- Malospelos, ten mucho cuidado cuando vayas a la tienda de Bertita que está muy cerca de la verja de entrada al jardín y ese gato anda muy listo. Mete la zarpa entre los barrotes, y se zampa lo primero que encuentra – le dijo Triquiñuelas a la  araña Malospelos que se puso a temblar del miedo que le entró. Pero como era también un poco valiente, se encasquetó bien el gorrito de lana y dijo:

-¡Bueno… a mí gatos…! Ya veremos quién puede más- y dando media vuelta se fue con su pieza de tela a la tienda de Bertita. Pero por el camino, cuando ya se estaba acercando a la verja… ¡ay madreeee…! Le empezó a entrar un canguis que ya no sabía por dónde andaba. Le temblaban las ocho patas a la vez y tuvo que pararse un ratito hasta que se le pasó la tembladera porque es que no podía dar un paso.  Hasta que llegó a la tienda “Los bebés a un cuarto”  ¡y la que se encontróooo…! ¡Madreeee…. Madre!  Tres coches de policía, los moscardones
corriendo de un lado para otro llamando a la ambulancia que llegaba con los grillos “escopetaos”… y lo peor, lo peor de todo… La pobre libélula Bertita, despanzurrada en el suelo con un ataque de nervios que no había quien la parara hasta que se presentó el chihuahua Doctor Curateya  y dijo:

-Esto lo curo yo en un santiamén.

    Le puso una inyección con un líquido amarillo y allí se quedó la pobre Bertita dormida como un ceporrín. Momento en el que los grillos “escopetaos” la pusieron en una camilla y se la llevaron al Hospital por orden del Doctor Curateya, que estaba muy preocupado por lo ocurrido.
       ¿Y a que no adivináis lo que había pasado? Pues que la libélula Bertita, cuando aquella mañana temprano salía por la verja del jardín de la Rosaleda para ir a comprar unos botones especiales para bebés,  de esos que no se pudieran meter en la boca y tragárselos, se topó de cara con un cacho gatazo negro fenomenal y del susto, echó a correr dando gritos:

-¡Socorrooooo…socorroooo… que me come, que me come….!

    Al oír los gritos, todos se asomaron a las ventanas y el teléfono de la policía  14 y 5,  se colapsó de tantas llamadas como hubo avisando de la presencia del gato. Salieron rápidamente las furgonetas que se fueron a por el gato que, el pobre, todo hay que decirlo, estaba más asustado que nadie, porque no sabía lo que sucedía. Y por más que le decía a la policía:

-¡Oigaaaa… ¡que yo sólo estoy buscando a un ratón que se llama Cuclillas…!

       Pues nada, que no le hacían ni caso y allí estaba el gato con las dos manos juntitas para ponerle las esposas. Pero en esto que llegó el Cuclillas porque lo había ido a buscar uno de los policías para saber si él conocía al gato, y en cuanto lo vio, dijo:

-¡Caramba, Calasparra…! ¡Cuánto tiempo sin verte, amigo mío…! ¿Pero qué haces tú por estos andurriales…?

       Total que el gato negro que parece ser se llamaba Calasparra y el ratón Cuclillas se dieron un abrazo de lo más apretado y, al fin, el Cuclillas les explicó a los policías que aquel era el gato más bueno que uno se podía encontrar por la vida, que eso de comerse a alguien, que ¡nanay!, que eran amigos desde cuando él vivía en las alcantarillas de los Madriles y que el Calasparra era un gato más bueno que el pan.

                                                                                       
       Así que todos ya más tranquilos, cada cual se marchó a su casa sin ningún miedo. La araña Malospelos acompañó a la libélula Bertita al Hospital donde con una inyección por aquí y un sorbete de algo amargo por allá se puso más fresca que una lechuga y el Cuclillas invitó a un aperitivo de anchoas y cerveza sin alcohol a todos los que quisieran apuntarse para presentarles, de paso,  a su antiguo amigo de las alcantarillas, el gato Calasparra. Total, que todo acabó como siempre acaban las cosas en el jardín de la Rosaleda,  todos felices y contentos.
       ¡Ah! Se me olvidaba deciros que el Alcalde, el gorrión Don Nicanor, ordenó quitar los bandos donde decía que se tuviese cuidado de un gato que merodeaba por los alrededores y como vio que el Calasparra era muy simpático y además muy amigo del Cuclillas, le ofreció trabajar de Guardia en la verja de entrada al jardín. Le dieron uniforme con botones dorados, una gorra con una pluma de avestruz y una lanza y allí estaba todos los días de plantón en la puerta pidiendo el carnet a todo el que entraba y como empezó a venir mucha gente a visitar la Rosaleda que se estaba haciendo famosa por sus historias, colocaron un armatoste de esos por los que tienes que pasar sin llaves, sin móvil, sin pendientes ni anillos y sin cinturón.. por aquello de la hebilla de metal, claro… y no veas los líos que tenía el gato Calasparra porque a más de uno cuando se le cayeron los pantalones al suelo, se enfadó tanto que dijo que iba a denunciarlos al programa de TV “Todo está más que requetebién” para que vieran que no todo estaba tan bien.
      Bueno… pues así terminó la historia, todos se hicieron amigos y en el jardín de la Rosaleda hubo un habitante más, el gato Calasparra.
¡Adioooooos amiguitos….!
MAGDA

viernes, 13 de febrero de 2015

"EL CONEJO DON ADALBERTO"



         EL CONEJO DON ADALBERTO


      El conejo Don Adalberto era el profesor de la Escuela del jardín de la Rosaleda. Vivía solo en una madriguera en el abeto más grade del jardín y como se estaba haciendo un poquito viejo y se aburría mucho, todos los vecinos intentaban buscarle una novia para que, así, pudiera casarse y tener una buena compañía.
       Don Adalberto que era un conejo muy tranquilo, no se enteraba de los tejes y manejes de sus convecinos y sólo se preocupaba de preparar sus lecciones para que todos los alumnos de su escuela aprendieran mucho y bien. Además de ser tranquilo, el conejo Don Adalberto era bondadoso y muy simpático y aunque charlaba mucho con cualquiera que se encontrase por el camino cuando salía de la escuela, también le gustaba bastante la soledad. El único que conseguía sacarlo de su casa, era el bibliotecario Don Kiskilloso, un oso hormiguero que siempre estaba muy enfadado y al que cualquier cosa le molestaba mucho. Sin embargo, con Don Adalberto no se enfadaba nunca y eran unos grandes amigos que se reunían cada martes y cada jueves en la Biblioteca para curiosear en libros antiguos cosa que a los dos les gustaba mucho hacer.
       El saltamontes Triquiñuelas, que siempre estaba preocupado por todo lo que sucedía en el jardín de la Rosaleda, era quien tenía más interés en buscarle una novia a Don Adalberto y, un día, cuando más preocupado estaba sentado encima de la berza del huerto de la Ratona Matildita, jugando a las cartas con el Cuclillas, se enteró de que llegaba al jardín, procedente de Segovia, una conejita que se llamaba Fuencisla y que iba a poner un taller de modista para coser los trajes de todas las señoras que quisieran ser vestidas por ella. Aquella noticia le entusiasmó y estuvo muy pendiente de la llegada de la conejita Fuencisla para conocerla y así ver si podía ser una buena candidata para esposa de Don Adalberto.
       Como Don Adalberto el conejo, además de tranquilo y bondadoso era muy tímido, Triquiñuelas sabía que debería pensar  en la manera de que el profesor y la modista se conocieran y como estaba muy cercano su cumpleaños, envió a todos los vecinos unas tarjetas de invitación para que asistieran a la fiesta de  aquel día tan especial.
       ¡Madre, madre… la que se armó cuando se recibieron las invitaciones…! Todas las señoras querían estrenar vestido nuevo para ir a la fiesta y ¡hasta cola! había en la puerta del taller que  la conejita Fuencisla puso en la Rosaleda. La verdad es que ganó unas cuantas monedas que ingresó en el Banco pero… ¡hay qué ver cómo trabajó la pobre…! ¡ufff! ¡todo el día y toda la noche dale que dale a la máquina de coser para hacerles vestidos nuevos a las señoras!
       El caso es que, cuando llegó el día de la fiesta, todas estaban tan requeteguapas  con sus vestidos recién estrenados, sus collares y sus pulseras que se miraban unas a otras a ver quién llevaba el vestido más bonito pero, en confianza, amiguitos, todas, todas, estaban de lo más elegante porque la conejita Fuencisla era una maravillosa modista.
    ¡Ay! pero ¿Qué pasó? Pues que como había trabajado tanto para las demás, la conejita Fuencisla no había tenido tiempo de coser un vestido nuevo para ella… perooo, como no era nada presumida, se fue a la fiesta con uno que aunque ya estaba bastante usado  le quedaba de maravilla. Se puso un sombrero con una lazada azul muy ancha  comprada en la mercería de la cochinilla Zurcita que vendía cintas de todos los colores habidos y por haber y, con una tarta de manzana deliciosa horneada por ella misma como regalo de cumpleaños, se fue a la fiesta del saltamontes Triquiñuelas.
       Cuando llegó ya estaban todos allí. Hablaban y reían mientras unos tomaban limonada, otros explicaban chistes y el saltamontes Triquiñuelas que era muy listo, en cuanto la vio, la sentó a la mesa entre Don Adalberto el conejo y Don Kiskilloso el oso hormiguero el bibliotecario y ¡no veáis lo que disfrutaron! Claro que la primera vez que la conejita Fuencisla saludó a Don Kiskilloso, éste le respondió muy malhumorado y la dejó un poco sorprendida pero todo se arregló.

-Mucho gusto en conocerle, Don Kiskilloso- le dijo la conejita Fuencisla cuando se lo presentaron, pero el oso hormiguero, en lugar de responder: “estoy muy bien, gracias, y usted señorita Fuencisla ¿cómo está? ¿le gusta la nueva ciudad?”. Que es lo que se dice cuando te presentan a alguien, pues no, va y le dice de muy malos modos:

-¡Qué pasa heeee!

       Al oírlo, Fuencisla se llevó un susto morrocotudo, tanto que casi se pone a llorar porque creía que había hecho algo mal y fue entonces cuando el conejo Don Adalberto, que no le quitaba el ojo de encima a la conejita, tomó cartas en el asunto –que quiere decir que le explicó a la conejita Fuencisla lo quisquilloso que era Don Kiskilloso y que no le hiciera caso porque, en el fondo, era una buena persona.
       La conejita le agradeció a Don Adalberto la explicación  con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja porque aquel don Adalberto tenía cara de ser muy sabio y le caía muy bien…
      Y así empezaron a conocerse Don Adalberto el conejo y Fuencisla la conejita recién llegada de Segovia. Desde aquel momento, el saltamontes Triquiñuelas que no perdía detalle de cuanto sucedía entre la pareja de conejitos, se desentendió de todo porque, cuando vio como a Don Adalberto se le caía la baba cada vez que miraba a la conejita Fuencisla y  que ésta – la conejita -, no paraba de sonreír, supo que pronto asistirían a la boda. 
       Y así fue amiguitos. A partir de aquel día, Don Adalberto se perfumaba cada vez que terminaba sus clases, se peinaba con raya en medio, se limpiaba bien las gafas, la uñas y los dientes, compraba un ramo de flores y se iba, tan feliz, al taller de la modista a comerse unos picatostes con chocolate a los que siempre le invitaba la conejita Fuencisla.
      La boda la fijaron para el primer día de primavera y mientras esperaban ese momento, la conejita Fuencisla se hizo – a escondidas del novio, claro -, el traje de novia más bonito que os podáis imaginar, con una cola larguísima y un tul para la cabeza que le regaló la araña Malospelos, ¡preciosoooooo!  Pero eso ya lo contaremos en otro cuento, ahora me voy deprisa a casita ¡que se me quema la paella¡    ¡Huyyyy , si es que con esto de explicar cuentos, se me va el santo al cielo, ayayayay, si es que tengo una memoria…¡

MAGDA