viernes, 17 de febrero de 2017

A LA GALLINA MAGDALENA LE DUELE LA TRIPA

               A LA GALLINA MAGDALENA LE DUELE  LA TRIPA

Los pollitos de la Gallina Magdalena estaban dejando de ser pollitos para ser gallitos picantones, -que quiere decir que comenzaban a crecer-. Por esta razón, nuestra gallinita Magdalena, estaba cada día más triste pues a ella lo que le gustaba eran los pollitos pequeños para hacerles gorritos, patucos y chambritas de ganchillo que era un trabajo que le entretenía mucho cuando se sentaba en la paja para poner los huevos que a la Jesusa y a su marido el Simeón, les gustaba desayunar.
Un mañana, cuando la comadreja Nievitas vino a buscar a los polluelos para llevarlos con sus hijos a bañarse al río, Magdalena aprovechó para ir a ver a la echadora de cartas Doña Pelele, una cabra vieja y cojitranca que se escondía entre unas rocas para leer la suerte a quien quisiera saberla. Se puso el chal verde y el refajo de nudos colorado que había tejido cuando estaba sola y aburrida, cogió una cesta con tres huevos que le había ido sisando a la Jesusa cada mañana para pagar el trabajo de la cabrita que ya estaba quedándose calva y sólo le quedaban dos dientes de abajo, por eso agradecía mucho los huevos porque sólo tenía que sorberlos, y se acercó a la roca de los suspiros que es como llamaban a aquel lugar donde echaba las cartas la cabra Doña Pelele. A la roca le pusieron ese nombre porque los que volvían de conocer su suerte, bajaban el caminito suspirando y algunos incluso hasta lloraban porque… ¡vaya usté a saber lo que le espera a una en la vida! Eso es lo que decía la gente.
Un poco preocupada y nerviosilla, la gallina saludó a la cabra cojitranca y le dio los huevos que a Doña Pelele, le faltó tiempo para beberse uno de un trago. La gallina Magdalena, se sentó frente a la cabra que puso los ojos en blanco y comenzó a entonar una cantinela que a la pobre gallinita se le pusieron todas las plumas de punta. ¡Qué miedo! Ululaba como un búho asmático.
Cuando ya estaba un poco ronca, la cabra dejó de ulular y le dijo a Magdalena que cogiera tres cartas, las puso sobre la piedra, las miró, volvió a poner los ojos en blanco –algo que a la Magdalena le daba mucho repelús- y volvió con la cantinela. Esta vez más corta, afortunadamente, porque aullaba como un lobo de las montañas ¡madre mía, con la cabra!
Se quedó con la vista fija en la gallina y muy pensativa, le dijo:
¬ Magdalena… tú vas a ser madre…
La gallina Magdalena le contestó sonriente: ¬ Si ya tengo cuatro picantones pero es que a mí lo que me gusta son los bebés, los pollitos chiquitines.
¬ No, no…. ya sé que tienes picantones que los veo muchas veces fisgando por aquí y tirándome piedras¬ dijo la cabra Doña Pelele un poco enfadada mientras se lamía los bigotes porque se había tomado otro de los huevos de la cesta ¬ Tú vas a tener otro huevo… digo… otro pollo, ya verás. Y hala, ya puedes marcharte.
Recogió sus cartas y a los que estaban haciendo cola esperando (casi todos para saber si les iba a salir algún trabajo porque estaban en el paro) les dijo:
¬A casa todos, por hoy se acabó la sesión.
Cogió el huevo que le quedaba por sorber y se fue cuesta abajo a buscar un prado de hierba fresquita. Y, como he dicho antes, los que se volvían después de estar esperando, suspiraban y algunos lloraban a lágrima viva porque no sabían qué les podía suceder. ¡Pero qué penaaaa, qué penaaaa!
El caso es que, un día, a la gallina Magdalena le entró un dolor de tripaaaaa¡¡¡ y comenzó a cacarear y venga a cacarear sin poder moverse la pobrecita. La Jesusa que la oyó, se acercó muy asustada pero cada vez que se acercaba para tocar a la gallina Magdalena, esta le daba unos picotazos que le dejaba los brazos marcados. Así que pensó que lo mejor era ir a buscar al veterinario.
Cuando llegó Don Justiniano que era el veterinario del pueblo de toda la vida, nadie había conocido a otro,  el pobre estaba medio dormido pero al palpar a la gallina se despabiló y dijo:
¬ ¡Caramba que huevo tan enorme!
Sacó un instrumento que llamó fórceps, puso a la gllina Magdalena patas arriba y hurgando con el aparatito en la tripa de la gallina ¡sacó un huevooooo que parecía el  farol de la entrada de la casa de la Jesusa!  ¡Madre míaaaaa! La pobre Magdalena se quedó con el pico torcido de tanto cacarear y con las patitas temblando pero cuando el veterinario, después de estudiar el huevo a través de la luz de una linterna, por un lado y por el otro, dándole algún golpecito con los dedos, le dijo:
-¡Magdalena, Magdalena… Que has puesto un huevo del que va a salir un gallo  de concurso! Ya verás… ¡Menuda cresta tiene…!
  Entonces todos se pusieron a bailar y a cantar y la Jesusa pegó unos papeles en los árboles, donde invitaba a todos a celebrar el nacimiento del gallo de concurso del huevo que había puesto la gallina Magdalena.
Desde aquel día, la gallina Magdalena, comenzó a tejer patucos y gorritos, guantes y bufandas sin moverse de encima del enorme huevo de donde tenía que salir el gallo de concurso.
Otro día explicaremos la fiesta del nacimiento.
Colorín colorín que se acabó el cuentín. ¡Adiós amiguitooooos! -  MAGDA


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