miércoles, 6 de mayo de 2015

EL DUENDECILLO PECAS



                                      EL DUENDECILLO PECAS

       Había una vez un bosque muy grande, muy grande, donde todos los árboles juntaban sus ramas llenas de hojas para formar un cielo verde  que sólo existía en aquel país desconocido.
      Debajo de aquel cielo de hojas verdes, vivían unos enanos que eran quienes se ocupaban de cuidar los árboles, podarlos y tenerlos muy bien recortados y limpios de hierbajos,  para que el cielo, siempre estuviera perfecto aunque nunca vieran el sol. Todos vivían muy felices y no se peleaban nunca  pero, en un rincón de aquel bosque de cielo de hojas verdes, escondida entre una maraña de arbustos, había crecido una seta muy grande donde vivía el duendecillo Pecas.
       Este duendecillo, era diferente a los demás enanos. Pequeño, feo, travieso y le gustaba mucho hacer barrabasadas por eso nadie quería verlo por el pueblo porque siempre, organizaba algún lío. Al duendecillo Pecas, le gustaba mucho pintar. Pintaba con  lápices de colores, con acuarelas, con ceras coloreadas y también untaba los dedos en unos botes llenos de barnices mágicos y así hacía dibujos y más dibujos que, luego, no podían borrarse  y se transformaban en cosas de verdad. Por eso, también, el duendecillo Pecas era muy rico, pero eso no le importaba demasiado.
        Lo que más le divertía, era pintar a escondidas, con un pincel hecho con los pelos del rabo de un ratoncito muy viejo amigo suyo,  que se llamaba Roquefel, puertas, ventanas, cristales, paredes y hasta la ropa de los niños si se descuidaban un poco. Este ratoncito viejo era inglés y un verano que vino de vacaciones a la playa de Benidorm,  se quedó dormido en la playa y le dio una solana de padre y muy señor mío. Tanto, que se quedó sin un pelo.  Como se quedó muy feo, y tuvo que esconderse hasta que se le curaron todas las ampollas que le salieron con la solana, empezó a vagabundear por los camino hasta que, un día, el Duendecillo Pecas, se lo encontró medio muerto buscando un agujerito donde esconderse. El Duendecillo Pecas, lo llevó a su casa y le permitió hacer su madriguera al lado de la cocina que era donde se estaba más calentito y así empezó la amistad.
       El Duendecillo Pecas y el ratón Roquefel, con el que siempre tomaba el té de las cinco y la cena de guisantes con puré de patatas de las siete, se hicieron muy amigos  y entre el uno y el otro, se dedicaban a inventar colores que nadie conocía, como, por ejemplo, color queso de gruyere o color verde lagartija semirubia o color plata especial de los mares y otros colores que nadie conocía.
       El Rey Enano de aquel pueblo de árboles grandes y cielo verde, lleno de hojas, tenía una nietecita que se llamaba Rosaura, tan blanca, tan blanca, que parecía transparente y con el pelo de un rojo dorado como las calabazas de los huertos cuando les daba el sol. Al Rey Enano, le disgustaba que su nieta Rosaura fuera tan blanca,  pero no sabía qué hacer para evitarlo y cuando salía a la calle, siempre la obligaba a cubrirse el rostro con un velo par que nadie viera aquella palidez, pero con eso, lo único que conseguía era que cada día estuviera más  y más blanca porque nunca le daba el aire en la cara, ni tampoco el sol, claro,  porque su cielo eran las hojas de los árboles y nadie  sabía cómo era el sol.
      Un día que los soldados del Reino pillaron al Duendecillo Pecas y al viejo ratón Roquefel pintando de azul con pintitas blancas una gallina del corral real, para hacer una prueba de un nuevo color, los llevaron al calabozo y cuando le explicaron al Rey Enano lo sucedido, le dio que pensar y llamando a su presencia al Duendecillo, le dijo:
 - Te dejaré en libertad y pintarás de colores todas las casas del pueblo si le das un poco de color a la piel de la cara de mi nieta Rosaura.
     El Duendecillo Pecas, se quedó pensativo, se rascó la calva por debajo del gorro y consultó el caso con Roquefel. Después de estar hablando durante una hora larga, los dos amigos, Roquefel y Pecas se acercaron al Rey y le explicaron que  no podían pintar las pieles de los niños porque sus pinturas eran mágicas y no conocían lo que podría suceder si pintaban la cara de Rosaura, pero….el Duendecillo Pecas le propuso al Rey Enano una idea que podía tener resultado y que había leído en un libro que se titulaba “ASTRONOMÍA DE LOS PUEBLOS QUE TIENEN EL CIELO VERDE” que había encontrado un día, en la Biblioteca del pueblo.
      Se lo explicó en secreto al Rey Enano y cuando éste le dio permiso para hacer el experimento, cogió una escalera larga, larga y se fue al bosque. Se encaramó a la escalera que sujetaba con fuerza el ratoncito Roquefel, untó el pincel más gordo que tenía en el bote de pintura mágica azul cielo y comenzó a dar brochazos por el espacio que había sobre los árboles. Cuando contempló su obra y se encontró con aquel cielo azul tan bonito, se quedó maravillado porque parecía un cielo de verdad pero le faltaba algo muy importante que había visto en el libro de astronomía y que estaba en todos los cielos del mundo.
      El Duendecillo Pecas, muy entusiasmado, embadurnó entonces el pincel de un amarillo brillante, y con mucho cuidado, pintó en el cielo, un sol redondo y radiante como nadie lo había visto nunca.
       Todo el mundo corría para ver aquel cielo tan bonito y sentir el calor y la luz del sol porque como estaban pintados con pinturas mágicas, se habían convertido en un cielo y un sol de verdad.
       La primera que llegó a verlo, fue Rosaura, la nieta del Rey Enano. Era tan bonito que no se cansaba de mirar al cielo pero como no llevaba el velo que le cubría la cara, aquella piel tan blanca que parecía transparente, comenzó a llenarse de manchitas marrones que le dieron un aspecto tan gracioso, que hasta el mismo Rey sonrió cuando la vio y exclamó:
- ¡Ahora sí que estás guapa, Rosaura, con esas manchas de Pecas, el mejor pintor que nunca se ha visto!
     Y así fue como se inventó el nombre de las pecas. Esas manchitas tan simpáticas que todos los que son muy blancos y pelirrojos tienen en su carita.
               El  Duendecillo Pecas fue nombrado Pintor del Reino  y condecorado con la flor violeta por haber sabido dar un bonito color al cielo y pintar un sol mágico que dio color a las mejillas de Rosaura que, por cierto, fue la primera niña pelirroja con pecas en la cara.
  ¿A qué ninguno de vosotros sabía por qué las pecas se llamaban pecas? Pues ahora ya lo sabéis. ¿Será verdad o será cosa de magia? No intentéis averiguarlo porque, las pecas son mágicas y no se pueden borrar.
¡Ah! Se me olvidaba deciros que al ratoncito Roquefel el Rey Enano lo nombró ayudante preferencial del Pintor del Reino y le regalaron una librea roja con botones dorados que no se quitaba nunca de encima porque así, nadie supo nunca que no tenía pelo.
Los dos amigos vivieron juntos muchos, muchos años y ahora, ya nadie sabe si existe un pueblo con cielo verde o no. Nadie lo ha visto. Todos tienen el cielo azul y un hermoso sol amarillo.
- MAGDA.