jueves, 19 de febrero de 2015

LA RATITA CATALINA LLEGA A LA ROSALEDA

No puedo decir que aquellos años de estudio en el colegio de las Ursulinas fueron malos porque adquirí una base cultural muy alta la cual, más tarde, me sirvió para desenvolverme en la vida de una manera más o menos desahogada en momentos difíciles. Aprendí francés a la perfección, un inglés medianamente bueno y todos los conocimientos que una señorita de buena familia de la época necesitaba poseer para valerse correctamente en la sociedad de aquellos tiempos.
Lo más hermoso para mí y lo más entretenido, eran las clases de solfeo y más tarde las de piano que llevaban hasta mi memoria momentos entrañables de las horas pasadas con la señorita Elisa delante del piano de cola en la casa de mi abuelo.
Mi hermana Gracia no tuvo ningún hijo. Acostumbraba a recogerme cuando finalizaba el mes de julio para pasar las vacaciones en nuestra casa grande de Colloto. Era el momento de quitarme el uniforme negro y ponerme el traje de calle tan deseado.
Las primeras vacaciones fueron en el verano de 1906, yo había cumplido los once años y comenzaba a cambiar mi cuerpo de niña a mujer por lo que me vi obligada a embutirme el vestido blanco y dejar algunos botones desabrochados. Mi hermana Gracia se quedó asombrada del cambio y eso me confirmó la falta de interés hacia mi persona. Cuando llegamos a la casa nos esperaba su marido Faustino en cuya cara pude también adivinar la sorpresa por aquel cambio incipiente de mi fisionomía. Su mirada me repugnó y para evitar saludarlo, disimulé como acostumbraba. De manera un tanto infantil, como si no fuera consciente de mis actos, corrí a la cocina para encontrarme con Casimira. La sorpresa fue mía entonces. Me encontré con una anciana de pelo completamente blanco, encorvada y casi ciega que apenas me reconoció. No podía imaginar tanto cambio en tan poco tiempo y me eché a llorar. Supongo que el llanto no fue solamente por el cambio encontrado en la mujer que me había cuidado siempre sino por un cúmulo de situaciones amontonadas unas encima de otras y que yo todavía no sabía poner en orden para darles el valor correspondiente. Una vez reconocida por Casimira, me llenó de besos y abrazos y acompañadas de mi hermana, en una complicidad secreta de miradas y gestos subí hasta mi habitación.
Era una estancia bastante grande como todas las habitaciones de la casa. Situada en el primer piso con una gran alfombra sobre la que se encontraba una cama con dosel donde yo había dormido desde siempre. En la pared de la derecha se podían ver dos balcones cubiertos por unos estores blancos y cortinajes de terciopelo granate desde donde se divisaba el jardín. Al entrar, no lo vi en un primer momento pero al observar las expresiones expectantes de mi hermana y Casimira, me fijé en el rincón. Entre la puerta y uno de los balcones, se encontraba el piano de cola perteneciente a mi abuela, donde había aprendido a tocar bajo la enseñanza de la señorita Elisa. El llanto volvió a mis ojos al mismo tiempo que me invadía una alegría inverosímil; el recuerdo maravilloso de aquel tiempo transcurrido en casa de mi abuelo, me llenó de una añoranza jamás experimentada.
Lo primero que hice fue levantar la tapa e interpretar la sonata "Para Elisa" de Beethoven tantas veces practicada en casa del abuelo, ahora, mis conocimientos adquiridos en las Ursulinas, había mejorado mi trabajo y tanto mi hermana Gracia como Casimira, quedaron sorprendidas de mi pericia.
En los días pasados en la casa antes de volver en Septiembre al internado, pude darme cuenta de cómo cambiaban las cosas en la vida de cada uno de una manera lenta pero inexorable y comprendí que a Casimira le quedaba poco tiempo para estar allí. La mujer ya no tenía la capacidad de años atrás y cierto desorden y falta de limpieza, comenzaba a notarse en la casa. Mis razonamientos también iniciaban un cambio al igual que mi cuerpo y supe que si queríamos mantener aquella casona, se debería de contratar a gente más joven para cuidarla pero yo era una niña todavía sin suficiente capacidad para opinar, por lo tanto, callé y procuré ayudar en todo cuanto podía. Le encendía a Casimira las teas para los fogones, le ayudaba a llevar cubos de agua, me arreglaba mi habitación para evitarle a ella el trabajo de hacerlo y por las tardes, ambas paseábamos por entre el bosque de castaños, cruzábamos el puente romano y nos parábamos a ver correr el río de aguas claras. Luego, poco a poco, entre huertos de manzanos, regresábamos hasta la casa para preparar la cena y descansar.
Aquel año practiqué mucho el piano y también me sentí muy sola. No había niños a mi alrededor, sólo en una casa de labriegos algo alejada de la nuestra, vivía un matrimonio con un hijo de mi edad a quien llamaban Pepín y alguna vez me acercaba para ver como ordeñaban las vacas o para acariciar al perro que me recordaba a Trisqui, aquel del que mi abuelo decía era mezcla de podenco y galgo desaparecido tras su muerte.
Estos cambios hicieron de mi vuelta a las Ursulinas un regreso más alegre, incluso sentí unos enormes deseos de volver a ver la casa pintada de rojo, los jardines que la rodeaban, las escaleras semicirculares que ascendían hasta el porche de cuatro columnas sobre el cual se encontraba el mirador y aunque no conseguí nunca hacer grandes amigas pues siempre seguí siendo una niña silenciosa y algo triste, sí sentí placer al ver otra vez a mis compañeras.
Mi vida continuó rutinaria y monótona durante tres años más pero el verano de 1910 cuando yo había cumplido los quince años, todo cambió otra vez.

domingo, 15 de febrero de 2015

EL GATO CALASPARRA



                    EL GATO CALASPARRA


       Aquella mañana, la araña Malospelos se puso el gorrito de lana con orejeras, los ocho patucos cada uno de un color diferente como a ella le gustaban, cogió una pieza de tela terminada de tejer la noche anterior y se fue a ver a la libélula Bertita que era quien le compraba la tela para su tienda “Los Bebés a un cuarto”, que había abierto hacía poco tiempo.
        Como el día era de un frío de esos que pela las narices, dio cuatro vueltas a la bufanda y cuando se sintió lo suficientemente abrigada salió de su casa. Al pasar frente a la puerta del saltamontes Triquiñuelas que vivía en el piso Bajo A, le llegó hasta la nariz que llevaba bien tapada, un olor riquísimo a pan frito y pensó que sería estupendo poder comerse unos picatostes con chocolate en compañía de Triquiñuelas que, seguro, era quien los estaba preparando para desayunar.
 La verdad es que el jardín de la Rosaleda, andaba un poco revuelto, porque el
 Alcalde, el gorrión Don Nicanor, había ordenado poner un Bando en cada esquina, en el que se decía a todos los habitantes que fueran muy cautelosos en sus salidas por el jardín, sobre todo por las noches ya que los moscardones policías, habían detectado la presencia de un gato merodeando por los alrededores.
       Como podéis imaginar, el que más y el que menos,  estaba un poco asustado porque los gatos podían comerse a cualquiera y eso a nadie le gustaba.

- Malospelos, ten mucho cuidado cuando vayas a la tienda de Bertita que está muy cerca de la verja de entrada al jardín y ese gato anda muy listo. Mete la zarpa entre los barrotes, y se zampa lo primero que encuentra – le dijo Triquiñuelas a la  araña Malospelos que se puso a temblar del miedo que le entró. Pero como era también un poco valiente, se encasquetó bien el gorrito de lana y dijo:

-¡Bueno… a mí gatos…! Ya veremos quién puede más- y dando media vuelta se fue con su pieza de tela a la tienda de Bertita. Pero por el camino, cuando ya se estaba acercando a la verja… ¡ay madreeee…! Le empezó a entrar un canguis que ya no sabía por dónde andaba. Le temblaban las ocho patas a la vez y tuvo que pararse un ratito hasta que se le pasó la tembladera porque es que no podía dar un paso.  Hasta que llegó a la tienda “Los bebés a un cuarto”  ¡y la que se encontróooo…! ¡Madreeee…. Madre!  Tres coches de policía, los moscardones
corriendo de un lado para otro llamando a la ambulancia que llegaba con los grillos “escopetaos”… y lo peor, lo peor de todo… La pobre libélula Bertita, despanzurrada en el suelo con un ataque de nervios que no había quien la parara hasta que se presentó el chihuahua Doctor Curateya  y dijo:

-Esto lo curo yo en un santiamén.

    Le puso una inyección con un líquido amarillo y allí se quedó la pobre Bertita dormida como un ceporrín. Momento en el que los grillos “escopetaos” la pusieron en una camilla y se la llevaron al Hospital por orden del Doctor Curateya, que estaba muy preocupado por lo ocurrido.
       ¿Y a que no adivináis lo que había pasado? Pues que la libélula Bertita, cuando aquella mañana temprano salía por la verja del jardín de la Rosaleda para ir a comprar unos botones especiales para bebés,  de esos que no se pudieran meter en la boca y tragárselos, se topó de cara con un cacho gatazo negro fenomenal y del susto, echó a correr dando gritos:

-¡Socorrooooo…socorroooo… que me come, que me come….!

    Al oír los gritos, todos se asomaron a las ventanas y el teléfono de la policía  14 y 5,  se colapsó de tantas llamadas como hubo avisando de la presencia del gato. Salieron rápidamente las furgonetas que se fueron a por el gato que, el pobre, todo hay que decirlo, estaba más asustado que nadie, porque no sabía lo que sucedía. Y por más que le decía a la policía:

-¡Oigaaaa… ¡que yo sólo estoy buscando a un ratón que se llama Cuclillas…!

       Pues nada, que no le hacían ni caso y allí estaba el gato con las dos manos juntitas para ponerle las esposas. Pero en esto que llegó el Cuclillas porque lo había ido a buscar uno de los policías para saber si él conocía al gato, y en cuanto lo vio, dijo:

-¡Caramba, Calasparra…! ¡Cuánto tiempo sin verte, amigo mío…! ¿Pero qué haces tú por estos andurriales…?

       Total que el gato negro que parece ser se llamaba Calasparra y el ratón Cuclillas se dieron un abrazo de lo más apretado y, al fin, el Cuclillas les explicó a los policías que aquel era el gato más bueno que uno se podía encontrar por la vida, que eso de comerse a alguien, que ¡nanay!, que eran amigos desde cuando él vivía en las alcantarillas de los Madriles y que el Calasparra era un gato más bueno que el pan.

                                                                                       
       Así que todos ya más tranquilos, cada cual se marchó a su casa sin ningún miedo. La araña Malospelos acompañó a la libélula Bertita al Hospital donde con una inyección por aquí y un sorbete de algo amargo por allá se puso más fresca que una lechuga y el Cuclillas invitó a un aperitivo de anchoas y cerveza sin alcohol a todos los que quisieran apuntarse para presentarles, de paso,  a su antiguo amigo de las alcantarillas, el gato Calasparra. Total, que todo acabó como siempre acaban las cosas en el jardín de la Rosaleda,  todos felices y contentos.
       ¡Ah! Se me olvidaba deciros que el Alcalde, el gorrión Don Nicanor, ordenó quitar los bandos donde decía que se tuviese cuidado de un gato que merodeaba por los alrededores y como vio que el Calasparra era muy simpático y además muy amigo del Cuclillas, le ofreció trabajar de Guardia en la verja de entrada al jardín. Le dieron uniforme con botones dorados, una gorra con una pluma de avestruz y una lanza y allí estaba todos los días de plantón en la puerta pidiendo el carnet a todo el que entraba y como empezó a venir mucha gente a visitar la Rosaleda que se estaba haciendo famosa por sus historias, colocaron un armatoste de esos por los que tienes que pasar sin llaves, sin móvil, sin pendientes ni anillos y sin cinturón.. por aquello de la hebilla de metal, claro… y no veas los líos que tenía el gato Calasparra porque a más de uno cuando se le cayeron los pantalones al suelo, se enfadó tanto que dijo que iba a denunciarlos al programa de TV “Todo está más que requetebién” para que vieran que no todo estaba tan bien.
      Bueno… pues así terminó la historia, todos se hicieron amigos y en el jardín de la Rosaleda hubo un habitante más, el gato Calasparra.
¡Adioooooos amiguitos….!
MAGDA

viernes, 13 de febrero de 2015

"EL CONEJO DON ADALBERTO"



         EL CONEJO DON ADALBERTO


      El conejo Don Adalberto era el profesor de la Escuela del jardín de la Rosaleda. Vivía solo en una madriguera en el abeto más grade del jardín y como se estaba haciendo un poquito viejo y se aburría mucho, todos los vecinos intentaban buscarle una novia para que, así, pudiera casarse y tener una buena compañía.
       Don Adalberto que era un conejo muy tranquilo, no se enteraba de los tejes y manejes de sus convecinos y sólo se preocupaba de preparar sus lecciones para que todos los alumnos de su escuela aprendieran mucho y bien. Además de ser tranquilo, el conejo Don Adalberto era bondadoso y muy simpático y aunque charlaba mucho con cualquiera que se encontrase por el camino cuando salía de la escuela, también le gustaba bastante la soledad. El único que conseguía sacarlo de su casa, era el bibliotecario Don Kiskilloso, un oso hormiguero que siempre estaba muy enfadado y al que cualquier cosa le molestaba mucho. Sin embargo, con Don Adalberto no se enfadaba nunca y eran unos grandes amigos que se reunían cada martes y cada jueves en la Biblioteca para curiosear en libros antiguos cosa que a los dos les gustaba mucho hacer.
       El saltamontes Triquiñuelas, que siempre estaba preocupado por todo lo que sucedía en el jardín de la Rosaleda, era quien tenía más interés en buscarle una novia a Don Adalberto y, un día, cuando más preocupado estaba sentado encima de la berza del huerto de la Ratona Matildita, jugando a las cartas con el Cuclillas, se enteró de que llegaba al jardín, procedente de Segovia, una conejita que se llamaba Fuencisla y que iba a poner un taller de modista para coser los trajes de todas las señoras que quisieran ser vestidas por ella. Aquella noticia le entusiasmó y estuvo muy pendiente de la llegada de la conejita Fuencisla para conocerla y así ver si podía ser una buena candidata para esposa de Don Adalberto.
       Como Don Adalberto el conejo, además de tranquilo y bondadoso era muy tímido, Triquiñuelas sabía que debería pensar  en la manera de que el profesor y la modista se conocieran y como estaba muy cercano su cumpleaños, envió a todos los vecinos unas tarjetas de invitación para que asistieran a la fiesta de  aquel día tan especial.
       ¡Madre, madre… la que se armó cuando se recibieron las invitaciones…! Todas las señoras querían estrenar vestido nuevo para ir a la fiesta y ¡hasta cola! había en la puerta del taller que  la conejita Fuencisla puso en la Rosaleda. La verdad es que ganó unas cuantas monedas que ingresó en el Banco pero… ¡hay qué ver cómo trabajó la pobre…! ¡ufff! ¡todo el día y toda la noche dale que dale a la máquina de coser para hacerles vestidos nuevos a las señoras!
       El caso es que, cuando llegó el día de la fiesta, todas estaban tan requeteguapas  con sus vestidos recién estrenados, sus collares y sus pulseras que se miraban unas a otras a ver quién llevaba el vestido más bonito pero, en confianza, amiguitos, todas, todas, estaban de lo más elegante porque la conejita Fuencisla era una maravillosa modista.
    ¡Ay! pero ¿Qué pasó? Pues que como había trabajado tanto para las demás, la conejita Fuencisla no había tenido tiempo de coser un vestido nuevo para ella… perooo, como no era nada presumida, se fue a la fiesta con uno que aunque ya estaba bastante usado  le quedaba de maravilla. Se puso un sombrero con una lazada azul muy ancha  comprada en la mercería de la cochinilla Zurcita que vendía cintas de todos los colores habidos y por haber y, con una tarta de manzana deliciosa horneada por ella misma como regalo de cumpleaños, se fue a la fiesta del saltamontes Triquiñuelas.
       Cuando llegó ya estaban todos allí. Hablaban y reían mientras unos tomaban limonada, otros explicaban chistes y el saltamontes Triquiñuelas que era muy listo, en cuanto la vio, la sentó a la mesa entre Don Adalberto el conejo y Don Kiskilloso el oso hormiguero el bibliotecario y ¡no veáis lo que disfrutaron! Claro que la primera vez que la conejita Fuencisla saludó a Don Kiskilloso, éste le respondió muy malhumorado y la dejó un poco sorprendida pero todo se arregló.

-Mucho gusto en conocerle, Don Kiskilloso- le dijo la conejita Fuencisla cuando se lo presentaron, pero el oso hormiguero, en lugar de responder: “estoy muy bien, gracias, y usted señorita Fuencisla ¿cómo está? ¿le gusta la nueva ciudad?”. Que es lo que se dice cuando te presentan a alguien, pues no, va y le dice de muy malos modos:

-¡Qué pasa heeee!

       Al oírlo, Fuencisla se llevó un susto morrocotudo, tanto que casi se pone a llorar porque creía que había hecho algo mal y fue entonces cuando el conejo Don Adalberto, que no le quitaba el ojo de encima a la conejita, tomó cartas en el asunto –que quiere decir que le explicó a la conejita Fuencisla lo quisquilloso que era Don Kiskilloso y que no le hiciera caso porque, en el fondo, era una buena persona.
       La conejita le agradeció a Don Adalberto la explicación  con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja porque aquel don Adalberto tenía cara de ser muy sabio y le caía muy bien…
      Y así empezaron a conocerse Don Adalberto el conejo y Fuencisla la conejita recién llegada de Segovia. Desde aquel momento, el saltamontes Triquiñuelas que no perdía detalle de cuanto sucedía entre la pareja de conejitos, se desentendió de todo porque, cuando vio como a Don Adalberto se le caía la baba cada vez que miraba a la conejita Fuencisla y  que ésta – la conejita -, no paraba de sonreír, supo que pronto asistirían a la boda. 
       Y así fue amiguitos. A partir de aquel día, Don Adalberto se perfumaba cada vez que terminaba sus clases, se peinaba con raya en medio, se limpiaba bien las gafas, la uñas y los dientes, compraba un ramo de flores y se iba, tan feliz, al taller de la modista a comerse unos picatostes con chocolate a los que siempre le invitaba la conejita Fuencisla.
      La boda la fijaron para el primer día de primavera y mientras esperaban ese momento, la conejita Fuencisla se hizo – a escondidas del novio, claro -, el traje de novia más bonito que os podáis imaginar, con una cola larguísima y un tul para la cabeza que le regaló la araña Malospelos, ¡preciosoooooo!  Pero eso ya lo contaremos en otro cuento, ahora me voy deprisa a casita ¡que se me quema la paella¡    ¡Huyyyy , si es que con esto de explicar cuentos, se me va el santo al cielo, ayayayay, si es que tengo una memoria…¡

MAGDA

miércoles, 11 de febrero de 2015

LA BRUJITA DE LOS CALCETINES





               LA BRUJITA DE LOS CALCETINES

      Había una vez una brujita que vivía en el país de los niños. Se llamaba Pirindola y no era una bruja mala de esas que hacen pociones malvadas y hechizos terribles para transformar a los niños en ratones o sapos feísimos, no, la brujita Pirindola era buena. Le gustaban las flores, los niños buenos, cantar y bailar y siempre, siempre, estaba contenta. Pero no creáis, por eso, que dejaba de ser bruja, no. Escondido en un cajón tenía un libro de hechizos muy gordo, muy gordo, una varita mágica y recetas de pociones de lo más variado pero no lo usaba nunca, únicamente cuando se enfadaba muchísimo porque le hacían alguna barrabasada, entonces se ponía de todos los colores y usaba la magia aunque debo decir que, algunas veces, se arrepentía y lloraba un ratito escondida en un rincón hasta que se le pasaba la tristeza.
      La brujita Pirindola, tenía un hijo a quien quería mucho y se llamaba Pirulí. Era un niño muy bueno que quería mucho a su mamá. Iba al colegio todos los días sin hacer “pellas”  estudiaba mucho y tenía muchos amigos. Pero en aquel colegio, había un niño muy travieso que se llamaba Turulo y siempre estaba molestando a sus compañeros. A Pirulí, aquel niño no le gustaba nada y procuraba no jugar con él ni acercarse mucho pero a Turulo eso le daba mucha rabia y, un día, pensó en hacerle una travesura.
       Era una día que llovía mucho y cuando salieron del colegio, Pirulí se quedó en la entrada esperando a que amainase la lluvia y aquel momento fue el escogido por Turulo para hacer de las suyas. Como era más mayor que Pirulí, también era más alto y más fuerte, lo obligó a sentarse en el suelo, le quitó las botitas y los calcetines y se las tiró a un cubo de basura dejándolo descalzo. Cuando Pirulí llegó a su casa con los pies mojados y sin zapatos ni calcetines, la brujita Pirindola que era su mamá, se asustó muchísimo, sobre todo cuando Pirulí comenzó a estornudar, a toser y tuvo que quedarse en cama con fiebre durante una semana.
     La brujita Pirindola se enfadó muchísimo por lo sucedido a su hijito. Primero se puso colorada, luego de color azul, más tarde verde y al final, volvió a ponerse blanca y fue cuando pudo pensar pero como continuaba muy enfadada creyó que el niño Turulo merecía un escarmiento por lo que había hecho y fue en busca de su libro de hechizos y sus recetas de pócimas. Leyó y leyó para ver cómo podía escarmentar al niño travieso y, al final cerró el librote, cogió su varita mágica y se fue a la puerta del colegio a esperar. Cuando vio salir a Turulo, se acercó a él, le dio unos golpecitos en los pies con la varita mientras pronunciaba las palabras mágicas: “Por aquí y por acullá, por delante y por detrás, dos calcetines iguales jamás te pondrás” y se marchó a su casa tan tranquila.
     Turulo comenzó a reírse sin hacer caso de la brujita Pirindola pero al día siguiente cuando se estaba vistiendo para ir al colegio, al ponerse los calcetines, vio como uno cambiaba de color. Si eran verdes, uno se ponía amarillo, si marrones, uno se volvía rojo, si azules, uno se cambiaba al blanco y por más que probó y probó, no pudo ponerse nunca dos calcetines iguales.
      Naturalmente, esto fue la risa de todo el colegio cada vez que le veían con un calcetín de cada color y Turulo, avergonzado, lo único que se le ocurrió hacer fue ponerse unos pantalones muy largos que iba arrastrando por el suelo para, así, no enseñar los calcetines.
      Podéis figuraros que no volvió a hacer travesuras porque se le quitaron las ganas, ya tenía suficiente trabajo en pensar como esconder sus calcetines y como empezó a ser un niño bueno, jugaba con todos y también con Pirulí que no le guardó rencor. Pero nunca, nunca, pudo llevar calcetines del mismo color.
      Hay que ser buenos…, que siempre puede aparecer alguien con su varita mágica.  MAGDA.
                                                                 

lunes, 9 de febrero de 2015

LA ARAÑA MALOSPELOS

                                                                                      
         
 LA ARAÑA MALOSPELOS


     Había una vez, en un jardín llamado “La rosaleda del bosque”, una araña llamada Malospelos que tenía como su mejor amigo al saltamontes más inteligente, más bueno y más astuto de todo el jardín al que llamaban  Triquiñuelas. A Triquiñuelas le gustaba mucho ver en Televisión “Las aventuras de la Abeja Maya” porque el Saltamontes Flip era un primo suyo con el que había dado clases de violín, un instrumento con el que se entretenía mucho. Aquel día, toda la rosaleda estaba alborotada y muy especialmente la comunidad de las arañas porque el Rey de los Gladiolos casaba a su hija la princesa Pitiminí con el Jazmín Blanco que crecía en la esquina de la izquierda según se entraba a la rosaleda.
          El Rey de los Gladiolos había dictado un Bando al señor Alcalde el petirrojo Don Nicanor, en el que se premiaría con el título de "Tejedora Mayor del Reino" a la araña que tejiera el velo nupcial más hermoso para que la princesa Pitiminí lo luciera el día de su boda por lo que todas las arañas habidas y por haber, se pusieron a trabajar para ganar el título tan codiciado.
       La araña Malospelos no se libraba de aquel alboroto y andaba de acá para allá en la casita que tenía fabricada entre dos tallos de rosas rojas mientras pensaba en cómo podía ganar el premio. Tengo que deciros, amiguitos, que la araña Malospelos era un poco llorona y también poco hábil pero como quería presentarse al concurso, pasaba el tiempo tejiendo y destejiendo sus telas porque todas le salían con unos agujeros enormes y eso, claro,  no podía presentarlo en ninguna parte, pero como nunca lo conseguía, se pasaba el día en una continua llantina. Tanto es así que el saltamontes Triquiñuelas que vivía debajo de ella, estaba toooodo el día desaguando su casa inundada por las lágrimas de la llorona Malospelos y, aunque eran muy buenos amigos, algunas veces Triquiñuelas se enfadaba bastante con su amiga Malospelos porque ya estaba harto de oírla llorar.
        Pero aquella mañana, la verdad es que le dio un poco de pena porque sólo la oía decir:

-¡Ay, ay, ay! ¡Qué desgraciadita soy! ¡Qué desgraciadita soy!

-Pero Malospelos ¿por qué dices que eres tan desgraciada, qué es lo que te pasa?- le preguntó Triquiñuelas ya un poquito aburrido de tanta queja.
                                                                               
-¡Ay, Triquiñuelas, que ya me estoy haciendo mayor y necesito tener un empleo que me permita pasar la vejez tranquila! ¡Ayúdame a conseguir el título de Tejedora Mayor del Reino si no me moriré de hambre!

-¡Pues ponte a trabajar y no llores tanto!- le dijo el saltamontes Triquiñuelas cada vez más enfadado.

-¡Pero es que a mí todas las telas me salen con agujeros!, ¿cómo voy a conseguir que el velo nupcial sea el más bonito? ¡Nunca ganaré el título! ¡Buaaaaaa! ¡Buaaaaaa!

-¡Bueno! ¡Para ya de llorar!- dijo Triquiñuelas mientras abría el paraguas para evitar empaparse con tanta lágrima- Ya estudiaremos la situación, no te preocupes Malospelos,  yo intentaré ayudarte. A ver. Tranquilízate y ponte a trabajar, despacito y poco a poco para que todo salga bien ¿vale?

-Vale- dijo Malospelos entre hipo e hipo.
Y secándose las lágrimas con el pétalo de una rosa marchita que usaba de pañuelo, se fue al baúl donde tenía todos los ovillos de hilo, escogió uno de seda muy antiguo que le había dejado en herencia su abuela Maravillas, que la llamaron así porque hacía maravillas con los hilos y se puso a tejer despacito como le había dicho su amigo Triquiñuelas mientras él, de dos saltos y medio, se subió a un castaño y se puso a tocar el violín que era lo que más le gustaba hacer.
       Cuando la araña Malospelos terminó de tejer la tela para el velo nupcial de la princesa Pitiminí, llamó al saltamontes Triquiñuelas para enseñárselo.

-Buenoooooo...-dijo Triquiñuelas, estirando sus cuernecillos - no está nada  mal, esta vez te ha salido sin agujeros perooooo... le falta algo... está muy soso... le vendrían bien unas cuantas perlas.

           Al oír esto Malospelos comenzó a llorar de nuevo y Triquiñuelas tuvo que escapar para que no lo volviera a mojar y desde lejos, le dijo:

-¡No llores Malospelos, voy a ayudarte, no te preocupes!- y se marchó a la casa del rocío de la noche.

       Le abrió la puerta el mismo rocío que estaba preparando las bolsitas con las gotas de agua para esparcirlas por las hierbas y las flores en cuanto oscureciera y Triquiñuelas le dijo:


                                                                              

-Tengo que pedirte un favor, cuando esta noche extiendas las gotas de rocío, echa unas cuantas por encima de la tela que ha tejido la araña Malospelos,  ¡anda, porfa...! Yo a cambio, tocaré gratis el violín en todas tus fiestas.

             El rocío de la noche que era también muy amigo del saltamontes Triquiñuelas, escogió las perlas de rocío más bonitas y transparentes y las dejó caer por encima de la tela de la araña. ¡Madre mía qué contenta se puso Malospelos cuando vio su tela cuajada de aquellas hermosas perlitas!  Se puso a bailar con todas sus patas, tan alborotada que casi derrumba su casa pero, Triquiñuelas le dijo:

-Hummmm!!! Aquí todavía falta algo- Malospelos al oírlo se quedó patidifusa con la boca abierta ¿qué podía faltar?- Sí. Le falta luz, mucha luz. ¡Ahora vuelvoooo!- Se puso unas gafas de sol a la última moda y en cuatro saltos  el  Triquiñuelas se subió hasta el sol.

-Oye sol, la araña Malospelos necesita un poco de luminosidad para la tela que ha tejido porque quiere ganar el título de Tejedora Mayor del Reino ¿tú podrías ayudarla?

      El sol, que aquel día estaba de buenas y más radiante que nunca, sacó del cuarto de los trastos un poco de purpurina dorada, la iluminó con uno de sus rayos y los dejó caer sobre la tela que había tejido Malospelos. ¡Madre, madreeeee!!! ¡Qué cosa más bonitaaaa!
       El día de la boda de la princesa Pitiminí, todos los bichos de la Rosaleda estaban esperando con ansia ver el velo que había escogido la princesa pues aquel sería el ganador y cuando apareció en la sala nupcial luciendo el hermoso tul tejido por Malospelos, todos aplaudieron un montón, sobre todo, Triquiñuelas y naturalmente, la araña llorona Malospelos que consiguió el título de Tejedora Mayor del Reino y ya no lloró nunca más.
        El saltamontes Triquiñuelas se pasó toda la fiesta tocando el violín y Malospelos bailó con todo el mundo, buenoooo, con todos no, porqueeeee... ¡chssss! no se lo digáis a nadie perooo... es que era un poco fea... y siempre iba muy mal peinada… por eso la llamaban Malospelos.
       ¿Qué os ha parecido la historieta? Para ser un cuento... ¡no está nada mal! ¿verdad? Bueno, ahora la abuela Xanino se va de compras. Hasta el próximo cuento amiguitos.