sábado, 4 de marzo de 2017

AVENTURAS DE GATOS Y RATONES

                                                               CUENTO
                                                    GATOS Y RATONES

    Había una vez un ratoncita blanca,  que se llamaba Sara y vivía en el Agujero 2º C del Descampado “Las Amapolas”  situado en el Centro Geográfico de la Península. Sara, era una ratita muy guapa y descendiente de la nobleza ratonil y eso se notaba porque, además de ser elegante y exquisita en el trato, tenía un pelaje suave y blanco que ella cuidaba mucho.
     Un día, cuando, al amanecer, después de lavarse, se atusaba los bigotitos, se sorprendió al verlos lacios y despeinados sobre su hociquito. Le entraron ganas de llorar porque vio que se hacía viejecita pero dijo: “¡Ni hablar! ¡De viejecita nada!” Cogió el bote de laca comprado en los almacenes Mercabicho Cochinilla Redondela, se espolvoreó bien los bigotes para dejarlos muy tiesos,  se puso el delantal, comenzó a tararear una canción y sacó del armario de la cocina, huevos, mantequilla, harina, azúcar y leche, se remangó y, muy dispuesta, comenzó a preparar un bizcocho.
     Con la ratoncita Sara, vivía su hijita Sara-One, que era clavadita a ella pero en pequeño. ¡Era muy lista, muy lista! Y siempre estaba investigando cosas porque quería ser el mejor Abogado Criminalista del Descampado “Las Amapolas” y sus aledaños. Aquel día, se despertó con ganas de ayudar a su mamá y, en el momento que cascaba un huevo para hacer la masa, llamaron a la puerta. Cuando abrió, se encontraron frente a un señor gatazo negro con la punta del rabo blanca, que, muy meloso, intentaba venderles un Seguro de Vida que decía era un Seguro muy seguro porque los Bancos no habían metido la mano en el negocio y tampoco tenían Caja B.
    Como la ratoncita Sara, aunque era de noble cuna, no tenía ni un mísero eurito, le dijo al gato que no, que a ella los seguros esos la traían sin cuidado pero, como aquel gato negro, aunque se le veía lustroso, tenía cara de hambre y no hacía más que relamerse los bigotes, la ratoncita Sara que era muy compasiva con sus semejantes –que quiere decir que los pobres le daban mucha pena- , le hizo pasar a la cocina y le ofreció un buen vaso de leche caliente y una rosquilla que había sobrado del día anterior (un poco correosa pero todavía comible)
   Cuando el vendedor gatuno se marchó, en casa de la ratoncita Sara, se armó la marimorena. Sara-One, que además de investigadora tenía un genio de mil demonios, se encaró con su madre y con los brazos en jarras, le dijo:
-Mami…, ¡ni se te ocurra volver a invitar a ningún vendedor ni siquiera a un vaso de agua! Son gatos peligrosos disfrazados con piel de ratón bondadoso y, a la primera de cambio, echan la zarpa y ¡zás! Se acabó ratita Sara para in secula seculorum.
     Sara-One, que estaba muy escamada con aquella visita, comenzó a investigar, que era lo que más le gustaba y, un día, al ver al gatazo vendeseguros haciendo su trabajo por la Urbanización, le siguió sin dejarse ver y comprobó como el Don Gato, llegaba a un vertedero cerca de un riachuelo y allí, en una tubería de esas grandotas que no se sabe para qué sirven y están abandonadas, se metió en el hueco y allí se quedó. Sara-One que era muy lista y muy observadora, se acercó poco a poco y, por un agujerito que había en la tubería grandota, arrimó el ojo y vio al gatazo vendeseguros, acurrucado junto a una gatita blanca, negra y parda que acunaba a cinco gatitos de todos los colores que maullaban muertos de hambre.
     Sara-One, no lo pensó ni un segundo. Echó a correr por el Descampado “Las Amapolas”, como si tuviera que ganar la maratón de San Silvestre, entró a su casa como un ciclón y le dijo a su mamá:
-¡Mami, mami. Que me he equivocado, el gato es bueno y necesita ayuda… Corre… corre.!
     A la ratoncita Sara le costó un poco comprender lo que decía Sara-One pero, cuando consiguió que se calmara y le explicó lo visto por el agujero de la tubería grandota, metió en un cesto tres botellas de leche, una fuente con rosquillas, un bizcocho de tres pisos con nata y chocolate, además de unos arenques comprados  en el dosXuno en la oferta de Mercabicho Cochinilla Redondela y, a toda prisa, llegaron a la tubería grandota y se presentaron ofreciendo su ayuda a la familia de gatos.
    Como en el Agujero 2º C donde vivían las dos ratoncitas tenían habitaciones de sobra, le dijeron a la familia gatuna que podían ir a vivir a su casa y así, ella podría hacer más rosquillas y bizcochos con la ayuda de Doña Gatuska, que así se llamaba la gatita de tres colores. Total que, al final, entre todos montaron una churrería y se forraron (que quiere decir que ganaron mucho dinero y de pobres de solemnidad, se convirtieron en ricos por casualidad) tanto que, aquel verano, se fueron de vacaciones a las Islas Caimán –que no sé dónde están pero es igual- y allí fue donde, Don Gato, sacó la vena sinvergonzona gatuna porque, sin que nadie se enterara (o eso creía él) abrió una cuenta “offshore” con todo el dinero ganado en la churrería y se dedicó  a pasear en yate por los mares del mundo, acompañado de otros gatos de su ralea y las gatucas medio tontas o medio listas de sus amigotes que sólo deseaban que les regalasen joyas de oro y diamantes de cuantos más quilates, mejor.
    La ratoncita Sara y la gatita de tres colores, tuvieron que comprar los pasajes de vuelta más baratos que encontraron porque se habían quedado sin un Euro; incluso pidieron prestado un billete de diez para comprar pipas, a unos lagartos alemanes que andaban por allí poniéndose morenos y que eran los que más sabían de negocios y dinero.
  ¡Ah! Sara-One acabó siendo la mejor investigadora-detective después de Sherlock Holmes, en el Descampado “Las Amapolas”. Vendieron la churrería y fueron felices para siempre.  FIN -  MAGDA.



domingo, 19 de febrero de 2017

EL POLLITO DE LA GALLINA MAGDALENA

                    EL POLLITO DE LA GALLINA MAGDALENA
 
Ya se había terminado el tiempo en el que los humanos se comían a todos los pollos, lechones y patos de las granjas. Por fin, podían estar tranquilos otra vez y pasear cacareando o gruñendo por el corral en busca de gusanitos, piedritas y bichos de todo tipo. La primavera se adelantaba y el sol lucía y templaba el ambiente. El cerdo Hermenegildo, dormitaba roncando al lado de la cochiquera, mientras los rayos del sol coloreaban su piel con un rojo claro. Los patos, las ocas y las gallinas, paseaban arreglando sus plumas  menos la gallina Magdalena que no abandonaba el nido donde seguía creciendo su único pollito.
Un día, cuando se despertó, vio como el pollito había crecido tanto, tanto…, que  el nido se le había quedado pequeño  y ya no tenía sitio ni para dormir. La cabeza le quedaba colgando y las patas con aquellos tres enormes dedos las doblaba como podía para que no tocaran el suelo. Cuando lo vio, a la gallina Magdalena le dio un ataque de nervios y salió al corral con una llantina histérica mientras cacareaba gritando:
¬¡Mi pollito es un gigante… mi pollito es un gigante…!
Y daba vueltas y vueltas por el corral despertando a todo el mundo que tomaba el sol tranquilamente.
El cerdo Hermenegildo no lo aguantó más, se puso de pie y con un gruñido que parecía de oso, gritó enfurecido:
¬ ¡Pero qué le pasa a esa gallina loca! No nos deja descansar ¡Venga, vete al nido ya de una vez, escandalosa!
Las ocas se juntaron en corrillo y comenzaron a graznar diciendo: ¡¡Fueraaa, fueraaa!! Los patos comenzaron a pelearse entre ellos y se hacían la zancadilla para tirarse al agua  y los conejos daban unos saltos que parecían canguros. ¡Madreeee la que se armó! ¡Menudo guirigay!
 Al oír el alboroto, la Jesusa salió de su casa, cogió a la gallina Magdalena primero por las alas, luego le dio la vuelta y la agarró por las patas y la dejó colgando cabeza abajo mientras la Magdalena muy enfadada, intentaba picarle en la mano.

¬¡¡Sí, a mí me vas a picar, anda ya, que me tienes muy cansá… siempre alborotando con tus pollos. Si no fuera por esos huevos que pones tan buenos…
Cuando la Jesusa  llegó a la caseta donde la gallina Magdalena tenía el nido, a la Jesusa casi le da un soponcio, soltó a la gallina que revoloteó por todas partes soltando plumas y más plumas al tiempo que chocaba con un lado y con otro sin parar de cacarear. La Jesusa echó a correr llamando al Simeón con unos gritos que asustaban más que los de la gallina Magdalena y agitando los brazos, decía:
¬¡Simeón…Simeón… Que el pollo de la Magdalena ha crecido  tanto que ya no pué caber en la jaula…¡  ¡¡Que es un gigante!!!  ¡Ven, corre, corre!
Simeón se acercó poco a poco al nido con la escopeta en la mano y en la otra llevaba el móvil por si era necesario llamar a la Guardia Civil aunque no sabía cómo se hacía pero, bueno, ya le oirían si era necesario. Poco a poco, abrió la puerta de la caseta y cuando vio aquel enorme pollo  que lo miraba con cara de tontorrón, dijo:
¬¡Madreeeeee…..!  ¡Qué bicho…! ¬ Se quedó un rato parado con la boca abierta, sin saber qué hacer y dándose la vuelta, echó a correr sujetándose los pantalones que se le caían al suelo porque con las prisas no se había puesto los tirantes, mientras decía:
¬¡Hay que llamar al veterinario….esto es un monstruo! ¡Don Justiniano…Don Justiniano…!!
La Jesusa que salió corriendo detrás de él, le decía a voz en grito:
¬¡Pero por qué llamas al Justiniano a gritos. Que no te oye, soplagaitas! ¿No ves que está en el hospital de las bestias? Hora voy a buscarlo.
Al ver aquella zapatiesta, se organizó la desbandada. Todos echaron a correr. Cada animalito se fue, empujándose unos a otros hasta su agujero,  atentos a lo que pudiera suceder mientras todo el corral oía el llanto desesperado de la gallina Magdalena que decía:
¬¡Ayayayay…. Qué habré hecho yo para merecer estooooo!!!
Con todo el jaleo que se armó la cabra vidente y cojitranca Doña Pelele, consiguió subirse a una roca y comenzó a hacer unos sahumerios quemando hojas de eucalipto y de laurel mientras canturreaba unos mantras ¡muamuamuamaaaa!! mirando al cielo con los ojos en blanco que a todos los dejó patidifusos. No quedó ni uno en el corral. Cada cual se escondió en el rincón más apartado pero con la oreja tiesa escuchando a ver qué pasaba por si tenían que huir a toda prisa hacia el bosque.
Al rato, llegó el veterinario Don Justiniano con su maletín, un poco cabreado, eso sí, y al ver al pollo, soltó una palabrota que no me atrevo a escribir y añadió: ¬ ¡¡¡¡ …. Cómo ha crecido este pollo. Es un hermoso ejemplar de avestruz! ¡Caramba…. Simeón…. Te vas a hacer rico con este pájaro! ¡jajajajaja! Vamos a llamar a la protectora de avestruces especiales que tiene la sede en Australia y lo celebramos con una merendola. ¡Ya verás, ya verás! Te vas a forrar, macho¬ le dijo palmeando su espalda ¬Este ejemplar vale una millonada ¡!!
El silencio más absoluto se hizo en el corral de la Jesusa, se miraron unos a otros con la boca abierta y buscaron un rinconcito al sol para seguir con la siesta mientras la cabra vidente y cojitranca Doña Pelele apagaba los sahumerios y se marchaba a su casa con una varita de incienso encendida y murmurando nosequé historias ininteligibles.
La gallina Magdalena se atusó las plumas y se marchó a buscar a la comadreja Nievitas porque creía que ella tenía algo que ver en aquella sorpresa de que de su huevo saliera un pollo de avestruz. ¡Sí…sí…! A ella no se la daba con queso aquella comadreja enredona.
Pues así se quedó todo. Ya me enteraré… a ver qué pasa al fin con el pollo de avestruz. ¿Se lo llevarán a Australia?

Bueno… Yo también me voy a tomar un baño de sol que es bueno para el reuma. ¡Adiós amiguitos! -  MAGDA

viernes, 17 de febrero de 2017

A LA GALLINA MAGDALENA LE DUELE LA TRIPA

               A LA GALLINA MAGDALENA LE DUELE  LA TRIPA

Los pollitos de la Gallina Magdalena estaban dejando de ser pollitos para ser gallitos picantones, -que quiere decir que comenzaban a crecer-. Por esta razón, nuestra gallinita Magdalena, estaba cada día más triste pues a ella lo que le gustaba eran los pollitos pequeños para hacerles gorritos, patucos y chambritas de ganchillo que era un trabajo que le entretenía mucho cuando se sentaba en la paja para poner los huevos que a la Jesusa y a su marido el Simeón, les gustaba desayunar.
Un mañana, cuando la comadreja Nievitas vino a buscar a los polluelos para llevarlos con sus hijos a bañarse al río, Magdalena aprovechó para ir a ver a la echadora de cartas Doña Pelele, una cabra vieja y cojitranca que se escondía entre unas rocas para leer la suerte a quien quisiera saberla. Se puso el chal verde y el refajo de nudos colorado que había tejido cuando estaba sola y aburrida, cogió una cesta con tres huevos que le había ido sisando a la Jesusa cada mañana para pagar el trabajo de la cabrita que ya estaba quedándose calva y sólo le quedaban dos dientes de abajo, por eso agradecía mucho los huevos porque sólo tenía que sorberlos, y se acercó a la roca de los suspiros que es como llamaban a aquel lugar donde echaba las cartas la cabra Doña Pelele. A la roca le pusieron ese nombre porque los que volvían de conocer su suerte, bajaban el caminito suspirando y algunos incluso hasta lloraban porque… ¡vaya usté a saber lo que le espera a una en la vida! Eso es lo que decía la gente.
Un poco preocupada y nerviosilla, la gallina saludó a la cabra cojitranca y le dio los huevos que a Doña Pelele, le faltó tiempo para beberse uno de un trago. La gallina Magdalena, se sentó frente a la cabra que puso los ojos en blanco y comenzó a entonar una cantinela que a la pobre gallinita se le pusieron todas las plumas de punta. ¡Qué miedo! Ululaba como un búho asmático.
Cuando ya estaba un poco ronca, la cabra dejó de ulular y le dijo a Magdalena que cogiera tres cartas, las puso sobre la piedra, las miró, volvió a poner los ojos en blanco –algo que a la Magdalena le daba mucho repelús- y volvió con la cantinela. Esta vez más corta, afortunadamente, porque aullaba como un lobo de las montañas ¡madre mía, con la cabra!
Se quedó con la vista fija en la gallina y muy pensativa, le dijo:
¬ Magdalena… tú vas a ser madre…
La gallina Magdalena le contestó sonriente: ¬ Si ya tengo cuatro picantones pero es que a mí lo que me gusta son los bebés, los pollitos chiquitines.
¬ No, no…. ya sé que tienes picantones que los veo muchas veces fisgando por aquí y tirándome piedras¬ dijo la cabra Doña Pelele un poco enfadada mientras se lamía los bigotes porque se había tomado otro de los huevos de la cesta ¬ Tú vas a tener otro huevo… digo… otro pollo, ya verás. Y hala, ya puedes marcharte.
Recogió sus cartas y a los que estaban haciendo cola esperando (casi todos para saber si les iba a salir algún trabajo porque estaban en el paro) les dijo:
¬A casa todos, por hoy se acabó la sesión.
Cogió el huevo que le quedaba por sorber y se fue cuesta abajo a buscar un prado de hierba fresquita. Y, como he dicho antes, los que se volvían después de estar esperando, suspiraban y algunos lloraban a lágrima viva porque no sabían qué les podía suceder. ¡Pero qué penaaaa, qué penaaaa!
El caso es que, un día, a la gallina Magdalena le entró un dolor de tripaaaaa¡¡¡ y comenzó a cacarear y venga a cacarear sin poder moverse la pobrecita. La Jesusa que la oyó, se acercó muy asustada pero cada vez que se acercaba para tocar a la gallina Magdalena, esta le daba unos picotazos que le dejaba los brazos marcados. Así que pensó que lo mejor era ir a buscar al veterinario.
Cuando llegó Don Justiniano que era el veterinario del pueblo de toda la vida, nadie había conocido a otro,  el pobre estaba medio dormido pero al palpar a la gallina se despabiló y dijo:
¬ ¡Caramba que huevo tan enorme!
Sacó un instrumento que llamó fórceps, puso a la gllina Magdalena patas arriba y hurgando con el aparatito en la tripa de la gallina ¡sacó un huevooooo que parecía el  farol de la entrada de la casa de la Jesusa!  ¡Madre míaaaaa! La pobre Magdalena se quedó con el pico torcido de tanto cacarear y con las patitas temblando pero cuando el veterinario, después de estudiar el huevo a través de la luz de una linterna, por un lado y por el otro, dándole algún golpecito con los dedos, le dijo:
-¡Magdalena, Magdalena… Que has puesto un huevo del que va a salir un gallo  de concurso! Ya verás… ¡Menuda cresta tiene…!
  Entonces todos se pusieron a bailar y a cantar y la Jesusa pegó unos papeles en los árboles, donde invitaba a todos a celebrar el nacimiento del gallo de concurso del huevo que había puesto la gallina Magdalena.
Desde aquel día, la gallina Magdalena, comenzó a tejer patucos y gorritos, guantes y bufandas sin moverse de encima del enorme huevo de donde tenía que salir el gallo de concurso.
Otro día explicaremos la fiesta del nacimiento.
Colorín colorín que se acabó el cuentín. ¡Adiós amiguitooooos! -  MAGDA


miércoles, 15 de febrero de 2017

LA GALLINA MAGDALENA

                                    LA GALLINA MAGDALENA
 
La gallina Magdalena se levantó muy triste aquella mañana. Había puesto cuatro huevos hermosos y pardos que Jesusa, la dueña de la granja, se apresuró en cogerlos de la paja todavía caliente y se los llevó a la cocina para hacer una tortilla.
La gallina Magdalena tenía ganas de llorar porque estaba muy sola y le hubiera gustado tener unos cuantos pollitos que la siguieran cuando salía a comer lombrices, semillas y piedritas -que de todo había- por los campos alrededor del corral. Ya se estaba haciendo un poco vieja y veía como las plumas comenzaban a mustiarse y perdían aquel brillo de color cobrizo tan bonito que tenían cuando era joven.
Tiraba de una lombricilla que estaba escondida entre dos piedras pequeñas cuando oyó una voz que la llamaba desde no sabía dónde. La gallina Magdalena, sorprendida, miró a derecha e izquierda mientras levantaba una pata dispuesta a echar a correr y vio a la Comadreja Nievitas acurrucada entre los troncos que, Simeón, el marido de Jesusa la granjera,  tenía apilados en la leñera para cuando llegara el invierno.
¬¡Eh.., eh…! Magdalena… ¡chisss.! ¡chisss!  Estoy aquí… ven,…
La gallina Magdalena, se acercó para escuchar los enredos de la comadreja que siempre tenía algo raro que contar.
¬Mira Nievitas, hoy no estoy para muchas historias, estoy muy depre…
¬¿Y eso por qué…?
¬ Mira mujer…. ¿no ves como me estoy haciendo de vieja? Se me caen las plumas y sólo sirvo para poner huevos que la gorda de la Jesusa la Granjera se lleva corriendo todas las mañanas para hacer una tortilla. ¡Ay… Nievitaaaasssss! ¡Me gustaría tanto tener unos cuantos pollitos para sacarlos a pasear…!
Nievitas, la comadreja, la miró muy extrañada porque no comprendía por qué echaba de menos a unos pollitos que nunca había visto pero al ver cómo le caían unas lágrimas de aquellos ojos redonditos y pequeños, le dio un poquito de pena. Se relamió un par de veces para dejar tiesos los bigotes y le dijo a la gallina:
¬ ¿Sabes qué? Magdalena, tu vas a tener pollitos como me llamo Nievitas porque no quiero verte llorar ni una vez más.
Agarró de un ala a la gallina Magdalena y la llevó corriendo a la Granja de los Ambrosios que era una granja muy destartalada, sucia y descuidada donde vivían una familia muy rara que se pasaban el día durmiendo y la noche robando gallinas de otros gallineros.
Magdalena, que era una gallina muy modosita, al ver hacia donde se dirigían, le dijo a la comadreja:
¬ Oye Nievitas… yo no quiero ir a esa casa que…
¬ ¡Venga…, no seas tonta!¬ le dijo Nievitas tirando de ella por una de las plumas medio pelada del ala.
¬ ¿Y si me cogen para hacerme en pepitoria…?
¬ ¡Pero qué dices…! Si estos no son capaces de freír un huevo…
En cuanto dijo eso, Nievitas se dio cuenta de que había metido la pata porque, la gallina Magdalena, al oír aquellas palabras, se puso otra vez a llorar, como lo que era, una Magdalena.
¬ No hagas ruido¬ dijo Nievitas la comadreja mientras despacito y en silencio se acercaba a un corral lleno de basuras donde, en un cesto lleno de paja vieja y sucia, se encontraban cuatro hermosos huevos.
¬ Chist… Tú coge dos y yo llevo los otros dos.
Con mucho cuidado y temblequeando, Magdalena cogió los dos huevos marrones más gordos que había visto en su vida y sin mirar  atrás  echó a correr hacia su corral. Subió corriendo hasta su cesto que ya había limpiado la Jesusa y puso los dos huevos entre la paja. Cuando ya se sentaba encima de ellos para darles calor, llegó la comadreja Nievitas con los otros dos huevos que puso a buen recaudo, debajo de su amiga la gallina Magdalena.
¬¡Buffff…! Magdalena hija…. ¡Me has dejado sin resuello! ¡Qué manera de correr!¬ y diciendo esto, se tumbó panza arriba para recuperarse.
Unos días después, la Gallina Magdalena sudaba la gota gorda sin moverse de encima de los huevos hasta que, aquella mañana, sintió un picotazo, miró con mucho cuidado a los huevos y vio como unas cositas pequeñas, despeluchadas, rompían el cascarón e intentaban ponerse de pie.
No podéis imaginaros lo contenta que se puso la Gallina Magdalena… Saltaba, bailaba y cacareaba como una loca. A los pollitos pronto les comenzó a salir un plumón amarillo muy suave, muy suave y cuando comenzaron a dar pasitos, Magdalena se los llevó a ver a la Comadreja Nievitas que se puso muy contenta y les regaló unos sombreritos que había tejido con el pelo de invierno que perdió durante el verano.
La Comadreja Nievitas y la Gallina Magdalena, se hicieron muy amigas y en verano se iban a bañar al río donde, Nievitas enseñó a bucear a los pollitos mientras Magdalena los esperaba en la orilla cuidando las toallas.
Y colorín colorado…. Se acabó. -  MAGDA.