jueves, 19 de febrero de 2015

LA RATITA CATALINA LLEGA A LA ROSALEDA

No puedo decir que aquellos años de estudio en el colegio de las Ursulinas fueron malos porque adquirí una base cultural muy alta la cual, más tarde, me sirvió para desenvolverme en la vida de una manera más o menos desahogada en momentos difíciles. Aprendí francés a la perfección, un inglés medianamente bueno y todos los conocimientos que una señorita de buena familia de la época necesitaba poseer para valerse correctamente en la sociedad de aquellos tiempos.
Lo más hermoso para mí y lo más entretenido, eran las clases de solfeo y más tarde las de piano que llevaban hasta mi memoria momentos entrañables de las horas pasadas con la señorita Elisa delante del piano de cola en la casa de mi abuelo.
Mi hermana Gracia no tuvo ningún hijo. Acostumbraba a recogerme cuando finalizaba el mes de julio para pasar las vacaciones en nuestra casa grande de Colloto. Era el momento de quitarme el uniforme negro y ponerme el traje de calle tan deseado.
Las primeras vacaciones fueron en el verano de 1906, yo había cumplido los once años y comenzaba a cambiar mi cuerpo de niña a mujer por lo que me vi obligada a embutirme el vestido blanco y dejar algunos botones desabrochados. Mi hermana Gracia se quedó asombrada del cambio y eso me confirmó la falta de interés hacia mi persona. Cuando llegamos a la casa nos esperaba su marido Faustino en cuya cara pude también adivinar la sorpresa por aquel cambio incipiente de mi fisionomía. Su mirada me repugnó y para evitar saludarlo, disimulé como acostumbraba. De manera un tanto infantil, como si no fuera consciente de mis actos, corrí a la cocina para encontrarme con Casimira. La sorpresa fue mía entonces. Me encontré con una anciana de pelo completamente blanco, encorvada y casi ciega que apenas me reconoció. No podía imaginar tanto cambio en tan poco tiempo y me eché a llorar. Supongo que el llanto no fue solamente por el cambio encontrado en la mujer que me había cuidado siempre sino por un cúmulo de situaciones amontonadas unas encima de otras y que yo todavía no sabía poner en orden para darles el valor correspondiente. Una vez reconocida por Casimira, me llenó de besos y abrazos y acompañadas de mi hermana, en una complicidad secreta de miradas y gestos subí hasta mi habitación.
Era una estancia bastante grande como todas las habitaciones de la casa. Situada en el primer piso con una gran alfombra sobre la que se encontraba una cama con dosel donde yo había dormido desde siempre. En la pared de la derecha se podían ver dos balcones cubiertos por unos estores blancos y cortinajes de terciopelo granate desde donde se divisaba el jardín. Al entrar, no lo vi en un primer momento pero al observar las expresiones expectantes de mi hermana y Casimira, me fijé en el rincón. Entre la puerta y uno de los balcones, se encontraba el piano de cola perteneciente a mi abuela, donde había aprendido a tocar bajo la enseñanza de la señorita Elisa. El llanto volvió a mis ojos al mismo tiempo que me invadía una alegría inverosímil; el recuerdo maravilloso de aquel tiempo transcurrido en casa de mi abuelo, me llenó de una añoranza jamás experimentada.
Lo primero que hice fue levantar la tapa e interpretar la sonata "Para Elisa" de Beethoven tantas veces practicada en casa del abuelo, ahora, mis conocimientos adquiridos en las Ursulinas, había mejorado mi trabajo y tanto mi hermana Gracia como Casimira, quedaron sorprendidas de mi pericia.
En los días pasados en la casa antes de volver en Septiembre al internado, pude darme cuenta de cómo cambiaban las cosas en la vida de cada uno de una manera lenta pero inexorable y comprendí que a Casimira le quedaba poco tiempo para estar allí. La mujer ya no tenía la capacidad de años atrás y cierto desorden y falta de limpieza, comenzaba a notarse en la casa. Mis razonamientos también iniciaban un cambio al igual que mi cuerpo y supe que si queríamos mantener aquella casona, se debería de contratar a gente más joven para cuidarla pero yo era una niña todavía sin suficiente capacidad para opinar, por lo tanto, callé y procuré ayudar en todo cuanto podía. Le encendía a Casimira las teas para los fogones, le ayudaba a llevar cubos de agua, me arreglaba mi habitación para evitarle a ella el trabajo de hacerlo y por las tardes, ambas paseábamos por entre el bosque de castaños, cruzábamos el puente romano y nos parábamos a ver correr el río de aguas claras. Luego, poco a poco, entre huertos de manzanos, regresábamos hasta la casa para preparar la cena y descansar.
Aquel año practiqué mucho el piano y también me sentí muy sola. No había niños a mi alrededor, sólo en una casa de labriegos algo alejada de la nuestra, vivía un matrimonio con un hijo de mi edad a quien llamaban Pepín y alguna vez me acercaba para ver como ordeñaban las vacas o para acariciar al perro que me recordaba a Trisqui, aquel del que mi abuelo decía era mezcla de podenco y galgo desaparecido tras su muerte.
Estos cambios hicieron de mi vuelta a las Ursulinas un regreso más alegre, incluso sentí unos enormes deseos de volver a ver la casa pintada de rojo, los jardines que la rodeaban, las escaleras semicirculares que ascendían hasta el porche de cuatro columnas sobre el cual se encontraba el mirador y aunque no conseguí nunca hacer grandes amigas pues siempre seguí siendo una niña silenciosa y algo triste, sí sentí placer al ver otra vez a mis compañeras.
Mi vida continuó rutinaria y monótona durante tres años más pero el verano de 1910 cuando yo había cumplido los quince años, todo cambió otra vez.

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